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Las crónicas de un reino (Autor: David Morris y Jhon Burkkit)

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Mensaje por Atsuko el Vie Oct 21, 2011 12:25 am

Hola chicos traigo aki una historia q ando leyendo sobre los origenes de Mufasa y Taka/Scar su niñez podría decirse, bueno lo traje por que hay puntos muy importantes en esto, como el porque taka se vuelve Scar, y hay otras cosas modificadas pero bueno lo irán viendo jeje. A leer.
Las crónicas de un reino

El Legado de Ahadi



Preludio


El sol matutino se reflejó en los ojos de la Reina
Akase. El Rey Ahadi observó su brillo y
susurró la palabra “amada”. Ella sonrió y lo acarició, y después besó a sus
gemelos recién nacidos, como si los cuatro estuviesen solos en su propio reino
de amor.

Pero no estaban solos. A su lado estaban Shaka—el
hermano del Rey—, su esposa Avina y sus hijas gemelas Sarabi y Elanna, recibiendo al
amanecer. Y a lo largo de la pradera, en sus propias familias, se encontraba en
todo su esplendor la creación de Aiheu el Hermoso—los solemnes elefantes,
las altas jirafas, las gráciles cebras rayadas, mucho más dichosas que el ave
más resplandeciente. Permanecieron lado a lado, de rango en rango, de fila en
fila. Y jamás mostraron los colmillos, ni extendieron las garras. Habían venido
a celebrar el misterio de la vida a través de la presentación del nuevo
Príncipe. Por aquél día, la muerte no estuvo entre ellos


Zazú: “Que las buenas nuevas se
propaguen por todo el lugar.

¡Desde
la cima de la ladera se han de proclamar!

¡Griten
Ai-heu a-ba-ma-mi, pues un nuevo Príncipe va a llegar!

Akase: “Nuestro amor, por fin, en ti
ha logrado encarnar,
(A Taka) Nuestro amor, por fin, será
visible en lo que hayas de lograr;
Tu forma de sentir, sonreír y mirar,
La grandeza de nuestro amor a todos ha de revelar.”
“¡Cómo te amo! Haces que la mañana de partida.
Mi corazón se llena de dicha al tu nombre proclamar.
Eres mi adoración, a mi mundo te doy la bienvenida,
Sin importar el Destino, mi vida no tendrá par.”

Ahadi: “Serás un Rey, serás
grandioso, tus sueños verás hacer realidad,

(A Mufasa) Pero por ahora se mi hijo y duerme con
tranquilidad.

Amo a mis hijos por igual, les ofrezco todo con sinceridad;
Las riquezas y la salud no han de evadir la soledad.”

“¡Cómo te amo! Haces que la mañana de partida.

Mi corazón se llena de dicha al tu nombre proclamar.

Eres mi adoración, a mi mundo te doy la bienvenida,
Sin importar el Destino, mi vida
no tendrá par.”


A través de los invitados caminó Makedde, el mandril. Aquellos que estaban
cerca de él retrocedían y despejaban el camino. Él los bendijo con las señales
del amor de Aiheu, tocando a los más jóvenes con sus dedos extendidos, e
incluso a los más viejos.


Makedde franqueó los bordes que protegían la base de
la Roca del Rey, un
formidable monolito de piedra cuyos brazos protegían a los leones de las
incertidumbres de la noche. Trepó el sinuoso camino hasta alcanzar el
promontorio de roca donde lo aguardaba su destino. Mientras todos mantenían la
respiración, Makedde se aproximó a los hijos de Akase. Ahadi señaló al pequeño
Mufasa y asintió solemnemente.


“Toco tu melena,” dijo Makedde con profundo respeto.
“Incosi aka Incosi, Gran Rey.” Roció a Mufasa con Alba pulverizada y untó
Chrisum en su frente. Después tomó al pequeño tesoro dorado y lo sostuvo. Un
haz de luz atravesó las nubes y tocó al cachorro como si lo besara. Aquel
pequeño nacido del amor, y que no había conocido nada más que amor en su corta
vida, observó a la admirada multitud. Entre los gritos y el clamor de la
muchedumbre, a través de la luz del sol, se escuchó una voz de infinita
dulzura, “Makedde, ¿cuidarás de él?”

“Con tu ayuda, Aiheu, sé que no fallaré.”


Abajo, la multitud sintió, con respeto y admiración,
la presencia de Dios, y se postraron en la tierra con reverencia, clamando en
sus propias lenguas las palabras de adoración en las que cada uno creía. Pero
Makedde no los escuchó. Tomó al pequeño en sus brazos y lo besó. “Que la brisa
sople en ti gentilmente. Que el sol te alumbre con esplendor. Que los dioses te
guíen a su corazón.” Una lágrima de dicha rodó por su faz.


Después regresó el cachorro a Akase. El pequeño Taka
miraba expectante, con sus ojos llenos de inocente curiosidad. Sonriendo, pero
con cierta pena, Makedde acurrucó al cachorro bajo su barbilla y sintió su
suave ronroneo. “De los dos, él será el sabio,” susurró Makedde. “Habría sido
un gran rey.”


---------
Por el momento es todo, omiti las dedicatorias y razones para este escrito pero las pondre al final si las quieren. =) mañana pongo el cap 1. y repito es historia de Jhon Burkkit y David Morris
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Las crónicas de un reino (Autor: David Morris y Jhon Burkkit) Empty Re: Las crónicas de un reino (Autor: David Morris y Jhon Burkkit)

Mensaje por sofucha el Vie Oct 21, 2011 9:59 pm

muchisimas gracias ^^! la verdad esqe nunca tuve la oportunidad de leer "las cronicas del reino" en español, sinseramente porqe no sabia en donde y siempre las buscaba, tampoco pude leer 6 new adventures en español, ya qe tampoco lo he encontrado pero te agradesco qe subieras este capitulo!

muchas gracias ^^!
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Las crónicas de un reino (Autor: David Morris y Jhon Burkkit) Empty Capítulo 1

Mensaje por Atsuko el Vie Oct 21, 2011 11:13 pm


Hola a Sofucha xp, me alegra haberte podido ayudar en esto ^^ y bueno seguiré subiendo los capis =) ya q consegui la historia completa jiji, y se me ocurrió compartirlo con uds ^^ y bueno no prometo conseguir las 6 aventuras pero si las encuentro las subo jeje, gracias a ti sofucha por comentar y pues a leer n.n (es raro subir una historia q o sea tuya haha)

Capítulo I



Aprendiendo su
Lección




Ahadi amaba jugar con sus pequeños, pero también se
tomaba algún tiempo para ver por su educación. Algunas lecciones eran
divertidas—como acechar y sorprender. Otras no eran tan agradables, pero eran
igualmente importantes.


Mufasa siempre fue bueno para acechar y sorprender, y
cuando luchaba con su hermano Taka casi siempre vencía. Pero Taka podía pasar
horas escuchando las Crónicas de los Reyes y la Ley de la Manada mientras
Mufasa se distraía en observar los rebaños perdidos en la distancia.


Ahadi descubrió que Taka era como una esponja
sedienta de conocimiento, y adulado por toda la atención que de él recibía le
daba la sabiduría acumulada a lo largo de toda su vida y le contaba cosas
maravillosas y sorprendentes ante el inspirador paisaje del promontorio.


“Algunas veces, las palabras de sabiduría son
difíciles de escuchar,” dijo Ahadi. “N’ga y Sufa, hijos de Ramallah, ignoraban
las enseñanzas de su padre, y el hacerlo les trajo desgracias. Un padre enseña
por amor, y rehuir sus enseñanzas es despreciar su amor. Lo mismo es para ustedes,
hijos míos. No me gustaría verlos sufrir…” Ahadi se detuvo y miró de reojo a
Mufasa, quien estaba atrapado en su propia ensoñación, después le guiño el ojo
a Taka y continuó hablando en el mismo tono. “Y así fue como cierto cachorro
observaba las manadas de ñus, soñando con el día en que no tendría más
lecciones que estudiar. Y al hacerlo llenaba su cabeza con pasto seco en vez de
conocimiento.” Después agregó con cierto énfasis: “¿¿No es verdad, Mufasa??”


“Sí, padre.”


Taka rió hasta revolcarse, al mismo tiempo que
cantaba, “¡Pasto seco, pasto seco, ña-ña-ñaaa-ña-ñaaa-ña!”


“¿¿Qué es tan gracioso??” Mufasa miró a Taka con
irritación, pero su padre frunció el ceño y Mufasa bajó la mirada apenado.


“Taka, ¿de qué estabamos hablando?” Ahadi sabía que podía
confiar en él.


“Había dos hermanos llamados N’ga y Sufa, y eran muy
famosos. Un día, N’ga comenzó a pelear con Sufa por causa de una chica. No era
cualquier chica: era blanca como las nubes, y poseía magia, y si alguno de los
dos la desposaba lograría tener un reino grandioso. Y como era fenomenal, ambos
querían casarse con ella. Así que vinieron a este lago—ésta es la mejor parte—y
pelearon sin detenerse durante todo el día y toda la noche. Y continuaron
peleando el segundo día.”


Taka comenzó a caminar alrededor de Mufasa mientras
hablaba. “Pelearon durante todo el tercer día. No se detuvieron ni para dormir.
Pelearon durante cinco días con sus noches, por que ella era realmente hermosa,
y eran tan testarudos que ninguno se rendía. Pero en el quinto día ambos
cayeron, exhaustos, al mismo tiempo. Y mientras dormían , la chica se escabulló
y se casó con un león mágico, tan poderoso como ella, ¡y N’ga y Sufa se
sintieron como un par de idiotas!”


“¡Grandioso!” Ahadi acarició a Taka. “Y que
interpretación tan maravillosa.”


Mufasa se sintió desanimado.


“Ven acá, Muffy.” Ahadi acercó a Mufasa con su pata y
lo acarició. “Desearía que pudieras jugar todo el tiempo si eso te hace feliz,
pero necesitas aprender las habilidades del liderazgo. Además, el aprender
estas lecciones a través de mi padre fue un momento especial que ambos
compartimos. Disfruta de este tiempo mientras dure, y sácale el mayor
provecho.”


“Lo intento. De verdad.”


“Lo sé. Pero recuerda que no los amo por su
inteligencia o por su fuerza. Los amo por que son mis hijos. Cualesquiera que
sean los dones que Aiheu les ha dado deben aprovecharlos al máximo, y eso
requiere educación. ¿Lo entiendes?”


“Sí, papá.”


Ahadi sonrió con indulgencia. “Vayan a jugar un
rato.”


Los cachorros se alejaron dando cabriolas, pero Ahadi
les gritó, “¡Hey! ¿No se olvidan de algo?”


Muffy y Taka regresaron y besaron a su padre.
-----------
Es todo por ahora, ya mañana les subo el segundo capi =P
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Las crónicas de un reino (Autor: David Morris y Jhon Burkkit) Empty Capitulo 2

Mensaje por Atsuko el Dom Oct 23, 2011 8:26 pm

Capítulo II


Todo lo que Toca la
Luz






A la mañana siguiente, Ahadi despertó más temprano de
lo acostumbrado. Sigilosamente se acercó a donde descansaban sus hijos, y con
mucho cuidado movió a Mufasa. El cachorro respingó, pero no despertó. Ahadi
insistió con mayor firmeza, alejando a Mufasa de sus sueños. Muffy miró con
sorpresa e irritación, pero Ahadi lo detuvo antes de que pudiera hablar y movió
ligeramente la cabeza como diciendo “sígueme.” Interesado, Muffy lo siguió
silenciosamente hacia el exterior de la cueva.


Taka, que tenía el sueño ligero, sintió frío donde
antes había habido calor. Gruñó e intentó acercarse a un hermano que ya no
estaba ahí. Aún somnoliento palpó los alrededores, y al echar un vistazo se dio
cuenta de que se estaba perdiendo de algo muy importante.


Se escabulló sigilosamente y se arrastró por la
plataforma que servía como puerta principal. Ahí, en la luz matutina, estaban
sentados padre e hijo. Mufasa estaba recargado en su padre, iluminado por el
esplendor de la luz matutina.


“¿Por qué no me invitaron?” se preguntó Taka. Deseaba
sumergirse en la fragante suavidad de la melena de su padre y disfrutar del
amanecer. Por un momento consideró acercarse por el otro lado, pero entonces
Muffy dijo, “¿Qué sucede, Papá?”


“¡Shhh! Despertarás a Taka.”


A Taka le encantaban los secretos, así que permaneció
agazapado en el pórtico, donde nadie pudiera verlo.


“Mira lo que toca la luz,” susurró Ahadi. “Ese es el
límite de mi reino. Algunas veces me siento aquí a contemplarlo con humildad.
Muchas personas dependen de mí, y debo sobreponer sus necesidades a las mías.
Pero ha sido maravilloso. Es hermoso sentirte necesitado, especialmente cuando
das lo mejor de ti para cubrir esas necesidades. Algún día, cuando ya no esté
aquí, conocerás ese sentimiento, pues te he elegido como mi sucesor.”


“¿A mí?” Mufasa lo miró con genuina sorpresa. “¡Hey,
fantástico!”


Taka se sobresaltó. Sus labios formaron las palabras
“¡No! ¡No es justo!”, pero ningún sonido salió de ellos.


Muffy dijo, con un poco de dificultad, “Pero Taka
siempre ha sido el más inteligente. Estaba seguro de que él sería el Rey. Él lo
sabe todo.”


“No todo, hijo, a pesar de que es muy brillante. Tú
también eres brillante, aunque necesitas aplicarte en tus estudios. Te traje
aquí con la esperanza de que pondrías más empeño al saber lo que hay en juego.
Lo que estás aprendiendo es la sabiduría de nuestra gente. Eres el futuro rey.
Mientras sepas cómo ser un buen rey tendrás leonas que hagan la cacería.” Ahadi
suspiró profundamente. “La decisión no fue fácil. No se lo digas a Taka aún.
Por ahora, éste será nuestro pequeño secreto.”


“¿Por qué debe ser un secreto, Papá?”


“Porque, como dijiste, Taka es inteligente. Se
esfuerza mucho. Si supiera que no será Rey se desanimaría y desperdiciaría los
talentos que Aiheu le ha dado, como tú estuviste tentado a hacer.” Miró
profundamente, pero sin juicio alguno, en los ojos de Mufasa. “Sabes que digo
la verdad, ¿no es así? Eres muy inteligente cuando te lo propones.” Suspiró
profundamente. “Ésta debería haber sido una ocasión feliz. En vez de ello, me
está rompiendo el corazón. Desearía tener un reino para cada uno, pero no es
así.”


“¿Por qué no lo dividimos? El tendría una mitad, y yo
la otra.”


“Es muy lindo de tu parte, Muffy, pero no
funcionaría. La cacería sería pobre en un reino pequeño. Acepta el destino—el
reino les pertenece a ambos, pero tú serás Rey y él no. Es por eso que les enseñé
la historia de N’ga y Sufa. Si se la pasan peleando sin llegar a ningún
acuerdo, el premio será para alguien más. Si amas a Taka, y sé que es así, no
le dirás nada por ahora. Quiero decírselo yo mismo, cuando sea el momento
adecuado. Intentaré hacerle entender.”


“Entiendo.” Mufasa dijo pensativo, “Me gustaría ser
Rey algún día, pero me siento mal respecto a Taka. No se lo diré hasta que
creas que es correcto.”


Ahadi sonrió. “Tal vez tengas que esforzarte más en
tus lecciones, pero tienes un buen corazón. Esa era mi más grande esperanza:
dejar este mundo sin preocupaciones o arrepentimientos. Cuando pienso que serás
el próximo Rey, me siento tranquilo.”


Por un momento Taka sintió un gran enojo, pero pronto
su coraje se tornó en dolor. Se alejó con la cabeza agachada y las orejas
caídas y regresó a la cálida seguridad de su madre.
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Las crónicas de un reino (Autor: David Morris y Jhon Burkkit) Empty Capitulo 3

Mensaje por Atsuko el Dom Oct 23, 2011 8:28 pm

Capítulo III


No Hay Tiempo para
Siestas






“Minshasa[1],
blanca como las nubes, atravesaba el corazón de la sabana cual sueño de amor.
Nadie que tuviese melena podía mirarla y permanecer tranquilo. Minshasa, voz de
frágiles deseos. Minshasa, amada de los dioses. ¡Cuídense, hijos míos, de sus
tremendos encantos!”






— Ramallah, De
La Saga Leónida
[2], Sección “D”, Variación 1





Akase estaba preocupada por Taka. Ella tenía una gran
sensibilidad respecto a lo que sentían sus hijos, y sabía que Taka no se sentía
bien. Él estaba abatido. Algunas veces ni siquiera podía sostenerle la mirada,
y otras la observaba como si intentara descubrir algo oculto.


Incluso Ahadi se dio cuenta de que algo no marchaba
bien. Lo empujó con la nariz juguetonamente. “¿Hay algo que te preocupa, Taka?”


“No, señor.”


“Puedes decírselo a Papá. ¿Qué te parecería una
bonita historia? Ya sabes, sobre los Grandes Reyes del Pasado. ¿Ya te he
contado acerca de Moko Melenudo[3]?”


“Sí, señor.” Taka suspiró profundamente. Ahadi
comenzó a decir algo, pero Akase movió ligeramente su cabeza y susurró, “No.”


Ahadi dio a su hijo un cálido beso en la mejilla. “Te
amo, hijo. Sabes que puedes decirme todo lo que quieras cuando te sientas
listo.”


Taka lo miró lastimeramente. “¿De verdad, Papá? ¿En
verdad me amas todavía?”


Ahadi se mordió el labio. “Por los dioses, ¿es que
acaso no lo sabes?” Miró al cachorro con una profunda aflicción y, tras algunos
momentos, se alejó unos pasos y se sentó observando las distantes montañas.


Akase estaba un poco irritada. “¿Pero qué es lo que
te hizo decir eso? Por supuesto que te ama. ¡Tan sólo míralo!” Suavizó su tono.
“Cariño, ¿qué es lo que te ha hecho pensar que no te ama?”


“Yo…” Taka pudo haber dicho la verdad, pero ella
habría sabido que había estado espiando a su padre. Luchó contra su propia
carga por un momento y después dijo, “Tan sólo preguntaba, eso es todo. Lo
siento.”


En silencio, Taka hizo un recuento secreto de todas
las cosas tontas que alguna vez había hecho, preguntándose cuál había sido la
que lo había condenado a estar en segundo lugar por el resto de su vida. ¿Fue
acaso la vez que se escapó sin decírselo a Mamá? ¿Fue aquella mala broma que
tanto disgustó a Uzuri[4]? Quizás Uzuri se lo dijo a
Papá, a pesar de que le rogó que no lo hiciera. ¿Debería atreverse a
preguntarle? No, por supuesto que no. Supuestamente él no estaba enterado al
respecto. Además, la decisión ya estaba tomada, y era demasiado tarde para
cambiar las cosas.


Era cerca de medio día y Taka tenía que tomar su
siesta, pero Mufasa se acercó brincando, tan lleno de entusiasmo infantil que
estaba a punto de estallar. Su humor era contagioso “¡Taka, tienes que ver
esto!”


“¿Ver qué?”


“¿Qué cosa, hijo?” preguntó Akase. “¿Otro
puercoespín? ¿Quizás una suricata[5]?”


“Bueno, es—” Su cola se crispó. “Sí, una suricata.”


“¿Qué tiene de grandioso una suricata? Las vemos todo
el tiempo,” dijo Taka acurrucándose. “Ya casi es mediodía. Hace tanto calor que
tu cerebro podría derretirse, si es que acaso tienes uno.”


“Pero esta suricata es Diferente,” dijo Mufasa al tiempo que guiñaba el ojo. Taka
observó como se movía la cola de Mufasa, algo que siempre pasaba cuando decía
una mentira. Le lanzó una leve sonrisa de complicidad.


“¿Así que es diferente?” Taka se sacudió su propia
autocompasión. “Bueno, está bien. ¿Puedo ir, Mamá?”


“Si no se tardan. Ya han estado afuera mucho tiempo.”


Antes de que pudiera terminar, Mufasa y Taka ya
habían emprendido la carrera, provocando la huida de una parvada de gallinas de
Guinea. Se dirigieron hacia los pastizales, pero se detuvieron un momento entre
el alto pasto.


Entre el forraje estaba la pequeña Sarabi, y al
observarlos supo que tramaban algo que bien valía la pena. Se apresuró para
alcanzarlos a través de la verde marea. Después de mucho logró dar con ellos,
jadeando.


“¿Qué es lo que sucede?” les preguntó.


“Oh, nada,” dijo Mufasa. “Estamos practicando—como
acechar.” Su cola comenzó a moverse.


“Siempre que no están haciendo nada,” dijo Sarabi,
“es que algo están tramando.”


“Íbamos a observar una—suricata,” se atrevió a decir
Taka.


“¿Una suricata?” preguntó Sarabi, no muy convencida.
Vio como su nariz respingaba, una señal segura de que estaba mintiendo.


“Bueno, ésta es diferente,” dijo Taka.


“Entonces yo también quiero verla,” dijo Sarabi.


“Bien hecho, poco seso,” dijo Mufasa entre dientes.
Golpeó a Taka en la mejilla. Taka gruñó y le regresó el golpe. Ambos fueron con
las garras retraídas, pues estaban bien educados, pero después comenzaron a
pelear.


Muffy era más fuerte, y peleaba limpiamente. Taka era
un oponente determinado, y después de algún tiempo comenzó a jalarle las orejas
y la cola. Después la pelea comenzó a ponerse en verdad fea, y Sarabi los rodeo
en pequeños círculos, muy molesta.


“¡Deténganse! ¡Deténganse ahora mismo!” Sarabi estaba
muy indignada. “Si siguen así jamás veremos esa estúpida suricata—si es que
acaso existe.”


No tuvo éxito. Los gruñidos comenzaron a hacerse más
graves. Taka estaba perdiendo, como solía pasar, pero no se daba por vencido.
“¡Ríndete!”


“¡No hasta que—¡ouch!—dejes de ponerme apodos! ¡El que seas más grande
que yo no significa que seas más listo!”


Sarabi gritó, “¡Si no se detienen voy a decírselo a
su Madre! Ustedes pueden ser tan tontos algunas veces.”


“Tan sólo nos divertíamos,” dijo Mufasa, encima de su
hermano.


“Sí. No lo hacíamos en serio,” dijo Taka,
sacudiéndose y dándole a Mufasa un último golpe, esta vez con las garras
extendidas.


Sarabi miró a Taka, y al observar una pequeña gota de
sangre escurriendo de su oreja derecha se sintió muy conmovida, y comenzó a
limpiarla con su lengua.


Taka siempre podía contar con su simpatía, pero esta
vez quería lucir como todo un león. “No me duele.”


“Pero estás sangrando.”


“No es nada, en verdad.”


“Sí, claro,” dijo Mufasa, limpiándose una fea cortada
que tenía en su pata. “Bueno, si aún quieres venir, cerca del bosque hay un
tejón mielero. Es blanco—mucho más que las nubes. ¿Recuerdas aquella leona
blanca por la que pelearon N’ga y Sufa? ¿Aquella que era mágica y concedía
deseos?”


“¿Te refieres a Minshasa?” Taka pensó por un momento.
“¡Por supuesto! Pero no puedes casarte con un tejón. ¿O acaso piensas hacerlo?”


“No quiero casarme con él. Sólo quiero pedirle un
deseo.”


“¿Qué es lo que vas a pedir, Muffy?”


Mufasa sonrió tímidamente. “Por eso es que te pedí
que vinieras. Quiero que estés a mi lado cuando me reúna con los Grandes Reyes
del Pasado. Papá quiere que yo sea Rey cuando él muera.”


“Lo escuché. Estaba escondido tras una roca cuando te
lo dijo.”


“No deberías espiar a los demás,” dijo Mufasa con
severidad, pero después añadió, “Tal vez no seas un rey en esta vida, pero si
ese tejón realmente concede deseos, lo serás cuando mueras.”


“¿En verdad?” Taka estaba embelesado. “¿Harías eso por
mí? ¡Qué idea tan fantástica!” Él era muy afectuoso, y acarició a Mufasa.
“¡Eres el mejor! Dijiste que querías darme la mitad del Reino. Lo escuché.”


“Sí. No va a poder ser, así que no le digas a nadie
que dije eso.”


“No lo haré. Ya no importa ahora, pero fue muy
tierno. ¡Eres el mejor, Muffy!” Rió y le dio un empujón a su hermano. Los dos
comenzaron a pelear, riendo y retozando. Ambos dieron lo mejor de ellos, pero
como siempre Mufasa ganó rápidamente, inmovilizando a Taka.


Mufasa sonrió ligeramente. Estaba feliz de no haber
pedido algo para sí mismo. Mientras sostenía a Taka, dijo, “Mira, cuando Papá
te diga que yo voy a ser Rey, hazte el sorprendido. Será lo mejor. Sabes que te
reprenderá si descubre que estabas espiándonos.”


“Yo quiero estar donde esté Taka,” dijo Sarabi.
“¡Taka, yo quiero sentarme a tu lado!”


“Ese va a ser mi deseo,” dijo Taka. Se deslizó por
debajo de Mufasa, se acercó a ella y la acarició. “¿Y qué es lo que vas a
desear tú?”


Sarabi le dio a Taka una repentina lengüetada en la
mejilla. “Ya lo sabrás.”


Una vez pactado, los tres cachorros se dirigieron
hacia la madriguera que estaba en el límite del bosquecillo de acacias.










[1] Minshasa es la esposa de
Mano, quienes son los dos asistentes principales de Aiheu el Hermoso.






[2] El nombre original de La
Saga Leónida es “The Leonid Saga”. “Leonid” no tiene traducción al español, y
al parecer no es una palabra oficial del idioma inglés. Decidí utilizar
“leónida” como equivalente de “leonid” aunque, a decir verdad, ésta palabra no
existe en el idioma español.






[3] Moko Melenudo es el
protagonista de una rima infantil (entre los leones). Su nombre original es
“Moko Greatmane”, y literalmente significa “Moko Gran Melena”. Decidí llamarlo
“Moko Melenudo” por que suena simpático, y la rima que él protagoniza debe ser
graciosa (después de todo, es una ronda para cachorros).






[4] Uzuri es hermana de Sarafina
y líder de la Cuadrilla de Caza; en Swahili significa “belleza” (dato
proporcionado por Daniel Gallo).






[5] A este animal, en el trabajo
original, se le llama “meerkat”. No tiene traducción al español, pero es la
misma especie a la que pertenece Timón, que en México se manejó como suricata.
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Las crónicas de un reino (Autor: David Morris y Jhon Burkkit) Empty Capitulo 4

Mensaje por Atsuko el Jue Oct 27, 2011 10:53 am

Capítulo IV



La Madriguera





La entrada a la madriguera era un amenazante agujero
negro. Mufasa comenzó a entrar en él, pero la abertura apenas permitía que un
cachorro de tamaño regular se deslizara, y no permitía maniobrar libremente.
Mufasa era un poco grande para su edad, y no tenía oportunidad de poder entrar.
Sugirió que tal vez podrían llamar al tejón.


“¡Hola!”


No hubo respuesta.


“Vamos, tejón. Puedo escucharte, sé que estás ahí.”


Esperaron durante un momento, pero no sucedió nada.


“Ya vámonos,” dijo Sarabi. “Parece que no está de
humor.”


“Espera. Creo que nos está retando.” Gritó, “Soy el
Príncipe Mufasa—algún día seré Rey, y te estoy tomando como mi rehén. ¡Si
quieres que te libere, debes bendecirnos a mí y a mis amigos!”


Escucharon gruñidos procedentes de las inmensidades
del túnel. El eco, amplificado por las paredes de la madriguera, sonaba como
las olas del mar que quedan atrapadas dentro de los caracoles; fue un ruido
rápido, casi con urgencia y enfado.


“Tal vez está sordo, Su Majestad,” dijo Taka con
ironía. “¿Me hiciste caminar hasta aquí sólo para ver un agujero en la tierra?
Apuesto que es un conejo. ¡Tan sólo un conejito asustado! ¡Y TÚ me llamaste a
MÍ poco seso!”


“¡Pero es un tejón blanco, lo juro!” Mufasa miró a
Taka, y después a Sarabi. “¿Verdad que me creen? Es decir, ¿¿acaso les parece
que huele como un conejo??”


Taka olfateó cuidadosamente la abertura. Nunca antes
había olido a un tejón mielero, pero sabía que no era un conejo. Era un olor
extraño y picante, lleno de posibilidades. “Ya vine hasta aquí,” dijo Taka. “Si
quiero mi deseo, supongo que voy a tener que entrar ahí.”


“Jamás te atreverías,” dijo Mufasa, mirando aquel
agujero con cierto temor. “Parece ser que está muy enojado. Además está muy
obscuro, y tú le tienes miedo a la obscuridad.”


“¿Quién lo dice?”


“¡Lo digo yo! Siempre piensas que las hienas van a
atraparte. Algunas veces te duermes hasta muy tarde, y luego tienes
pesadillas.”


Taka estaba muy ofendido. Constantemente tenía la
misma pesadilla, en que era despedazado por las hienas. Akase tenía un oído
delicado, y siempre estaba ahí para confortarlo con cálidos y amorosos besos,
permitiéndole recargar la cabeza en su abdomen hasta que caía dormido bajo el
suave arrullo de su respiración. Nunca estuvo seguro de si alguna vez había
despertado a Mufasa, pero ahora no había duda alguna. Sintió un retortijón en
el estómago. Miró hacia el agujero, y entonces supo lo que tenía que hacer.


Sarabi pudo ver su temor, y se acercó a él. “No lo
hagas si no quieres. Yo no lo haría.”


“Pero tú eres una niña,” dijo Taka, mirándola con
dulzura. Después se dirigió al agujero. “No le tengo miedo a la obscuridad. No
le tengo miedo a ese tejón. Soy un león, y los leones no le tememos a nada…”
Volteó a ver a Mufasa. “…no importa qué
piensen los demás.”


Taka se deslizó a través del estrecho pasaje con los
hombros encorvados y la cabeza agachada. Muy reaciamente se dirigió hacia el
obscuro corazón de la caverna, pulgada tras pulgada, y repitiendo a cada
instante, “No vamos a hacerte daño. Tan sólo queremos que nos concedas unos
deseos, ¿sí? Somos tres, así que únicamente serán tres deseos.” A través de las
profundidades se escuchaba una respiración que cada vez se volvía más agitada,
al igual que la de Taka. “Tres deseos deben ser algo muy fácil para alguien
como tú. Quiero decir, ¿qué son tres deseos para un verdadero Nisei?” No hubo
respuesta alguna. “Por favor, di algo. Lo que sea.”


“Oye Taka,” dijo Mufasa, “No tienes que hacerlo.”
Metió su cabeza en el agujero y dijo, “Lamento haber dicho que eras un
mentecato.”


“Lo llamaste poco seso,” dijo Sarabi.


“¡Lo que sea!” gritó Mufasa. “Oye Taka, regresa. Sólo
bromeaba cuando dije que le temías a la obscuridad.” Se impacientó. “Taka, YA
DIJE QUE LO SIENTO, ¿¿de acuerdo?? ¡Ahora sal de ahí inmediatamente o se lo
diré a Mamá!”


“No bloquees la entrada,” dijo Sarabi. Se acercó para
escuchar cuidadosamente. “¿Qué tanto estará haciendo?”


“¿Cómo puedo saberlo. Ya cállate.”


Finalmente, desde las profundidades, lograron
escuchar la voz de Taka Se oía distante, débil y vacilante. “No vamos a
lastimarte. Verás, mi hermano Mufasa va a ser Rey cuando crezca, y yo tan sólo
soy su hermano. Se le ocurrió que yo podría sentarme junto…”


Se escuchó un ligero estrépito en las profundidades.
Sonó como un gruñido.


“Ayuda, por favor. Tengo miedo. Está muy obscuro
aquí.” Era Taka. Mufasa y Sarabi no sabían si estaba hablando con el tejón o
con ellos. Mufasa trató de entrar en el agujero.


Era muy estrecho, y se dio cuenta de que no tenía
sentido intentarlo. Comenzó a excavar.


“¡Detente!” Sarabi lo empujó. “¡Harás que se
derrumbe!”


“Pero está en problemas.”


“Si la cueva se derrumba, realmente tendrá
problemas.” Se acercó a la abertura. “¿Taka, estás bien?”


“¿Eres tú, Sassie?”


“Por favor, sal de ahí. Si me quieres, sal ahora.”


“En un minuto.”


“¡Ni un minuto! ¡Sal ahora!”


Los sonidos de respiración se agitaron una vez más.
Se escuchó algo moviéndose, y después un profundo silencio. Después de un
momento, Mufasa volteó a ver a Sarabi. “Jamás creí que lo intentaría. Debe ser
muy valiente, o muy estúpido.”


“Él no es estúpido,” dijo Sarabi con firmeza. “¡Si no
lo hubieras llamado así, jamás se habría metido en ese lugar! El que sea más
pequeño que tú no lo hace un estúpido.” Lo llamó una vez más, con mayor fuerza.
“¡Por favor sal! ¡Estás asustándome!”


En ese momento se escuchó un gruñido fuerte y
amenazador. “¡Ya me voy! ¡Por los dioses! ¡Déjame ir! ¡Déjame, me lastimas!”
Escucharon como Taka trataba de retroceder.


Mufasa comenzó a cavar con furia. “Aguarda: ¡puedo
ver tu cola! Retrocede un poco más. ¡Tan sólo unas pulgadas!”


Mufasa alcanzó su cola y la sostuvo con toda su
fuerza. Sarabi agarró la cola de Mufasa y tiró de ella, tratando de no
lastimarlo. Taka salió a tropezones del agujero, con la cara cubierta de sangre
y uno de sus ojos sobresaliendo de su cuenca. El tejón blanco estaba tras de él observando a los otros dos cachorros, que
tenían los lomos erizados y lanzaban terribles gruñidos. Reconsideró sus
opciones, y con enfado regresó a su agujero. Taka yacía en la tierra. “¡Por los
dioses! ¡Me duele tanto! ¡Ayúdenme! ¡Quiero a mi Mamá!”


Mufasa observó su ojo, bañado en un charco de sangre.
Le tomó algunos momentos el poder alejarse de esa atrozadora imagen. “Iré por
Mamá—no, mejor traeré a Makedde.” Comenzó a alejarse, pero se detuvo. “No,
tardaría mucho en regresar. ¿Puedes caminar, Taka?”


Taka trató de levantarse, y comenzó a moverse con
gran dificultad. La sangre escurría por su cara y caía en el pasto. “Lo
intentaré. ¿Está muy lejos?”


“No. Sólo sígueme.”
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Mensaje por Atsuko el Jue Oct 27, 2011 10:56 am

Capítulo V


La Profecía



“Hay tres cosas que no pueden
recuperarse. El vino derramado, la flecha disparada y la palabra pronunciada.”


— Menelao de Naxos



Fue un largo camino hacia el baobad en el que se
encontraba el hogar de Makedde. A causa del sol, la sangre sobre el pelaje de
Taka comenzó a formar costras, y las moscas se abalanzaban sobre él sin piedad
alguna. Su paso iba perdiendo firmeza y, a pesar de sus esfuerzos, su voluntad
estaba cediendo.


“¿Falta mucho?”


“Sólo un poco más,” dijo Mufasa.


“Eso dijiste la última vez.” Taka comenzó a jadear
descontroladamente. “Me duele. ¿De verdad crees que podrá ayudarme?”


“Él puede curarlo todo,” dijo Sarabi. “No te
preocupes, Taka. Todo va a estar bien.”


“¿Todavía falta mucho?”


Sarabi se le adelantó y lo miró directamente a la
cara. Su ojo sano no parecía estar enfocando. Se dio cuenta de que tan sólo
estaba siguiendo el sonido de las pisadas de Mufasa. “No te des por vencido,”
dijo Sarabi. “Hazlo por mí.”


La sangre perdida y el inmenso dolor estaban
provocándole un colapso a Taka, y sus extremidades se debilitaban cada vez más.
“Sassie, no creo poder lograrlo.”


“Puedes hacerlo,” le dijo, y se acercó a su costado. “Taka, ¿te han contado el chiste de los dos ñus y la cebra?”


“No.”


“Bueno, pues resulta que había dos ñus, y uno le dijo
al otro, ‘Te apuesto que puedo hacer que esa cebra se ría antes que tú’. Así
que se acercó a la cebra y le dijo, ‘¡Mira!’ Entonces se paró de cabeza y le
enseñó la lengua. Pero la cebra no se rió. Y, ¿sabes que hizo el otro ñu?”


“¿Cuál ñu? No veo ninguno.” Tropezó y cayó al suelo.


“¡Taka, ponte de pie! ¡Vamos, tienes que seguir!”


Sarabi lo golpeó ligeramente en el costado, trató de
levantarlo con sus patas, e incluso tiró de sus orejas. “¡Ponte de pie!”


“No puedo.”


“¡Tienes que hacerlo!” Le mordió la pierna.


“¡Ouch!” Volteó a verla directamente.


“Si no te paras te voy a morder otra vez.”


Muffy puso su hocico debajo de Taka y lo empujó. Con
la ayuda de su hermano, Taka logró ponerse en pie y comenzar a caminar. “Ya
puedo ver su árbol. ¡Gracias a Dios!”


Makedde, el Gran Sabio Mandril Babuino[1], le enseñaba a su joven
hermano Rafiki[2] como adivinar el futuro a través de un cuenco con agua. Esta técnica, a la que llamaba hidromancia[3], era la mejor manera de ver el futuro. El agua, como solía decir, vuela mucho más alto que las aves, y después regresa a la Tierra colmada con energía divina. Y no puede ser de otra manera, pues cualquiera puede ver como la fuerza de la lluvia hace reverdecer los campos.

Makedde abandonó inmediatamente su trabajo cuando
divisó al cachorro ensangrentado y a sus dos amigos. “¡Rafiki, prepara un
fomento inmediatamente!” Observó cuidadosamente el ojo de Taka. “Oh, pequeño
Amo Taka, ¡y ahora que hiciste!”

Makedde sostuvo la cabeza de Taka con ambas manos.
“Este lado no responde. Esto es malo, muy malo. Pero tal vez pueda remediarlo.”

Makedde tomó un poco de Alba humedecida, que Rafiki
le entregó, y comenzó a aplastarla contra el suelo. La tierra comenzó a formar
lodo, y Makedde tomó esa mezcla cuidadosamente en su mano.

“Esto es obra de un tejón,” dijo Makedde. “Aún cuando
no pudiera verlo, podría olerlo.” Sacudió su cabeza. “¿En qué estabas pensando
cuando te pusiste a jugar con tejones? Sabes que son muy peligrosos.”

“Era un tejón blanco,” dijo Taka. “Quería pedirle un deseo, como N’ga y Sufa.”

“Ya veo.” Frunció el entrecejo. “¡Es que no conoces las diferencias que hay entre una leona blanca y un tejón blanco! Así que querías pedir un deseo, ¿eh?”

“Fue idea mía,” dijo Mufasa. “Después de que hayamos muerto quiero que mi hermano esté a mi lado, junto con los Grandes Reyes del Pasado.”


Makedde lanzó un suspiro. “En verdad es un noble sentimiento. Pero todas las criaturas son preciosas para Aiheu. Él los recibe a todos y los mantiene muy cerca de él, no por su valentía o la fortaleza de sus cuerpos, sino por su Ka inmortal.” Se lavó las manos en una pileta. “Si tu Ka esta lleno de amor y sabiduría, no importa que seas más pequeño que tu hermano.” Acarició a Taka. “Ten valor, pequeño.” Los dientes de Taka
rechinaron. Su ojo saludable se cerró suavemente, y sus orejas se agacharon.

Makedde era bondadoso con el pequeño cachorro. El lodo cubría por completo el ojo lastimado de Taka, pero no era tan molesto como pensó que sería. Después, con un ligero apretón de su mano, devolvió el ojo, aún intacto, a su lugar. Con infinito cuidado tomó un poco de agua y retiró el lodo poco a poco. “No parpadees. Haces que sea más difícil.”


Una vez que retiró toda la sangre, y que el ojo quedó
perfectamente limpio, Makedde tomó una ramita de Dwe’dwe y la partió a la
mitad. Dejó caer una gota de resina, y con gran habilidad la distribuyó a
través de la cortada, al tiempo que presionaba los bordes de la herida con sumo
cuidado. Después sopló algunas veces sobre la herida para asegurar que se
mantuviera cerrada.


Rafiki trajo un cuenco con agua. Makedde le agregó algunas hierbas que le ayudarían a recuperar sangre y aliviar el dolor, y una pizca de Raíz Tiko para prevenir cualquier infección. Finalmente agregó un poco de miel. “No sabe muy bien que digamos, pero te hará sentir mejor.”

Taka encontró que la bebida era soportable, y además estaba terriblemente sediento después de haber perdido tanta sangre. Además, realmente se sintió mejor.

Para Sarabi había sido una eternidad. Reunió el valor suficiente y se atrevió a preguntar, “¿Podrá volver a utilizar su ojo?”

“Rafiki,” inquirió Makedde, “Ya escuchaste a la damisela. ¿Qué va ser de Taka?”

Rafiki estaba nervioso. Era la primera vez que iba a ver el futuro de alguien más. Observó el agua profundamente, tratando de recordar todo lo que su hermano le había enseñado. Entonces sopló una tremenda ráfaga de viento proveniente del oeste, formando ondas en el agua. Traía consigo el olor de la putrefacción. Las ondas del agua se disiparon, y Rafiki emitió un quejido. “Aguarden, veo algo. Creo que…”

“¿Qué?” preguntó Sarabi con impaciencia.

Rafiki miró fijamente el agua, como si estuviera poseído. Su voz se volvió profunda y forzada. “El camino es largo y difícil. Aquellos que sonríen en tu presencia te muestran los dientes cuando les das la espalda.” Se alejó del cuenco y se dirigió a Taka. Lo señaló acusadoramente, y dijo. “Encontrarás amigos en lugares desolados, pero te abandonarán en tu hora de necesidad. Aquel que te tocó por primera vez habrá de causar tu perdición, aquella que te entregó su amor habrá de tornarlo en odio.”

“¡Rafiki!” gritó Makedde. “¡Contrólalo! ¡Es un espíritu maligno!”

“La ira es tu única salvación,” murmuró Rafiki, y agarró la mejilla de Taka. “Ármate con el más cruel de los odios. Toma lo que es tuyo por la fuerza, ya que no te será entregado fácilmente.”

Taka logró librarse y trató de esconderse detrás de Sarabi y Mufasa, agachándose y temblando. “¡No! ¡No puede ser! ¡Dime que no es verdad!”

“¡Detente!” Makedde lo sacudió con violencia. “¡Detente en el nombre de los dioses!”

Rafiki lo miró estupefacto, como si hubiera visto a
un fantasma. Le tomó algunos momentos volver en sí. “¿Hermano? ¿Qué me pasó? No
pude controlarme. ¡Estaba paralizado, y algo estaba controlándome!”

Mufasa estaba horrorizado. “¿De verdad va a pasar? ¿No podemos evitarlo?”

Rafiki se dirigió hacia el atemorizado Taka. “No te asustes, hijo mío.” Acarició al pequeño. “¡Por los dioses! No era yo el que hablaba. No era yo. Yo jamás habría dicho esas cosas. Debes amar a todos, siempre, como yo te amo a ti. Perdóname, por favor perdóname.” Comenzó a llorar.

“Mi hermano no sabía lo que decía,” dijo Makedde con firmeza. “No estaba controlando el agua—el agua lo controlaba a él. ¿Sienten el olor de muerte que hay en el aire? Los espíritus malignos nos hablan con frecuencia, pero usan verdades a medias para causar daño a los demás. Cuando esté a solas contigo, Taka, voy a decirte tu futuro. Y lo haré correctamente.”

Taka comenzó a llorar. “¿Es que ellos realmente me odian?”

“No, Taka,” dijo Mufasa firmemente. Después se sintió un poco apenado. “Todos te amamos, aún cuando estés metiéndote en problemas todo el tiempo.”

“¿Pero que tal si es verdad?” inquirió Sarabi. “Es decir, si es una verdad a medias… ¿no quiere eso decir que la mitad es verdad?”

“Nada de eso es verdad,” dijo Mufasa. Se acercó a Taka y lo rodeo con su pata. “Ahí tienes—soy el primero en tocarte. Yo soy tu mejor amigo en todo el mundo, así que no tienes de que preocuparte.”

“Y yo soy la que más te ama,” dijo Sarabi en voz alta, sin importarle que todos se enteraran. “Cuando seamos grandes, quiero casarme contigo.” Sin pensarlo dos veces, le dio a Taka un cálido beso en la mejilla. El sabor de la sangre le recordó su error. “Oh, Taka. ¿Estás bien?”

Taka la miró, y luego inclinó la cabeza. Sonrió. “¡Puedo verte! ¡Puedo verte con ambos ojos!” La acarició con afecto. “¿Tú jamás me lastimarías, verdad Sassie?”

“¡Jamás! Ni en un millón de años.”

Taka le dio una lengüetada. “Siempre vamos a estar juntos, te lo prometo. Hablabas en serio—sobre casarte conmigo—¿verdad?”

“Sí, Taka. Ese iba a ser mi deseo.”

Taka sonrió. “Ahora ya no es necesario, pero valió la pena. En verdad. ¿Caminarás a mi lado de regreso a casa?”

“¡Por supuesto!” dijo Sarabi.

“Papá no te castigará esta vez,” dijo Mufasa. “No se puede castigar a alguien que está herido. Ya ves, DEBISTE haber salido cuando te lo dije. Tal vez la próxima vez me harás más caso.”

“Ajá.” Miró a Mufasa de cerca. “¿Se nota mucho? ¿Crees que Mamá se dé cuenta?”

Mufasa lo observó cuidadosamente, como si tratara de convencerse a sí mismo, pero no había duda alguna. “Sí lo notará. Creo que te va a quedar una cicatriz.”


Los tres cachorros se fueron tan rápido como le era
posible a Taka. Después de que se alejaron lo suficiente, Rafiki se recargó
contra un muro del baobad, llorando descontroladamente. “¡Pobre pequeño! ¡No
permitan que lo lastimen! ¡Por favor no lo permitan! ¡Sería capaz de darle la
sangre de la misericordia! ¡Sería capaz de morir por él!”

“Rafiki, ¿Te encuentras bien?” inquirió Makedde.

“¡Qué importa cómo estoy yo! ¿¿Taka se encontrará bien??”

“¿Tú que crees?” le respondió Makedde. “Hermano, estoy seguro de lo que vi,” dijo Rafiki. “No sé por qué lo dije, pero sé que era así.”

“Lo sé,” dijo Makedde. “Pero algunas veces, la manera en la que decimos las cosas es la que hace que éstas se realicen. Olvidaste la oración de admonición—y quedaste desprotegido. Los espíritus malignos aguardan por oportunidades como ésta. Ellos dicen su parte, y llenan cabecitas inocentes con ideas tontas para causar problemas. Algunas veces, el silencio es la profecía más sabia de todas.”

Rafiki hundió su cabeza. “Estoy tan avergonzado. ¿No
puedo remediarlo, hermano? ¿Es que no hay algo que pueda hacer?”

Makedde caminó hacia el cuenco de hidromancia. Miró el agua profundamente. Durante mucho tiempo no dijo nada, pues su cabeza estaba llena de preocupaciones. Entonces comenzó a soplar una apacible brisa procedente del este, impregnada con la dulce esencia de la miel silvestre. El viento formó ondas en la superficie del agua y, después de que se hubieron disipado, el poder de un espíritu bendito hizo a un lado las sombras.

Makedde miró fijamente, como si estuviese en trance. “Rafiki, si escuchas las palabras de Aiheu, pon atención. Una verdad pequeña es como una diminuta rama que no puede alcanzar el fruto anhelado.”

El joven mandril hizo una reverencia. “Te escucho, Señor.”

“Has liberado la maldad, y serás el responsable de detenerla. Lo que te resta de vida habrás de emplearlo para enmendar un momento de descuido. La leche y el lodo se mezclan con facilidad,
¿pero es igual de fácil separarlos? Tus palabras han mancillado la leche, pero no te he abandonado. Ya que la leche y el lodo son mis creaciones, puedo encomendar a quien yo quiera el separarlos. Y así ha de ser.”






[1] En la versión original, Makedde es llamado “the sage Mandrill Baboon”,
que literalmente significa “el sabio Mandril Babuino”. Sin embargo, Makedde y
Rafiki son mandriles, no babuinos. Es probable que este nombre sea una especie
de título otorgado a Makedde por sus servicios, y no una forma de denominarlo.

[2] Rafiki en Swahili significa amigo [referencia: sección “Frecuently Asked Question List” (FAQ) de Brian Tiemann, en http://www.lionking.org].

[3] El nombre original de la técnica
utilizada por Makedde es “scrying”, y no tiene traducción al español. Utilicé
el término “hidromancia” (aportado por Daniel Gallo).
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Mensaje por Atsuko el Jue Oct 27, 2011 11:06 am

Capítulo VI



La Prueba





Es muy difícil, si no se que imposible, ocultarle un
pelea a unos padres que poseen instintos de cazador y un magnífico sentido del
olfato. Taka pudo ver el horror en los ojos de su Madre cuando le contó el
incidente ocurrido en la madriguera del tejón, y sintió alegría y tristeza
entremezcladas. Era una especie de alegría muy extraña, una que abrigaba su
corazón con el dulce sentimiento de sentirse amado. Ella lo acurrucó a su lado
y comenzó a acariciarlo y a besarlo.


Su Padre Ahadi se alejó rápidamente, sin pronunciar
palabra alguna. Taka deseaba, en secreto, que su Padre estuviese arrepentido de
haber elegido a Muffy como su heredero, y reconsiderara quién de los dos era
más valiente. En vez de ello, todo lo que Ahadi dijo fue, “Ahora regreso.”


Akase mantuvo la herida limpia con la gentil caricia
de su lengua, pero a pesar de ello se volvía más rígida y molesta a medida que
latía el corazón de Taka.


Taka comenzó a quejarse cada vez más, a medida que el
dolor le impedía moverse. Quería descansar, pero la mayor parte del tiempo no
podía permanecer dormido y tenía que conformarse con tomar algunas breves
siestas.


“¿Cuánto tiempo más va a dolerme?”


“No lo sé, hijo.” Akase comenzó a limpiar la herida
una vez más. “Debería ir a ver si Makedde tiene algo para reconfortarte.”


“Ya no puedo más,” dijo Taka. “Por favor, tráeme
algo. Me arde toda la cara. Me esta doliendo la cabeza.”


“No sé donde estará Zazú. Tendré que pedirle a tu
Padre que vaya en cuanto esté de vuelta.”


“¿A dónde habrá ido?”


“No lo sé, pero tengo mis sospechas. Espero que
regrese pronto, muy pronto.”


“Yo también.” Taka cerró sus ojos y trató de dormir.


Sarabi se acercó. “¿Cómo se encuentra?”


“Está durmiendo.”


“¿Todavía le duele?”


“Sí, mi pobre pequeño. En cuanto regrese Ahadi lo
enviaré por Makedde.”


“¡Yo iré!” dijo Sarabi. No se lo preguntó ni tampoco
esperó a recibir una respuesta, y se dirigió rumbo al distante baobad.


El frágil sueño de Taka estaba colmado de pesadillas.
Sus piernas se movían violentamente, y su boca y orejas se fruncían. “Está muy
obscuro,” murmuró. “¡Déjame ir! ¡Déjame ir!” Akase no sabía si despertarlo o
no, pero alguien más tomó la decisión por ella.


“¡Hijo, despierta!”


Taka volteó y abrió los ojos. Pudo ver los enormes
ojos avellanos de su Padre mirándolo directamente. Estaba lleno de tierra.
Había rastros de sangre en sus labios, y su nariz estaba rasguñada y
ensangrentada. Taka se sobresaltó.


Al bajar la mirada pudo observar al tejón; su blanco
pelaje estaba teñido con el carmín de su propia sangre.


“Jamás volverá a hacerte daño.”


“Papá, estás sangrado.”


“¿En serio?” En su cara se dibujo una leve sonrisa.
“Supongo que se asustó un poco cuando encontré su entrada secreta. ¿Es mi
nariz?”


“Sí.” Por las mejillas de Taka comenzaron a rodar
algunas lágrimas. “Te quiero.”


“Yo también te quiero. ¿Verdad que me crees?”


Taka corrió y se sumergió en la melena de Ahadi, besó
la herida de su nariz y lo acarició con inmensa ternura. “Prométeme que siempre
seremos amigos. ¿Lo harás?”


“No te lo prometo, te lo juro.” Una gran sonrisa se
trazó en su rostro. “¿Ya te sientes mejor, campeón?”


“¡Puedes apostarlo?”


“¿Qué te parecería una historia?”


“¡Genial!”


En ese momento se acercó Yolanda. Cuando observó el
rostro de Taka no pudo contenerse a si misma, “¡Dios mío! ¿¿Pero qué es lo que
te pasó??”


Taka se horrorizó, y ocultó la cabeza rápidamente.
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Mensaje por Atsuko el Jue Oct 27, 2011 11:07 am



[center]Capítulo VII



¡Corban! [1]





Avina era un leona que había nacido con un espíritu
indomable. Como a muchas otras leonas, le encantaba cazar en compañía de sus
Hermanas de Manada, pero también le gustaba probarse a sí misma cazando por su
propia cuenta, a la manera de los leopardos. Esa era una cualidad muy peculiar
en ella; su habilidad en la cacería solitaria podía igualarse con la maestría
de Uzuri para guiar a la Cuadrilla de Caza. Como la esposa del hermano del Rey
se suponía que debía servir de ejemplo a sus Hermanas, pero no podía evitar
salir a solas para llevar a cabo sus exploraciones en la sabana.


Siempre salía durante el día, con el propósito de no
entorpecer con la cacería nocturna. Jamás se perdonaría echar a perder el
trabajo de las demás leonas. Cazar durante el día presentaba un mayor reto,
pero valía la pena cuando lograba obtener su trofeo y compartirlo con el resto
de la Manada, lo cual la llenaba de orgullo. “Lo hice yo sola, y a plena luz
del día,” solía decir. A las demás no les molestaba demasiado. A ellas les
gustaba saborear un buen bocado tanto como a Avina, quien siempre llegaba
canturreando alegremente, “¡A comer!” Era una invitación abierta a cualquiera
que quisiera compartir con ella los frutos de su labor.


Con Sarabi y Elanna al cuidado de la Tía Akase, Avina
se sentía libre para aventurarse en los pastizales, camuflajeando su dorado
cuerpo con el resto de la sabana. Sarabi estaría segura jugando con Taka,
mientras que Muffy se conformaría con platicar con Elanna. Nunca conversaban
por largo tiempo pues, a pesar de que muchos pensaban que Mufasa se casaría con
Elanna, entre ellos no existía la magia que compartían Taka y Sarabi.


Avina avanzaba como una fantasmal aparición entre la
pradera, observando todo y siendo observada por nadie. El orgullo que sentía
por sus habilidades era evidente, y tenía derecho a sentirse así.


Cerca de ahí había una manada de antílopes que ni
siquiera se percataron de su presencia a pesar de que estaban muy inquietos,
deteniéndose de tiempo en tiempo para olfatear los alrededores. Los antílopes
conocían perfectamente las señales que los hacían una presa fácil.


Avina permaneció con las orejas y la cola agachadas,
y sus piernas estaban perfectamente acompasadas al ritmo de la Madre Tierra. No
apartaba su mirada de la manada; se acercó gradualmente, acortando la
distancia. De tiempo en tiempo se detenía y echaba un vistazo.


Avina sabía que su éxito era seguro, y sonrió para ella
misma. Cerca de ahí había un ciervo que se había alejado de los demás, y Avina
fijó su atención él. Era viejo, y los más probable es que fuese más lento que
los demás. Se concentró profundamente, hecho un vistazo, y comenzó a acercarse
con sigilo, pero repentinamente se vio obligada a salir corriendo.


Una gacela la había descubierto. Sin pensarlo dos
veces, Avina saltó de sus escondite y se abalanzó sobre el viejo ciervo.


En efecto, era más lento que los demás. La manada
completa salió disparada, pero Avina no apartó la mirada de su objetivo. Era un
asunto privado en el medio de una gran manada. Su fuerza fluía vivamente al
tiempo que su determinación se avivaba, y a cada momento el ciervo se acercaba
más y más.


La gacela cambió su dirección repentinamente, pero
Avina no perdió el rastro. Cada vez se acercaba más a su objetivo. “¡Eres mío!”


Avina saltó con toda su fuerza, como otras tantas
veces. A cada instante se elevaba más, hasta que pudo colocar su poderoso brazo
alrededor del cuello de su víctima, y entonces la empujó hacia ella.


Pero calculó mal su movimiento. “¡Maldición!”


Una pezuña la golpeó en la mejilla con una fuerza
descomunal. Toda su energía la abandonó en un breve instante. Perdió el
control, se detuvo bruscamente y rodó a un lado. Ahí estaba, paralizada y sin
fuerzas. Se retorció agonizante y se
cubrió la cara, pero sintió un inmenso dolor que la obligó a detenerse.
Trató de pedir ayuda, pero su mandíbula yacía colgada de su cara y lo único que
pudo hacer fue lanzar un chillido quedo e inentendible. La ira y la decepción
pronto dieron paso al terror que le causaba su predicamento. Necesitaba a un
amigo desesperadamente. Alguien, quien fuera. Pero no había nadie. Permaneció
en la tierra, preguntándose si éste sería el lugar en que conocería la muerte.


“¡No!” se dijo a sí misma. Acumuló todas sus fuerzas
para levantar su maltratado cuerpo y, luchando contra la gravedad, logró
mantenerse en pie.


Una vez que estuvo en pie, sintió que algo goteaba de
su quijada. Sangre y saliva entremezcladas caían profusamente de su lacerado
rostro, escapando a través de su boca. Sintió pánico.


Jadeante, luchó contra las sombras que enturbiaban su
pensamiento. “Tengo que ir con Makedde,” pensó. No sabía donde se encontraba
con exactitud, y perdió valioso tiempo en tratar de divisar el baobad en la
distancia. “Aiheu abamami—Señor, dame fuerza.”


Comenzó a marchar bajo el ardiente sol. El dolor de
su quijada se avivaba a cada paso, y luchó por mantener sus ojos enfocados.


Trató de palparse con la pata para ver que tan graves
eran las heridas. La mandíbula rota estaba atravesándole la piel. Era como una
daga cubierta con su propia sangre. “¡Por los dioses!” pensó. “¡Mi cara! ¡Mi
cara—se ha ido! ¡Se ha ido!” Se preguntó cual sería su aspecto, y lo que haría
si el dolor no disminuía.


¿Qué es lo que haría Shaka cuando la viera?” Seguiría
amándola, ya que era un león noble y gentil, pero su radiante belleza se había
ido para siempre. Y con seguridad jamás podría volver a cazar. ¡Qué
desperdicio! ¡Qué estupidez! Y eso si es que vivía para verlo nuevamente. Toda
su astucia y orgullo ahora eran tan sólo un reproche contra ella misma. “¡Qué
tonta fui!” pensó. “¡La más tonta de todas!” Ahora todos la compadecerían,
sería el ejemplo que los padres señalarían a las niñas imprudentes.


Siguió avanzando, tratando de mantener su cabeza en
alto. No era fácil. Su cuello estaba torcido, sus lamentos se ahogaban en su
garganta, y uno de sus ojos comenzaba a salirse de la órbita. “Vamos,
muchacha,” pensó. “No puedo detenerme. Tengo que encontrar a Rafiki. ¡Por
favor, dioses, permítanme dar con él!”


El sol la atormentaba. Las moscas se abalanzaban
sobre ella y no podía hacer nada para evitarlo. Con dificultad podía mantener
el ritmo.


Su vista comenzó a desvanecerse, y no podía remediarlo.
Todo se obscurecía a su alrededor, y lo poco que lograba divisar se desvanecía
ante sus ojos. “¡No, no puedo morir! ¡Tengo dos hijas! ¡Tengo que regresar a
casa! ¡Tengo que hacerlo!”


Su pecho y sus piernas estaban bañados en sangre. El
olor de su propia sangre entró por el orificio nasal que aún podía utilizar.
Muy seguramente ya habría llegado a otros lugares.


Alcanzó a percibir pisadas a su alrededor.


“¿Quién está ahí?” Sus palabras fueron casi
inentendibles, así que habló lenta y pausadamente. “¿¿Quién… está… ahí??”


“Sólo somos nosotros.”


Era la voz de una hiena. “Ayúdame. Soy la esposa del
Príncipe Segundo[2].” Las
palabras le quemaban como el mismísimo fuego. “Si me llevas… con Rafiki… mi
esposo te… recompensará. Imagina… ¡tendrás todo lo que puedas comer!”


“Es lo que estaba imaginando en este preciso
momento.”


“¡No! ¡No lo hagas! ¡En el nombre de Dios!”


“No lo tomes como algo personal, cariño,” dijo la
voz. Como si hubiera lanzado una señal, toda una jauría salió de entre el pasto
y se abalanzó sobre ella.





[1] “Corban” no tiene traducción
al español, y al parecer no existe en el idioma inglés. Es utilizado de
diversas maneras durante la novela. Aparentemente, es una forma de denominar a
ciertas personas para distinguirlas de las demás por haber hecho algo
extraordinario, ya sea para bien o para mal.

[2] El título original es “Prince Consort” (Príncipe Consorte o Príncipe Adjunto). Decidí
utilizar “Príncipe Segundo” porque consideré que era más estético.



Última edición por Atsuko el Jue Oct 27, 2011 11:16 am, editado 1 vez
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Las crónicas de un reino (Autor: David Morris y Jhon Burkkit) Empty Capitulo 8

Mensaje por Atsuko el Jue Oct 27, 2011 11:11 am

Capítulo VIII

Patrullando la
Frontera

Era el turno de Shaka para patrullar la frontera del Reino. Era un trabajo que no le gustaba, aunque tampoco lo odiaba del todo: le quitaba tiempo precioso que podía aprovechar para convivir con su familia. Podría estar jugando con Sarabi y Elanna, pero en vez de ello tenía que defender las Tierras del Reino[1] de enemigos que muy de vez
en cuando se atrevían a dar la cara.


Sin darse cuenta estaba recitando para sí los viejos pasajes de la Saga Leónida que su padre le enseñara cuando cachorro. Shaka era bueno recitando, y era una enciclopedia viviente de tradiciones y cantos ceremoniales. Comenzó a cantar la canción favorita de Sarabi.


“Moko Melenudo en su talla exageraba, Este gato en estatura nunca regateaba.
Un día por la montaña con valor trepaba Para ver si a lo lejos algo divisaba.
El gato iba trepando y la lluvia lo golpeaba, Y el viento con fuerza lo enfrentaba…”[2]

“¡Qué tal!” le gritó Zazú. “¡Lamento interrumpirte, Majestad, pero hay hienas en las praderas del este! Han tomado una presa.”

“Gracias,” dijo Shaka. “Iré a echar un vistazo.”

De cualquier forma necesitaba algo de emoción. Le divertía el pensar lo que harían las hienas cuando lo vieran, así que se apresuró a atravesar la sabana, hundiéndose entre los cañaverales. “Con que cazando en las Tierras del Reino, ¿eh? No mientras yo este patrullando.” Su paso era ligero pero firme, y llegó con prontitud a su destino.

Por fin logró divisarlas; comían rápidamente, como si
supieran que no tenían mucho tiempo.

Les lanzó un tremendo rugido. Las hienas le gruñeron,
pero se retiraron de los restos y se alejaron algunas yardas.

“¡Por los dioses, es una leona!” No la reconoció
hasta que se acercó lo suficiente como para ver su cara. El terror que había
sentido en sus últimos momentos había quedado grabado en su maltrecho rostro.

“Avina,” susurró levemente. Su cuerpo yacía, despedazado, bajo el cielo solitario, mientras las moscas zumbaban alrededor. “¡Avina!” Shaka miró al cielo, suspiró profundamente y grito, “¡¡¡Avina!!! ¡¡¡Dios, noooooo!!!”

Su dolor y su furia competían como dos conejos tratando de entrar al mismo agujero a un tiempo. Su furia ganó. Sus ojos se encendieron con odio, y a lo lejos divisó su objetivo. “¡¡¡Malditos asesinos!!! ¡¡¡Voy a matarlos!!!”

Comenzó a seguir a las hienas a toda velocidad. Su
agilidad era admirable, incluso para ser un león. Pero había sido dotado con
fuerza, no con velocidad; no podía competir con la ligereza de las hienas de la
manera en que lo habría hecho una leona. Sin embargo, no perdió su rastro.

Los carroñeros atravesaron la sabana con la velocidad
de las golondrinas. Hicieron un último esfuerzo, y con gran alivio atravesaron
la frontera del Cementerio de Elefantes, donde comenzaba su territorio.

Se detuvieron un momento para echar un vistazo—un terrible error. Shaka los seguía de cerca. Atravesó la invisible línea donde terminaba su autoridad. La velocidad y firmeza de su paso disminuyeron al adentrarse en el obscuro reino de la muerte. Al fin, una de las hienas se tropezó con una pila de huesos, frenando de golpe su carrera.

Shaka lo atrapó rápidamente bajo el abrumador peso de
su cuerpo. “¡Mataste a mi esposa! ¡Has destrozado mi corazón, así que yo
destrozaré el tuyo! Será mejor que le reces a tu dios.”


“¡Suéltalo!” dijo Amarakh, la Roh’mach[3] en turno. “Has invadido
nuestro territorio. Has aprisionado a uno de los míos.”

“¡Es un asesino!” Shaka la miró con furia. “¡Asesinó a mi esposa a sangre fría en mi propia tierra! Ella tenía hijas, Amarakh. ¡Dos hijas que no tendrán a su madre esta noche! ¡La despedazaron viva! ¡Viva!”

“Voy a investigarlo. Lo conozco. Es un busca pleitos; puedes estar seguro de que será castigado, si es culpable.”

“¿¿Si es culpable??” Shaka observó a la inmovilizada hiena. “Yo vi su cuerpo.
Zazú presenció la matanza. ¡Díselo! ¡Díselo sabandija!”

La hiena estaba temblando. “¡Ayúdenme!”

“No lograrás que confiese de esa manera.” Amarakh lo miró con rabia. “Esta es mi tierra, y te juro que investigaré de acuerdo a nuestras leyes. Pero debes dejarlo ir. Déjalo—¡ahora!”

“No te creo.”

“No estás en posición de negociar,” dijo Amarakh. “Vete ya. Veré a tu hermano el Rey esta noche. Tendremos una charla.”

“Tienes razón,” dijo. “Tienes toda la razón. NO estoy en posición de negociar.” Shaka miró al cielo. “¡Aiheu abamami!” gritó con profundo dolor. Después bajo la cabeza y lanzó una poderosa mordida. La hiena dio algunos terribles espasmos antes de caer muerta, con los ojos completamente perdidos. Se escuchó un profundo gruñido entre la multitud. Después, llenos de furia, se abalanzaron sobre Shaka.



[1] El nombre original de las
Tierras del Reino es “The Pride Lands”, que
literalmente significa “Las Tierras de la Manada” o “Las Tierras del Orgullo”.
Decidí emplear “Las Tierras del Reino” ya que fue el nombre utilizado en la
versión en español de “El Rey León”.

[2] La canción original es como
sigue:

“Moko
Greatmane was a great cat, / And a great big cat was he, / He climbed up over
the mountain pass / To see what he could see, / As the cat climbed up, all the
rain climbed down / And the wind was blowing fast....”

[3] No sé en que idioma está la
palabra “Roh’mach”, pero se utiliza para designar al líder
de las hienas (que generalmente es una hembra).
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Las crónicas de un reino (Autor: David Morris y Jhon Burkkit) Empty Capitulo 9

Mensaje por Atsuko el Jue Oct 27, 2011 11:17 am

Capítulo IX

Reuniendo Evidencias

Sarabi y Elanna estaban jugando con Mufasa y Taka.
Eventualmente comenzaron a preguntarse a que hora llegarían sus papás. Ahadi
también comenzó a inquietarse, pues empezaba a atardecer. “¿No nos habrán
dejado a las niñas para tomarse unas vacaciones?” Akase tan sólo bromeaba, pero
estaba realmente preocupada.


Zazú llegó para entregar su reporte. “Mi Señor,
Khemoki[1] de los Cebra’ha está
seguro de que…”


“Aguarda Zazú. Necesito saber dónde están Shaka y
Avina. ¿Los has visto?”


“Bueno, Mi Señor, Shaka fue a ahuyentar algunas
hienas. Tomaron una presa en las praderas del este y le aconsejé ir a
averiguar.”


“¿Hace cuánto de eso?”


“Oh, cerca de dos horas. Quizá tres.”


“¿¿Dos o tres horas??”


“Bueno, Mi Señor, podría equivocarme.”


“¿¿Dónde está Avina??”


“No lo sé. Estaba de cacería en la pradera del este
y…” Zazú se frenó de golpe. “¡Dios mío! Ahí es donde vi a las hienas, y…”


“Enséñame el lugar.” Ordenó Ahadi. “¡¡Sarafina[2], Uzuri, Isha[3]!! Acompáñenme. ¡¡Rápido!!”


Temiendo lo peor, Zazú condujo a los cuatro hacia las
praderas del este, directamente al lugar en que vio la cacería. Incluso desde
las alturas en que se encontraba pudo reconocer el dorado color de la piel del
cadáver. Aterrizó estremeciéndose.


Ahadi se acercó al cuerpo—lo que quedaba de él—y
observó su cara. “¡¡Dios mío!! ¡¡Avina!!” Se dio la vuelta y maldijo. Pasaron
algunos terribles momentos en los que no se dijo una palabra. Después, tratando
de recuperar su compostura, Ahadi permitió que Uzuri viera el cuerpo. Uzuri
estaba temblando, pero pudo hacer las observaciones necesarias. “Su cara fue…”
Se estremeció. “Le dieron una coz. Fue un animal con pezuñas, no hay duda. Pero
hay un rastro de sangre tras ella. Deambuló hasta llegar aquí.”


Uzuri siguió el rastro de sangre por una corta
distancia, notando con horror el rastro de las hienas. “Las hienas la
encontraron cuando todavía estaba viva. ¡Dios Divino, esas perversas escorias
se la comieron viva!”


Regreso al lugar donde estaba el cuerpo, y después
siguió el rastro en dirección al Cementerio de Elefantes. “Es Shaka—puedo
olerlo. Las persiguió hacia esa dirección.”


El grupo de leones siguió el rastro, débil pero definitivo,
hasta llegar a las fronteras del Cementerio de Elefantes. Los aguardaba un
grupo de hienas, con Amarakh al frente.


Los leones llegaron en grupo, mostrando los colmillos
amenazantemente. Ahadi reclamó, “¿Dónde está Shaka?”


“Lo que queda de él ya ha sido retirado del lugar
donde murió.” Amarakh frunció el entrecejo. “Tomó la ley en sus propios
colmillos y mató a uno de los nuestros en nuestra propia tierra, sin haber
llegado a un acuerdo. Ofrecimos llevar a cabo una investigación, un juicio justo
de acuerdo a nuestras leyes. Pero nos rechazó y mató a un macho cuya esposa
está embarazada.”


“¡Así que lo asesinaron!”


“Lo EJECUTAMOS. No podíamos esperar a que matara a
otros. Era muy peligroso para ponerlo bajo arresto.”


“No hay duda de que era peligroso después de que su
esposa fue despedazada viva. Hemos visto la evidencia.”


“Nosotros no, Mi Señor. No podíamos estar seguros, y
no podíamos esperar a estarlo. Aquí está la esposa del macho muerto,” dijo
Amarakh, ordenando a Fabana[4] pasar al frente. Uno de
sus ojos estaba marcado con una brutal cicatriz. El temor corría por la sangre
de Fabana cuando se encontró frente al poderoso Rey.


“Si quieres tu venganza,” dijo Amarakh, “permite que
todos vean que peleas con honor, cuerpo a cuerpo. Permite que vean que le has
dado a esta hembra una oportunidad JUSTA para defender el honor de su familia.”


La temblorosa hiena tartamudeaba, “¡Piedad! ¡Ten
piedad! ¡Estoy embarazada!”


Ahadi la miró con lástima. “Ahora sabes lo que se
siente perder a alguien que amas. La Roh’mach me ofrece una víctima para jugar
con mi dolor, pero ella ha ganado este encuentro. No te dañaré.”


Pero Ahadi miró severamente a Amarakh. “Ya que tu
gente mató a mi hermano y asesino cobardemente a su esposa, los marco con la
señal de Corban. Jamás volverán a buscar carroña en las Tierras del Reino. No
hasta que el último de los que mataron a Avina haya muerto.”


“¡Pero Mi Señor, pasaremos hambre!”


“Tal vez algunas noches sin comida te motivarán a
mejorar tus leyes, Amarakh. Además, éste no es un mal lugar para buscar
carroña. Nunca se sabe cuándo querrá morir algún elefante.”


Ella levantó la cabeza y lo miró fijamente. “Te
burlas de mí por que eres poderoso, y yo tan sólo soy una hiena. Pero los
dioses saben que debo ser justa con mi gente. La pena te ha cegado, ha dañado
tu juicio y te ha despojado de tu sabiduría.”


Ahadi y las leonas se retiraron. Alguien tenía que
darles la noticia a Sarabi y Elanna. Ahadi sabía que las pequeñas eran su
responsabilidad, y era él quien debía comunicárselos. “Aiheu abamami,”
tartamudeó. “Por favor, Dios mío, dame fuerza.”


[1] Khemoki es el líder de las cebras.

[2] Sarafina es la madre de
Nala; en Swahili significa estrella luminosa [referencia: sección “Frecuently
Asked Question List” (FAQ) de Brian Tiemann, en http://www.lionking.org].

[3] Isha es un miembro de la
Manada, presente durante el reinado de Ahadi, Mufasa, Taka y Simba. Fue creada
por Brian Tiemann. En Swahili significa oración matutina (dato proporcionados
por Daniel Gallo).

[4] Fabana en Swahili significa
golondrina; juega un papel importante en la vida de Taka (referencia: “The
Unofficial Lion King Enciclopedia, March 1997 Edition”, de David Morris, Joe
McCauley y Matthew Polak).
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Las crónicas de un reino (Autor: David Morris y Jhon Burkkit) Empty Capitulo 10

Mensaje por Atsuko el Jue Oct 27, 2011 11:19 am

Capítulo X

Con Todas sus
Fuerzas
[1]

Muffy y Taka tenían seis lunas de edad. Las motas que
cubrieron su piel en la niñez se habían ido, y su tamaño y fuerza habían
aumentado. Era tiempo de que aprendieran algunas lecciones importantes sobre la
defensa del Reino.


Durante sus jugueteos infantiles desarrollaron un
repertorio de reflejos y movimientos que les serían de gran ayuda como adultos.
Pero había movimientos reservados para el combate serio, movimientos que
necesitarían para defender las Tierras del Reino de intrusos y rivales. A pesar
de que Ahadi trataba de hacer las lecciones un poco divertidas, esto ya no era
un juego.


Ahadi sabía muy bien que un león debe conocer
perfectamente tanto sus puntos fuertes como los débiles. Ahadi observó en
Mufasa fuerza y resistencia. Debido a esto, Mufasa dominó rápidamente la
arremetida frontal que su Padre le enseñó, la cual consistía en pararse sobre
sus piernas y ejercer presión con sus poderosas patas. Taka era pequeño pero
rápido, y su Padre le enseñó en primer lugar el agarre de cadera, enseñándole a
escabullirse lo suficientemente bajo, morder la pierna y voltear al oponente.
Por supuesto, había defensas para estos ataques, y también debían aprenderlas.
Un león con una sola estrategia no podrá ser rey por mucho tiempo.


Yolanda, que era una leona muy poderosa, asistía a
Ahadi en las demostraciones. Las lecciones lucían mucho más violentas en la
demostración que durante la enseñanza. Mufasa y Taka permanecían hechizados
mientras observaban, con horror, como Yolanda y Ahadi se enfrentaban haciendo
acopio de todas sus fuerzas. No gruñían ni rugían pero, incluso en su dignidad,
el crudo poder de la agresiva pelea era suficientemente evidente. Por supuesto,
Ahadi y Yolanda tenían cuidado de no infringirse daños serios. Tenían sus
garras retraídas y no ejercían presión en sus mordidas, pero utilizaban una
gran cantidad de fuerza, y el olor del sudor impregnaba el ambiente.


Sarabi se acercó a Mufasa, tratando de no verse
sospechosa. “Ten cuidado con él, Muffy,” le susurró. “Sabes que tú eres más
fuerte. No tienes que probar nada lastimándolo.”


“No te preocupes, Sassie. Es mi hermano.”


“¿Entonces no lo harás quedar tan mal?”


Él sonrió. “En verdad te agrada, ¿verdad?”


“Sí.” Sarabi le dio una rápida lengüetada en la
mejilla. “Gracias, Muffy. En verdad eres adorable.”


“Eso sin mencionar que es muy atractivo,” dijo
Elanna, coqueteando.


Jadeando, Ahadi y Yolanda al fin se detuvieron. Ahadi
se apartó la melena de los ojos y dijo. “Claro que (ahhh), si esto hubiera
(ohhh) sido real (ufff), habría un (ahhh) ganador y (ohhh) un perdedor.”


Yolanda lo acarició. “Incosi (ahhh), toco tu melena.”


“Puedo (ohhh) sentirlo.” Ahadi respiró profundamente
y exhalo con lentitud. “Muy bien, hijos míos. Ahora inténtenlo ustedes.”


Los dos hermanos se pararon cara a cara. Taka respiró
profundamente y comenzó a rodear a Mufasa muy lentamente. Su cabeza comenzó a
balancearse, trazando un patrón irregular al tiempo que aguardaba el momento
pertinente para comenzar el ataque.


Mufasa se agazapó sobre sus patas delanteras y
comenzó a dar la vuelta, cuidado siempre de estar frente a Taka. La velocidad
con que Taka era capaz de saltar y agarrar la cadera era peligrosa, por lo que
no se atrevía a dejar expuestas sus vulnerables piernas.


Taka frunció el entrecejo. “Muy bien,” pensó. Comenzó
a rodear a Mufasa nuevamente, apresurando su paso e inhalando al compás de sus
movimientos. Después dio una respiración corta y rápida.


Muffy se dio cuenta de sus intenciones y esquivó el
ataque justo a tiempo. Taka cayó en un espacio vacío, mientras sus patas
luchaban para no resbalar.


Ahadi asintió en silencio.


Al voltear a su alrededor, Taka observó a Muffy
sonriendo burlonamente. Mostró los dientes amenazadoramente y comenzó a atacar
con furia a su hermano. Muffy se sobresaltó, y comenzó a bloquear cada ataque
con sus patas. Taka emitió un quejido al darse cuenta, con terror, de que
estaba a punto de perder—nuevamente. Miró de reojo a Sarabi, tratando de
percatar lo que sentía.


Eso fue todo lo que Muffy necesitó. Golpeó a Taka con
la fuerza suficiente para desbalancearlo. Taka se encontró aprisionado bajo el
enorme peso de Muffy antes de haber podido responder al ataque. “¡Ríndete!”


“¡No!” jadeó Taka, luchando por respirar mientras se
esforzaba inútilmente. Muffy era muy fuerte para él.


Taka dio lo mejor de sí, pero Muffy tenía demasiada
fuerza.


“¡Ríndete!”


“¡No!”


Taka no podía soportar que lo humillaran así, ¡no en
frente de Sarabi! Se dio cuenta de que la pierna de Muffy estaba al alcance de
su boca.


“¡Ríndete!”


“¡Dije—que—NO!” Hundió sus dientes en la pierna de
Muffy. Mufasa se levantó de un salto al tiempo que gemía lastimeramente. Taka
aprovechó la oportunidad para comenzar a atacarlo con toda su fuerza. Golpeó a
Mufasa bajo la barbilla, provocando que sus dientes entrechocaran
dolorosamente.


“¡Ya basta, Taka!” Mufasa comenzó a retroceder,
frunciendo la frente con enojo. “No me obligues a ser rudo contigo.”


“Dame tu mejor golpe,” respondió Taka arrogantemente.
“Sé que no estás peleando con toda tu fuerza. Después de todo, eres un
bonachón.”


“Y tú eres un tonto.” Apretó sus ojos. Se acercó a
Taka y comenzó a enfrentarlo. Taka trataba de golpear sus piernas para hacerle
perder el balance, pero Muffy bloqueaba todos sus ataques. Taka comenzó a
rodearlo e intentó atacar desde otro ángulo, sólo para obtener el mismo
resultado. Comenzó a sentir temor al darse cuenta de que su fuerza disminuía.
Desesperado, intentó repetir su ataque, tratando de agarrar la pierna de Muffy
con los dientes totalmente expuestos.


“¡No!” Mufasa le dio un fuerte golpe con las garras
extendidas. Taka cayó al suelo rodando. “¡Intenta hacer eso de nuevo y te
golpearé en esa dura cabeza que tienes!”


Los pies de Taka temblaban, dio algunos pasos en
falso, y después volvió a caer. Frotó su cara con su pata.


Sarabi quería correr a su lado a consolarlo, pero
sabía que no debía hacerlo. Sólo haría que la situación empeorara.


Muffy observó la expresión de Sarabi y recordó su
promesa. Volteó a ver a Taka y vio su aturdido rostro. “Taka, ¿estás bien?”


“Sobreviviré.” Trató de ponerse en pie y sacudió su
cabeza.


Ahadi observó la herida en la pierna de Muffy. Volteó
a ver a Taka y frunció el entrecejo. “Vaya pelea.”


“Hizo trampa,” dijo Elanna. “Y lo hizo dos veces.”


Taka los ignoró y se alejó, respingando por las
punzadas que sentía en la mejilla, donde Mufasa lo había golpeado con tanta
fuerza. Apartó con rabia las piedrecillas que se atravesaban en su camino,
murmurando palabras que su Madre jamás le había enseñado.


Se dirigió hacia el frente de la Roca del Rey y se
recostó en su lugar de descanso favorito, una repisa que descansaba bajo la
confortable sombra de una saliente de granito. Con algo de aprensión levantó
una pata y se tocó la cara cuidadosamente. Se sintió aliviado al no encontrar
rastros de sangre.


“¿Taka?”


Volteó y vio a Sarabi acercarse elegantemente a donde
él se encontraba. Sonrió apáticamente. “Hola, Sassie.”


Ella se acercó, mirándolo con irritación. “No me
hables así, estoy muy enojada. ¡¿Qué crees que estabas haciendo?!”


Su sonrisa se desvaneció. “¿De qué estás hablando?”


“¿Acaso querías que te mataran? Déjame ver tu cara.”
Comenzó a examinar la hinchazón bajo la cicatriz de su ojo izquierdo, pero el
se lo impidió.


“No te preocupes. Habría ganado esa estúpida pelea si
él no hubiese hecho trampa.”


Las cejas de Sarabi se levantaron. “¿Qué el hizo
trampa? ¡Taka, le mordiste la pierna! ¡Me sorprende que él no te haya dado un
buen golpe en la cabeza!”


Taka se enojó y la miró con disgusto. “Vaya, aprecio
tu apoyo, Sarabi.” Agregó burlonamente, “Oh, Muffy, no seas duro con él, no es
tan fuerte como tú.” Escupió con rabia. “¡No quiero que me DEJE ganar, quiero
DERROTARLO por mí mismo! ¡Por una vez, me gustaría ser mejor que él en algo!”


“Pero lo eres,” dijo Sarabi. “No quiero que te
lastimen, eso es todo.” Su voz comenzaba a temblar a la vez que luchaba por
contener sus lágrimas. “Lamento si mi amor por ti está interviniendo en sus
riñas.” Se dio la vuelta y comenzó a alejarse.


Taka se quedó paralizado. “¡Sassie, espera!” La
observó alejándose por donde había llegado. “¡Dios mío, está comenzando!”
gritó.


Corrió tras ella, se le adelantó y le cortó el paso.
Sarabi se detuvo, perpleja.


“¡Lo siento! ¡Por favor, perdóname!” Comenzó a rogar
con desesperación. Rodó sobre su espalda y comenzó a lanzarle leves zarpazos.
“¡Te quiero! ¡Por favor no me dejes, Sassie!”


Sassie pudo ver el evidente terror que había en sus
ojos, y sintió que el pelo de su cuello se erizaba. Dejó a un lado su ira.


“Intenté ganar limpiamente,” tartamudeó. “Si siempre
estoy perdiendo, quizás dejes de quererme. Soy un perdedor, Sassie. No importa
cuánto me esfuerce.”


“¿Es que tienes la cabeza llena de pasto seco?”
Sarabi levantó la barbilla de Taka con su pata hasta que pudo verlo directo a
los ojos. Te quiero porque eres agradable e inteligente y muy simpático. Eso no
va a cambiar por el simple hecho de que Mufasa te gane en las luchas.” Sarabi
le dio un beso con su cálida lengua y comenzó a acariciarlo. “Sin embargo,
estoy un poco decepcionada de que hayas hecho trampa. Siempre pensé que estabas
por encima de eso.”


“Oh.” Él no sabía si estar de acuerdo con ese
comentario, pero la quería mucho. La besó en la mejilla y dijo, “Te querré hasta
el día que me muera. Incluso más. Algún día todos podrán ver dos estrellas,
juntas, en el cielo, y sabrán que somos nosotros.” Sus ojos se llenaron de
lágrimas, sin sentirse apenado por ello. “Mi amor será más fuerte que el
destino, y sobreviviré. Mi cuerpo quizá sea débil, pero Sassie, mi corazón es
fuerte.”


“Taka, es esa profecía de nuevo. Lo sé. ¿Cuándo
aprenderás a confiar en mí?” Le dio un golpe en la mejilla.


“Creo que tu bondad es lo suficientemente fuerte como
para vencer esto, pero ya lo has escuchado. ‘Aquel que te tocó por primera vez
habrá de causar tu perdición.’” Bajó la mirada. “Muffy fue el primero en
tocarme. Él va a matarme, Sassie.”


“Eso es estúpido. ¡Él te ama!”


“Sabes que es más fuerte que yo. Un día vamos a tener
una verdadera pelea, y entonces dejará a un lado su amabilidad y me matará.”
Volteó a ver la basta sabana que se extendía ante ellos.


Sarabi estaba horrorizada. “¡Deja de hablar así, me
asustas!” Se acercó a él y acarició su cabeza gentilmente. “Taka, creo en
verdad TIENES la cabeza llena de pasto seco. Muffy te ama. Te necesita. Es tu
hermano. Rafiki se equivocó—incluso Makedde lo dijo.”


Taka sonrió ligeramente. “¡Sí, es cierto! ¿En verdad
crees que saldremos victoriosos? ¿Los tres juntos?”


Sarabi besó su mejilla dulcemente. “Por supuesto.” Se
levantó moviendo la cola alegremente. “Quédate aquí y descansa, Taka. Regresaré
en un minuto.”


“Está bien.” Recargó la cabeza en sus patas
lentamente y cerró los ojos.


Sarabi corrió por el camino hacia la intersección con
el promontorio, al frente de la Roca del Rey. Pisó suavemente por su lisa
superficie y penetró en la frescura de la caverna principal. Sus ojos
comenzaron a acostumbrarse a la obscuridad, y finalmente pudo ver a Mufasa
sentado cerca de ella, lamiendo su herida cuidadosamente.


“Muffy, tengo que hablar contigo.”


“Claro,” dijo Mufasa sonriendo.


“Es sobre Taka.”


Comenzó a irritarse. “Hey, traté de no ser muy duro,
pero cuando me mordió me volví loco.”


“Lo sé, no estoy molesta contigo.”


Sarabi suspiró. “Es esa profecía de nuevo.”


“¿Volvieron a pelearse ustedes dos?”


“No. Bueno, sí, pero ese no es el punto.” Suspiró
nuevamente. “No quiero que te preocupes, Muffy, pero, ¿recuerdas ese asunto
acerca de que el primero en tocarlo causaría su perdición?”


“Sí, pero…” Sus ojos se abrieron de par en par. “Por
los dioses, ¿¿es que acaso piensa que intento lastimarlo??”


Sarabi lo miró de cerca. “Jamás lo harás, ¿verdad?
¿Lo prometes?”


“¡Por el amor de los dioses!” Parpadeó muy
sorprendido. “¡Por supuesto que lo prometo! ¡Es mi hermano!” Sacudió la cabeza.
“¿Qué es lo que VOY a hacer con él, Sassie?”


“Decírselo. Él necesita oírlo de ti más que de
cualquier otra persona.”


Asintió en silencio y comenzó a alejarse.


El pobre Mufasa quería pedirle consejo a sus padres,
pero ese asunto lo hacía sentirse profundamente avergonzado. Se resignó y
decidió tratar a Taka de “la manera acostumbrada”: seguirle la corriente, sin
importar que tan ridículo fuera, y recordarle en todo momento cuanto lo
querían.


Finalmente dio con Taka.


Taka estaba descansando en un extremo del
promontorio. Era el mejor lugar que conocía para olvidar su mal humor cuando
sentía que todo el mundo estaba contra él. El paisaje le ayudaba a poner sus
problemas en perspectiva ante el gran espectáculo de la vida.


“¿Taka?”


“¿Qué?” Taka no se molestó en voltear.


“Acabo de ver a Sassie.”


Taka volteó esta vez. “¿¿Qué te dijo??”


“No mucho.” Muffy trató de mantener su cola quieta.
Aparentemente lo logró. “Estaba irritada. Se veía un poco deprimida, así que le
pregunte si algo le molestaba.”


“Por los dioses, ya vamos a empezar.” Taka se dejó
caer nuevamente.


“Ella vio como nos peleamos, y recordó la profecía.
Ya sabes, la parte que decía que el primero en tocarte causaría tu perdición.”


“¿Oh?” Taka lo miró de reojo. “¿Y qué le dijiste?”


Mufasa sonrió, pero una lágrima rodó por su mejilla.
“Le dije que eres mi hermano. Lamento haberte lastimado. Me mordiste, y
entonces me volví loco. Sabes que Sassie y yo te amamos. Ella se preocupa por
ti. Siempre está hablando sobre el día en que se casarán cuando sean mayores.”
Mufasa sentía un nudo en la garganta. “No sabes lo afortunado que eres, Taka.
Yo tengo el reino, pero tú tienes a Sassie.”


Taka le sonrió, esta vez con sinceridad. “Sí, creo
que sí. Ella es muy linda, ¿verdad?”


Mufasa asintió en silencio, incapaz de responder.


Taka lo miró de cerca. “Pero Muffy, estás celoso…”


“¡No me vengas con eso!”


“No, de verdad.” Taka sonrió muy sorprendido. “¡Por
los dioses! ¡Estás celoso de mí! Y todo este tiempo…” Se puso de pie, lleno de
vigor, estiró las piernas y corrió hacia Muffy. Lo acarició y puso su pata
alrededor del hombro de Mufasa. “Debes pensar que estoy loco.”


“No. Bueno, no mucho.”


“Algunas veces siento como si lo estuviera. Papa
siempre está en su juicio. Él siempre sabe como salir de los problemas.” Una
lágrima rodó por la mejilla de Taka. “Ayúdame a lidiar con esto, Muffy. Si los
tres nos esforzamos, podremos vencer esta profecía. Podemos hacerlo. En el
fondo eres bueno; también Sassie lo es. Tenemos que ser muy buenos para salir
victoriosos.”


Mufasa luchó contra el nudo que sentía en la garganta
y dijo, “No te preocupes. Lo lograremos.”

[1] El nombre original del
capítulo es “Hammer and Tongs”, que literalmente significa
“Martillo y Tenazas”. Sin embargo, durante el capítulo, esta frase se emplea
para expresar que dos personas están haciendo algo “con todas sus fuerzas”, así
que decidí llamar así a este pasaje. “Hammer and tongs” podría
tratarse de un modismo.
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Las crónicas de un reino (Autor: David Morris y Jhon Burkkit) Empty Re: Las crónicas de un reino (Autor: David Morris y Jhon Burkkit)

Mensaje por SabakuNo Mapy el Jue Oct 27, 2011 3:14 pm

Dios! muchas graaxx por esto, leer esto me trae recuerdos ;n;
creo que dibujaré la pelea XD

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Las crónicas de un reino (Autor: David Morris y Jhon Burkkit) Empty Capitulo 11

Mensaje por Atsuko el Dom Oct 30, 2011 3:05 pm

Capítulo XI

La Fiebre Leonina[1]

“…Y así fue como Aiheu el
Hermoso creó el Mundo de Ma’at (tierra) y se lo entregó a sus pequeños
espíritus para que lo habitaran. Y ellos lo alabaron, pues la tierra que les
ofrecía era muy hermosa. Pero durante los primeros días, que fueron llamados
los Días del Ka (espíritu), hubo quienes no eran tan felices como Aiheu
deseaba.


‘¿Qué es lo que puede
ofrecernos está tierra?’ le preguntaron. ‘El sol no nos calienta. El agua no
nos purifica. El viento no nos refresca. ¿Cómo es que éste puede ser nuestro
hogar si no somos capaces de sentir el pasto moviéndose bajo nosotros?’


Así que Aiheu tomó ma’at
(tierra) y la mezcló con maja (agua) hasta que adquirió la consistencia
necesaria para poder ser moldeada. Y a aquellos Ka que deseaban conocer el
placer les entregó cuerpos que había formado con el barro, y soplando en ellos
el aliento de la vida permitió que, mientras fuesen capaces de respirar,
formaran parte del Mundo de Ma’at. Y el sol pudo calentarlos, y el agua
purificarlos, y el viento refrescarlos. Ellos conocieron estos y muchos otros
placeres que Aiheu les entregó como un derecho de nacimiento, pero también les
hizo una advertencia. Ya que el dolor es hermano del placer, aquellos que están
hechos de ma’at deben aceptar el dolor junto con el placer.”


— El Génesis
Según los Leones
[2], Variación D-4-A


Rafiki despertó con su baja espalda agarrotada. A su
edad, los dolores matutinos eran muy frecuentes, y tenía que tomar una
preparación herbácea para poder iniciar sus labores. Debido a que la medicina
debía estar fresca y húmeda para ofrecer resultados satisfactorios, Rafiki
tenía que preparar dosis individuales cada vez que era necesario. Eso
significaba que tenía que trabajar cansado y adolorido. Sin embargo, Rafiki no
se quejaba. Es por ello que vivía solo, sin nadie con quien discutir; además él
era un chamán, y aceptaba lo que la vida le daba con agradecimiento.

Un poco de bonewort remojado en un cuenco con agua
aliviaría la rigidez de su columna. Inmediatamente seguía un poco de corteza de
Senophalix y algunas raíces de Psamnophis gelleri para el dolor. Pero el último
ingrediente era polvo de Alba, una rara flor roja. Ésta no crecía en las
cercanías, y Rafiki tenía que llegar a ciertos acuerdos para poder conseguirla.
Sus reservas de este raro medicamento estaban casi agotadas, así que por esa
vez usó un poco menos de lo que acostumbraba. Rafiki ya había solicitado un
poco de Alba a los monos que vivían en bosque próximo a su baobad.

Los otros mandriles pensaban que Rafiki era extraño.
No podían entender la necesidad que él tenía por esa flor, pero con gusto
aceptaban los comisiones que Rafiki les daba. Por esa razón, el valioso tiempo
que podría utilizar para ayudar a los demás lo empleaba en recolectar hierbas y
chucherías por montones que le sirviesen para efectuar trueques.


Rafiki mezclaba los ingredientes en un tazón
utilizando un hueso de antílope, hasta darles una textura pastosa, y después
tomaba la amarga mezcla con cierto reproche; inmediatamente bebía algo de agua
y un poco de miel para disipar el sabor que la medicina le dejaba. El
medicamento no actuaba de inmediato. Sin embargo, se sentía mejor al saber que
la ayuda ya estaba en camino.

Mientras el alivio llegaba se preparaba para rezar
sus oraciones matutinas, comenzando siempre por dar las gracias, después pedía
por el bienestar de cada león del Reino sin importar que estuviesen sanos o
enfermos, y al final pedía con humildad, “Recuerda al viejo Rafiki, quien
confía en ti.”

Su desayuno era muy sencillo. El mango era su
favorito, seguido de una Kannabia australoafricanus madura, a la cual él
llamaba por su nombre en Mandrileño[3], que era igualmente
impronunciable. La miel era difícil de obtener, y su edad no le ofrecía gran
ayuda; además, incluso en la mejor de las colectas, había que tener mucha
suerte para conseguirla. Debido a ello, Rafiki tan sólo puso algunas gotas de
miel en la fruta, para sazonarla, y terminó de tomar el desayuno. Tal vez en la
otra vida habría suficiente miel para saciar su apetito, el cual aumentaba
junto con su edad. Él sabía que pronto despejaría sus dudas respecto al más
allá; éste un hecho que siempre recordaba cuando veía sus plateados cabellos
reflejarse en el cuenco de hidromancia.

Después de que tomaba su desayuno y limpiaba sus
dientes con una rama de acacia masticada comenzaba con sus labores diarias. La
flor de Alba lo esperaba—los monos dijeron que se la darían en tres días, y ya
era tiempo. Esos monos eran unos sinvergüenzas, pero eran muy puntuales. Ya
había juntado tres montones de ramas y hojas, los roció con agua y los envolvió
en una hoja de Rattasia asegurada con espinas de acacia. El trueque se
realizaba con todo el cuidado que merecía el modesto cúmulo de rojas flores que
aguardaban por Rafiki en el bosque.

Rafiki estaba a punto de irse cuando llegó Mufasa.
Muffy tenía un año y medio de edad, y algunas matas de melena comenzaban a crecer
alrededor de sus orejas y cuello, dejando ver que estaba convirtiéndose en todo
un león.

“Casi me había olvidado de nuestra cita.” Rafiki puso
sus montones de hierba a un lado. “Tienes problemas para dormir, supongo. ¿Has
perdido el apetito?”

“Sí.”

“¿Tienes dificultad para concentrarte?”

“Y no te olvides de la depresión. Me he sentido
triste antes, pero ahora estoy realmente abatido.”

“Ya veo.” Rafiki puso su oído sobre el pecho de
Muffy. “Inhala. Muy bien. Ahora exhala muy lentamente.” Dio unos golpecillos
sobre el pecho de Muffy con sus nudillos. “Una vez más.” La respiración de
Muffy parecía estar de acuerdo con su diagnóstico. Le tocó el cuello para tomar
su pulso y parpadeó. “Dentro de muy poco voy a tener que tomarte el pulso en el
brazo. Esta vieja melena está comenzando a estorbar.” Mufasa sonrió
orgullosamente. “Y dime, ¿cómo está Taka?”

“Muy bien.”

“Supongo que la tos ya cesó.”

“Sí, Rafiki. Me aseguré de que se tomara toda su
medicina. Esta vez no tuvo oportunidad de esconder las hierbas bajo su lengua y
escupirlas cuando no lo viera.”

“¿Cómo lo lograste?”

“Froté su cuello hasta que tuvo que tragar saliva.”

Rafiki se rió. “Tan sólo es un gran cachorro. ¿Y
Sarabi?”

“Oh, ella está bien.”

Rafiki lo miró muy sorprendido. “¡Pero qué tenemos
aquí! ¡Tu pulso está saltando como una liebre!” El mandril miró a Muffy
directamente a los ojos. “Yo diría que tienes la fiebre.”

“¿La fiebre?”

“La fiebre leonina.” Rafiki comenzó a frotar su
barba. “Y Sassie es la razón de esa fiebre, puedo asegurarlo. ¿Taka lo sabe?”

“No, eh—quiero decir…”

Rafiki sacudió su dedo ante Mufasa. “No trates de
ocultarlo poniendo esa cara de inocente. Yo sé que es lo que está pasando.”
Miró los ojos de Muffy y suspiró profundamente. “Te golpeó muy fuerte, hijo
mío.”

Mufasa comenzó a mirarlo muy nervioso. “Debe haber
una cura para esto. No voy a traicionar a mi propio hermano. Debes tener algo
por ahí que haga que las personas no se enamoren.”

“Ni siquiera tengo algo para hacer que las personas
SE enamoren. Pero dime, ¿Sarabi TE quiere?”

“Bueno, es mi amiga. Por supuesto que me quiere.”

“Sabes a lo que me refiero… fiebre leonina[4]. ¿Nunca te ha dado alguna
señal? Ya sabes, como sentir que está persiguiéndote y que en cualquier momento
va a lanzarse sobre ti.”

“No. Yo—bueno, ella—no. Ella es muy apegada a mi
hermano. Oh, Rafiki, algunas veces desearía ser tan sólo un cachorro. Quiero a
Taka, en verdad, pero Sassie está en mi mente todo el tiempo. No puedo ser
débil, no con la chica de mi hermano. ¿Estás seguro de que no hay nada que
pueda hacer?”

“Tal vez un buen chapuzón en agua fría te ayude.” Le
dio unos golpecitos a Muffy en el costado. “No tienes nada que no se arregle
con un poco de conciencia y algo de tiempo. Pero mantén los ojos abiertos. Se
justo con Sarabi. Lo que ella desee también es importante. Y creo que te estás
subestimando en ese aspecto.” Le obsequió una gran sonrisa y le murmuró al
oído, “Si no puedes complacer a ambos, entonces complace a la chica. ¡No tienes
que preocuparte por algo que ella no siente!”

[1] El nombre original de este
capítulo es “The Lioness Fever”, que literalmente significa
“fiebre por una leona”. Decidí cambiarle el nombre porque me pareció que sonaba
mejor “La Fiebre Leonina”.

[2] El nombre original de este
pasaje es “The Leonine Story of Beginnings”, que significa
“La Historia Leonina sobre los Orígenes”. Decidí nombrarlo “El Génesis Según
los Leones” porque me pareció más estético.

[3] El término original es
“Mandrill”, que en español significa “mandril”. En el contexto se utiliza para
denominar el lenguaje que hablan los mandriles, razón por la cual decidí
utilizar la variación “mandrileño”.

[4] La expresión original es “lion fever” (fiebre por un león). Sin embargo se utiliza con el mismo sentido que
“lioness fever”, así que decidí conservar
esa expresión.
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Las crónicas de un reino (Autor: David Morris y Jhon Burkkit) Empty Capitulo 12

Mensaje por Atsuko el Dom Oct 30, 2011 3:09 pm

Dah el cap q mas me hace llorar :'(, bueno disfrutenlo jeje esta es la parte q mas me gusta y lo k sigue mas...



Capítulo XII

Una Señal de Poder

Habían pasado seis lunas desde la plática de Muffy y
Rafiki. Mufasa y Taka habían aumentado en tamaño y fuerza. Este milagro se hizo
aún más evidente por la rapidez con que se dio. No se apreciaba gran diferencia
entre un día y otro, pero no había duda de ello cuando había que caminar por
debajo de alguna rama baja. Los hermanos, hijos del Rey, comenzaban a llamar la
atención de los demás con su poderosa y atractiva apariencia.

El orgullo de Mufasa estaba desproporcionado en
comparación con los dispersos cabellos que comenzaban a incursionar en su
cabeza y cuello, haciendo que se vieran más peludos que el resto de su cuerpo.
Pero era igualado por el orgullo de sus padres Ahadi y Akase. Ahadi siempre
insistía en que estaba igualmente orgulloso de Taka, y Taka quería creerlo con
desesperación.

Taka tenía la melena obscura, algo que muchas leonas
consideraban muy atractivo. Continuamente su madre Akase le decía que la
felicidad era más importante que el poder, y que si tenía que elegir alguno,
eligiera la felicidad. Taka sabía que tenía razón. Con frecuencia era infeliz,
pero creía en su madre y en su amor incondicional. Y en cierto grado creía en
el amor de Sarabi, a pesar de que en los últimos días habían tenido más riñas
que pláticas.

La Ceremonia de Cubrimiento[1] parecía ser el único tema
de conversación entre Ahadi y Akase—y de hecho, de cualquier persona. Las
primeras matas de melena son, para la mayoría de los cachorros machos, la señal
de que están a punto de aventurarse en El Gran Mundo, y ello les trae lo mismo
temor que esperanza. Comienzan a sentir un interés por las leonas que va más
allá de simples juegos. Para Mufasa, éste era un paso que lo acercaba cada vez
más al trono—el Príncipe estaba creciendo. Nadie esperaba que el hermano de
Mufasa se aventurara en El Gran Mundo. Él, como Mufasa, recibiría una ceremonia
con todos los honores, y sería nombrado Príncipe Segundo.

No había duda alguna de que todos los habitantes de
las Tierras del Reino estarían ahí para admirar al futuro Rey. El Cubrimiento
de Taka era lo último en lo que se interesarían, y Taka tenía que soportar el
verse obscurecido por la gran sombra de su hermano.

Taka estaba sentado en el promontorio de la Roca del
Rey, inmerso en sus propios pensamientos. Observaba la basta sabana debajo de
él, ahora ocupada por algunos ñus; pronto estaría llena con la multitud
aclamando a su futuro Rey. Y ese hermano suyo—el de la cicatriz en el ojo. No
fue sino hasta recientes días que los demás leones dejaron de hablar con él sin
observar su ojo. Ya había pasado la etapa en que todos se morían por
preguntarle, “¿Cómo te sientes?” o “¿Puedo ayudarte?” Ahora ya estaba sano, y
todos se habían hecho a la idea. Pero conforme se familiarizaban con la
situación, los rumores sobre cómo es que había ocurrido aquél incidente—la
mayoría ciertos—empezaron a dispersarse, y muchos comenzaban a referirse a él
por el apodo de Skar[2]. No era de extrañar que
nadie culpara a Mufasa por lo que le había pasado al ojo de Taka. En lugar de
ello se preguntaban como es que había sido tan estúpido para meterse en la
madriguera de un tejón. Todos saben cómo son los tejones—es decir, todos los
que tienen sentido común.

“¡Hey Taka!” dijo Mufasa, sentándose a su lado.
“¿Estás pensando en el gran día?”

“Sí, claro.”

“Bueno, pues no te ves muy contento que digamos.”

“Estoy bien,” dijo Taka firmemente. “No puedo hacer
nada con mi apariencia.”

“Bueno, está
bien.” Mufasa saltó ágilmente y se sentó al otro de su hermano para
poder mirarlo a los ojos. “¿Qué es lo que te pasa? Es decir, también es tu gran
día. Todo el Reino estará presente para ver tu melena. Además, ¡a las chicas
les encantará! Ya sabes, sin la melena tan sólo eres un gatito.”

“Debes pensar que soy muy estúpido,” dijo Taka. “¿Quién
se va a preocupar por mí? La mitad del Reino ni siquiera sabe que existo. Para
ellos tan sólo soy el chico del ojo chistoso.”

“Tú me ayudas a proteger las Tierras del Reino,” dijo
Mufasa. “Eso es importante. Y oye, si algo llega a pasarme, tú te convertirás
en Rey.” Señaló la sabana con su pata. “Todos lo saben. Y será mejor que te
traten con respeto, o tendrán que vérselas conmigo.”

Taka miró a Mufasa directamente a los ojos, algo que
incomodaba mucho a Muffy. Sentía como si Taka pudiera ver a través de él y
analizara sus entrañas. Estaba buscando un recuerdo lejano de su inocente
infancia, cuando la amistad era un verdadero tesoro. “¿Me extrañarías si
muriera?”

“Por supuesto que te extrañaría,” dijo Mufasa, algo
irritado. “¿Por qué me preguntas algo tan estúpido?”

“¡No me digas estúpido! ¡Odio que la gente me llame
así!”

“No te llame estúpido,” dijo Mufasa, retrocediendo.
“¿Cuál es tu problema? Ve a refunfuñar a otro lado—es lo que siempre haces.
Pero más vale que te comportes bien mañana. Eres el hijo del Rey, así que actúa
como tal. No quiero que estropees mi Cubrimiento, ¿entendido?”

“Lo entiendo perfectamente. No voy a estropear TU
Cubrimiento, hermano.”

Tras haber hablado, Taka se alejó del promontorio y
lentamente se dirigió camino abajo.

Sarabi estaba descansando, semidormida, a la sombra
de un árbol de acacia cuando Taka se aproximó. Sus agudos instintos le
advirtieron de las suaves pisadas que se acercaban a ella. Alzó la mirada
rápidamente, y después se sintió relajada. “Oh, tan sólo eres tú, Taka.”

“¿Tan sólo yo?”

Sarabi frunció el entrecejo. “No empieces otra vez.
Leones… tan sólo les crece algo de pelo en el cuello y se sienten tan
importantes.” Le dio un ligero golpecillo. “Dime, Taka, ¿vas a estar así cuando
estemos los dos solos?” Sonríe si pensaste en alguna diablura.”

“No digas tonterías.”

“Sonríe si crees que soy atractiva.”

El apartó la mirada. “Ya deja eso, ¿quieres?”

Añadió con un ligero y sensual ronroneo, “Sonríe si
crees que sobrevivirás a la luna de miel.”

Taka sonrío un poco apenado, y trató de ocultarse
tras una pata.

“Eres un diablillo optimista, ¿verdad?” Sarabi lo
acarició afectuosamente. “Así me gusta. En verdad detesto que nos peleemos.”

“Yo también,” dijo Taka. “Debería darte la razón más
seguido.”

Sarabi lo miró con reproche. “No quiero que me des
por mi lado. Ambos deberíamos de estar de acuerdo cuando hablamos. No quiero
que seas complaciente conmigo.”

“No quise decir eso.”

“¿Entonces qué quisiste decir? No soy estúpida.”

“Lo sé.” Taka comenzó a lamer su pata y acicalar su
melena. Era algo que siempre hacía cuando estaba nervioso. “Sassie, no quiero
que volvamos a pelear. He estado pensando en la profecía. He pensando mucho en
ella últimamente.”

“No creo en ella,” dijo Sarabi firmemente. “Pensé que
ya lo habías olvidado.”

“No puedes culparme por estar preocupado. Quiero
decir, antes del estúpido incidente del tejón, tú y yo nunca peleábamos.”
Comenzó a lamer su pata nuevamente, y empezó a acicalar el otro lado de su
cuello.

“Deja de hacer eso,” dijo Sarabi.

“¿Qué cosa? Oh…” Taka bajó su pata. “¿Siempre me
querrás? Quiero decir, Makedde dijo que algunas veces podemos forjar nuestro
propio destino. Si nos esforzamos lo suficiente podemos cambiarlo.”

Sarabi lo acaricio. “Algunas veces ni tu propia madre
podría quererte,” le dijo. “Pero éste no es uno de esos momentos. Olvida esa
profecía—me gustaba más como eras antes,
cuando confiabas en mí.”

“Confío en ti,” dijo Taka, acicalando su melena
nuevamente. “En verdad no creo que alguna vez QUISIERAS odiarme. Pero a veces
suceden cosas—cosas malas.”

“¿Cómo qué?”

“No lo sé, pero sabes a lo que me refiero. Es decir,
tal vez haré algo realmente estúpido y entonces dejarás de quererme.”

“¿Qué estás tratando de decir?”

“Estoy a punto de llegar a la mayoría de edad, el
momento en que un león se aventura en El Gran Mundo para buscar fortuna. Más
que sustento o bebida, yo tengo una necesidad. Amor, Sassie. Papá y Mamá me
aman. Quizá no tanto como a Muffy, pero me aman. Y tú me amas, ¿no es verdad?”

“¡Sí! ¿¿Cuántas veces tengo que decírtelo??”

“Una vez,” susurró Taka. Colocó su pata izquierda
sobre el hombro de Sarabi. Pudo sentir cómo ella temblaba. “Es tiempo de que
pongamos en claro nuestras intenciones. Te amo.”

“No tienes la edad suficiente,” dijo Sarabi. “Al
menos no en los ojos de la Manada. Es corban. Jamás estarían de acuerdo.”

“Entonces no pidamos su aprobación,” dijo Taka. “Si
estás segura de tu amor por mí, entonces hagamos un voto. No volveré a
pedírtelo hasta que vengas a mí por tu propia voluntad. Pero si accedes, los
dos escaparemos. Esta misma noche, si así lo deseas.”

“Me siento honrada, en verdad,” dijo Sarabi. “¿Pero
cómo estás seguro de que siempre me querrás como tu leona? Somos amigos pero,
¿en verdad sabes qué es lo que deseas?”

Taka colocó una vez más su pata en el hombro de
Sarabi, y comenzó a recorrer su fuerte y hermosa figura. “Nuestro amor podría
mover la Tierra y el Cielo,” le susurró seductivamente. “Se propagaría como las
ondas en un riachuelo, cada vez más grande, extenso y profundo. Sabes que te
amo. Cuando me miras, cuando me tocas, te amo. Sarabi, mírame. Sabes que te
amo.”

Sarabi sintió como los ojos de Taka se encontraban
con los de ella. Era lo que las leonas llaman ‘La Mirada’. “Te creo.” Trató de
apartarse de La Mirada, y bajó la vista. “Serás Príncipe Segundo. Es tonto
pretender marcharte cuando te quieren aquí. Estamos seguros aquí—allá afuera,
en El Gran Mundo, hay muchas incertidumbres. Tenemos que pensar en nuestros
hijos.”

“Tan sólo necesito saber algo con certeza,” dijo Taka
apasionadamente. “Ante los dioses, ante las estrellas, ante todos juro darte
por siempre mi protección, mi amor y mi consuelo.” La observó suplicante, como
un pequeño cachorro temeroso de la obscuridad. “Vamos, Sarabi. Dilo.”

Sarabi intentó tocar la pata de Taka con la suya.
Estaba temblando, y no pudo hacerlo. En la intensidad del momento no pudo decir
una palabra.

Transcurrió un momento de pena. La cara de Taka
cambió visiblemente—era como verlo agonizar. “Lo entiendo,” dijo. “Tan sólo
eres una pequeña leona en un gran mundo. ¿Cómo esperar que te enfrentes al
destino?” Sus orejas descendieron sobre su cabeza con desaire, y su cola cayó
al suelo. “Sería mejor para todos que yo me fuera. Quiero ser recordado con
cierto cariño—tal vez con un poco de pesar por lo que pudo haber sido. Y pudo
haber sido hermoso, Sassie.”

Sarabi sintió que sus ojos se nublaban. Taka comenzó
a alejarse entre la maleza sin decir nada más.

“En el fondo del
corazón las sombras están congregadas

En una tierra por sollozos
y lágrimas inundada,

Donde los sueños
perdidos y las esperanzas olvidadas

Llegan a reunirse en
una obscura y profunda hondonada.”


“¡Más esos emisarios
no se marchan con sumisión

A ese olvidado reino
de infinita desolación!

Ellos te sacudirán el
alma hasta llamar tu atención.

Aunque intentes
enterrarlos hallarán una evasión.”


“Pesa el corazón de
los decepcionados

A lo largo del vacío
camino que han de recorrer.

Ese es el destino de
los descorazonados,

Cuando la obscuridad
su luz ha llegado a ensombrecer.”


“¡Más esos emisarios
no se marchan con sumisión

A ese olvidado reino
de infinita desolación!

Ellos te sacudirán el
alma hasta llamar tu atención.

Aunque intentes
enterrarlos hallarán una evasión.” [3]

Sarabi observó como se alejaba cada vez más y más,
hasta que se convirtió en una pequeña mancha parda entre la bruma. El pánico la
dominó, y las palabras brotaron de su boca. “¡Taka! ¡Espera! ¡Lo haré!”
Aparentemente él no escuchaba otras voces que las de su propia cabeza. “¡Taka!”

A pesar de que su esencia aún impregnaba el aire, ya
no estaba ahí. Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Sarabi. “Que
los dioses te acompañen.”

[1] El nombre original de la
ceremonia es “The Mantlement Ceremony”. “Mantlement” no tiene
traducción al español; utilicé la palabra “Cubrimiento” como un equivalente,
basándome en la raíz “mantle” (manto/cubrir). En la novela, esta palabra
se utiliza para designar la ceremonia que se lleva a cabo cuando a un león
comienza a crecerle la melena; es un ritual muy importante pues, mediante él,
un león es reconocido como adulto ante los ojos de la manada (antes de la
Ceremonia de Cubrimiento se les considera cachorros, no importa que tan grandes
sean; así mismo, si a un león le hacen la Ceremonia de Cubrimiento siendo aún
muy joven se le considera un adulto, a pesar de su edad). Hay dos tipos de
ceremonia: la Real y la Común. El Cubrimiento Real sirve para mostrar al
heredero o herederos del Rey León; es la presentación oficial del futuro
soberano. El Cubrimiento Común es para aquellos leones que no tienen sangre
noble, y mediante la ceremonia se les expulsa de la manada para que busquen su
propio destino; si son fuertes serán capaces de conquistar alguna manada y
convertirse en reyes. Algunas ocasiones, cuando un Rey no tiene hijos varones,
puede nombrar a algún león como su heredero y hacerlo oficial ofreciéndole un
Cubrimiento Real.

[2] Skar es el nombre que se
manejó para el hermano de Mufasa en la versión en español de “El Rey León”.
Originalmente se llama “Scar” (cicatriz en inglés), y en la película se da
a entender que éste fue el nombre que le dieron sus padres. En “Crónicas del
Reino”, el verdadero nombre del hermano de Mufasa es Taka (de hecho, así se
maneja en el libro “The Lion King: Six New Adventures”); Scar fue un apodo
que le pusieron a raíz del accidente que lo marcó con su cicatriz
característica (que tiene diversas variantes entre los autores; la versión
oficial de Disney es que esa cicatriz la obtuvo a raíz de un incidente en el
que se vio envuelto cuando Mufasa, accidentalmente, provocó que una manada de
ñus corrieran en estampida).

[3] La letra original de la
canción es:

“Deep
in the heart is a land of shadows, / Its a place of sighs and tears / That’s
where the lost dreams and hopes forsaken /Tend to end up through the years. /
Oh, but they don’t go down easy, no, they do not meekly go, / To that graveyard
for high expectations where the broken dreams lie low! / They cry for attention
and they seek intervention till they shake your very soul. / You may try to
bury what your heart can’t carry, but it won’t stay in the hole. / Heavy the
heart of the disappointed, / Long the empty path of night; / That is the fate
of the broken-hearted, / When the darkness steals the light. / Oh, but they
don’t go down easy, no, they do not meekly go, / To that graveyard for high
expectations where the broken dreams lie low! / They cry for attention and they
seek intervention till they shake your very soul. / You may try to bury what
your heart can’t carry, but it won’t stay in the hole.”
Atsuko
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