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El último rugido

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El último rugido

Mensaje por Cyonix el Miér Mar 22, 2017 8:23 pm

Sinopsis:
Kion está asustado. Últimamente ha tenido pesadillas relacionadas con la destrucción del reino entero. Pero pronto descubre que no son sueños, si no terribles profecías, que auguran lo peor. Con esto, la Guardia del León se embarcan en una misión para poder detener a una maldad creciente, que amenaza con matar todo lo que el príncipe ama.


El último rugido.
Prólogo.


Todo estaba ardiendo.

Las llamas rojas se esparcían por la hierba seca, mientras el aire se llenaba con el horrible hedor del humo. Hasta donde su vista alcanzaba, el fuego tomaba la tierra. Varios árboles caían, sofocados por el fuego, y sus cenizas eran esparcidas. En ese momento, no se lograba ver más que caos puro. Gritos de terror llegaban de todos lados. Muchos animales pedían ayuda, corriendo y llorando, tratando de salvarse de la inminente desgracia.

Pero no lograrían. Todos morirían antes de que el sol saliera y él lo sabía.

¿Cómo habían llegado hasta ese punto?

La respuesta era clara, pero se negaba a aceptarla. El dolor de ver su hogar en tal caos, sin que pudiera hacer nada, le estaba matando por dentro

Un rayo cayó a lo lejos, indicando que una fuerte lluvia se aproximaba. Y mientras miraba el paisaje frente a sus ojos, supo que la tormenta apagaría el incendio; pero cuando eso pasara, todo habría acabado y no quedaría nada.

¿Para qué luchar? No serviría de nada.

Y entonces, con miles de preguntas en su mente, logró escuchar una voz susurrante en su oído, que decía unas palabras que no comprendió. El murmullo era apenas audible, opacada por todos los ruidos que llegaban hasta él. Esto le provoco un escalofrío, haciéndolo temblar, con la sangre helándose. Sus pupilas se contrajeron y un miedo anormal se apodero de su cuerpo. Realmente no podía identificar a quien pertenecía la voz, que era lo que más le desconcertaba.

¿Qué es lo quería decirle? No podía entenderlo, por más que la voz repitiera las palabras.

Volteó su cabeza, esperando ver al responsable de los murmullos, pero sólo se encontró con la soledad inmensa que lo rodeaba por completo. ¿Qué estaba pasando? ¿Se lo habría imaginado?

Los susurros continuaron, a la par de unos gritos lejanos. El calor poco a poco se volvía más insoportable, y las llamas ahora estaban más cerca de donde se encontraba. Lo que iba a pasar a continuación era algo innegable.

Iba a morir. Lo sabía muy bien, pero no le importaba. Aceptaba su destino.

Y miró su hogar una última vez.

La sorpresa no tardó en llegar cuando observó como las llamas marcaban un perfecto círculo a su alrededor, aunque sin tocarlo. Sin duda, eso debía ser alguna clase de visión, ya que el fuego nunca actuaría de esa manera. Frunció el ceño y se volteó. No veía una manera de escapar y en realidad, no tenía la necesidad de salir. De alguna extraña manera, se sentía cómodo. Quizá ahí era donde todo acabaría.

Pero fue un fuerte rugido lo sacó de sus pensamientos. Sacudió la cabeza y observo como a lo lejos, una figura, una sombra apenas visible se acercaba lentamente. Poco después, la figura soltó un nuevo rugido y ahora se mostraba como un león que caminaba entre el incendio, con la cabeza baja y riendo fríamente. Aunque eso no era lo más extraño, sino que podría jurar que las patas de ese tipo no estaban tocando el suelo. Flotaba a centímetros del suelo, evitando la destrucción a su paso. Él jadeó, con los ojos abiertos como platos. Era como una aparición, un fantasma. Asustado, se quedó quieto mientras miraba como el león se acercaba cada vez más a la Roca del Rey.

La risa se volvía más aguda y más fuerte a cada momento. Simplemente no podía soportarlo más, y presa del miedo, quiso gritarle al extraño que se alejara. Pero al abrir su hocico, ningún sonido salió. Estaba totalmente mudo. Sus pupilas se contrajeron, al igual que su valor. Un nuevo escalofrío le hizo retroceder lentamente, pero recordó que el fuego lo seguía acorralando y no le daba oportunidad de moverse, ni de escapar.

Así que se quedó quieto, mirando a la aparición. Pasaron unos segundos, en los que la risa y los gritos apagaban la voz que previamente había escuchado. De repente, notó que el león se aproximaba cada vez más. Segundos después, ya estaba lo suficientemente cerca para que él pudiera ver su negra melena. Y un torrente de recuerdos acudió a su mente acerca de la identidad del extraño. Esto termino provocándole un dolor de cabeza que lo dejo desorientado. Más eso no impidió que una ira que nunca antes había sentido, cruzara sus venas, llenando su cuerpo por completo. Dejó salir sus garras, y su respiración se aceleró. En su cabeza un pensamiento flotaba y lo llenaba de un odio profundo.

Ese león era el causante de todo.

Enojado, rugió a los cielos y miró al sujeto.

—¡Tú! ¡Tú hiciste esto! ¡Todo esto es tú culpa! —su grito retumbó e hizo un eco que le hizo sonar más aterrador. Lo más extraño es que su voz no sonaba normal, parecía como si alguien hablara por él.

La risa continuó y el león seguía con la vista pegada en el suelo. Esto sólo causo que la cólera que estaba acumulando fuera cada más grande a cada instante. Por otro lado, el susurro que antes escuchó, volvía, sólo que más fuerte, pero igual de incomprensible.

Todo eso lo traía sin cuidado, ya que ahora se concentraba en la figura que flotaba. Su risa le molestaba y a cada segundo, la sangre le hervía. Ya no lo soportaba más y en el instante en que le iba a gritar nuevamente, una voz ronca y monótona lleno el aire.

—Oh, pero que cachorro tan ingenuo...

Él simplemente tembló ante la declaración y retrocedió más, sin perderlo de vista. Su ira se había esfumado, y ahora sólo le quedaba un sentimiento de soledad tan pesado que ya no sabía que pasaba. Todo parecía una...

—¿Pesadilla? —el león habló, aunque el otro no lo vio— No, créeme, cachorro; lo que ves no es fantasía. Es real, igual que yo.

En otro momento, le hubiera parecido aterrador el hecho de que leyeran su pensamiento, pero lo que paso a continuación, lo dejo más que paralizado. El extraño león levantó la cabeza y dejo ver su rostro.

Un gritó de terror absoluto salió del hocico del cachorro.

Escucha...

No podía ser. No podía ser.

—Tú... tú...

—Sí, yo.

El cachorro no cabía en su asombro. Simplemente era imposible.

—Tú... tú lo destruiste todo... tú... —el dolor se reflejaba en su voz.

Sabes muy bien quien hizo todo esto...

La risa del león flotante fue horrible.

—¡Oh, pobre, pobre cachorro! —despreció se marcaba en cada palabra que escupía— ¿No lo recuerdas, verdad?

De repente, él sintió algo debajo de su patas. Se sentía viscoso, algo realmente asqueroso. Levantó su pata derecha, muy despacio, con temor. Y el terror que llenó fue mayor al ver que sangre.

Oh, pequeño león...

Él grito, sin saber qué hacer, sólo que mirar cómo es que todo a su alrededor se llenaba del líquido rojo. La risa del otro le hizo levantar la vista.

—¡Oh, así, cachorro! ¡Estás en lo correcto...!

La culpa es todo tuya...

Sangre. No podía soportarlo más, debía detenerse.

Kion, todo es tú culpa.

—¡Nieto, todo esto lo causaste tú!

Y el pequeño león grito de nuevo y más agudo. Los murmullos, los gritos, la risa; todo se juntaba. Y desde lo más alto de la Roca del Rey, miró como su hogar se inundaba con olas de sangre. Todos se ahogaban. El fuego se acercaba más y no podía respirar. Bajo la cabeza.

El fuego lo tocaba.

Pero lo último que vio, fue al león con la melena negra y una cicatriz en su ojo, riéndose.

Riendo ante su muerte.


Kion despertó de sobresaltó, sudando y gritando de puro terror. Se levantó del suelo y miró a todos lados. Estaba confundido, sin saber que pasaba, ni donde estaba. Su vista era borrosa, su corazón iba a mil por hora y su respiración era irregular, acelerada. Sumado a esto, un ligero mareo le hacía dar un par de vueltas, mientras se trataba de calmar. Las lágrimas llenaban sus ojos y él no sabía la razón de esto.

¿Qué pasa? ¿Dónde rayos estoy?

Preguntas y preguntas asaltaban su mente. Tantas cosas ocurrían al mismo tiempo y el león no sabía que pensar. Entonces, logró mantenerse quieto, bajando la cabeza, mientras escuchaba varias voces a su alrededor. Dejo de prestarles atención, ya que se escuchaban distorsionadas, aunque eso podría ser porque estaba muy aturdido.

Continuó respirando con fuerza, casi al punto de hiperventilar, por varios segundos. Trataba, por todos los medios, calmarse y descubrir su ambiente pero el recuerdo de toda esa sangre ahogando cualquier que estuviera en las tierras del reino.

Horrible, simplemente... horrible.

Esos eran los pensamientos del aterrado joven león. No podía si no volver al momento en que el fuego lo quemaba, hasta que de repente, sintió alguien tocándole su hombro. Pegó un respingo y volteó a ver de quien se trataba.

—¡Kion, hijo! ¿Qué tienes? ¿Te encuentras bien? —los gritos de Simba hicieron eco en la cabeza de su hijo.

—¿Papá?

Su voz sonaba ronca y entrecortada ya que su garganta le dolía del grito de antes. No parecía que él lo hubiera dicho. Pero un sentimiento de felicidad y nostalgia se juntaron en el pecho de Kion, haciéndole sonreír, ya que pudo ver que él estaba bien. El miedo se disipo de su mente y su respiración se calmó poco a poco. Eso, claro, no fue impedimento para que en su mente se formara un pensamiento:

Pero, ¿y el reino? ¿De verdad estará bien?

La pregunta tomó lo sorpresa y su sonrisa se borró al instante. Con el corazón a punto de explotar, Kion salió se volteó y salió corriendo de la cueva. Escuchó como su padre lo llamaba, confundido. Él simplemente siguió hasta llegar a la sima de la Roca del Rey, de donde pudo ver las Praderas; su reino, su hogar. Ahí afuera, todo estaba bien.

Sin fuego, sin sangre, sin muerte.

El sol ya salía y las verdes Praderas hacían que todo tuviera un aura misteriosa. Muchos animales se levantaban y comenzaba sus rutinas, mientras que otro deseaba dormir un poco más. Era una vista maravillosa, sin duda.

Una sonrisa de oreja a oreja quedó plasmada en su rostro. Suspiró, aliviado.

Sólo fue una pesadilla...

El joven león nuevamente suspiró y se alegró completamente. Entonces, la alegría se fue por un pensamiento acudió a su mente: esa no era la primera vez que tenía esa clase de pesadillas. La primera, hace no muchos años, tenía que ver con las Praderas siendo inundadas completamente y ahogando a todos a su paso. De todo lo que había pasado, eso era lo que más le preocupa. Bajo la mirada, pensativo, mientras se limpiaba las lágrimas que restantes de la cara.

—¡Kion! ¡Kion! —la voz de Nala, su madre, le hizo voltear. Sacándolo de sus pensamientos. Enseguida, una leona de color crema salió de la cueva, detrás, el rey con la melena roja seguía a su pareja muy de cerca— Hijo, ¿quieres explicarte? ¿Qué te está ocurriendo?

El león simplemente ladeó la cabeza, sin entender a lo que su madre se refería. Pocos segundos después comprendió que la forma en que se comportaba no era lo más normal. Los gritos que de seguro se habían escuchado hasta el otro extremo del reino, asustaron a sus padres de sobremanera. Aparte, el cambio de humor del león no era normal.

Con esto, Kion supo que sería muy difícil explicar su pesadilla y lo que había visto. ¿Cómo decir que hace años que pesadillas de la destrucción de su hogar lo habían acosado? Un sentimiento de pena cruzó su cuerpo cuando encaro a su padre, que tenía el ceño fruncido y severidad en su mirada. Sin duda estaba enojado.

—¿Y bien? ¿Planeas decir que te ocurre? —la dura voz de Simba hizo temblar al león.

Aún, después de todos estos años, incluso que ya tenía más melena en su cabeza y parte de su pecho, incluso cuando ya había crecido, Kion le seguía teniendo cierto temor a su padre. No porque fuera el rey, si no por el hecho de que era capaz de todo. Más si se enojaba.

—Papá... yo... eh...

El tartamudeo del león indicaba lo nervioso que estaba. Él sabía muy bien que hablar del tío de su padre era un tema que siempre evitaba, por los sucesos de hace ya tantos años. El joven león siempre veía que cuando hablaban de...

Scar, Kion, llámale por su nombre.

Scar, siempre que hablaban de él, el rey fruncía el ceño, enojado. Y si era sincero, en esos momentos tan vulnerables no tenía ganas de aguantar la ira de su padre.

Entonces, a lo lejos, se escucharon varios gritos, que parecían provenir de algún animal en peligro. Kion volteó, sorprendido, ya que nunca en su vida había escuchado tal lamento. Segundos después, una gran garza blanca con plumas rojizas en su cola y cabeza, entró en el campo de visión del león, que volaba a máxima velocidad. Ono entonces se posó a lado de su líder, y con jadeos y un par de quejidos se calmó.

—¡Kion, Kion...! —lentamente trataba de recuperar el aliento— ¡Hienas!

Él suspiro en silencio, agradecido por la interrupción. Bajo la cabeza lentamente y de nuevo la alzó, con gesto decidido.

—¡Bien, Ono, guía el...!

Comenzó a caminar para irse de la Roca del Rey, cuando la garza se paró frente de él, aterrorizado.

—¡Espera, no lo entiendes! ¡Son miles de hienas, toda una legión! —está afirmación causo que la reina jadeara— ¡Se han divido en tres grupos y están detrás de las cebras, las gacelas y los antílopes!

—¿¡Qué!? —frunció el ceño y bajo la mirada. Tras una pausa de reflexión, elevó la mirada, llena de odio, que causo que Ono temblara, ya que nunca había visto a su amigo así. Incluso saco sus garras— ¡Ono, reúne a todos en el estanque de los hipopótamos y que sea rápido! ¡Ah, y busca a Jasi...!

—¡No te preocupes, ella ya está con Bunga! —Interrumpió él, comenzando a tomar el vuelo— ¡Te veremos allá!

Ono se elevó y se fue, con la misión de reunir a la Guardia del León. Kion miró a lo lejos.

¿Qué rayos ocurre? Nunca había pasado esto antes... Sí Ono está asustado significa que es un problema muy grave... ¡Entonces tengo que irme ya!

—¡Papá! —gritó el león, volteando a Simba— ¡Debo irme! ¡Si te necesito enviare a Ono!

Con esto, el león salió corriendo de la Roca del Rey a una velocidad nunca antes vista. Mientras tanto, los reyes de las Praderas miraban con asombro toda la escena que acaba de ocurrir. Ambos tenían la misma cara de confusión y se miraron, sin saber que decir. Una leona joven de color crema entonces salió de la cueva y miró con atención a su alrededor.

—¿Papá...? ¿Mamá...? —la voz entrecortada de Kiara hizo voltear a Nala— ¿Por qué tantos gritos? ¿Qué está pasando?

Simba volteó a ver a su hija mayor, con gesto duro. Se rascaba uno de sus ojos, medio dormida todavía. Ella había crecido bastante en los últimos años, hasta el extremo de que era incluso ligeramente más grande que su hermano. Algo que al pequeño le molestaba.

El rey miró a su hija, luego a su reino. Algo no estaba bien con Kion, podía sentirlo.

—Hija —dijo Simba, suspirando—, a mí también me gustaría saber que está pasando...


Nota de Autor (N/A): ¡Hola a todos! Mi nombre es Cyonix y soy nuevo aquí... bueno, no precisamente nuevo, ya que llevó ya varios meses examinando este sitio y si soy sincero, me encanta. Por ello me he creado esta cuenta, con la esperanza de poder publicar, hablar y ver lo que otros fans de está franquicia pueden hacer.

Con esto establecido, quisiera decir la razón de porque publico un fic de la Guardia del León: Hace pocos meses encontré la serie y por mera curiosidad la comencé a ver. Tengo que ser sincero y decir que ¡me encanto! Trajo tantos recuerdos de cuando vi la pelicula por primera vez, al igual que me hizo querer volver al fandom del Rey León, hace tanto tiempo que no visitaba. Así que me preguntas; sí, me gusta la Guardia del León, a pesar de las cosas que puedan decir los demás acerca de que es una simple estupidez, que está arruinando la franquicia y quien sabe que cosas más.

Ahora sí, lo que quiero recalcar es que soy nuevo aquí, así que por favor, si he cometido algún error en cuanto al tema o he infringido alguna norma del foro, háganmelo saber y tratare de corregir esto lo más pronto posible. 

¡Ah! ¡Una última cosa! También he subido está historia a Fanfiction.net, a la categoría de la Guardia del León (de la cual me acabo de enterar hace media hora, por que inicialmente la puse en la categoría del Rey León), así que quizá, si son de buen corazón, podrían echarle una miradita, ya que lo más probable es que ahí suba los capítulos antes que aquí. 


Bueno, ya acabo mi discurso, así que me despido.


¡Cyonix se va! 
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Re: El último rugido

Mensaje por KIRAN27 el Dom Mar 26, 2017 2:07 pm

buen comienzo de tu historia amigo cyronix esta genial y espero el siguiente capitulo esta muy bien saludos y rugidos y un fuerte abrazo amigo cyronix nwn
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Re: El último rugido

Mensaje por Cyonix el Vie Abr 21, 2017 8:40 pm

Una cosa antes empezar: En el capítulo anterior yo puse que el "Estanque de los Hipopótamos" era el hogar de estos animales, lo que no sabía era que en verdad habitan en "El Gran Manantial". En está parte he corregido este error.


1
Hasta el fin de las Praderas

Kion comenzó a correr lejos de la Roca del Rey, sin prestar atención las confusas caras de sus padres y hermana. Sabía muy bien la reacción en su familia por su pesadilla; de seguro estaban tratando de descubrir por qué había despertado gritando de terror. En esos momentos no tenía la energía para dar explicaciones, ni querer escuchar sermones. Luego tenía varias preguntas de la razón de sus constates pesadillas y todas relacionadas con las Praderas siendo destruidas. No sabía que significaba y eso le comenzaba a asustar en verdad. Y sumado a todo esto, el ataque de las hienas que estaban acabando con todas las manadas de presas.
El joven león suspiro en desesperación.

Son tantas cosas en las que pensar...

Sacudió la cabeza con brusquedad. Debía concentrarse en lo que importaba en ese momento, de otra manera las hienas acabarían con todo. Y con este pensamiento, supo debía apresurarse al punto de reunión que le había dicho a Ono. Kion tomó una larga bocanada de aire y comenzó a correr más rápido que antes, dándole optimismo y ayudándole a seguir, con una expresión de determinación en su rostro.

Debo detener a las hienas.

Así, Kion tomó el camino al Gran Manantial, pero, en su mente, todavía quedaba una pregunta: ¿cuál sería el plan de Janja está vez?

Obviamente había reunido a las otras manadas de hienas de Las Lejanías, de otra manera no podría haber organizado tal ataque y de esa magnitud. El cómo logró esto era misterio, ya que si Kion recordaba bien, las tribus de hienas se odiaban entre sí. La cosa que Janja les hubiera prometido a cambio de dar un golpe a las Praderas. Aunque lo que más le intrigaba al león era el por qué se dividieron en tres grupos; ya que no era solo para atacar a las manadas más grandes: las cebras, las gacelas y los antílopes; si no que había algo más detrás... algo más grande y terrible.

Kion gruñó y nuevamente sacudió la cabeza. Se acercaba al Estanque, pero también notaba que tomaba más tiempo del esperado y si quería llegar a tiempo para encontrarse con los otros, debía tomar un atajo. Miró alrededor, sabiendo que había un camino entre la maleza, que rodeaba a los campos donde estaban otras manadas y que daba directo al Gran Manantial, pero no podía ver ese pasaje. Todo eran árboles, pasto y tierra.

Y mientras miraba su entorno, recordó que quizá podría el "Paso de los Antílopes", que estaba cerca de la Roca del Rey. Sonrió, pues sabía que nadie transitaba por ese lugar. Un atajo perfecto. Con esto, el león tomó el giro hasta su destino y corrió, incluso más que antes, sin detenerse, ni mirar atrás.

Realmente necesitaba quitarse ese sentimiento de intranquilidad que la pesadilla le dio y quizá todo esto podría ayudarle, pero claro, no debía subestimar a las hienas. Sabía muy bien el poder de los habitantes de las Lejanías si se unían; después de todo lo que pasó con el clan de Jasiri no era algo que se olvidara fácilmente...

Un torrente de recuerdos asaltó a Kion, haciéndole bajar la velocidad de su carrera hasta eventualmente detenerse. Incluso ahora, después de tantos años, todavía recordaba los gritos y sollozos de todos esos animales. Fue tan horrible, que él juraría haber sido sacado de sus pesadillas más terribles. Pero sabía muy bien que no, todo había sido real y las marcas de aquel fatídico día todavía estaban presentes en muchos de sus compañeros de la Guardia... unos más que otros.

Pero entonces, mientras más estaba metido en sus pensamientos, logró escuchar un grito a la lejanía, que no era parte de sus recuerdos. Aun así, se le hacía extrañamente familiar la voz, casi como si ya la hubiera escuchado antes. Y esto fue lo que lo trajo de vuelta a la realidad, recordando cual era el objetivo por el cual estaba corriendo hace tan sólo unos segundos. Sacudió la cabeza bruscamente, abriendo mucho los ojos. No debía quedarse atascado en sus memorias. Ahora, una legión de hienas, atacando a las grandes manadas. Debía apresurarse.

Así, con energías renovadas, tomó un gran impulsó y corrió por el camino, esta vez completamente concentrado y con un sólo pensamiento en su cabeza:

Ya voy, chicos, ya voy...


Cuando llegó a su destino, pudo ver como alrededor del estanque parecían haber organizado alguna clase de muro, construido a partir de varios troncos y árboles muertos apilados unos contra otros, tapando cualquier entrada posible. Kion al principio quedó desconcertado, pensando que quizá se había equivocado de lugar pues ahí no había nadie a los alrededores. Volteó a todos lados, pero nada. El completo opuesto a lo que era el Gran Manantial; siempre lleno de animales, bebiendo y cruzando por esas partes de las Praderas.

Frunció el ceño, comenzado a subir una pequeña colina que estaba a lado de un gran árbol, imaginando que podría ver mejor desde ahí lo que ocurría. Una ligera brisa alzó su melena que ya no era tan poco como cuando era un cachorro.

Así, miró a lo lejos y directo al estanque, estirando el cuello. Pero al no ser el de la vista más aguda y como la colina no era muy alta, realmente no podría ver sobre el muro de árboles muertos, incluso si no era muy grande. Gruño y bajo la mirada.

Diablos, sí que me gustaría que Ono estuviera aquí.

De nuevo, volteó a todos lados, buscando alguien, obteniendo el mismo resultado de antes. Estaba sólo ahí y realmente comenzaba a desesperarse. Se suponía que se encontraría con la Guardia; pero había pasado bastante tiempo desde que le dijo a Ono que los llamara; el suficiente como para que cuando él llegara todos estuvieran listos para saltar a la acción. Sumado al hecho de que no podía entrar al Gran Manantial, sólo podía asumir que algo terrible pasó. Y no le gustaba para nada ese sentimiento.

No tenían tiempo que perder si las hienas estaban atacando al norte de las Praderas, si no se apuraban perdería a las tres manadas más grandes y Kion no podía permitir eso.

Aparte no sé porque está este muro.

Esa pregunta era la que más ansiaba contestar y no podía esperar. Muchas teorías surgieron en su mente. A lo mejor lo hicieron las hienas, para impedir que los animales buscaran refugio con los hipopótamos; pero eso significaría que ya habrían cruzado por ahí y él los hubiera visto. No podrían haber sido ellos. ¿Entonces quién…? ¿Los mismos hipopótamos? No creía, pues tendría que escucharse algo del otro lado, pero el silencio prevalecía.

Kion gruñó con desesperación, pues no sabía nada. Y el esperar ahí sólo lo empeoraba, ya que no se podía dar el lujo de perder más tiempo. Así, con un rugido de enojo, el joven león se dio la vuelta, dispuesto a contraatacar a las hienas por su cuenta. Suspiró, bajando la cabeza; sabía que era una locura, aunque estaba dispuesto a intentarlo, incluso se le costaba la vida.

Pero en su descenso de la colina, sumido en sus pensamientos, pudo escuchar algo a lo lejos. Parecían los gritos de una hembra enojada, seguida por algunos fuertes gruñidos. Kion frunció el ceño, levantó la vista, alejándose de la sombra del árbol para poder ver quien provoca tales sonidos. Y a lo lejos, el león vio una gran nube de polvo, aproximándose rápidamente en su dirección.

―¿Pero qué...? ―susurró con un hilo de voz, confundido y alterado. Entrecerró los ojos, tratando de ver qué era eso que se acercaba. Podría no ser el de la vista más aguda pero hasta él reconocería que una sólo era un animal él estaba en medio de la nube polvo. Sin duda eran más, muchos más; gruñendo y gritando en enojo. Kion se acercó más, notando que el polvo poco a poco se desvanecía. Dando una imagen de algo parecido a una estampida, pero había algo más. Una figura no tan grande, resaltando de todo lo demás, que él reconocía muy bien...

―¿Bunga...?

Su escéptica voz fue interrumpida por un sonido más, proveniente detrás de él, de alguien llamándolo.

―¡Kion, Kion!

Al darse vuelta, él se encontró con una mancha amarilla que en segundos estaba casi encima de él, si no hubiera gritado de sorpresa de la inminente colisión. Apenas y pudo decir algo, pues una gran nube de polvo lo envuelve, impidiéndole ver qué ocurre. Apenas se disipo la tierra, logró ver a una guepardo tratando de recuperar el aliento enfrente de él. Mientras tanto, Kion seguía anonadado que Fuli hubiera logrado tomar tanto impulso y no chocar con él. Aunque también le alegraba de extraña manera verla. Suspiró en alivió de por fin ver un miembro de la Guardia. Aun así sabía que no podía relajarse mucho ante la situación.

Enseguida su semblante cambió, conforme Fuli se calmaba y lograba mantenerse de pie. Lo miró con ojos angustiados.

―¡Kion, gracias a los dioses que estás aquí! ―su suave voz estaba un poco rota y tuvo que aclararse la garganta― ¡Estaba durmiendo cuando Ono llegó y me dijo lo que estaba pasando y que debíamos vernos aquí!

Ella bajó la mirada y tomó una fuerte bocanada de aire.

―¿Y Ono? ¿Dónde está? ―indagó Kion, con temor.

―Venía detrás de mí, pero luego dijo que debía ir a avisarle a Bunga del punto de encuentro―susurró ella, con un hilo de voz―. Escucha, Kion, antes de que se fuera, dijo que tenía algo que contarte. Es acerca de...

El león la miró con duda, pero en ese momento fue interrumpida. Una voz grave llegó a los oídos de los dos felinos, los cuales se voltearon, encontrándose con Beshte, el hipopótamo, saliendo detrás de la barricada del estanque, con un semblante preocupado.

―¡Chicos, chicos! ―gritó él, llegando a su lado― ¡Oh vaya, que bueno que están aquí!

―¿Beshte? ¿Pero qué...? ―Kion miró de donde vino su amigo― ¿Cómo pasaste el muro? ¡Pensé que no había nadie dentro!
En ese instante, Fuli se dio la vuelta lentamente, con el una ceja alzada de confusión.

―¿Muro? ―preguntó ella con duda. Al ver los árboles muertos apilados, dio un pequeño saltó hacía atrás, en sorpresa― ¡Rayos, estaba tan concentrada en venir contigo Kion que no vi esto!
―En la mañana Ono me vino a avisar acerca del ataque de las hienas. Así que mi padre y varios hipopótamos pusimos troncos alrededor para refugiar a cuantos animales pudiéramos sin que las hienas supieran de esto, y, por lo que me dices creo que funcionó.

Beshte se veía visiblemente feliz de esto, mientras que Kion estaba más que sorprendido de cuanto habían logrado en tan poco tiempo. Miró a su amigo con admiración. Aunque Fuli seguía sorprendida, logró hacer una gran pregunta:

―¿Y cuantos animales hay adentro?

―Pues logramos meter a muchas cebras, antílopes, gacelas y muchos más. Mi papá está cuidando la entrada, juntos otros. Pero, como ya han de saber, hay mucho otras allá afuera y por eso las hienas se dividieron en tres grupos.

Esto último lo dijo con un tono de preocupación. Y esto centro a Kion de nuevo, recordando que ya habían perdido mucho tiempo. Sacudió la cabeza y miro a sus dos compañeros.

―En ese caso, debemos apurarnos ―exclamó él― Ya no hay señales de Bunga, ni Ono, ni Jasiri, tendremos que tomar la situación nosotros tres. Ah, y Fuli, luego hablaremos acerca de lo que tenías que contarme. Por ahora, debemos ir al norte de las Praderas e ir hasta la batalla.

La guepardo parecía ligeramente decepcionada, pero también comprendía la gravedad del asunto. Así, Beshte sonrió con determinación, de la misma manera que el león y enseguida que iba a decirles un plan que había diseñado en el camino, algo le interrumpió. Una voz un tanto aguda, pero madura al mismo tiempo.

―Chicos, no creo que eso sea necesario ―la voz provenía de Ono, que en ese instante llegó volando, desplumado y con tierra sobre todo su cuerpo―, pues la batalla viene a nosotros.

Tras decir eso, la garza se desplomó sobre la tierra, con un suspiró de cansancio. Beshte, asustado corrió a su lado, llamándole, preguntándole que ocurría, seguido de los dos felinos, con la misma cara de preocupación. Mientras los otros dos verificaban que él estuviera bien, Kion miraba desde donde Ono llegó y confirmó sus sospechas. Se alejó un poco, mirando con atención.

Desde la nube de polvo que vio hace poco ahora se desvanecía completamente y era visible el por qué tanto alboroto: una gran manada de hienas perseguían a Bunga, que estaba sobre el lomo de Jasiri, en dirección del estanque. Esto dejo al joven león más que anonadado, con el hocico abierto y sin palabras, sobre todo por la gran cantidad de hienas. Sin duda debía prepararse, pues eso le aguardaba en la batalla del norte.

Pero sus otros dos amigos seguían concentrados con Ono, que ya se despertaba lentamente. Aun así, los gritos se volvían más fuertes y más terribles.

―Chicos, ya sé a qué se refería Ono...

―¿Qué?

Fuli se dio la vuelta y terminó igual de horrorizada por lo que se acercaba a ellos. Luego fue Beshte, él grito y enseguida llegó a lado del león, con Fuli ayudando a levantar a la garza, despierta pero mareada un poco.
―No puede ser... es imposible... ―exclamó Beshte, aún sin creer lo que veía.

―Oh, vaya que es posible... ―Ono enseguida captó la atención de Kion. Él voló lentamente hasta el lomo del hipopótamo, aún mareado y ligeramente cansado por volar tanto― Y esto es sólo una probada de la guerra se está llevando en el norte. Los tres grupos de hienas son miles, más aquí. Yo vine a advertirles antes de que llegaran aquí.

―¿Y tú estás bien? ―preguntó Beshte, a lo que Ono asintió.

Kion ya no escuchó esto, pues estaba totalmente absorto por lo que veía. Era tan horrible e increíble a la vez. No podía creer que Janja hubiera organizado todo eso, pero ahí estaba la prueba de que lo había subestimado en su poder de liderazgo, así como de estratega durante todos esos años de lucha. Un grave error que le costaría mucho si no se apuraba y detenía a las hienas antes de que atacaran de verdad a Bunga y Jasiri. Pero no lo permitiría. No planeaba permitirlo.

―Debemos detenerlos antes de que lleguen al muro. Sí pasan destruirán todo y mataran a todos los de adentro.

La voz de Kion estaba inundada con un tono de rudeza que sus amigos no habían escuchado antes. Estaba listo para luchar y proteger a sus dos amigos.

―Entonces no debemos perder más tiempo ―dijo Fuli, poniéndose del otro del joven león. Él volteó y ella le sonrió. Kion le devolvió el gesto antes de mirar de nuevo a la persecución.

―Estoy listo.

Beshte se puso en posición de ataque. Ono se limpió las plumas un poco y levantó el vuelo. Ya sabía muy bien que él los guiara en la batalla. Fuli sonrió con malicia y Kion frunció el ceño. Con esa imagen, recordó cuando todos eran cachorros, infantiles; pero ahora habían crecido y ya eran no eran tan tontos en sólo lanzarse a la acción. Primero, Beshte alejaría a los perseguidores, para que luego Fuli con Ono sacaran a Jasiri junto con Bunga. De ahí, Kion utilizaría el rugido para ahuyentar a las hienas.
Al pensar en esto, al león le vino cierta clase de nostalgia.

Vaya, como pasa el tiempo...

Así, Kion miró a lo lejos, dispuesto a empezar.

―Bien, Guardia del León, salvemos a nuestros amigos.

Así, Fuli salió corriendo sin pensarlo, a una velocidad increíble, en dirección de las hienas y seguida por los otros. Kion enseguida tomó impulsó y corrió. Gritando cuando las hienas se acercaron más y más. Las dos partes ya sabían lo que se aproximaba.

Hasta el fin de las Praderas...

Antes de poder pensarlo, la Guardia y las hienas colisionaron, creando una nube de polvo que no iba a impedir que la guerra se desarrollara y es por eso que una hiena salvaje saltó enseguida sobre el león, que perdió de vista a los demás y golpeó a su atacante con más fuerza de la usual dejándolo inconsciente. Y así, continuo luchando en medio del polvo, escuchando gritos de sus amigos, que también peleaban. En su mente un pensamiento prevalecía:

Guardia del León, defensa...

Pero algo no estaba bien. La marca en de la Guardia de Kion comenzó a desdibujarse lentamente, conforme una sonrisa chueca se dibuja en su hocico. Él no noto esto. De hecho, no podía ver nada que no fueran hienas y sus rostros asustados ante el gran león. Algo en su interior le decía que debía seguir, que no debía contenerse. Algo en su interior le decía que luchara. Él era un león, él debía vencer. Y vaya que se sentía bien. Lo estaba disfrutando.

Porque él no era Kion.

Ya que ese león tenía una cicatriz sobre uno de sus ojos.


N/A: La verdad no pensaba que este capítulo fuera de esta manera. Tenía tantas ideas sobre cómo llevar esta parte que realmente me emocione y perdí noción del tiempo. Aunque conforme escribía, me di cuenta que él había hecho cosas muy estúpidas, con partes que no tenían lugar ni sentido en la trama. Por ello borré MUCHAS cosas (repito, que no eran muy importantes) y por fin pude crear este capítulo que tanto me ha gustado. Y por espero que también les haya gustado, pues le puse un gran esfuerzo, tiempo, sangre (de una virgen que sacrifique), lágrimas y tres tazas de café enteras.


Y quiero pedir perdón, pues se me olvidó subir el capítulo aquí, ya que como sabrán, publicó los capítulos en FanFiction.net primero que aquí. Si quieren ver está historia en FF, busquenlo en la categoría de "Lion King" 


Como sea, díganme que les pareció está parte; lo que les gustó, lo que puede mejorar, etc.


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Re: El último rugido

Mensaje por Kushnoff el Miér Abr 26, 2017 4:44 pm

¡Vaya!. Asombroso fan fic, Cyonix. En verdad, tu forma de narración y esa forma de describir los sentimientos de los personajes es fantástica. No puedo esperar la continuación de tu fic.

Suerte, apuesto a que tu historia se hará muy famosa. o/

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Re: El último rugido

Mensaje por Lilianrex777 el Mar Mayo 02, 2017 8:51 pm

No, esto no puede pasar, Kion no puede ser como Scar, el es justo y bueno, como su padre y su abuelo.


Dejando de parte eso, que buena historia!
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Re: El último rugido

Mensaje por Cyonix el Vie Mayo 05, 2017 7:23 pm

Ninguno de los personajes de la Guardia del León me pertenecen. 


2
La marca del león

¡Huwezii! —apenas Fuli dijo esto, una gran nube de polvo se alzó ante la Guardia al chocar con las miles de hienas que perseguían a Jasiri y a Bunga.

La vista de la guepardo terminó oscurecida por unos segundos, en los cuales corrió en un estado de ceguera total. A su alrededor lo único que podía escuchar eran varios gritos por parte de sus compañeros y hienas por igual. Pero el polvo era tan denso que Fuli no alcanzaba a ver nada que no fuera oscuridad, así como una que otra hiena que pasaban desapercibidas, ignorando la existencia de la guepardo. Si estaba en lo correcto, las hienas estaban en el mismo estado que ella: totalmente cegados.

Diablos, ahora el plan está completamente arruinado.

Y este plan era uno que Kion les contó cuando iban en dirección de los habitantes de las Lejanías. Según el plan, Beshte alejaría a los carroñeros para que Ono y ella pudieran ayudar al tejón mielero, así como a su hiena amiga a salir de la persecución. De ahí, Kion utilizaría el rugido para vencer a esas hienas salvajes. Pero claro, no habían contado con la nube de polvo que se levantaría cuando las interceptaran.

Supongo que seguimos siendo tan torpes como cuando éramos cachorros.

Fuli seguía corriendo, esquivando a hienas, tratando de encontrar a Jasiri. Aunque conforme continuaba cegada, más era notorio que la Guardia debía reagruparse si querían salir victoriosos en esa batalla. El único problema era que todos se habían dispersado y encontrarse los unos a los otros iba a ser imposible en esas condiciones.
En ese instante, una hiena macho saltó sobre la guepardo, gritando, dispuesto a atacarla.

—¡Fuli, arriba! —la voz temblorosa de Ono la trajo de vuelta a la realidad y le hizo darse cuenta de lo que pasaba. Apenas tuvo el tiempo de alejarse de las fauces abiertas de esa hiena, esquivando con agilidad el ataque. Soltó un grito ahogado, seguido de un gruñido al ver que su agresor estaba parado enfrente, dispuesto a seguir luchando. Ella quiso saber dónde estaba la garza para que pudiera guiarle en ese combate, pero cuando miró hacia arriba, todo seguía envuelto en una nube polvo.

Gruñó en desesperación. Ahora de verdad debía pelear, cosa que no le gustaba. Y así, miró directo a los ojos de su combatiente. El macho tenía varias heridas por todo su cuerpo, así como su rostro. Uno de sus ojos estaba cubierto por un velo blanco, indicando que era parcialmente ciego.

Eso podría ser de ayuda.

La guepardo sonrió con malicia, ideando un plan rápidamente al ver las ventajas que le brindaba su entorno. El polvo, la ceguera de la hiena y su velocidad hacían una combinación perfecta. Sabía muy bien lo que debía hacer y como lo debía hacer. Quizá la hiena vio tal determinación, llevándole a acobardarse un poco, pero no sin antes mostrar sus colmillos, dispuesto para todo.

La tensión llegó a su punto máximo cuando, a lo lejos, alguien llamó a Fuli con desesperación. Ella, al escuchar tal grito, volteó aun sabiendo que era imposible ver a través del polvo. Y en ese momento, cuando estaba más distraída, la hiena se lanzó a su cuello, con la intención de matarla en el acto. Por supuesto, no contaba con que la guepardo lo escucharía para luego voltearse rápidamente y esquivarlo con grandes reflejos. Al verlo caerse, ella supo que la batalla comenzó. Sin perder más tiempo, se abalanzó sobre la hiena que apenas se recuperaba de la caída.

Sacó sus garras y le arañó parte de las mejillas hasta su oreja. Fuli cayó en cuatro patas detrás de la hiena que gritaba de dolor. Sonrió, sabiendo que sería fácil el derrotarlo. De nuevo, tomó impulsó y se abalanzó con la intención de arañarlo otra vez y dejarlo inconsciente; pero lo que no sabía era que ella terminaría cayendo al suelo tras ser golpeada en la cabeza por esa hiena.

Fuli gruñó al darse de bruces contra el suelo. Sacudió la cabeza y se levantó poco a poco.

Al parecer es más resistente de lo que pensaba.

Se dio la vuelta, para encontrarse con que la hiena ya no estaba.

¿¡Pero qué...?!

Sorprendida, buscó con la mirada a su alrededor. Se puso en posición de combate, preparada para todo. Se quedó unos segundos así, hasta que pudo escuchar un crujido detrás. Se volteó y la hiena volvió a atacarla, sólo que estaba logró derribarla causando que cayera sobre su lomo. Apretó los ojos en dolor, ahogando un grito y abrió los ojos, viendo que la hiena estaba sobre ella, sonriendo maliciosamente, antes de lanzar una poderosa mordida directo al cuello de la guepardo.

Fuli logró esquivarla, viendo todo a cámara lenta, movió parte de su cuerpo con los ojos muy abiertos en horror, viendo que estuvo milímetros de perder gran parte de su garganta. La hiena terminó por llevarse un golpe en toda la cara.

¡Oh, demonios!

Sin esperar, Fuli subió sus patas traseras hasta el estómago de su adversario mareado y con toda su fuerza, lo pateó lejos de ella. La hiena no se lo esperaba y terminó más que aturdido. Se quedó tirado, tratando de comprender que ocurrió, frotándose la cara con una pata. Pero ahí no acababa. La guepardo se paró enseguida y comenzó a ejecutar el plan que tenía antes de ser atacada.

¡Huwezii!

El grito pareció alertar a la hiena y también se levantó, pero ya era tarde: la guepardo desapareció entre el polvo y la confusión sin dejar rastro alguno. Y la hiena macho ya sabía lo que parecía pues era más que obvio. Estaba acabado, no tendría escapatoria.

—¡Oye, imbécil!

La voz femenina le hizo voltear atrás, sin ver nada obvio, excepto oscuridad de su ojo ciego, mientras que otro era cubierto por el polvo. De nuevo, escuchó la voz y se dio la vuelta a su izquierda, dando el mismo resultado. Y ahora a escuchó, a la derecha, la izquierda, detrás e izquierda. La voz de la guepardo estaba por todas partes, sólo que ella no aparecía. La hiena no sabía que pensar y simplemente se quedó quieto hasta que escuchó la voz justo en su oído.

—Te tengo.

Al darse la vuelta una última vez, la hiena terminó cayendo de espaldas junto a un grito ahogado, antes de desmayarse. Fuli le había dado tal fuerte el golpe en la cara que simplemente quedó fuera de combate antes de que pudiera hacer algo más o preguntarle qué era lo que querían las hienas con ese ataque. Pero de todas maneras, quizá no le hubiera dicho nada, incluso si lo amenazaba.


—Bueno, ya no importa —dijo ella, sonriendo al saber que su plan de distraerlo desde varios ángulos sirvió tan bien como esperaba—. Ahora, a encontrar a los demás.


Fuli dejó a la hiena inconsciente, corriendo aun a ciegas y sin saber cómo buscar a sus compañeros. Por ahora, el mejor plan que tenía era encontrar a Kion, pues él sin duda tendría una forma de arreglar todo eso antes de que alguien saliera de verdad herido. Fuli siguió corriendo entre el polvo, ya cansada de la pelea bajo la velocidad de su carrera hasta el punto que se detuvo, con las piernas y cuerpo adolorido. Estaba decidida a descansar ahí. Pero entonces, a lo lejos, logró escuchar un grito desgarrador de un macho. Su piel se erizó totalmente, causándole un escalofrío.


Esto la revitalizó, levantándole su cansado ánimo. Enseguida y sin desperdiciar otro segundo retomó su carrera, siguiendo el sonido de donde vino aquel grito. Continuó hasta que llegó a una parte donde el viento y el polvo eran más fuertes, extrañamente. Fuli miró alrededor, sin saber a donde más ir. Hasta que un nuevo grito le dijo dónde estaba aquel animal adolorido, quizá fuera Bunga u Ono.


Pero que les habrá pasado para que suenen tan... aterrados...


Ella sabía que esa no era la palabra para describir a tales sonidos tan terribles de dolor puro, pero realmente le enojaba el pensar que uno de sus compañeros podría estar herido a causa de una maldita hiena. Y ahí, sumida en sus pensamientos, Fuli se detuvo, junto a los gritos y miró a su alrededor.

Y a lo lejos, la figura de un león se dibujaba entre el polvo.

Fuli corrió con alegría de saber que por fin encontró a su mejor amigo entre tanto caos. Se acercó rápidamente hasta la silueta, sólo para encontrarse algo que la dejó confundida: alrededor del león parecía emanar cierta energía, levantando polvo con cada movimiento que daba. Era como si él fuera el epicentro de la tormenta de polvo. La guepardo al principio creyó era su imaginación y la ceguera que le hacían ver cosas que obviamente no podían pasar. ¿Cómo podría ser un león la causa de una tormenta de polvo?

Ciertamente el polvo era más denso e inexplicablemente no se dispersaba después de un tiempo. Era extraño, sí y Fuli le había estado pensando mientras trataba de encontrar a Jasiri y a Bunga. No sabía muy bien que pasaba, lo cual le disgustaba tremendamente. Aun así, siguió adelante hasta encontrarse a aquella hiena.

Fuli no le quiso darle más vueltas al asunto, pues estaba muy feliz de ver a su amigo, y nada podría distraerla.
Se acercó más y más. En ese momento quiso llamar a su amigo león, pero al estar casi enfrente de él, notó otra cosa. A los pies del león, tiradas, había otras figuras, apenas visibles entre el polvo. Se detuvo en seco, ajustando su vista, entrecerrando los ojos, pues podría jurar que conocía esas siluetas.

¿Esos son...?

Ahí fue cuando los vio: más de cinco hienas, tirados, cubiertos de sangre, con una expresión de terror puro en el rostro, con arañazos y mordidas que cubrían por completo sus cadáveres. La expresión de confusión de Fuli cambió a una de terror total ante la escena. Quiso vomitar, correr y huir de ese lugar; pero estaba paralizada por el miedo. Estaba sin aliento, con su corazón a punto de salirse de su pecho mientras trataba de calmarse, aun sabiendo que no sería posible tras ver esa masacre.

Soltó un grito de asco, trayendo la atención del león frente a los cuerpos. Por un momento Fuli creyó que sería Kion, igual de horrorizado por la escena.

Pero ese no era Kion.

El león de poca melena roja estaba cubierto con sangre y arañazos por su cuello y torso, junto a una expresión dura, sin emociones y sin resentimiento. Aunque lo que más resaltaba del león no eran las marcas de batalla ni la sangre.

Era la gran cicatriz roja, que surcaba su ojo izquierdo. En su hocico una sonrisa torcida, casi como una mueca de burla.

Fuli se quedó quieta, al borde de las lágrimas, sin saber qué hacer ni que decir. El otro se acercó lentamente a ella, con una silenciosa risa en sus labios.

Ese no era Kion.


¡Twende Kiboko! —el gritó de batalla de Beshte inundó el aire, mientras rodaba contras tres hienas que lo emboscaron en medio de la tormenta de polvo. Terminó de aplastar y dejando fuera de combate a las hienas. Tras rodar unos metros más, se levantó y comenzó a alejarse de esa zona, pues sabía que habría más hienas llegando a ese lugar. No se tomó un descanso y siguió hasta que creyó que estaba lo suficientemente lejos.

No sabía dónde estaba, la tormenta de polvo no le dejaba ver nada a su alrededor que no fuera oscuridad. Entrecerraba los ojos constantemente, con pedazos de piedras y tierra en sus ojos.

—Tengo que encontrar a los otros; el plan de Kion falló.

Debemos reagruparnos y pensar en otra cosa.

Pero claro, esto no era nada facil, pues el terreno donde pisaba parecía el mismo de donde empezó. Temía que estuviera yendo en círculos, para dar con toda la manada de hienas que estaban persiguiendo a Jasiri y a Bunga. El hipopótamo suspiro en derrota, sin saber cómo seguir con la misión que se había puesto de encontrar a sus dos amigos que habían sido perseguidos.

Esto es imposible...

Y bajo la cabeza en desesperación. Gruñendo, maldijo por lo bajo a las hienas por causar tanto caos.

—¡Beshte, Beshte! ¡Ayuda! —el hipopótamo, claramente sorprendido por escuchar la voz de su amigo Ono, volteó enseguida. Lo que se encontró fue a la garza, volando con dificultad, con un ojo cubierto de sangre, cargando con todas sus fuerzas a Bunga. Y él no sabría decir que era lo que más le asusto; sí el ver a Ono herido o al tejón mielero, que no se movía, con sangre y tierra cubriendo su brazo derecho completamente, con heridas que recorrían su torso.

El hipopótamo corrió hasta sus amigos, totalmente alterado y al con un miedo creciente en su estómago.

—¡Ono, Bunga! ¡Por todos los dioses! ¿¡Qué paso!?

La garza se dejó caer, junto al cuerpo inmóvil de Bunga, sin más fuerza para continuar volando en esa tormenta. Por suerte, Beshte pudo atraparlos para que cayeran en su lomo. Ono se levantó poco a poco, para luego bajar al suelo.

—Beshte... No tienes de cuanto me alegra verte... —la garza dijo esto con voz temblorosa, tambaleándose y sin poder quedarse quieto — Fuimos... fuimos emboscados, Bunga y Jasiri, yo estaba detrás de ellos... había tantas hienas...

El hipopótamo con los ojos abiertos como platos y con la respiración creyó que su amigo se desmayaría, pero sólo se sentó y tomó una profunda respiración.

—Creí que íbamos a morir. El polvo no nos dejaba ver nada, Jasiri trató de repelerlos... pero no funcionó... —Ono temblaba y de seguro estaba al borde del llanto—. Mientras Bunga peleaba, fue lanzado y terminó pegándose contra una roca...

—Pero... ¿estará bien, verdad?

La pregunta le quemaba la garganta al macho y realmente estaba asustado por el destino de su amigo. La garza simplemente asintió y cerró el ojo que no tenía cubierto de sangre. Beshte volteó la cabeza para ver al tejón sobre su lomo, cuyo pecho subía y bajaba con irregularidad. Pero aun así el hipopótamo no estaba tranquilo; debían salir de ahí.

—Y Ono, tu ojo...

Sin duda el ver tanto del líquido rojo le hacía pensar lo peor, aunque no es como si a la garza no se le hubiera privado la visión antes, como aquella vez hace tanto tiempo cuando eran pequeños que terminó sin ver de uno de sus ojos por un día; pero ahora era más grotesco y con todo lo que estaba pasando, el que Ono se quedara fuera de combate era una terrible perdida para el equipo. Lo bueno era que él pudo traer a Bunga, incluso si era una tarea difícil, sobre todo porque había crecido bastante y se volvió más pesado. Pero la garza también había crecido en tanto tiempo y ya no era tan pequeño y debilucho.

—No te preocupes, Beshte —dijo él, aunque al final de la oración su voz se rompió y se tuvo que aclarar la garganta

—Fueron unos buitres quienes los hicieron, los cuales están con las hienas, al parecer. Pero estaré bien, sólo fue una pequeña herida...

—¿¡Una pequeña herida!? ¡Ono... demonios, tenemos que ir de vuelta a la Roca del Rey para que Rafiki te cure!
Él sólo miró al hipopótamo y se alegró de que su amigo se preocupara tanto por él, pero sabía muy bien que el volver no era una opción para nadie, incluso si dos integrantes de la Guardia estuvieran heridos. Por ahora, encontrar a los demás y salir de esa tormenta era lo importante, luego ya podrían pensar que hacer después. Quizá Beshte vio lo que pensaba Ono por la expresión que tenía en la cara y supo que volver, con todo el ataque de las hienas sería como darles la victoria, para que pudieran llegar al Gran Manantial.

Tan sumidos estaban en sus pensamientos que ni siquiera escucharon las risas y gruñidos de dos hienas que los habían encontrado, hasta que estaban muy cerca de ellos.

—¡Miren, son de la Guardia! —gritó una, burlándose al ver a Ono y Bunga. La otra soltó una risa nasal, con una mirada terrorífica.

—¡Beshte, son hienas, hay que correr! —gritó Ono, volando hasta el lomo de este.

El hipopótamo asintió, retrocedió, dispuesto a retirarse de una batalla que sería muy complicada con dos heridos.
Con lo que no contaban era que de la nada, otra hiena, una hembra de pelaje brillante, ojos morados, con una marca en su hocico que surcaba su mejilla; saltaría sobre estas, mordiendo a una y dándole un cabezazo a otra, asustándolos. Entre el polvo, Beshte no sabía quién era esa hiena que los acababa de salvar, pero sí que se daba una idea y sonrió ampliamente. Mientras tanto, Bunga comenzó a despertar, con Ono ayudándolo a sentarse lentamente.

—¿¡Y está!? ¿¡De dónde salió!? —gritó uno de los machos cuando se pudieron levantar. El otro le miró y rodó los ojos.

—¡Es la que esta con la Guardia! ¡Tú atácala y cállate!

Y la hembra sonrió al escuchar estas palabras, riéndose ligeramente. Al ser tan orgullosos los machos, no se dejarían vencer por una hembra y la embistieron, lanzando mordidas y golpes. Ella logró esquivar cada golpe con una destreza increíble, manteniéndolos alejados del hipopótamo y los otros dos.

—Oh... ¿qué pasó? —Bunga, mientras tanto, se pudo despertar y levantarse, junto a un horrible dolor de cabeza en la parte de atrás de su cráneo. Beshte, al escuchar su voz, se dio la vuelta, con una sonrisa.

—¡Bunga! ¡Me alegra tanto que estés bien!

—¡A mi también! ¡Realmente tienes que explicarnos como es que tú y Jasiri terminando siendo perseguidos por todas esas hienas!

Ono realmente estaba animado, incluso con su ojo, que hizo saltar a Bunga cuando lo vio.

—¡Tu ojo! ¡Ono, ¿estás bien?!

—No te preocupes, aquí importa que despertaste y que encontramos a Jasiri.

—Bueno, Jasiri nos encontró a nosotros...

La garza señaló a lo lejos y Bunga logró ver la silueta de varias hienas peleando entre sí. En ese momento, sintió la necesidad de ir ayudarla, pues si bien recordaba, ella lo había salvado. Pero seguía bastante aturdido y con tanto polvo a su alrededor sólo terminaría más herido.

Y hablando de heridas...

Bunga se miró el brazo cubierto de sangre. Enseguida, trató de moverlo y al ver (con mucho dolor) que todavía le funcionaba, se alegró, aunque si no se apuraba a curarse, la herida se infectaría y sería mucho peor. Debía visitar a Rafiki lo antes posible. Fue entonces que escuchó varios gritos y al alzar la cabeza, se encontró con Jasiri, quien había vencido a las hienas, haciéndolas correr, totalmente asustadas.

—Algunas veces no sé qué tan feroz puede ser Jasiri —dijo él con un hilo de voz.

Beshte miró al frente y enfocó su vista, notando que las hienas sí que estaban muy asustadas. De hecho, aterradas, sería el mejor término para describirlo.

—Chicos, no creó que esas hienas estén huyendo de Jasiri...

Ono también voló un poco, hasta estar frente de Beshte, viendo que Jasiri se daba la vuelta y miraba detrás de ellos, directo al cielo. En ese instante, una gran ráfaga de aire recorrió la tierra, haciendo que todo temblara, al punto de parecer un terremoto. Los tres miembros de la Guardia se quedaron paralizados al no saber que pasaba.

—¿¡Ahora qué está pasando!?

El gritó fue apeas audible entre los rugidos del viento. Luego, una gran nube de polvo chocó con todos los que estaban presentes, proveniente de detrás de ellos, haciéndolos caer.

—¡Bunga, Ono!

Beshte, al abrir los ojos y levantarse con dificultad, notó que el viento y el temblor venía detrás de ellos, pero no podía ver nada. Se movió un poco en dirección de un árbol cercano y se agarró del grueso tronco con todas sus fuerzas. Cerró los ojos y pudo sentir que la fuerza del temblor le atraían hacía atrás. Lo que sea que fuera que causaba la tormenta de viento, debía ser muy poderosa para atrapar un hipopótamo.

Beshte escuchó voces cercanas, abrió los ojos y dos amigos, junto a Jasiri, se ocultaban detrás de una roca gigante, clavada al suelo. Suponía que le gritaban que fuera a ellos y eso hizó. Literalmente saltó detrás de la roca para cubrirse de la atracción del viento. Ono y Bunga se gritaban el uno al otro, preguntándose de donde venía el temblor y porque estaba pasado eso. En ese instante, Jasiri se levantó y miró por sobre la roca, con ojos llenos de terror.

—¡Miren!

La voz apagada de Jasiri fue audible por un segundo y todos hicieron caso a lo que les decía y miraron sobre la roca. A metros de donde se encontraban, un gran tornado gigante, que casi cubría el cielo por completo, comenzaba a atraer toda cosa viviente e inanimada que estuviera cerca. Ese estaba causando el temblor. La enorme magnitud de ese tornado, que por alguna razón apareció justo en medio de la batalla que tenían.

Eso no podía ser una coincidencia. Debía haber una razón para todo el desastre que se desataba.

Beshte sólo miraba a sus amigos; Bunga, Ono y Jasiri se cubrían detrás de la roca junto con él, tapándose la cabeza, evitando los objetos que volaban cerca de ellos y directo al tornado. Era tan fuerte que incluso pudo ver como varias hienas eran arrastradas hacía el. Eventualmente, ellos también serían tragados si no salían de ahí pero existía el riesgo de que en su escape fueran golpeados por algún árbol terminaran yendo directo al tornado.

Estaban en una encrucijada y no podían escapar.

Pero entonces, cuando más se volvía inestable situación, se escuchó algo que cruzó los vientos y fue más que audible. Eran parecidos a pequeños rugidos, que al principio creyeron, sería del mismo viento. Segundos pasaron y los rugidos se volvían más y más fuertes hasta el punto en que todos tuvieron que taparse los oídos, en un intento de que sus tímpanos no explotaran. Mientras estaba ahí, Beshte logró notar que esos rugidos no eran del viento y que realmente parecían de... un león. Algo en su mente se iluminó al pensar eso, comprendiendo el porqué del tornado.

Se levantó y miró, gritándole a los otros que le siguieran. Confundidos y asustados, los miembros de la Guardia y Jasiri miraron nuevamente por sobre la roca. En el momento en que hicieron esto, el viento se detuvo totalmente, así como el temblor y los rugidos.

Expectantes, se quedaron viendo el tornado gigante, que poco a poco crecía más, hacía los lados y arriba, sin dejar de girar sobre su propio eje.

Pero eso sólo puede significar que si paro de atraer cosas, estaba juntando materia para...


La iluminación llegó a Beshte, que en segundos se quitó las patas de los oídos, al igual que los demás.

—¡TODOS, CÚBRANSE!

Todos voltearon a ver al hipopótamo y en ese instante, uno podría decir que el tornado implosionó. En segundos, se comenzó a consumir a sí mismo, para crear algo parecido a una bola, que entonces se convirtió en varias cabezas de leones, antes de que rugieran todos al mismo tiempo, lanzando toda la energía y materia que tomaron del lugar. 

Las cabezas eran gigantes, tanto, que ensombrecieron el sol y taparon las nubes. A su alrededor, animales, arboles, rocas y todo lo que el tornó atrajo a su epicentro, fue expulsado a velocidad increíble. Los leones seguían rugiendo, hasta que en un momento, pararon y comenzaron a desaparecer de manera rápida, igual al tornado.
Y así acabó.

Alrededor, todo era destrucción y muerte. Los cadáveres de los animales y los árboles muertos, junto a la tierra erosionada, daba una imagen de que ahí hubo una de las batallas más horribles de la historia. Lo único que quedaba en kilómetros era el muro del Gran Manantial, que fue afortunado de estar lejos del gran rugido.

Pero de entre la tierra, una roca se movió poco a poco, hasta ser lanzada unos metros lejos y mostrando a cuatro animales debajo de la tierra. Beshte, Jasiri, Ono y Bunga. Los cuatro, apenas el hipopótamo dio la orden, cavaron un agujero lo suficientemente grande para que todos entraran a refugiarse antes de que... eso... pasará. Lo bueno es que el tejón mielero fue rápido y sumado a los otros tres, lograron cubrirse en pocos segundos.

Así, salieron del agujero.

Lo que vieron los dejos mudos y totalmente aterrados. La destrucción que se presentaba ante sus ojos nunca antes había sido vista. Lo que ese rugido había causado no era algo que se describiera fácilmente. Los cuatro caminaron unos cuantos minutos, sin decir nada, sólo viendo lo que quedó del lugar.

—¿Cómo...? —Bunga fue el primero en hablar, con los ojos abiertos como platos— ¿Qué fue lo paso?

Todos se miraron entre sí. Nadie quería decir lo obvio del asunto. Algo así, un rugido, solo lo pudo hacer alguien. Y ese alguien no estaba en los alrededores. Jasiri dio unos pasos, aún con las piernas temblando y miró a los otros.

—Creo que antes de sacar conclusiones debemos encontrar a Fuli y a...

—¡Kion!

Los cuatro miraron a Ono y luego a donde estaba señalando: a unos cuantos metros, en una pequeña colina, se podía observar dos siluetas juntas; una guepardo hembra y la otra de un león.

Los cuatro corrieron como si de eso dependieran sus vidas, para llegar justo a lado de ellos.

—¡Fuli, Kion!

La guepardo fue la que volteó ante los llamados de sus amigos y enseguida se levantó, corriendo hasta ellos. En su cara era visible un ceño de confusión.

—Chicos... —uno creería que ella estaba al borde del llanto, por la cara de preocupación que tenía. Entonces los miembros de la Guardia comenzaba a hablar entre ellos, interrogando a la guepardo sobre lo que sucedió, mostrando sus heridas y cuan sucios estaban. Pero se detuvieron al ver que Fuli comenzó a llorar— Chicos... es Kion...

Jasiri dejó de prestarles atención y comenzó a caminar hasta Kion, quien estaba sentado, mirando al horizonte.
Inmóvil, casi como una estatua. Cuando ella llegó hasta él, Fuli se dió la vuelta, seguida por los demás de la Guardia, miraron lo que iba pasar.

—Kion, soy yo, Jasiri... —susurró ella en voz dulce.

Ella sólo lo veía de perfil y tenía un gesto duro, sin expresión. Hasta ese momento, no notó cuanto había crecido el león que una vez conoció cuando ambos eran cachorros. En ese tiempo, ella era más pequeña y juguetona. Él, por otro lado, era más duro, pues tenía que cargar con las responsabilidades de la guardia.

Hace mucho tiempo que eso pasó...



Ahora ella tenía que comprender que ocurría. Porque ese había sido el rugido de Kion; lo conocía muy bien, tanto como al mismo león. 

—Jasiri...

Él se volteó para encarar a su amiga hiena, que tenía una cara de preocupación y confusión. Lo que ella vio fue que el rostro del león no era el mismo. Tenía el ojo izquierdo entrecerrado, pues se marcaba una cicatriz con sangre fresca, que empapaba su parpado. Esto le recordó a alguien. La hiena simplemente lo miró, sin decir ni hacer nada. Estaba muda ante lo que veía. 

Pues ahí, enfrente de ella, estaba el vivo retrato de Scar, el león del cual le había hablado él.

—Los mate a todos, Jasiri —dijo Kion, con voz ronca, mostrando en sus ojos lágrimas—. Yo los mate a todos.


Uff, que cansado estoy... Desde la noche de ayer me puse a trabajar en este capítulo y vaya que me he pasado. Este, sin duda, es un capítulo clave para el desarrollo de la trama y le he puesto un especial esfuerzo en relatar los sucesos y yo en estos momentos me siento totalmente satisfecho.



Me duelen los dedos, pero ha valido cada segundo por tantas cosas increíbles que han ocurrido aquí. Y lo siento porque este sea un capítulo tan largo, pero realmente era necesario mostrar todo lo que han leído (si es que lo han leído todo), pues cada parte es muy importante para el desarrollo de Kion y la historia. 


La verdad siento que no represente a Jasiri de la mejor manera, pero ya tendrá una parte para ella sola en los siguientes capítulos. Y joder, la parte de Fuli... uff... de verdad que me ha gustado como la escribí y espero que a ustedes también. Por cierto, quisiera agradecer a todos los que han dado un comentario positivo, si soy sincero, no pensé que está historia fuera a ser muy conocida pero aquí estoy, subiendo y dándome a conocer a otros. 



Como sea, díganme lo que les gustó, lo que no, lo que podría mejorar, etc. 



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Re: El último rugido

Mensaje por Cyonix el Dom Mayo 21, 2017 10:06 am

Los personajes de la Guardia del León no me pertencen.


3
Un monstruo

—Los mate a todos, Jasiri —dijo él, con lágrimas en sus ojos—. Yo los mate a todos.

Ella se quedó callada, paralizada por el miedo. No por lo que él le acababa de decir. La razón era que el león parado enfrente no era Kion. El que por tantos años había sido su amigo incondicional, confidente, que le había ayudado cuando más lo necesitaba, en sus momentos más terribles, no estaba ahí.

Frente a ella estaba Scar, el anterior líder de la Guardia del León y el asesino de Mufasa, padre de Simba.
Pero, en realidad, esa fue la primera impresión que se llevó la hiena al ver a Kion con aquella cicatriz roja, que surcaba su ojo izquierdo por completo. Tras salir de su sorpresa inicial, pudo notar que el león tenía heridas frescas por todo su torso y parte de sus piernas. También podía percibir cierta hostilidad, proveniente de él. Aunque algo en sus lágrimas le decía que no le haría nada, pues estaba mucho más asustado que ella. El león temblaba sin poder contenerse.

—Kion...

La voz apagada de Jasiri pasó desapercibida por Kion, quien sólo se volteó y siguió mirando el horizonte. Ella no pudo decir nada más, pues el llanto doloroso de Fuli llenó el aire. La hiena volteó enseguida, en dirección a la Guardia del León, quienes trataban de averiguar que le ocurría a su amiga, pero la guepardo sólo podía soltar lágrimas de tristeza pura, sin la fuerza para articular palabra alguna. Balbuceaba, tratando de explicarse, pero le era imposible.

Llegados a ese punto, la hiena sabía que algo muy grave debió haber pasado para que la misma Fuli estuviera en ese estado. Jasiri quería ir con ellos, saber que paso; pero el dejar a Kion sólo no era la mejor idea en esos momentos. Al final, tras debatir consigo misma, decidió bajar de la pequeña colina en la que estaba su amigo e ir junto a los demás. Sólo dio unos pasos y ya estaba junto a los otros miembros de la Guardia, que aún estaban alterados.

—Chicos, creo que deberían ir con Kion.

Los tres machos, al escuchar la voz de Jasiri, se voltearon, sin entender lo que les acababa de decir. Luego, se miraron entre sí, con una ceja alzada. Por otro lado, Fuli bajo la cabeza, casi avergonzada, llorando en silencio. La hiena fue la única que notó esto, pero decidió no decir nada. Jasiri miró a los otros tres, con el ceño fruncido y expresión de enojo.

—Oh, claro... —Bunga fue el primero en reaccionar, aún con duda en su voz. Se alejó de Fuli, sin dejar de verla y notando lo mal que estaba. Al llegar a lado de Jasiri, se volteó y le dio una mirada de preocupación, a la cual ella respondió de la misma manera. No fue hasta ese momento en que ella también notó lo herido que él estaba por la pelea, con todo un brazo sangrante y varios moretones por todas partes. Aun así, parecía más afligido por su amiga que por si mismo. Esto le demostró que Bunga era un gran amigo y aliado leal.

El tejón melero se fue caminando hasta la colina, para llegar junto a Kion. Fue seguido por Ono y Beshte, quienes tenían la misma mirada que Bunga; casi suplicando que Jasiri hiciera algo por la guepardo. Y eso es lo que ella tenía planeado. Así, las dos hembras quedaron solas.

Jasiri siguió con la mirada a los tres machos, quienes se reunieron con el león, para tratar de hablar con él. Ella sabía que no conseguirían nada, pero no les iba impedir su intento de regresar a Kion a la realidad, pues ella tenía otra misión. Con este pensamiento, lentamente y en silencio se acercó a la derrotada Fuli, que seguía con la cabeza agachada, viendo como las lágrimas caían al suelo.

La hiena entonces se paró frente a su amiga, sin saber que decir.

El verla tan destruida no es normal... ¿qué diablos paso aquí?

—Fuli... —Jasiri titubeó sobre sus palabras— ¿Estás... estás bien?

Realmente le preocupaba el saber cómo estaba su amiga, más emocional que físicamente. Pero Fuli no se movió, incluso cuando escuchó estás palabras. Ella seguía inconsolable, sin poder levantar la mirada.

—Escucha, Fuli, soy tu amiga, nos conocemos desde hace mucho tiempo —exclamó ella, en un intento de persuadirla—, sabes que puedes contar conmigo. Por favor, cuéntame que paso, todos estamos preocupados.

Ella no respondió y siguió llorando. Llegados a ese punto, Jasiri realmente estaba preocupada y pensaba que lo mejor sería pedirle ayuda a los demás, pero bien sabía que Fuli no hablaría. Sea lo sea que vio, seguro fue traumatizante.

Espera, ella estaba cerca de Kion después de... eso... quizá Fuli observó cuando él... rugió...

Esta última frase le dolió especialmente. Debía aceptar que esa destrucción a su alrededor había ocurrido por el rugido de Kion, incluso si no le gustaba, pues no existía otra explicación para lo que ella presenció: las cabezas de los leones, el ruido ensordecedor, el viento y la tormenta de polvo, todo cuadraba y señalaba que el líder de la Guardia había desbocado su "Rugido de los Ancestros", de una manera que nadie vio antes. Era agresivo, poderoso, casi con la intención de matar a cualquiera que estuviera cerca.

¿Pero por qué?

—Fuli, por favor...

Al principio, Jasiri creía que la razón por la que no la miraba era por vergüenza, pero, después de un tiempo, supo que tenía que ser algo más...

—Jasiri, ¿recuerdas ese día?

La rota y suplicante voz de Fuli hizo que un escalofrío recorriera la espada de la hiena. Hasta ese momento, no tenía la esperanza de que la guepardo le respondiera, pues tras mucho pensamiento, llegó a la conclusión de que quizá estaba en shock. Pero sus palabras confirmaban que estaba "bien", de alguna manera y que podía hablar sin problemas. Quizá la razón por la que no decía nada era porque los demás estaban ahí.

—¿Qué...? ¿De qué...? —balbuceó Jasiri, aún confundida por la pregunta de Fuli— ¿De qué estás hablando?

—De ese día, Jasiri —explicó la guepardo, con un tono más agresivo.

La hiena, enseguida que su amiga terminó esa frase, supo enseguida a que se refería. Bajó la vista, con un torrente de recuerdos azotando su mente. Sacudió la cabeza bruscamente, no dejándose caer por ese espiral donde una vez estuvo atrapada. Frunció el ceño, mirando fijamente a la guepardo. Ella muy bien sabía que el tema era complicado para la hiena y aun así, lo sacó a relucir. Muchas preguntas cruzaron su mente, acerca de lo que le ocurría a su amiga, pero por sobre eso, había cierta repulsión y enojo hacía ella.

¿Qué es lo que ocurre?

—Yo... —ella no sabía que decir, contarle lo que sintió era difícil, es decir, a la única persona a quien le contó todo lo sucedido ahora estaba en aquella colina, con una cicatriz y estaba totalmente perdido en su mente. Esto lo llevó a una frustración mayor— ¿Por qué no me cuentas lo que paso, Fuli? ¡Sólo te pido eso y tú me alejas! ¡De verdad que trató de ayudarte, pero no me estás haciendo esto fácil!

Ella no dijo nada.

—¡Fuli!

Viendo que no obtendría una respuesta, la hiena supo que no tendría caso y comenzó a darse la vuelta, gruñendo.

—Yo recuerdo muy bien ese día en las Lejanías —dijo la guepardo, con la voz rota—. El fuego; los gritos; todos esos animales huyendo; la emboscada. Todo pasaba tan rápido que no podía pensar con claridad, aunque, de todo eso, puedo recordar esa sensación que me estrujaba el corazón; pensar en perder a mis amigos, de perderlo a él, simplemente me mataba.

La hiena miró a la guepardo que en ese instante levantó la cabeza. Y en su rostro cubierto por sangre y lágrimas, había una expresión, un sentimiento que la apresaba: miedo. Un estado de terror tan puro y tan honesto, paralizando a Jasiri, sin saber qué hacer, pues su amiga temblaba, al borde de un colapso mental. Ahora Jasiri podía entender lo que ocurrió. Aunque también había algo más: preocupación.

—Sentía un miedo terrible, que me atrapó, dejándome paralizada —su voz en ese momento se rompió y más lágrimas recorrieron sus mejillas—, sobre todo cuando Kion desapareció contigo en medio de la batalla. Yo no podía más y cuando todo parecía perdido, él reapareció y nos salvó...

Jasiri estaba tan conmocionada que se quedó callada cuando Fuli hizo una pausa para calmarse y recuperar la voz. Sólo después de unos segundos, que recuperó la consciencia y pudo ver que la guepardo se había recuperado un poco, pues ella estaba lista para decirle todo a su amiga hiena, incluso a los demás de la Guardia, sólo que una voz en su mente, muy al fondo, le advertía sobre las consecuencias podrían ser terribles y los sucesos que acontecerían a partir de esto podrían ser enteramente por su culpa. Pero estaba dispuesta a soportar eso, porque él rugió, sí, pero lo hizo por ella.

—El líder de la Guardia del León y príncipe de las Praderas, es el que hizo esto.

El decir esto le dolía, pero debía aceptarlo para continuar. Aunque no era la única, pues el saber que su teoría se confirmó era terrible. Aunque todavía tenía una pregunta que ansiaba responder.

—Pero, ¿por qué lo hizo?

—Porque ese no es Kion.


Miedo.

Él se acerca.

Cadáveres.

Debes correr.

Está sonriendo.

No, no, no.

Se acerca.

Fuli, corre, ahora.


Tantas cosas pasaban al mismo tiempo que no podía entender nada. Su vista era borrosa, sumado a la tormenta de polvo que le impedía ver más sólo unos pocos metros enfrente. Y ahí, parado, un león con una melena roja no tan abundante, con una cicatriz brillante en su ojo izquierdo, le sonría con malicia. Un escalofrío le recorrió la espalda a la guepardo, pues conocía a ese león, que también estaba cubierto por sangre, con grandes heridas por todo su cuerpo. O al menos creía conocerlo.

Esto no puede ser.

Una frase que se repetía una y otra vez, mientras observaba desesperada como ese animal despiadado se acercaba lentamente hacía ella.

Los cuerpos de varias hienas eran aplastados por sus patas, siendo audible un claro crujido de huesos y carne muerta. Esos sonidos hacían eco en la mente de Fuli, dejándole sin aliento, con su corazón a punto se salir de su pecho. Su mente era un torbellino de pensamientos y preguntas, cada una más complicada que la otra. Quería saber cómo es que Kion, líder de la Guardia del León e hijo del rey, pudo causar tal masacre sin remordimiento alguno.

No es posible, ¿cómo...?

Simplemente no lo aceptaba, no podía. Su mejor amigo, que conocía por tanto tiempo, desde cachorros no podía haber hecho algo como eso, era impensable. E incluso si las pruebas irrefutables estaban frente a sus ojos, lo negaba rotundamente. ¿Qué tal si sólo era un malentendido? ¿Qué tal si alguien más causa todas esas muertes? Millones de posibilidades surgían en su mente, cada una más improbable que la anterior y poco a poco, caía en la cuenta de que sí, ese león con la cicatriz en el ojo, era Kion.

Y en ese instante, algo se iluminó en su cabeza. Sólo había un león en todas las Praderas con una cicatriz tan reconocible y ese era Scar, hermano del padre de Simba, abuelo de Kion y el que nunca fue rey. Sí, sin duda esa tenía que ser la misma cicatriz de Scar, que tantas veces la había visto en las pinturas que hacía Rafiki en la cueva de la Guardia. No podía ser otra cosa.

¿Por qué Kion tendría esa cicatriz, entonces?

Mientras el león daba grandes pasos en la tormenta de polvo que parecía emanar de su cuerpo, una posible respuesta comenzó a formarse en la mente de Fuli.

Ese no es Kion.

La única razón de todo ese desastre era esa, no podía tener otra explicación lógica para lo que pasó con esas hienas. Sólo que había un problema, la figura, el cuerpo, la cara, todo su físico en sí, pertenecía al líder de la Guardia y la guepardo no podía negar eso. Entonces, ¿qué ocurría? ¿De verdad era Kion? No...

Tan concentrada en encontrar la razón de estar de ese león, que Fuli apenas notó el avance de este hasta ya estaba a centímetros de ella, casi respirándole encima. Ella levantó la mirada y se encontró con los ojos ámbar del león. Esos ojos tampoco eran de Kion, estaban tan llenos de odio y crueldad que era simplemente imposible. Un escalofrío recorrió el cuerpo de la guepardo al observar como el león se detuvo frente a ella, sin decir nada.

La tormenta de polvo era cada más fuerte, sobre todo en esa área en particular, por alguna extraña razón. Fuli entonces recordó que cuando apenas llegó ahí parecía como si esa tormenta de polvo estuviera emanando del mismo león frente a ella, pues ahí era más fuerte el viento. Pero en ese momento esa era la menor de sus preocupaciones. Todo su ser se concentraba en la figura que la miraba y el miedo de sólo verlo, paralizándola por completo. Realmente quería irse ahí, de ese vórtice de caos, pero otra voz le decía que debía averiguar que pasaba ahí.

Así que se quedó quieta.

Quiso hablar, pero estaba demasiado asustada por la imagen del ensangrentado león que las palabras quedaban atascadas en su garganta. Justo cuando creía a situación no podía volverse más inestable, el león cerró los ojos con fuerza, para luego abrirlos, mostrando la mirada más triste que ella visto.

—Fuli...

Dolor. Era lo primero que podía pensar al escuchar la rota voz de su amigo. Tanto sufrimiento, contenido en una sola palabra: su nombre.

La guepardo quiso llorar en ese momento y abrazarlo y decirle que todo estaba bien. Ese si era Kion, su Kion. Se acercó lentamente a él, con las piernas temblando, estando segura que caería de tantas emociones que surgían en ella en ese momento. Aun así, llegó hasta Kion mientras él bajaba la vista, apenado, avergonzado. Tal vez por la muerte de las hienas.

Pero no fue su culpa, fue la de... él.

—Kion...

Al escuchar el llamado, el león levantó la mirada. En sus ojos, la inagotable suplica de un perdón. Simplemente era demasiado dolor acumulado en él, que Fuli no lo soportaba más. Estaba por decir algo más, pero un crujido y pisadas, distrajeron a ambos de sus pensamientos. Y de entre el polvo y la tierra, más de cinco hienas aparecieron, mostrando sus temibles colmillos.

—¡Es el león! —gritó uno, avisando a sus compañeros entre la tormenta. Los demás se acercaron y miraron a los dos felinos.

—Espera... —otra de las hienas entrecerró los ojos, agudizando su vista— ¿¡Pero qué...!? ¿¡Ese es el escuadrón de Chungu!?

Todas las hienas miraron más de cerca y todos terminaron horrorizados por la masacre ante sus ojos. Fuli volteó, queriendo vomitar al instante que sus ojos se encontraron en esa imagen. Lo curioso es que el líder de ese "escuadrón", no estaba entre los cadáveres de sus compañeros, o al menos eso parecía, con tantas partes desmembradas era difícil decidir.

—¿¡Qué carajos les hiciste, león!?

De entre el polvo ella escuchó una voz y varios gruñidos. Sabiendo lo que se aproximaba, se puso en posición de combate y gruñó de igual manera, pero lo que no se esperaba era que su vista fuera tapada por el corpulento cuerpo de Kion, quien se puso delante de ella lentamente, con una mirada llena de odio. Confundida, miró al león, con una ceja alzada y casi posicionándose a su lado.

—¿Kion? ¿Qué estás...?

—Detrás de mí. Ya.

Su tono era agresivo, rudo y cortante. Esa era una orden directa, sin posibilidad de preguntar o apelar. Ella, aterrada tomo su distancia, pero no planeaba quedarse callada.

—¡Kion! ¿¡Qué es lo qué te ocurre!? ¿¡Qué es lo qué paso aquí!?

El león le dio una mirada de reojo, enseguida volteándose con unos ojos llenos de terror puro.

—¡Fuli, detrás de ti!

Pero esa advertencia vino tarde y varias hienas se le lanzaron directo al cuello. Con un grito ahogado, ella terminó cayendo de espaldas sobre una gran roca que estaba cerca, a un par de metros de su amigo león. Con los ojos cerrados por el ardor, escuchó como él la llamaba, antes de gritar furiosamente, antes de que un mortal silencio lo interrumpiera, sólo interrumpido por quejidos y gruñidos de sus tantos oponentes.

Ni siquiera vi cuando los otros se movieron...

Poco a poco, ella comenzó a recuperar fuerza, levantándose, aun con los ojos cerrados. Escuchó a lo lejos varios gritos, de los cuales pudo escuchar que la llamaban, pero un zumbido en sus oídos le impedía oír correctamente. Aunque algo de lo que estaba segura es que esa voz era de Kion.

Debo ayudarlo... con las hienas...

Fuli abrió los ojos y se encontró con cinco hienas, que la comenzaba a acorralar. Gruñían y cada vez que daban un paso, ella tenía que retroceder hasta que quedo de espaldas a gran roca con la que se pegó antes. Con valor, se puso en posición de combate, mostrando los colmillos. Un dolor agudo comenzaba a formarse en su espalda por el reciente golpe y de todas maneras, no planeaba correr.

Y no es como si tuviera a donde ir.

Pero planeaba pelear, sin importarle si le iba la vida en ello. Y ya se preparaba para dar el primer ataque, cuando, escuchó unas pisadas y al voltearse, se encontró con una hiena encima de la roca, que le saltó encima, dándole una mordida profunda en su pata trasera izquierda. Enseguida, Fuli soltó un grito agonizante mientras un dolor punzante recorría su pierna. Un torrente de lágrimas escapó de sus ojos y terminó cayendo al suelo boca arriba.

Seguido de eso, sabiendo que no debía relajarse, ella se paró de un saltó, aunque no pudo apoyar la pata izquierda sin sentir un terrible dolor. La habían incapacitado y ahora sabía que ese fue su plan desde el principio. Quitar del camino a los objetivos más rápidos, pero a la vez más débiles. Era astuto y de hecho, un plan demasiado elaborado para las hienas. Y quizá era muy inteligente…

Sacudió su cabeza, pues debía concentrarse en salir de esa zona lo antes posible. Claro estaba que con todas esas hienas acercándose más y más, sumado a su pierna sangrante, iba a ser difícil, casi imposible escapar de las fauces de sus enemigos.

En esos momentos recordaba lo que su madre hace mucho tiempo le había dicho.

—No puedes huir ahora —dijo una de las hienas, la más cercana a ella—. Una chita sin pierna, es una chita muerta.

Sí, justo lo que ella decía.

Aunque lo que podría decir era verdad, Fuli, a través de los años había aprendido, a base de duras experiencias, que la velocidad no lo era todo. Y por ello sabía que si bien no podía salir corriendo de ahí, sí que podría despistarlos como al otro con el que lucho antes de encontrar a Kion.

Con esto en mente, se puso en sus tres patas buenas y dejo que la pierna herida simplemente para mantenerse de pie. Se quedó quieta, mirando a sus contrincantes, con el objetivo de hacerles creer que iba a pelear. Por supuesto, cuando más estaban listos para atacar, se lanzaron a ella, pero con lo que no contaba es que los rodearía, a una velocidad menor a la usual y terminaría del otro lado, mirando como los cuatro caían al suelo, preguntándose a donde se fue su presa.

Enseguida y sin perder más tiempo, ese adentró en la tormenta, dando pequeños saltos cada vez que su pata mala le dolía. Gruñía y se quejaba a cada paso que daba, aunque sin detenerse ni un momento para descansar. Ya tenía planeado el encontrar a Kion —de nuevo—, para que le ayudara a salir de esa zona tan infestada de hienas y quizá reunirse con los demás.

Sólo que sus perseguidores no se la estaban dejando fácil y literalmente la estaban cazando, en una guerra sin cuartel. Lo curioso es que, incluso con su pata mala, la guepardo era más rápido de que las hienas que la perseguían, gritando y maldiciendo.

Fuli comenzó a tomar giros bruscos en cada ocasión que tenía, en un pobre intento de despistarlos, pues no la dejaba en paz y la seguían sin detenerse, cosa que comenzaba a molestar a la chita. ¿Cómo es que no los había perdido? Con tantos giros y la tormenta, ya tendría que por lo menos haberse alejado un poco, al menos lo suficiente para que no pudieran rastrearla.

¿¡Qué es lo pasa!? ¿¡Cómo es que esto está pasando!?

No entendía bien y se estaba cansado a cada segundo que pasaba. La herida en su pierna también estaba empeorando, haciéndola sentir mareada. A cierto pensó que quizá la estaban siguiendo por el rastro de sangre que sin duda estaba dejando. Podía incluso sentir la sangre caliente en sus patas cuando de repente se detenía.

Ya no puedo con esto.

Se dijo a sí mismo, disminuyendo la velocidad. Su vista comenzaba a volverse borrosa y su corazón no iba a aguantar mucho más de eso sin terminar muerta, claro estaba. Si tan sólo pudiera deshacerse de esas hienas todo estaría mucho mejor…

Los parpados de Fuli comenzaban a pesar, así como su cuerpo entero, que ya no podía cargarlo por mucho tiempo. Su velocidad disminuyo a tal grado que parecía caminar. Los gritos de las hienas se hacían más agresivos y más fuertes a cada segundo, pero ella simplemente perdía la conciencia y nada tenía importancia.

Kion…

Su pensamiento se desvaneció en su mente, con el último nombre, del último animal que hubiera querido ver antes de morir. Y como si lo hubiera invocado, vio una figura saltar sobre ella, antes de aplastar a las hienas, que ya estaban a sólo unos metros de ella. Fuli se dejó caer sobre la tierra, con un último suspiro.

Lo único que veía, entre sus lágrimas y la sangre que ya recorría el suelo, era a Kion, gritando mientras desataba su ira contra las hienas. Mordía, golpeaba y desgarraba la piel de sus presas sin piedad ni escrúpulo alguno. 

Simplemente los despedazaba, uno por uno.

Por su lado, Fuli comenzaba lentamente a cerrar sus ojos, a poco segundos de desmayarse por la pérdida de sangre y las múltiples heridas en su cuerpo. Lo que más le sorprendía era que hubiese durado tanto tiempo escapando sin desangrarse dando siquiera dos pasos. Claro, que en realidad no estaba corriendo…

—¡Fuli!

Kion, empapado en sangre, se acercó a la chita, con mirada preocupada. Ella apenas y lo veía, pero aun así, ella le regaló una media sonrisa, con la más sincera alegría. Incluso en ese momento, incluso tras ver lo que hizo él, se alegraba por tenerlo a su lado.

—¡Fuli!

El león miró a su alrededor, desesperado por ayuda. Fue en ese momento que pudo notar no sólo la herida en su pata, sino también una hecha por lo que parecían ser garras en su costado izquierdo, sumado a varios cortes y golpes por su cuerpo entero. Al parecer, ella ni siquiera recordaba cuando fue que se hirió en su costado, quizá fue durante el ataque de esa hiena. Pero lo que más asustó a Kion fue la cantidad de sangre que estaba derramándose. Respiraba fuertemente, con su mente y corazón a mil por hora.

—Kion… —dijo ella, con un hilo de voz, haciendo un gran esfuerzo, llamándolo, cosa que él no notó en su desesperación. Él no iba a dejar que uno de sus amigos muriera. No iba a dejar que ella muriera.

Pero ella sólo escuchó unos cuantos gritos distorsionados, sin saber que decían. Parecía que la llamaban. Kion seguía mirándola, tratando de que se moviera, cosa que no podía sin que a Fuli le ardieran las heridas.

Pero eso ya no importa, ¿o sí?

Entonces, hubo algo que cambió. Kion bajó la mirada, cerrando los ojos. Se quedó así varios segundos. Ella creyó que estaba llorando, pero los volvió abrir, alzó la mirada y un escalofrío recorrió su espalda.

Había algo en sus ojos, algo que no era de él. Como si de otro animal se tratará, una mirada más dura, más agresiva. No sabía cómo describirlo, pero cuando él se levantó, un miedo terrible se apoderó de su cuerpo y más, al ver que alzaba su pata, en dirección a tocar su herida. Muchas preguntas cruzaron su cabeza, cuestionando la razón detrás de esta acción, pero su boca no se movía, no tenía fuerza para eso.

Y a cada segundo, su corazón latía más fuerte, ante el incesante dolor que iba a recibir por parte del león. Eso nunca llegó, pues cuando él la toco, un calor reconfortante recorrió su cuerpo, revitalizándola. Sentía como el dolor era suplantado por una sensación de bienestar que no sentía desde hace tiempo. Su vista se volvía normal, junto a su respiración, que era tranquila.

—¡Son ellos, ahí están!

Las voces de nuevas hienas llegaron levemente a los oídos de la chita. El rugido del viento era tan fuerte que no podía escuchar sus propios pensamientos.

Pero ahí, Kion se alejó de Fuli, para encarar a las hienas que apenas llegaban, con intenciones asesinas. Él comenzó a caminar hacía ellas, poniéndose enfrente de la guepardo.

—¡Tú… —exclamó una de ellas—, tú eres el que despedazo a los otros allá atrás!

—¡León, hijo de puta!

Las voces eran redundantes en la cabeza de Kion. Hacían eco.

Fuli miró como su amigo bajaba levemente la cabeza, casi pelando consigo mismo, mientras los gritos de sus contrincantes se hacían más fuertes y más agresivos. La guepardo creía que en cualquier instante él atacaría, pero simplemente se quedaba quieto, mudo como un muerto. Ella no sabía que pasaría a continuación, pero sabía que no era nada bueno.

Poco a poco, se levantó del duro suelo. Noto que su herida en la pierna estaba casi curada, dejando un rastro de cosquilleo en esa área. Sea lo sea que hizo Kion, la había curado y ahora no sentía nada. Aunque no acababa ahí.

—¡Debimos haber matado a todos ustedes cuando tuvimos la oportunidad!

—¡Tú eres igual que Scar!

Y el horror comenzó ahí.

La tierra dio una sacudida violenta, causando que en esa parte, en el suelo se crearan grietas. Un temblor sacudió a las hienas y Fuli por igual, causando que terminará justo detrás del león. El viento comenzó a hacer una acción de atracción, a todo lo que tenía a su alrededor. Algo que nadie había visto antes.

Poco a poco, el viento comenzó a tornarse hacia arriba y antes de cualquiera de los presentes pudiera decir algo, un tornado se había creado frente a sus narices. Fuli, aterrada se pegó tanto a Kion como se le permitiera, pues parecía ser el único punto donde no sería jalada por el tornado, irónicamente, pues Kion era el epicentro.
Mientras tanto, las hienas parecían clavadas al piso, pues nada podía moverlas. No había palabra para describir el terror en sus rostros.

Fue entonces que el infierno se desató.

—Ustedes… casi la matan… —exclamó él. Pero su voz era como si dos personas hablaran al mismo tiempo, casi como si fuera una marioneta—. ¡Ustedes… casi… la matan! ¡¡Ustedes…!!

La tormenta atraía cualquier cosa, viva o sin conciencia, atraído a ese tornado, cuyo epicentro era Kion. Fuli no podía ver nada que no fuera su melena roja. Estaba literalmente pegado a él por la fuerza del viento. La tierra temblaba sin misericordia. Rugidos eran audibles por todos lados.

Era la definición de caos. Justo cuando la situación era inimaginable, el león se puso en combate. Las hienas que tenía enfrente, totalmente aterradas, sin poder creerlo, sabían lo que ocurriría. Al igual que Fuli.

Kion voltear a ver a la chita, con ojos que rogaban ser perdonado. Ella tenía lágrimas corriendo sus mejillas y lo miró, pidiendo que se detuviera. Pero ni eso evitó que él encarara a las hienas una última vez.

—Ustedes casi matan a Fuli.

La voz rebotó, amplificada, incluso sobre los rugidos del viento. La energía contenida en ese tornado era inimaginable. Por ello, él bajo la cabeza, dispuesto a acabar con todo; sólo por ella.

—¡KION, NO!

Y entonces, todo se tornó negro.


—Y cuando desperté, mis heridas se habían curado por completo y el dolor, desapareció —dijo ella con la voz rota, aun asustada por lo acontecido—. Todo a mi alrededor estaba destruido; cuerpos, árboles muertos y la tierra totalmente erosionada. Al mirar a la lejos, vi a Kion, sentado en la colina, sin moverse. Entonces recordé todo lo que había pasado y supongo que me rompí. Fue ahí cuando ustedes llegaron...


Jasiri no tenía palabras para describir lo que sentía en ese momento: por un lado estaba aterrada por lo que había hecho Kion y por el otro, se alegraba de que hubiese salvado a Fuli. Estas dos partes debatían sobre lo que pasó y lo que ella presenció desde su punto de vista. Simplemente no podía creerlo, para las dos hembras era tan imposible la idea de que Kion fuera tan despiadado. Debía haber una razón tras su transformación y tenía algo que ver con esa cicatriz en su ojo izquierdo.


—Fuli... —carraspeó— ¿Crees que sería posible que todo esto... este relacionado con él?


La chita miró, con una ceja alzada a la hiena. Trataba de comprender a que se refería hasta que por fin supo el significado.


—¿Te refieres a... Scar? —ella también tenía problemas al decir ese nombre. Curiosamente, tras todo lo que les habían contado acerca de ese villano, ellas, así como a los otros miembros de la Guardia, habían empezado a tener un miedo un tanto extraño a ese nombre y al león que lo cargaba, incluso cuando lo conocieron en persona o siquiera verlo, que no fuera en pinturas.


—Sí... —murmuro Jasiri—. Todo esto, lo que paso, la cicatriz y el rugido... Es simplemente extraño, algo debe estar pasando con Kion...


Fuli asintió levemente, para luego mirar a la colina donde estaba Kion, pero ahí no había nada. Abrió los ojos como platos, en total asombro y desconcierto. Jasiri, al ver la expresión de su amiga, se volteó, para sentir total miedo, al no saber dónde estaba el león, pues los otros miembros de la Guardia tampoco estaban.


—¿¡Dónde está Kion!? —gritaron a coro.


Las dos salieron corriendo hacía la colina sin pensar en nada más. Y cuando llegaron, observaron el otro lado, donde se encontraba el resto de la Guardia del León. Y lo que vieron, las dejo con la mandíbula por el suelo.
A lo lejos, se veía una legión, un ejército de hienas. Miles y miles, sobre las cuales volaban sus aliados, los buitres. Era tal cantidad de hienas que nunca nadie hubiera pensado que había tantas en las Lejanías.


—No puede ser —fue lo único que Jasiri pudo decir, antes de quedar muda, por cuan terrorífico eso se iba veía, con millones de hienas dispuestas a matar.


Y todas iban directo a la Roca del Rey.


¡Vaya, que capítulo más largo! Ha sido bastante cansado, pero estoy muy satisfecho con los resultados y me gustaría que ustedes me dijeran lo que piensan acerca de esta parte; la más violenta y más complicada hasta ahora.

Pero no se preocupen, que los siguientes capítulos no serán así de largos y no se perderán tanto. Aunque, de ser realmente necesario, podre un pequeño resumen al principio del siguiente capítulo. Pero bueno, ya veremos cómo sale esto.

A decir verdad, la parte de la historia de Fuli ha sido mi favorita y por ello me he desenvuelto, hablando y hablando sobre los acontecimientos que llevaron a que todo fuera destruido… O algo así.


Como sea, díganme que les pareció, lo que les gusto, lo que podría mejorar, etc.


¡Cyonix se va!
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Re: El último rugido

Mensaje por KIRAN27 el Dom Mayo 21, 2017 12:11 pm

buenos capitulos amigo cyronix tu historia es genial y muy bien echa te felicito espero ver el siguiente capitulo dentro de poco haber como continua la historia saludos y rugidos y un fuerte abrazo amigo cyronix
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KIRAN27
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