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El último rugido

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El último rugido

Mensaje por Cyonix el Miér Mar 22, 2017 8:23 pm

Sinopsis:
Kion está asustado. Últimamente ha tenido pesadillas relacionadas con la destrucción del reino entero. Pero pronto descubre que no son sueños, si no terribles profecías, que auguran lo peor. Con esto, la Guardia del León se embarcan en una misión para poder detener a una maldad creciente, que amenaza con matar todo lo que el príncipe ama.


El último rugido.
Prólogo.


Todo estaba ardiendo.

Las llamas rojas se esparcían por la hierba seca, mientras el aire se llenaba con el horrible hedor del humo. Hasta donde su vista alcanzaba, el fuego tomaba la tierra. Varios árboles caían, sofocados por el fuego, y sus cenizas eran esparcidas. En ese momento, no se lograba ver más que caos puro. Gritos de terror llegaban de todos lados. Muchos animales pedían ayuda, corriendo y llorando, tratando de salvarse de la inminente desgracia.

Pero no lograrían. Todos morirían antes de que el sol saliera y él lo sabía.

¿Cómo habían llegado hasta ese punto?

La respuesta era clara, pero se negaba a aceptarla. El dolor de ver su hogar en tal caos, sin que pudiera hacer nada, le estaba matando por dentro

Un rayo cayó a lo lejos, indicando que una fuerte lluvia se aproximaba. Y mientras miraba el paisaje frente a sus ojos, supo que la tormenta apagaría el incendio; pero cuando eso pasara, todo habría acabado y no quedaría nada.

¿Para qué luchar? No serviría de nada.

Y entonces, con miles de preguntas en su mente, logró escuchar una voz susurrante en su oído, que decía unas palabras que no comprendió. El murmullo era apenas audible, opacada por todos los ruidos que llegaban hasta él. Esto le provoco un escalofrío, haciéndolo temblar, con la sangre helándose. Sus pupilas se contrajeron y un miedo anormal se apodero de su cuerpo. Realmente no podía identificar a quien pertenecía la voz, que era lo que más le desconcertaba.

¿Qué es lo quería decirle? No podía entenderlo, por más que la voz repitiera las palabras.

Volteó su cabeza, esperando ver al responsable de los murmullos, pero sólo se encontró con la soledad inmensa que lo rodeaba por completo. ¿Qué estaba pasando? ¿Se lo habría imaginado?

Los susurros continuaron, a la par de unos gritos lejanos. El calor poco a poco se volvía más insoportable, y las llamas ahora estaban más cerca de donde se encontraba. Lo que iba a pasar a continuación era algo innegable.

Iba a morir. Lo sabía muy bien, pero no le importaba. Aceptaba su destino.

Y miró su hogar una última vez.

La sorpresa no tardó en llegar cuando observó como las llamas marcaban un perfecto círculo a su alrededor, aunque sin tocarlo. Sin duda, eso debía ser alguna clase de visión, ya que el fuego nunca actuaría de esa manera. Frunció el ceño y se volteó. No veía una manera de escapar y en realidad, no tenía la necesidad de salir. De alguna extraña manera, se sentía cómodo. Quizá ahí era donde todo acabaría.

Pero fue un fuerte rugido lo sacó de sus pensamientos. Sacudió la cabeza y observo como a lo lejos, una figura, una sombra apenas visible se acercaba lentamente. Poco después, la figura soltó un nuevo rugido y ahora se mostraba como un león que caminaba entre el incendio, con la cabeza baja y riendo fríamente. Aunque eso no era lo más extraño, sino que podría jurar que las patas de ese tipo no estaban tocando el suelo. Flotaba a centímetros del suelo, evitando la destrucción a su paso. Él jadeó, con los ojos abiertos como platos. Era como una aparición, un fantasma. Asustado, se quedó quieto mientras miraba como el león se acercaba cada vez más a la Roca del Rey.

La risa se volvía más aguda y más fuerte a cada momento. Simplemente no podía soportarlo más, y presa del miedo, quiso gritarle al extraño que se alejara. Pero al abrir su hocico, ningún sonido salió. Estaba totalmente mudo. Sus pupilas se contrajeron, al igual que su valor. Un nuevo escalofrío le hizo retroceder lentamente, pero recordó que el fuego lo seguía acorralando y no le daba oportunidad de moverse, ni de escapar.

Así que se quedó quieto, mirando a la aparición. Pasaron unos segundos, en los que la risa y los gritos apagaban la voz que previamente había escuchado. De repente, notó que el león se aproximaba cada vez más. Segundos después, ya estaba lo suficientemente cerca para que él pudiera ver su negra melena. Y un torrente de recuerdos acudió a su mente acerca de la identidad del extraño. Esto termino provocándole un dolor de cabeza que lo dejo desorientado. Más eso no impidió que una ira que nunca antes había sentido, cruzara sus venas, llenando su cuerpo por completo. Dejó salir sus garras, y su respiración se aceleró. En su cabeza un pensamiento flotaba y lo llenaba de un odio profundo.

Ese león era el causante de todo.

Enojado, rugió a los cielos y miró al sujeto.

—¡Tú! ¡Tú hiciste esto! ¡Todo esto es tú culpa! —su grito retumbó e hizo un eco que le hizo sonar más aterrador. Lo más extraño es que su voz no sonaba normal, parecía como si alguien hablara por él.

La risa continuó y el león seguía con la vista pegada en el suelo. Esto sólo causo que la cólera que estaba acumulando fuera cada más grande a cada instante. Por otro lado, el susurro que antes escuchó, volvía, sólo que más fuerte, pero igual de incomprensible.

Todo eso lo traía sin cuidado, ya que ahora se concentraba en la figura que flotaba. Su risa le molestaba y a cada segundo, la sangre le hervía. Ya no lo soportaba más y en el instante en que le iba a gritar nuevamente, una voz ronca y monótona lleno el aire.

—Oh, pero que cachorro tan ingenuo...

Él simplemente tembló ante la declaración y retrocedió más, sin perderlo de vista. Su ira se había esfumado, y ahora sólo le quedaba un sentimiento de soledad tan pesado que ya no sabía que pasaba. Todo parecía una...

—¿Pesadilla? —el león habló, aunque el otro no lo vio— No, créeme, cachorro; lo que ves no es fantasía. Es real, igual que yo.

En otro momento, le hubiera parecido aterrador el hecho de que leyeran su pensamiento, pero lo que paso a continuación, lo dejo más que paralizado. El extraño león levantó la cabeza y dejo ver su rostro.

Un gritó de terror absoluto salió del hocico del cachorro.

Escucha...

No podía ser. No podía ser.

—Tú... tú...

—Sí, yo.

El cachorro no cabía en su asombro. Simplemente era imposible.

—Tú... tú lo destruiste todo... tú... —el dolor se reflejaba en su voz.

Sabes muy bien quien hizo todo esto...

La risa del león flotante fue horrible.

—¡Oh, pobre, pobre cachorro! —despreció se marcaba en cada palabra que escupía— ¿No lo recuerdas, verdad?

De repente, él sintió algo debajo de su patas. Se sentía viscoso, algo realmente asqueroso. Levantó su pata derecha, muy despacio, con temor. Y el terror que llenó fue mayor al ver que sangre.

Oh, pequeño león...

Él grito, sin saber qué hacer, sólo que mirar cómo es que todo a su alrededor se llenaba del líquido rojo. La risa del otro le hizo levantar la vista.

—¡Oh, así, cachorro! ¡Estás en lo correcto...!

La culpa es todo tuya...

Sangre. No podía soportarlo más, debía detenerse.

Kion, todo es tú culpa.

—¡Nieto, todo esto lo causaste tú!

Y el pequeño león grito de nuevo y más agudo. Los murmullos, los gritos, la risa; todo se juntaba. Y desde lo más alto de la Roca del Rey, miró como su hogar se inundaba con olas de sangre. Todos se ahogaban. El fuego se acercaba más y no podía respirar. Bajo la cabeza.

El fuego lo tocaba.

Pero lo último que vio, fue al león con la melena negra y una cicatriz en su ojo, riéndose.

Riendo ante su muerte.


Kion despertó de sobresaltó, sudando y gritando de puro terror. Se levantó del suelo y miró a todos lados. Estaba confundido, sin saber que pasaba, ni donde estaba. Su vista era borrosa, su corazón iba a mil por hora y su respiración era irregular, acelerada. Sumado a esto, un ligero mareo le hacía dar un par de vueltas, mientras se trataba de calmar. Las lágrimas llenaban sus ojos y él no sabía la razón de esto.

¿Qué pasa? ¿Dónde rayos estoy?

Preguntas y preguntas asaltaban su mente. Tantas cosas ocurrían al mismo tiempo y el león no sabía que pensar. Entonces, logró mantenerse quieto, bajando la cabeza, mientras escuchaba varias voces a su alrededor. Dejo de prestarles atención, ya que se escuchaban distorsionadas, aunque eso podría ser porque estaba muy aturdido.

Continuó respirando con fuerza, casi al punto de hiperventilar, por varios segundos. Trataba, por todos los medios, calmarse y descubrir su ambiente pero el recuerdo de toda esa sangre ahogando cualquier que estuviera en las tierras del reino.

Horrible, simplemente... horrible.

Esos eran los pensamientos del aterrado joven león. No podía si no volver al momento en que el fuego lo quemaba, hasta que de repente, sintió alguien tocándole su hombro. Pegó un respingo y volteó a ver de quien se trataba.

—¡Kion, hijo! ¿Qué tienes? ¿Te encuentras bien? —los gritos de Simba hicieron eco en la cabeza de su hijo.

—¿Papá?

Su voz sonaba ronca y entrecortada ya que su garganta le dolía del grito de antes. No parecía que él lo hubiera dicho. Pero un sentimiento de felicidad y nostalgia se juntaron en el pecho de Kion, haciéndole sonreír, ya que pudo ver que él estaba bien. El miedo se disipo de su mente y su respiración se calmó poco a poco. Eso, claro, no fue impedimento para que en su mente se formara un pensamiento:

Pero, ¿y el reino? ¿De verdad estará bien?

La pregunta tomó lo sorpresa y su sonrisa se borró al instante. Con el corazón a punto de explotar, Kion salió se volteó y salió corriendo de la cueva. Escuchó como su padre lo llamaba, confundido. Él simplemente siguió hasta llegar a la sima de la Roca del Rey, de donde pudo ver las Praderas; su reino, su hogar. Ahí afuera, todo estaba bien.

Sin fuego, sin sangre, sin muerte.

El sol ya salía y las verdes Praderas hacían que todo tuviera un aura misteriosa. Muchos animales se levantaban y comenzaba sus rutinas, mientras que otro deseaba dormir un poco más. Era una vista maravillosa, sin duda.

Una sonrisa de oreja a oreja quedó plasmada en su rostro. Suspiró, aliviado.

Sólo fue una pesadilla...

El joven león nuevamente suspiró y se alegró completamente. Entonces, la alegría se fue por un pensamiento acudió a su mente: esa no era la primera vez que tenía esa clase de pesadillas. La primera, hace no muchos años, tenía que ver con las Praderas siendo inundadas completamente y ahogando a todos a su paso. De todo lo que había pasado, eso era lo que más le preocupa. Bajo la mirada, pensativo, mientras se limpiaba las lágrimas que restantes de la cara.

—¡Kion! ¡Kion! —la voz de Nala, su madre, le hizo voltear. Sacándolo de sus pensamientos. Enseguida, una leona de color crema salió de la cueva, detrás, el rey con la melena roja seguía a su pareja muy de cerca— Hijo, ¿quieres explicarte? ¿Qué te está ocurriendo?

El león simplemente ladeó la cabeza, sin entender a lo que su madre se refería. Pocos segundos después comprendió que la forma en que se comportaba no era lo más normal. Los gritos que de seguro se habían escuchado hasta el otro extremo del reino, asustaron a sus padres de sobremanera. Aparte, el cambio de humor del león no era normal.

Con esto, Kion supo que sería muy difícil explicar su pesadilla y lo que había visto. ¿Cómo decir que hace años que pesadillas de la destrucción de su hogar lo habían acosado? Un sentimiento de pena cruzó su cuerpo cuando encaro a su padre, que tenía el ceño fruncido y severidad en su mirada. Sin duda estaba enojado.

—¿Y bien? ¿Planeas decir que te ocurre? —la dura voz de Simba hizo temblar al león.

Aún, después de todos estos años, incluso que ya tenía más melena en su cabeza y parte de su pecho, incluso cuando ya había crecido, Kion le seguía teniendo cierto temor a su padre. No porque fuera el rey, si no por el hecho de que era capaz de todo. Más si se enojaba.

—Papá... yo... eh...

El tartamudeo del león indicaba lo nervioso que estaba. Él sabía muy bien que hablar del tío de su padre era un tema que siempre evitaba, por los sucesos de hace ya tantos años. El joven león siempre veía que cuando hablaban de...

Scar, Kion, llámale por su nombre.

Scar, siempre que hablaban de él, el rey fruncía el ceño, enojado. Y si era sincero, en esos momentos tan vulnerables no tenía ganas de aguantar la ira de su padre.

Entonces, a lo lejos, se escucharon varios gritos, que parecían provenir de algún animal en peligro. Kion volteó, sorprendido, ya que nunca en su vida había escuchado tal lamento. Segundos después, una gran garza blanca con plumas rojizas en su cola y cabeza, entró en el campo de visión del león, que volaba a máxima velocidad. Ono entonces se posó a lado de su líder, y con jadeos y un par de quejidos se calmó.

—¡Kion, Kion...! —lentamente trataba de recuperar el aliento— ¡Hienas!

Él suspiro en silencio, agradecido por la interrupción. Bajo la cabeza lentamente y de nuevo la alzó, con gesto decidido.

—¡Bien, Ono, guía el...!

Comenzó a caminar para irse de la Roca del Rey, cuando la garza se paró frente de él, aterrorizado.

—¡Espera, no lo entiendes! ¡Son miles de hienas, toda una legión! —está afirmación causo que la reina jadeara— ¡Se han divido en tres grupos y están detrás de las cebras, las gacelas y los antílopes!

—¿¡Qué!? —frunció el ceño y bajo la mirada. Tras una pausa de reflexión, elevó la mirada, llena de odio, que causo que Ono temblara, ya que nunca había visto a su amigo así. Incluso saco sus garras— ¡Ono, reúne a todos en el estanque de los hipopótamos y que sea rápido! ¡Ah, y busca a Jasi...!

—¡No te preocupes, ella ya está con Bunga! —Interrumpió él, comenzando a tomar el vuelo— ¡Te veremos allá!

Ono se elevó y se fue, con la misión de reunir a la Guardia del León. Kion miró a lo lejos.

¿Qué rayos ocurre? Nunca había pasado esto antes... Sí Ono está asustado significa que es un problema muy grave... ¡Entonces tengo que irme ya!

—¡Papá! —gritó el león, volteando a Simba— ¡Debo irme! ¡Si te necesito enviare a Ono!

Con esto, el león salió corriendo de la Roca del Rey a una velocidad nunca antes vista. Mientras tanto, los reyes de las Praderas miraban con asombro toda la escena que acaba de ocurrir. Ambos tenían la misma cara de confusión y se miraron, sin saber que decir. Una leona joven de color crema entonces salió de la cueva y miró con atención a su alrededor.

—¿Papá...? ¿Mamá...? —la voz entrecortada de Kiara hizo voltear a Nala— ¿Por qué tantos gritos? ¿Qué está pasando?

Simba volteó a ver a su hija mayor, con gesto duro. Se rascaba uno de sus ojos, medio dormida todavía. Ella había crecido bastante en los últimos años, hasta el extremo de que era incluso ligeramente más grande que su hermano. Algo que al pequeño le molestaba.

El rey miró a su hija, luego a su reino. Algo no estaba bien con Kion, podía sentirlo.

—Hija —dijo Simba, suspirando—, a mí también me gustaría saber que está pasando...


Nota de Autor (N/A): ¡Hola a todos! Mi nombre es Cyonix y soy nuevo aquí... bueno, no precisamente nuevo, ya que llevó ya varios meses examinando este sitio y si soy sincero, me encanta. Por ello me he creado esta cuenta, con la esperanza de poder publicar, hablar y ver lo que otros fans de está franquicia pueden hacer.

Con esto establecido, quisiera decir la razón de porque publico un fic de la Guardia del León: Hace pocos meses encontré la serie y por mera curiosidad la comencé a ver. Tengo que ser sincero y decir que ¡me encanto! Trajo tantos recuerdos de cuando vi la pelicula por primera vez, al igual que me hizo querer volver al fandom del Rey León, hace tanto tiempo que no visitaba. Así que me preguntas; sí, me gusta la Guardia del León, a pesar de las cosas que puedan decir los demás acerca de que es una simple estupidez, que está arruinando la franquicia y quien sabe que cosas más.

Ahora sí, lo que quiero recalcar es que soy nuevo aquí, así que por favor, si he cometido algún error en cuanto al tema o he infringido alguna norma del foro, háganmelo saber y tratare de corregir esto lo más pronto posible. 

¡Ah! ¡Una última cosa! También he subido está historia a Fanfiction.net, a la categoría de la Guardia del León (de la cual me acabo de enterar hace media hora, por que inicialmente la puse en la categoría del Rey León), así que quizá, si son de buen corazón, podrían echarle una miradita, ya que lo más probable es que ahí suba los capítulos antes que aquí. 


Bueno, ya acabo mi discurso, así que me despido.


¡Cyonix se va! 
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Re: El último rugido

Mensaje por KIRAN27 el Dom Mar 26, 2017 2:07 pm

buen comienzo de tu historia amigo cyronix esta genial y espero el siguiente capitulo esta muy bien saludos y rugidos y un fuerte abrazo amigo cyronix nwn
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Re: El último rugido

Mensaje por Cyonix el Vie Abr 21, 2017 8:40 pm

Una cosa antes empezar: En el capítulo anterior yo puse que el "Estanque de los Hipopótamos" era el hogar de estos animales, lo que no sabía era que en verdad habitan en "El Gran Manantial". En está parte he corregido este error.


1
Hasta el fin de las Praderas

Kion comenzó a correr lejos de la Roca del Rey, sin prestar atención las confusas caras de sus padres y hermana. Sabía muy bien la reacción en su familia por su pesadilla; de seguro estaban tratando de descubrir por qué había despertado gritando de terror. En esos momentos no tenía la energía para dar explicaciones, ni querer escuchar sermones. Luego tenía varias preguntas de la razón de sus constates pesadillas y todas relacionadas con las Praderas siendo destruidas. No sabía que significaba y eso le comenzaba a asustar en verdad. Y sumado a todo esto, el ataque de las hienas que estaban acabando con todas las manadas de presas.
El joven león suspiro en desesperación.

Son tantas cosas en las que pensar...

Sacudió la cabeza con brusquedad. Debía concentrarse en lo que importaba en ese momento, de otra manera las hienas acabarían con todo. Y con este pensamiento, supo debía apresurarse al punto de reunión que le había dicho a Ono. Kion tomó una larga bocanada de aire y comenzó a correr más rápido que antes, dándole optimismo y ayudándole a seguir, con una expresión de determinación en su rostro.

Debo detener a las hienas.

Así, Kion tomó el camino al Gran Manantial, pero, en su mente, todavía quedaba una pregunta: ¿cuál sería el plan de Janja está vez?

Obviamente había reunido a las otras manadas de hienas de Las Lejanías, de otra manera no podría haber organizado tal ataque y de esa magnitud. El cómo logró esto era misterio, ya que si Kion recordaba bien, las tribus de hienas se odiaban entre sí. La cosa que Janja les hubiera prometido a cambio de dar un golpe a las Praderas. Aunque lo que más le intrigaba al león era el por qué se dividieron en tres grupos; ya que no era solo para atacar a las manadas más grandes: las cebras, las gacelas y los antílopes; si no que había algo más detrás... algo más grande y terrible.

Kion gruñó y nuevamente sacudió la cabeza. Se acercaba al Estanque, pero también notaba que tomaba más tiempo del esperado y si quería llegar a tiempo para encontrarse con los otros, debía tomar un atajo. Miró alrededor, sabiendo que había un camino entre la maleza, que rodeaba a los campos donde estaban otras manadas y que daba directo al Gran Manantial, pero no podía ver ese pasaje. Todo eran árboles, pasto y tierra.

Y mientras miraba su entorno, recordó que quizá podría el "Paso de los Antílopes", que estaba cerca de la Roca del Rey. Sonrió, pues sabía que nadie transitaba por ese lugar. Un atajo perfecto. Con esto, el león tomó el giro hasta su destino y corrió, incluso más que antes, sin detenerse, ni mirar atrás.

Realmente necesitaba quitarse ese sentimiento de intranquilidad que la pesadilla le dio y quizá todo esto podría ayudarle, pero claro, no debía subestimar a las hienas. Sabía muy bien el poder de los habitantes de las Lejanías si se unían; después de todo lo que pasó con el clan de Jasiri no era algo que se olvidara fácilmente...

Un torrente de recuerdos asaltó a Kion, haciéndole bajar la velocidad de su carrera hasta eventualmente detenerse. Incluso ahora, después de tantos años, todavía recordaba los gritos y sollozos de todos esos animales. Fue tan horrible, que él juraría haber sido sacado de sus pesadillas más terribles. Pero sabía muy bien que no, todo había sido real y las marcas de aquel fatídico día todavía estaban presentes en muchos de sus compañeros de la Guardia... unos más que otros.

Pero entonces, mientras más estaba metido en sus pensamientos, logró escuchar un grito a la lejanía, que no era parte de sus recuerdos. Aun así, se le hacía extrañamente familiar la voz, casi como si ya la hubiera escuchado antes. Y esto fue lo que lo trajo de vuelta a la realidad, recordando cual era el objetivo por el cual estaba corriendo hace tan sólo unos segundos. Sacudió la cabeza bruscamente, abriendo mucho los ojos. No debía quedarse atascado en sus memorias. Ahora, una legión de hienas, atacando a las grandes manadas. Debía apresurarse.

Así, con energías renovadas, tomó un gran impulsó y corrió por el camino, esta vez completamente concentrado y con un sólo pensamiento en su cabeza:

Ya voy, chicos, ya voy...


Cuando llegó a su destino, pudo ver como alrededor del estanque parecían haber organizado alguna clase de muro, construido a partir de varios troncos y árboles muertos apilados unos contra otros, tapando cualquier entrada posible. Kion al principio quedó desconcertado, pensando que quizá se había equivocado de lugar pues ahí no había nadie a los alrededores. Volteó a todos lados, pero nada. El completo opuesto a lo que era el Gran Manantial; siempre lleno de animales, bebiendo y cruzando por esas partes de las Praderas.

Frunció el ceño, comenzado a subir una pequeña colina que estaba a lado de un gran árbol, imaginando que podría ver mejor desde ahí lo que ocurría. Una ligera brisa alzó su melena que ya no era tan poco como cuando era un cachorro.

Así, miró a lo lejos y directo al estanque, estirando el cuello. Pero al no ser el de la vista más aguda y como la colina no era muy alta, realmente no podría ver sobre el muro de árboles muertos, incluso si no era muy grande. Gruño y bajo la mirada.

Diablos, sí que me gustaría que Ono estuviera aquí.

De nuevo, volteó a todos lados, buscando alguien, obteniendo el mismo resultado de antes. Estaba sólo ahí y realmente comenzaba a desesperarse. Se suponía que se encontraría con la Guardia; pero había pasado bastante tiempo desde que le dijo a Ono que los llamara; el suficiente como para que cuando él llegara todos estuvieran listos para saltar a la acción. Sumado al hecho de que no podía entrar al Gran Manantial, sólo podía asumir que algo terrible pasó. Y no le gustaba para nada ese sentimiento.

No tenían tiempo que perder si las hienas estaban atacando al norte de las Praderas, si no se apuraban perdería a las tres manadas más grandes y Kion no podía permitir eso.

Aparte no sé porque está este muro.

Esa pregunta era la que más ansiaba contestar y no podía esperar. Muchas teorías surgieron en su mente. A lo mejor lo hicieron las hienas, para impedir que los animales buscaran refugio con los hipopótamos; pero eso significaría que ya habrían cruzado por ahí y él los hubiera visto. No podrían haber sido ellos. ¿Entonces quién…? ¿Los mismos hipopótamos? No creía, pues tendría que escucharse algo del otro lado, pero el silencio prevalecía.

Kion gruñó con desesperación, pues no sabía nada. Y el esperar ahí sólo lo empeoraba, ya que no se podía dar el lujo de perder más tiempo. Así, con un rugido de enojo, el joven león se dio la vuelta, dispuesto a contraatacar a las hienas por su cuenta. Suspiró, bajando la cabeza; sabía que era una locura, aunque estaba dispuesto a intentarlo, incluso se le costaba la vida.

Pero en su descenso de la colina, sumido en sus pensamientos, pudo escuchar algo a lo lejos. Parecían los gritos de una hembra enojada, seguida por algunos fuertes gruñidos. Kion frunció el ceño, levantó la vista, alejándose de la sombra del árbol para poder ver quien provoca tales sonidos. Y a lo lejos, el león vio una gran nube de polvo, aproximándose rápidamente en su dirección.

―¿Pero qué...? ―susurró con un hilo de voz, confundido y alterado. Entrecerró los ojos, tratando de ver qué era eso que se acercaba. Podría no ser el de la vista más aguda pero hasta él reconocería que una sólo era un animal él estaba en medio de la nube polvo. Sin duda eran más, muchos más; gruñendo y gritando en enojo. Kion se acercó más, notando que el polvo poco a poco se desvanecía. Dando una imagen de algo parecido a una estampida, pero había algo más. Una figura no tan grande, resaltando de todo lo demás, que él reconocía muy bien...

―¿Bunga...?

Su escéptica voz fue interrumpida por un sonido más, proveniente detrás de él, de alguien llamándolo.

―¡Kion, Kion!

Al darse vuelta, él se encontró con una mancha amarilla que en segundos estaba casi encima de él, si no hubiera gritado de sorpresa de la inminente colisión. Apenas y pudo decir algo, pues una gran nube de polvo lo envuelve, impidiéndole ver qué ocurre. Apenas se disipo la tierra, logró ver a una guepardo tratando de recuperar el aliento enfrente de él. Mientras tanto, Kion seguía anonadado que Fuli hubiera logrado tomar tanto impulso y no chocar con él. Aunque también le alegraba de extraña manera verla. Suspiró en alivió de por fin ver un miembro de la Guardia. Aun así sabía que no podía relajarse mucho ante la situación.

Enseguida su semblante cambió, conforme Fuli se calmaba y lograba mantenerse de pie. Lo miró con ojos angustiados.

―¡Kion, gracias a los dioses que estás aquí! ―su suave voz estaba un poco rota y tuvo que aclararse la garganta― ¡Estaba durmiendo cuando Ono llegó y me dijo lo que estaba pasando y que debíamos vernos aquí!

Ella bajó la mirada y tomó una fuerte bocanada de aire.

―¿Y Ono? ¿Dónde está? ―indagó Kion, con temor.

―Venía detrás de mí, pero luego dijo que debía ir a avisarle a Bunga del punto de encuentro―susurró ella, con un hilo de voz―. Escucha, Kion, antes de que se fuera, dijo que tenía algo que contarte. Es acerca de...

El león la miró con duda, pero en ese momento fue interrumpida. Una voz grave llegó a los oídos de los dos felinos, los cuales se voltearon, encontrándose con Beshte, el hipopótamo, saliendo detrás de la barricada del estanque, con un semblante preocupado.

―¡Chicos, chicos! ―gritó él, llegando a su lado― ¡Oh vaya, que bueno que están aquí!

―¿Beshte? ¿Pero qué...? ―Kion miró de donde vino su amigo― ¿Cómo pasaste el muro? ¡Pensé que no había nadie dentro!
En ese instante, Fuli se dio la vuelta lentamente, con el una ceja alzada de confusión.

―¿Muro? ―preguntó ella con duda. Al ver los árboles muertos apilados, dio un pequeño saltó hacía atrás, en sorpresa― ¡Rayos, estaba tan concentrada en venir contigo Kion que no vi esto!
―En la mañana Ono me vino a avisar acerca del ataque de las hienas. Así que mi padre y varios hipopótamos pusimos troncos alrededor para refugiar a cuantos animales pudiéramos sin que las hienas supieran de esto, y, por lo que me dices creo que funcionó.

Beshte se veía visiblemente feliz de esto, mientras que Kion estaba más que sorprendido de cuanto habían logrado en tan poco tiempo. Miró a su amigo con admiración. Aunque Fuli seguía sorprendida, logró hacer una gran pregunta:

―¿Y cuantos animales hay adentro?

―Pues logramos meter a muchas cebras, antílopes, gacelas y muchos más. Mi papá está cuidando la entrada, juntos otros. Pero, como ya han de saber, hay mucho otras allá afuera y por eso las hienas se dividieron en tres grupos.

Esto último lo dijo con un tono de preocupación. Y esto centro a Kion de nuevo, recordando que ya habían perdido mucho tiempo. Sacudió la cabeza y miro a sus dos compañeros.

―En ese caso, debemos apurarnos ―exclamó él― Ya no hay señales de Bunga, ni Ono, ni Jasiri, tendremos que tomar la situación nosotros tres. Ah, y Fuli, luego hablaremos acerca de lo que tenías que contarme. Por ahora, debemos ir al norte de las Praderas e ir hasta la batalla.

La guepardo parecía ligeramente decepcionada, pero también comprendía la gravedad del asunto. Así, Beshte sonrió con determinación, de la misma manera que el león y enseguida que iba a decirles un plan que había diseñado en el camino, algo le interrumpió. Una voz un tanto aguda, pero madura al mismo tiempo.

―Chicos, no creo que eso sea necesario ―la voz provenía de Ono, que en ese instante llegó volando, desplumado y con tierra sobre todo su cuerpo―, pues la batalla viene a nosotros.

Tras decir eso, la garza se desplomó sobre la tierra, con un suspiró de cansancio. Beshte, asustado corrió a su lado, llamándole, preguntándole que ocurría, seguido de los dos felinos, con la misma cara de preocupación. Mientras los otros dos verificaban que él estuviera bien, Kion miraba desde donde Ono llegó y confirmó sus sospechas. Se alejó un poco, mirando con atención.

Desde la nube de polvo que vio hace poco ahora se desvanecía completamente y era visible el por qué tanto alboroto: una gran manada de hienas perseguían a Bunga, que estaba sobre el lomo de Jasiri, en dirección del estanque. Esto dejo al joven león más que anonadado, con el hocico abierto y sin palabras, sobre todo por la gran cantidad de hienas. Sin duda debía prepararse, pues eso le aguardaba en la batalla del norte.

Pero sus otros dos amigos seguían concentrados con Ono, que ya se despertaba lentamente. Aun así, los gritos se volvían más fuertes y más terribles.

―Chicos, ya sé a qué se refería Ono...

―¿Qué?

Fuli se dio la vuelta y terminó igual de horrorizada por lo que se acercaba a ellos. Luego fue Beshte, él grito y enseguida llegó a lado del león, con Fuli ayudando a levantar a la garza, despierta pero mareada un poco.
―No puede ser... es imposible... ―exclamó Beshte, aún sin creer lo que veía.

―Oh, vaya que es posible... ―Ono enseguida captó la atención de Kion. Él voló lentamente hasta el lomo del hipopótamo, aún mareado y ligeramente cansado por volar tanto― Y esto es sólo una probada de la guerra se está llevando en el norte. Los tres grupos de hienas son miles, más aquí. Yo vine a advertirles antes de que llegaran aquí.

―¿Y tú estás bien? ―preguntó Beshte, a lo que Ono asintió.

Kion ya no escuchó esto, pues estaba totalmente absorto por lo que veía. Era tan horrible e increíble a la vez. No podía creer que Janja hubiera organizado todo eso, pero ahí estaba la prueba de que lo había subestimado en su poder de liderazgo, así como de estratega durante todos esos años de lucha. Un grave error que le costaría mucho si no se apuraba y detenía a las hienas antes de que atacaran de verdad a Bunga y Jasiri. Pero no lo permitiría. No planeaba permitirlo.

―Debemos detenerlos antes de que lleguen al muro. Sí pasan destruirán todo y mataran a todos los de adentro.

La voz de Kion estaba inundada con un tono de rudeza que sus amigos no habían escuchado antes. Estaba listo para luchar y proteger a sus dos amigos.

―Entonces no debemos perder más tiempo ―dijo Fuli, poniéndose del otro del joven león. Él volteó y ella le sonrió. Kion le devolvió el gesto antes de mirar de nuevo a la persecución.

―Estoy listo.

Beshte se puso en posición de ataque. Ono se limpió las plumas un poco y levantó el vuelo. Ya sabía muy bien que él los guiara en la batalla. Fuli sonrió con malicia y Kion frunció el ceño. Con esa imagen, recordó cuando todos eran cachorros, infantiles; pero ahora habían crecido y ya eran no eran tan tontos en sólo lanzarse a la acción. Primero, Beshte alejaría a los perseguidores, para que luego Fuli con Ono sacaran a Jasiri junto con Bunga. De ahí, Kion utilizaría el rugido para ahuyentar a las hienas.
Al pensar en esto, al león le vino cierta clase de nostalgia.

Vaya, como pasa el tiempo...

Así, Kion miró a lo lejos, dispuesto a empezar.

―Bien, Guardia del León, salvemos a nuestros amigos.

Así, Fuli salió corriendo sin pensarlo, a una velocidad increíble, en dirección de las hienas y seguida por los otros. Kion enseguida tomó impulsó y corrió. Gritando cuando las hienas se acercaron más y más. Las dos partes ya sabían lo que se aproximaba.

Hasta el fin de las Praderas...

Antes de poder pensarlo, la Guardia y las hienas colisionaron, creando una nube de polvo que no iba a impedir que la guerra se desarrollara y es por eso que una hiena salvaje saltó enseguida sobre el león, que perdió de vista a los demás y golpeó a su atacante con más fuerza de la usual dejándolo inconsciente. Y así, continuo luchando en medio del polvo, escuchando gritos de sus amigos, que también peleaban. En su mente un pensamiento prevalecía:

Guardia del León, defensa...

Pero algo no estaba bien. La marca en de la Guardia de Kion comenzó a desdibujarse lentamente, conforme una sonrisa chueca se dibuja en su hocico. Él no noto esto. De hecho, no podía ver nada que no fueran hienas y sus rostros asustados ante el gran león. Algo en su interior le decía que debía seguir, que no debía contenerse. Algo en su interior le decía que luchara. Él era un león, él debía vencer. Y vaya que se sentía bien. Lo estaba disfrutando.

Porque él no era Kion.

Ya que ese león tenía una cicatriz sobre uno de sus ojos.


N/A: La verdad no pensaba que este capítulo fuera de esta manera. Tenía tantas ideas sobre cómo llevar esta parte que realmente me emocione y perdí noción del tiempo. Aunque conforme escribía, me di cuenta que él había hecho cosas muy estúpidas, con partes que no tenían lugar ni sentido en la trama. Por ello borré MUCHAS cosas (repito, que no eran muy importantes) y por fin pude crear este capítulo que tanto me ha gustado. Y por espero que también les haya gustado, pues le puse un gran esfuerzo, tiempo, sangre (de una virgen que sacrifique), lágrimas y tres tazas de café enteras.


Y quiero pedir perdón, pues se me olvidó subir el capítulo aquí, ya que como sabrán, publicó los capítulos en FanFiction.net primero que aquí. Si quieren ver está historia en FF, busquenlo en la categoría de "Lion King" 


Como sea, díganme que les pareció está parte; lo que les gustó, lo que puede mejorar, etc.


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