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Lian's Story (Fan Fiction)

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Re: Lian's Story (Fan Fiction)

Mensaje por Charles 575 el Jue Jun 08, 2017 9:21 am

muy buena historia es muy interesante espero que continues saludos.
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Charles 575
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Re: Lian's Story (Fan Fiction)

Mensaje por LillyDiaz18 el Miér Jul 26, 2017 12:51 am

@KIRAN27 escribió:buen capitulo hermana lily me alegro que hayas seguido y vaya la historia es muy emocionante espero que sigas pronto saludos y rugidos y un fuerte abrazo hermana lily nwn

Gracias por comentar y seguir leyendo mi fic, Kiran!!  Very Happy Una disculpa por la tardanza u.u

@princesstwivinecadenza escribió:Genial capitulo amiga esta interesante espero pronto lo que sigue me gusta mucho ya quiero saber mas me pregunto que le habra pasado a Fremont que no recuerda nada 
Saludos  
Muchas gracias, amiga!! Me alegra que aún despues de tanto tiempo sigas mi fic... y disculpa la demora de las actualizaciones (son un asco organzando mis tiempos)
Más adelante Fremont tomará un poco más de importancia  Wink 

@Charles 575 escribió:muy buena historia es muy interesante espero que continues saludos.
Hola, Charles!!  Very Happy  Gracias por leer mi fic, una disculpa por tardar tanto en actualizar. Espero que te agrade el nuevo capitulo!  tongue 

_____________________________

Hola, manada!!  Very Happy

Sé que había dicho que iba a estar más activa estas vacaciones.... y fracasé u.u
Lo cierto es que el foro me causa ciertos conflictos: no tengo idea de por qué, pero cada que ingreso al foro mi computadora empieza a sobrecalentarse y, si permanezco aquí por mucho tiempo, su temperatura aumenta tanto al grado de que se apaga (no dudo que en un día de estos me explote en la cara D:) y para evitarme esto, dejé de visitar el foro  Rolling Eyes
A veces entro desde mi celular, pero me parece muy incómodo navegar desde ahí >.<

En fin, mi solución fue simple: conseguí un ventilador y justo ahora lo tengo pegado a la laptop para mantenerla fresca, así que pude entrar a actualizar  Razz

No soy muy de hacer dedicatorias, pero este chico se la ha ganado Wink Very Happy

Aquí tienen el nuevo cap!! 

______________________________

Canciones al final del capítulo (ya descubrirán en que parte va cada una)

Primer intento: Bendecido:

Se supone que la canción que menciona Lian como "Bendecido" debe sonar así. Ahora imaginenla mal entonada y con acordes dispares xD

Canción Final:
Dato curioso: El personaje de Sameer está inspirado en un amigo mio del mismo nombre. Él canta y me pareció que sería un buen guiño dar este aspecto de su personalidad al león. Sí, quien canta este cover es mi amigo (por si alguien quería conocer la voz del león ojiazul aquí está Cool) Pueden encontrar más en su canal de YouTube. Además, em encantó como canción de fondo al final Razz

______________________________

Dedicado a Bako / Bako-Jabes

   Capítulo 16: Recién llegado (2/2)


    — Fue un grupo de machos — explicó Fremont a la manada. — Creo que me acerqué demasiado a su territorio y eso los molestó. Eran cinco contra uno. Literalmente, me echaron a patadas de ahí. Ni siquiera recuerdo bien lo que pasó.



    El león seguía recostado en el mismo sitio donde lo habían dejado esa mañana. Louis le había dado una porción de la caza del día, la cual, Fremont devoró con avidez y agradecimiento. ¿Cuánto tiempo había estado sin probar bocado? No estaba segura pues su compleción, fuerte y robusta, no dejaba demasiados vestigios de lo que hubiese podido ocurrirle.



    La manada estaba reunida en torno a él, escuchando el relato de cómo había decidido abandonar a su manada para ir en busca de su destino y había terminado sufriendo una serie de desventuras que, desde una perspectiva ajena como la mía, gustaban como humor negro. Palmira y Robert, como siempre, se mantenían al tanto de la plática algunos metros fuera del círculo. Yo, quien siempre tardaba más que el resto, permanecía con ellos mientras terminaba con mi parte de la caza, disfrutando del sabor del costillar de un kudú. En el reino no era común recibir la visita de estos especímenes, así que el saborear algo diferente era sumamente placentero.



    — ¿Cómo te sientes ahora? — preguntó Arafa.



    — Mucho mejor, solo fueron algunos golpes — aseguró el neófito.



    — Bien, porque aún no es medio día y nosotros estamos de viaje — agregó Louis.



    — ¿A dónde se dirigen?



    — A Las Praderas. Puedes acompañarnos si te sientes lo bastante fuerte, o puedes quedarte aquí…



    — Louis, ¿es un chiste? Está herido — intervino Arafa.



    — No se molesten. Está bien — aseguró Fremont. — No tengo a dónde ir, y tampoco me agrada la idea de volver a toparme con esos tipos. Si me aceptan, estoy seguro de que podré seguirlos.



    Por primera vez en, por lo menos, media hora, aparté mi atención del cuerpo del kudú para dirigirla hacia la manada. El chico nuevo lucía bastante decidido a hacerlo. Sentí una especie de alivio al saber que ya no sería la integrante más reciente.



    — Si eso quieres, bienvenido a la manada, Fremont — Louis puso una pata sobre el hombro del aludido. — Andando, el Sol sigue caminando.



    Me apresuré a limpiarme los restos de sangre que pudiese tener en el rostro mientras los demás se levantaban de sus lugares y se preparaban para retomar el viaje. Louis y Oswald tomaron la delantera, seguidos de Mönche y, después, el resto de la manada. Cuando Fremont se levantó, ayudado de Arafa y Danny, pude ver que era bastante alto para su edad. Podría, incluso, ser más alto que Simba.



    Me congelé en mi sitio para dar espacio a Fremont de integrarse al grupo. Verlo de frente me hizo sentir pequeña. Y no me gustaba en lo absoluto. Lo aborrecí por eso.



    Palmira y Robert permanecieron conmigo a la espera de que toda la manada hubiese seguido a Louis. Ellos preferían viajar cerrando el grupo. Ralph, quien había permanecido al lado de Fremont desde que él y Palmira habían regresado al grupo, apareció de repente y se unió a nosotros.



    Cruzamos el río, dejando la cueva atrás, y avanzamos dándole la espalda al Sol. En la distancia pude distinguir que la cordillera de montañas desaparecía en cierto punto. Probablemente era hacía allá a donde nos dirigíamos. Pero avanzábamos a un paso que me resultaba molesto. Caminar sola me ahorraría tiempo. Si me deshiciera de la manada podría  correr para llegar cuanto antes, recuperar todo el tiempo perdido esa mañana, continuar así toda la noche y llegar a casa temprano al día siguiente.



    Pero Oswald estaba haciendo tanto por ayudarme que no consideraba correcto simplemente desaparecer. Tal vez no había vivido más que unos pocos años de la infancia con mis padres, pero me habían enseñado bastante bien a tener modales. Permanecer con la manada y agradecer su ayuda era lo menos que podía hacer.



    Aún faltaban muchas horas para nuestra próxima parada. Así que me olvidé de la lentitud de nuestra marcha y me dediqué a disfrutar del tiempo con Palmira, Ralph y Robert. Después de todo, me agradaba profundamente su compañía. Charlábamos desde pequeñeces como el calor hasta anécdotas pasadas a medida que el paisaje cambiaba y pasaba, de una hermosa sabana reverdeciendo gracias a las lluvias, a una serie de matorrales marchitos y resecos. La tierra parecía ir muriendo poco a poco. Y al final del día, nos encontrábamos en medio de un campo moribundo, de pastos amarillentos y árboles sin hojas al borde de la muerte.



    ¿Por qué las lluvias no caían en esta zona? Ni siquiera había animales… a excepción de nosotros y los herbívoros migrantes.



    — Nos detendremos aquí — anunció Louis de repente.



    Observé el panorama, desierto y muerto como el mismo infierno.


¿Es en serio?



    Louis se acercó a un árbol marchito cuyas ramas, desprovistas de cualquier tipo de brote, se quejaban penosamente cuando el viento las golpeaba, amenazando con venirse abajo. El león se recostó entre sus raíces.



Empezaba a creer que nos dejaría en medio de la nada, ese árbol lo cambia todo, bufé en mi mente.



    El grupo lo siguió, y se acomodaron alrededor del árbol.



    No pensaba dormir entre un montón de ramas marchitas. Era incómodo y, en aquel paraje, posiblemente hasta peligroso. Escruté en los alrededores hasta dar con un segundo árbol a pocos metros de ahí. Estaba tan maltrecho como el que Louis había escogido, pero sus ramas lucían más fuertes y gruesas, prometiendo algo de seguridad y confort. Además, su tronco estaba apoyado sobre una enorme piedra, y estaba casi segura de que soportaría mi peso.



    Troté hasta él y, con cuidado, trepé entre sus enormes raíces, desprendidas de la tierra, hasta alcanzar el tronco. Este no se doblegó, y con algo más de confianza, caminé hasta la segunda bifurcación de sus ramas, eligiendo una que estuviera lo bastante lejos del suelo como para poder contemplar el cielo y mantener en vigilancia a la manada al mismo tiempo.



    El viento sopló con fuerza y, por un momento, me asustó la idea de que la rama pudiese resquebrajarse. Pero esta no se movió. Aún debía de quedar algo de vida en aquel viejo árbol guerrero. Me recosté sobre la rama, dejando que mis patas traseras colgaran libremente en el aire mientras las delanteras me servían de soporte. La madera podía ser fuerte, pero eso no descartaba la posibilidad de perder el equilibrio.



    Observé a la manada en la distancia. Estaban despejando de hierba seca el área donde pasarían la noche. Los matorrales marchitos que lograban arrancar los apilaban sobre un par de piedras a un par de metros de su árbol muerto.



    Descubrí la silueta de Robert acercándose a mi árbol. Trepó sobre las raíces y caminó sobre el tronco. Sentí como el árbol se mecía suavemente con cada paso que daba. El león avanzó sobre la otra bifurcación de la rama, y se recostó sobre la que estaba más próxima a la mía.



    Me sonrió como saludo.



    — Ya llegaste — bufé con sarcasmo fingido, y dramaticé un poco poniendo las cejas rectas y clavando la mirada en la manada.



    Ellos seguían arrancando el pasto seco con los colmillos. Debía saber a polvo y suciedad. Qué asco.



    — Sí, ¿tienes algún problema? — respondió Robert, imitando mi tono de voz.



    Me volví a verlo con los ojos entrecerrados y una ceja arqueada. Su sonrisa no había desaparecido.



    — Tu presencia.



    — Eres cruel — retrajo las orejas ligeramente. Y tal vez hubiese pensado que se sentía herido de no ser porque aún no borraba la sonrisa de sus labios. — Y justo cuando empezaba a pensar en perdonarte lo de esta mañana, ahora tendré que cobrarte la broma.



    Se agazapó en su rama. Yo lo imité, clavando las garras en la madera para no caer.



    — Inténtalo, chico listo — lo reté. — Soy más rápida que tú.



    Robert se paró sobre sus patas traseras, y yo hice lo mismo. Nos acercamos al otro, cada uno en su rama, para poder empujarnos mutuamente con las zarpas sin mostrar las garras. Para él era poco más que una bobería. Casi me sentí mal por golpearlo más fuerte de lo que él me golpeaba a mí, pero estaba acostumbrada a jugar de forma ruda. Aunque lo intentara, mi instinto me impulsaba a atacar. Ambos reíamos. Robert no conseguía golpear en otra zona que no fuese mi brazo, y yo me concentraba en atacar su estómago.



   — No hagas eso — se quejó entre risas.



   — ¿Por qué? — me detuve para examinarlo.



    ¿A caso lo había golpeado demasiado fuerte?



    — Me haces cosquillas.



    Las palabras mágicas. Lo miré con las cejas rectas mientras esbozaba una sonrisa maliciosa. Robert me miró preocupado.



    — No lo hagas — rogó.



    Pero yo ya estaba abalanzandome contra él otra vez, con ambas manos dirigidas a sus costillas. Robert rio con fuerza, intentando detenerme. Cuando descubrió que era imposible, optó por moverse para buscar un sitio seguro. Sin embargo, el movimiento de ambos estaba sacudiendo demasiado al moribundo árbol, que no tardó en quejarse con un crujido ante el maltrato que recibía de nuestra parte.



    — ¡Cuidado! — me detuve y me aparté del moreno. El tronco dejo de balancearse gradualmente. — Harás que ambos caigamos.



    — Tú empezaste.



    Logré ver algo brillante por el rabillo del ojo. Me giré en dirección a la manada. Mönche y Arafa acarreaban en el hocico un par de ramas con los extremos envueltos en llamas. No estaba segura de dónde habían conseguido el fuego, pero tan pronto se reunieron con el grupo, arrojaron su carga sobre la pila de matorrales secos que habían reunido. Las llamas envolvieron el montículo y se elevaron casi un metro sobre este. La manada se reunió en torno a la fogata que acababan de crear.



    — ¿Qué hacen? — inquirí.



    — Son Ralph, Sameer y el chico nuevo — los aludidos se colocaron entre el fuego y el árbol seco. — Van a empezar a berrear.



Grosero, lo acusé en mi mente.



    Logré divisar que Ralph había conseguido un par de calabazas para acompañar lo que sea que fuesen a cantar. Los aludidos aclararon sus gargantas y empezaron a entonar los ritmos de una vieja canción africana que reconocí como Bendecido. Descoordinados. Desentonados. Era la peor interpretación que había escuchado de la canción. Pero ellos no parecían notarlo.



    — ¡Demonios, chicos! — dije, más para Robert que para ellos. — Esa era una buena canción. Ahora voy a detestarla.



    El moreno rio. Me volví hacia él.



    — Lo sé — me sonrió. — Canta mejor Sameer cuando está solo.



    — Nunca lo he escuchado.



    La música cesó. Robert miró de reojo a la manada.



    — Pues parece que hoy es tu día — exclamó. — Mira.



    Volví mi atención hacia la fogata. Oswald se había unido al coro, tomando el puesto de Ralph con las calabazas y fue este quien empezó el ritmo. El león de la melena crispada y Fremont se unieron haciendo diversos sonidos con sus bocas. Y Sameer, el rubio, los acompañó con su voz en solitario.



   Debían de haber ensayado antes, pues esta canción no se escuchaba tan mal. Robert tenía razón: la voz de Sameer como solista era mejor. Me permití dejarme llevar por el sonido de su voz en medio de la noche, arrullándome en compañía del viento.



    Instintivamente, dirigí la mirada hacia arriba. La luna estaba en su cuarto menguante, como una enorme sonrisa cuyo brillo atravesaba con facilidad las nubes vaporosas que empezaban a formarse. La mayor parte de las estrellas estaban al descubierto. El viento arrastró las nubes lejos de nosotros, como despejando el cielo para que pudiese verlo mejor.



    Cerré los ojos e inhalé hondo la frescura de la brisa. Suspiré.



    — ¿Te gusta ver las estrellas? — preguntó Robert.



    Sonreí ante la pregunta, recordando aquella primera noche que lo vi.



    — En realidad, es una vieja costumbre — abrí los ojos para clavarlos sobre mis patas. — Cuando era cachorra, mi padre y mi hermano solíamos mirarlas por las noches…



    — Claro, las estrellas no se ven en el día.



Gracias, Robert, mataste el encanto.



    Me volví para verlo con el ceño fruncido. Él sonreía de una forma tan burlesca, y a la vez tan adorable, que no pude evitar sonreír también. Lo golpeé con la cola a modo de advertencia.



    — Lo siento — se disculpó, y se quedó en silencio observándome con una mirada que parecía pedirme que continuara.



    Resoplé por lo bajo para asegurar que no habría otra interrupción. Elevé la vista al firmamento una vez más.



    — Él solía decirnos que nuestros antepasados están ahí arriba, y desde ahí nos cuidan.



    — ¿En serio? — inquirió. Pude ver, de reojo, que el león también fijaba su mirar en las estrellas. — ¿Y tú qué crees sobre eso?



¿Qué creía yo sobre eso?, nunca me había detenido a pensar en ello.



    Eran las palabras de mi padre, ¿cómo podría contradecirlas? ¿Cómo podría pensar otra cosa que no fuese lo que me habían enseñado?



    Me volví hacia mi compañero, aunque preferí no sostenerle la mirada, y me encogí de hombros.



    — Me gusta creer que es cierto — suspiré — porque eso significaría que él sigue viéndome desde ahí.



    — Lo siento. No sabía que él…



    — Está bien, no te preocupes — aseguré, viéndolo a través de mis pestañas.  — Fue hace mucho, yo era muy pequeña entonces.



    Noté que Robert se había puesto serio de repente. Sus ojos se dedicaban a escrutar los pequeños bordes de la rama sobre la que estaba tumbado y, solo entonces, me atreví a verlo directamente.



    — Mi padre también murió cuando yo era un cachorro — reveló, aún sin mirarme. — Si no fuera por él… yo estaría ahí arriba también.



    Miré las estrellas. ¿El padre de Robert podría vernos también? ¿Estaría junto con papá y Kopa?



    El viento acarició mi pelambre, y removió la melena oscura del león. De no ser por el movimiento, los mechones de esta podían fusionarse perfectamente con la negrura de la noche. La luz de la luna caía suavemente sobre estos, definiéndolos finamente y creando una ilusión casi hipnótica.



    ¿Cómo había sido su padre? ¿Habría heredado esa melena azabache de él? ¿O esos ojos marrones? ¿Cuánto tiempo atrás había fallecido? ¿Qué había pasado con Robert después de eso? ¿Cuántas historias había detrás de esa mirada triste, esas cejas ligeramente fruncidas y esos labios rectos? Me estremecí ligeramente al imaginar que las cosas hubiesen sido diferentes, que su padre no hubiera estado ahí y ahora el león que observaba no existiera. ¡Cuán diferente estaría siendo mi desventura sin él!



   Robert seguía serio en su lugar, pensando cosas que yo jamás llegaría a saber.



   Inhalé hondo para disfrutar del aroma de las matas secas.



    — Tal vez deba agradecerle entonces — exclamé al fin.



    — ¿Por qué? — levantó apenas la mirada.



    Le dediqué una media sonrisa y regresé la mirada a las constelaciones, buscando al león.



    — Por permitirme conocerte — respondí.
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Re: Lian's Story (Fan Fiction)

Mensaje por KIRAN27 el Miér Jul 26, 2017 4:11 am

buen capitulo hermana lily sinceramente es genial veo que hay  2 leones que son como uña y carne eje eso me alegra mucho y quien es ese leon saludos y rugidos y un fuerte abrazo hermana lily nwn


y no te preouces lo importante es que continues poco a poco jeje
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Re: Lian's Story (Fan Fiction)

Mensaje por Charles 575 el Miér Jul 26, 2017 9:11 pm

Buen capitulo me gusta mucho aparte de que la historia esta muy bien sigue asi saludos.
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Re: Lian's Story (Fan Fiction)

Mensaje por LillyDiaz18 el Sáb Ago 12, 2017 11:56 pm

@KIRAN27 escribió:buen capitulo hermana lily sinceramente es genial veo que hay  2 leones que son como uña y carne eje eso me alegra mucho y quien es ese leon saludos y rugidos y un fuerte abrazo hermana lily nwn


y no te preouces lo importante es que continues poco a poco jeje
Muchas gracias, Kiran  Very Happy
Sí, Lian y Robert van a volverse más cercanos gradualmente, espero que te siga gustando cómo se llevan


@Charles 575 escribió:Buen capitulo me gusta mucho aparte de que la historia esta muy bien sigue asi saludos
Gracias, Charles :3
Se siente bien saber que te gusta mi fic, esos comentarios son muy alentadores para seguir 

__________________________________

Aquí una última actualización antes de volver a la Universidad. Espero poder actualizar entre clases, pero no puedo prometer mucho  Neutral 

Solo para avisarles a todos aquellos que leen desde el foro:
Los que me siguen en Wattpad posiblemente ya lo sepan. La versión del fic que he subido en esa plataforma está siendo sincronizada con esta del foro. Así, podrán leer los capítulos en ambas páginas.
Aún no estoy segura, pero creo que el proceso de actualización será el siguiente:

  • En el foro, seguiré subiendo los capítulos por mitades para que no se vean mensajes tan largos, por lo tanto, actualizaré las segundas partes más seguido.
  • En Wattpad, los capítulos se subirán completos después de actualizar en el foro las segundas partes de cada uno.
  • En caso de que los capítulos sean cortos, se subirán al foro en un solo mensaje.
  • En caso de que los capítulos sean cortos, Wattpad y el foro tendrán actualizaciones sincronizadas.


Esto significa que si hoy, 12 de agosto de 2017, actualizo la primera mitad del capítulo 17, Wattpad permanecerá con el capítulo 16 como la actualización más reciente. La segunda mitad del capítulo 17 debería estar programada para ser subida al foro a lo largo de la semana (supongamos que el miercoles 16). Entonces, el miercoles 16, la versión de Wattpad se actualizaría con el capítulo 17 completo.

Básicamente, el foro estará adelantado medio capítulo cada vez xD Esto más que nada con la intención de hacer rendir los capítulos mientras muero lentamente en las clases.

Mi Wattpad AQUI

Eso es todo. Sin más, el capítulo  Very Happy
________________________________

Spoiler:
 
________________________________

   Capítulo 17: Cementerio (1/2)


    Desperté escuchando el estruendo de cientos de animales moviéndose entre los matorrales. Abrí los ojos lentamente, aun sintiendo el peso del sueño en ellos. Los primeros rayos del sol empezaban a asomar en el horizonte, por lo que la mayor parte del lugar aún estaba oculto entre las penumbras.



    Sin embargo, las manadas ya se habían puesto en movimiento y corrían con emoción hacia quiensabedonde. El poder común de sus patas golpeando salvajemente la tierra hacía que esta temblara a varios metros en la redonda. El árbol sobre el cual me había quedado dormida se sacudía junto con ella.



    Intenté conciliar el sueño de nuevo, removiéndome en la rama para buscar un punto más cómodo. Sentí una corriente eléctrica de disgusto recorrerme la espalda al descubrir que la manada ya había empezado a despertarse. Podía apostar a que era gracias a los búfalos y cebras que habían decidido madrugar.



Se acabó la hora de dormir.



    Gruñí por lo bajo. Me asomé por un costado de la rama para mirar debajo de esta. Robert y Palmira habían decidido pasar la noche al resguardo de los matorrales y la roca que sostenía mi árbol. Ambos aún estaban acurrucados, uno junto al otro para mantener el calor, y profundamente dormidos.



    Sintiendo aún la pesadez del sueño en mi cuerpo me puse de pie sobre la rama y me desperecé con un bostezo. Salté hasta la piedra, y luego bajé hasta los matorrales marchitos. Me detuve frente a Palmira y Robert. Ellos ni siquiera me habían escuchado. Sus respiraciones, lentas y tranquilas, me indicaron que aún estaban dormidos.



    Se veían tan endemoniadamente cómodos en ese pequeño espacio de tierra que habían limpiado de las ramas secas, con los párpados suavemente cerrados sobre sus ojos, uno junto al otro, en una posición tan apacibles. No puede resistirme y me entregué a la tentación de acurrucarme junto a ellos un instante. De alguna forma conseguí hacerme un espacio entre los dos, como un suave colchón peludo y cálido. Cerré los ojos, permitiendo que mi cuerpo se amoldara a las posiciones de ellos.



    Pocas cosas eran tan placenteras como volver a recostarse unos pocos minutos después de despertar.



    — ¿Lian? — reconocí la voz adormilada de Palmira.



    Gruñí en respuesta.



    — ¿Qué ocurre?



    — Es hora de levantarse — articulé entre dientes.



    — ¿Tan temprano? — se quejó Robert, removiéndose en su lugar.



    — Las manadas ya están en movimiento — expliqué.



    — Aun así es muy temprano — insistió la leona en un bostezo. — Algo debe haberlas asustado.



    Abrí los ojos para posarlos sobre ella.



¿Asustar a un grupo migratorio de semejante calibre? ¿A caso tienes una idea de la magnitud de tus palabras?, le respondí en mi mente.



    — ¿Crees que alguien esté siguiéndonos? — preguntó el león, girándose en nuestra dirección.



    Sus ojos, a pesar de estar aún hinchados por efecto del sueño, lucían bastante preocupados.



    — No lo creo — me encogí de hombros. — Pero podrían ser los amigos de Fremont.



    Palmira estiró sus patas para entrar en calor. De mala gana, me puse de pie junto a ella y dediqué una mirada furtiva a la manada. Todos estaban ya despiertos y a la espera de retomar el viaje. Louis y Oswald se habían apartado un poco para observar el panorama, posiblemente discutiendo las mejores rutas para continuar.



    — Será mejor que nos demos prisa, Louis no espera a nadie — advertí.



    Robert se levantó de su sitio, se desperezó y juntos caminamos hasta la manada. Ellos, al vernos, tomaron sus posiciones de viaje y en cuanto Louis dio la señal, todos se pusieron en marcha. Ralph no tardó en encontrar a Palmira, y ambos se pusieron a parlotear cosas que no me interesaba escuchar.



    Caminábamos de forma paralela al rebaño de búfalos y cebras que nos acompañaba desde el inicio del viaje. Los matorrales moribundos encontraban su fin definitivo bajo las pesuñas de aquellos animales, quienes los aplastaban sin ninguna clase de consideración. Sus ramas crujían en protesta, pero todos hacían caso omiso de ello. Tal vez porque el sonido del galopar de las cebras era más fuerte. Tal vez porque la nube de polvo que levantaban los ñus a nuestro alrededor era tan espesa que terminaba por ocultar aquellas plantas marchitas. Tal vez porque era demasiado temprano para pensar en esas trivialidades.



    No habíamos recorrido más de un kilómetro cuando me percaté que Robert empezaba a quedarse atrás. El sol avanzaba lento sobre el cielo, y solo una pequeña porción de él empezaba a bañar la superficie de África. El pobre aún debía de sentirse adormilado. No lo culpaba: después de todo, nadie se había ofrecido a hablar con él desde que despertamos. Yo me había concentrado en mantenerme vigilante a los herbívoros que nos acompañaban en caso de que algo se saliera de control, y Palmira no había parado de hablar con Ralph.



    El león caminaba justo detrás de mí, cabeceando, con el rostro tan abajo que de momentos parecía que se golpearía con alguno de los matorrales. Sus ojos parecían querer regresarlo al sueño.



    Fingiendo no darme cuenta, golpeé suavemente su nariz con el mechón terracota de mi cola, haciéndolo parecer que era parte de su movimiento natural al caminar. Él no reaccionó. Volví a rozarlo, esta vez del otro lado. El chico parpadeó un par de veces y continuó con su camino. Lo golpeé una tercera vez, de forma más pronunciada, sobre su mejilla.



    Robert levantó la mirada, y me descubrió observándolo de reojo con una sonrisa inconsciente que se me había dibujado en los labios.


    — ¿Qué haces?



    — Te ayudo a despertar.



    El moreno puso los ojos en blanco.



    — Oh, claro. Qué método tan eficaz.



    — Aunque lo dude, señor Sarcástico.



    Robert acelero el paso, colándose por mi flanco derecho, hasta caminar a la par conmigo y mantenerse fuera del alcance de mi cola.



    — No importa que cambies de lugar, igual podré molestarte — reí.



    Él me devolvió el gesto, arrugando el ceño de forma retadora.



    — ¡Inténtalo! Estoy preparado.



    Lo miré con suspicacia. Balanceé mis caderas suavemente hacia la izquierda para tomar impulso, y luego las moví en dirección contraria hasta golpear al león. Mis muslos empujaron contra las suyos, haciéndolo trastabillar un par de pasos.



    — No es cierto — canturreé.



    — Eso fue muy rápido — se quejó mientras regresaba a su sitio, aun sonriendo.



    Arqueé una ceja.



    — ¿Quieres otra oportunidad? — y antes de que pudiese responder a mi pregunta, levanté la pata hasta alcanzar su hombro. — Te toqué, ¡corre!



    Salté a un costado, lejos de su alcance, a la espera de que fuera tras de mí. En lugar de eso, me dedicó una mirada extraña. Como si le estuviese hablando en otro idioma.



    Palmira y Ralph caminaban varios metros por atrás de nosotros, así que me acerqué nuevamente a Robert.



     — ¿A caso no sabes jugar? — pregunté.



    — ¿No crees que ya somos algo grandes para esto?



Amargado, lo acusé en mi mente.



    — ¿Según quién? — bufé. —La edad es solo un número y eso no significa que…



    Sentí su pata sobre mi brazo.



    — ¡Te toqué! — gritó mientras se alejaba corriendo.



Tiene que ser un chiste.



    — ¡Oye! — lo llamé, iniciando mi carrera por alcanzarlo. Él no había recorrido una distancia demasiado grande cuando llegué a su lado y rocé su pata. — ¡Te toqué!



    Viré a un costado y me alejé de él tan rápido como me fue posible. Alcancé a escuchar un gruñido de frustración de su parte, al que no pude evitar responder con una carcajada.



    Pasamos corriendo a un lado de Oswald y Louis, a la cabeza de la manada, y continuamos trotando entre los matorrales sin que me importara mucho cuanto nos alejáramos de ellos. Simplemente no podía detenerme. Adoraba correr. Mi naturaleza estaba constituida así.



    Sentir la tierra bajo mis patas, las vibraciones de mis músculos en movimiento, el palpitar de mi corazón al compás de mi respiración, el aire acariciando mi pelaje. Era como si el viento me llamara por mi nombre, como si la sabana se moviera conmigo. Y cuando, por instantes, mi cuerpo se levantaba del suelo y quedaba suspendido en el aire durante apenas un segundo, casi podía jurar que volaba. ¿Existe acaso mayor sensación de libertad que esa? No quería que terminara nunca.



    Escuché los pasos forzados y la respiración agitada del moreno, corriendo detrás de mí.



    — Acéptalo, Robert —  lo miré de reojo. — Ambos sabemos que jamás me alcan…



    No terminé de decir aquella frase cuando sentí que la tierra que acaba de pisar era más granulosa que el resto, y estaba inclinada varios grados hacia abajo. Tardé fracciones de segundo en darme cuenta que acababa de aterrizar al borde de una pendiente. Mis patas derraparon sin que yo pudiese controlarlo, y terminé por rodar cuesta abajo. Sentí como mi cabeza golpeaba el suelo árido una y otra vez mientras mi cuerpo daba una infinita cantidad de vueltas. Los guijarros se incrustaban en mi piel, y una estela de polvo dejó mi paso marcado en la atmósfera.



    Finalmente caí de bruces en la parte más baja de la cuesta, un área con terreno plano.



— …zarás — finalicé la palabra.



Escuché un golpe sordo a mis espaldas, anunciando la llegada de Robert.   

  
— ¡Te toqué! — tocó mi hombro con su pata.



    Pero algo hizo que mi interés en el juego desapareciera, y fue el hecho de darnos cuenta que estábamos en un sitio bastante diferente a lo que habíamos visto hasta ese momento. Y Robert no tardó en notarlo también.



    — ¿Dónde estamos? — me preguntó.



    Pero yo no tenía respuesta para eso.



    El panorama que se extendía frente a nosotros era, mayormente, una horrible bruma blanquecina que bloqueaba gran parte de nuestra visión. Escruté en ella con la intensión de saber más, incluso me adentré un par de metros. El león me siguió.



    A medida que avanzábamos, lográbamos desvelar un poco de información sobre el lugar en el que estábamos. No había un solo animal en toda el área. La vegetación era escasa, y se limitaba a unos pocos retoños marchitos desperdigados en medio de un terreno árido y muerto. El olor de la putrefacción impregnaba el aire, y la neblina parecía volverse más densa conforme avanzábamos.



    Sin embargo, a pesar de eso, poco a poco lograba descubrir nuevos detalles en el terreno. Hacía frío, y un silencio sepulcral se adueñaba del lugar. El suelo estaba frío, más no fresco, de modo que no se debía a las lluvias de la temporada. Este estaba seco, como si se tratase de arena del desierto. Y ese horrible olor parecía emanar de él.



    Agucé los ojos.



    El terreno era irregular, lleno de pequeñas cuestas y valles que se extendían por todas partes. Una silueta empezaba a tomar forma sobre una pequeña planicie. Era grande, pero estática, y mi curiosidad por saber más de ella me llevó a caminar más.



    Algo pinchó la piel de mi mano y crujió ante mi peso. Al levantar la pata, descubrí una fracción del hueso de algún animal. No me pareció extraño hasta que noté que la enorme silueta era el cuerpo de otro ser. Un elefante.



    Un escalofrío me recorrió la espalda al despertar algunos recuerdos añejados en mi memoria.



    — Creo saber dónde estemos — avisé a Robert. — Y no es un lugar bonito. Tenemos que irnos.



    Di media vuelta, tratando de encontrar nuestro camino en la neblina. Me di cuenta que esta se había vuelto tan densa que no me permitía recordar por dónde habíamos llegado. Todo lucía exactamente igual.



    — ¿Por qué? — el chico se oía preocupado. — ¿Qué es este lugar?



    — Un cementerio de elefantes. Y está repleto de hienas. Tenemos que irnos antes de que…



    — ¡Pero miren lo que nos ha traído el diablo! — apareció una tercera voz en medio de la nada. — Un par de forasteros.




Maldita sea, gruñí para mis adentros, sintiendo como el pelambre de mi nuca se erizaba.

      Continuará...

_____________________

Dibujo de Lian, Robert y Palmira al despertar

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Re: Lian's Story (Fan Fiction)

Mensaje por LillyDiaz18 Ayer a las 11:52 pm

   Capítulo 17: Cementerio (2/2)

    Robert se había quedado pasmado observando algo a mis espaldas. Seguí la dirección de su mirada, escrutando la niebla. Una gélida ráfaga de aire corrió suavemente ese cuerpo vaporoso a un lado, revelando lo que había detrás de él. Una hiena hembra, probablemente la matriarca de la manada que habitara esa zona, nos observaba sonriente desde lo alto de un cráneo de elefante. Un escalofrío me recorrió la espalda.



    — Sé que se ve mal, pero esto no es lo que parece — intervino el moreno.



Cierra el pico, Robert, intenté decirle con una mirada fulminante. La última vez que lo había visto intervenir en un asunto delicado habíamos terminado con una manada de búfalos pisándonos los talones.



    — ¿Ah, no? — preguntó la hiena con sarcasmo. — ¿Entonces qué es?



    El león busco ayuda en mi mirada, pero yo estaba tan falta de ideas como él.



    El viento corrió otra parte de la niebla, dejándonos entrever un numeroso grupo de hienas detrás de la primera. Apenas podía distinguir sus siluetas, acercándose lentamente a nosotros.  Debían ser al menos veinticinco individuos, todos observándonos con cara de pocos amigos a la espera de poder atacarnos.



    Solo empecé a preocuparme cuando recordé que no teníamos forma de encontrar el camino de regreso a los matorrales.



    — Ya es bastante malo vivir aquí como para tener que soportar la presencia de leones en nuestro territorio — prosiguió la hiena.



    — ¡Fuera de aquí! — gritó alguien más a sus espaldas. Un coro de gruñidos apoyó aquella expresión.



    — Y supongo que entienden las razones por las que no podemos dejarlos quedarse — agregó, ignorando a su manada.



    — ¡Oh, nos iremos ahora mismo! — Robert intentó dar media vuelta para correr lejos de las hienas.



    Fue entonces que descubrimos que estábamos rodeados: un segundo grupo de hienas nos había acorralado por la espalda. Escuché sus risas entre la espesura de la neblina, podía sentir el peso de sus ojos clavados en mi nuca.



    — Temo que eso tampoco es una opción — sonrió la hiena líder.



    Decidí que era mi turno para hablar.



    — ¡Escuchen, hienas! No buscamos problemas.



    — Demasiado tarde — rio la líder. — Ya los encontraron.



    El grupo que estaba detrás de nosotros saltó en nuestra dirección. Con una velocidad y precisión que no estaba segura de cómo había conseguido obtener, golpeé a una de las hienas para salvarme de un buen mordisco. El grupo que estaba con la matriarca también se abalanzó hacia nosotros con una serie de gruñidos tan salvajes como aterradores. Eran demasiadas, pelear contra ellas era caso perdido, y sólo quedaba una cosa por hacer.



    — ¡Corre! — ordené a Robert.



    — ¿Hacia dónde?



    — ¡Solo hazlo! — lo empujé, obligándolo a saltar sobre un par de hienas que le habían cortado el paso.



    Yo lo seguí de cerca, corriendo a la par con él. La neblina apenas nos permitía ver un par de metros frente a nosotros. El terreno era escabroso e irregular, y estaba repleto de huesos y restos de carne en proceso de descomposición. No era un buen sitio para ponerse a jugar contra la muerte.



    Mis ojos apenas podían asimilar la información que lograban reunir del terreno. Solo podía estar segura de que las hienas estaban tras nosotros, riéndose como lunáticas y corriendo como una ola asesina que rastreaba nuestras huellas.



    Sentí una punzada sobre mi muslo, misma que reconocí como una mordida de hiena. Gruñí ante el contacto de los dientes del animal contra mi piel, y caí sobre el suelo polvoriento. Miré a la hiena por encima de mi hombro.



    Repentinamente, una pata oscura golpeó el rostro esta. El animal, con un gemido, salió proyectado varios metros por el aire, hasta que finalmente golpeó contra una pila de huesos. Esta se derrumbó, dejándolo enterrado bajo aquel montón de costillas.



    Robert estaba de pie junto a mí, asegurándose de que mi agresor no regresara. Me levanté en el acto, algo escéptica ante aquella repentina demostración de valentía.



    — Gracias.



    — Me agradeces luego, hay que irnos — y me empujó para obligarme a continuar. La mordida no era demasiado profunda, así que podía seguir. Reanudamos nuestra carrera, aún sin saber hacia dónde nos dirigíamos. — ¿Conoces alguna salida?



    Nuestros pasos nos guiaron cuenta arriba hacia una enorme pila de huesos que trepamos con dificultad. Estos se derrumbaban apenas los rozábamos, y retardaban nuestra huida pero, para suerte nuestra, lo mismo ocurría para las hienas. De alguna forma logramos llegar a la cima, donde pude tener una visión más amplia del lugar, pero la neblina escondía todo posible rastro de un camino de salida.



    — Es la segunda vez en mi vida que estoy aquí. No reconozco nada.



    Apenas terminé aquella frase nos encontramos, accidentalmente, con el extremo contrario de la montaña. Nuestras garras eran inútiles al intentar sostenerse de aquellos huesos mal apilados y, sin poder evitarlo, ambos rodamos cuesta abajo. Varias veces sentí los extremos de alguna costilla, vertebra o húmero golpeando contra mi cuerpo.



    Al final, caímos torpemente dentro de una extraña grieta abierta en la tierra. Robert fue el primero en llegar, y yo terminé por aterrizar sobre su estómago. Escuché un gemido de su parte por la falta de aire, y al instante me levanté para alejarme de él.


    El león se puso de pie, sobándose la cabeza.



    Yo pasé mi atención de su dolor a investigar el sitio donde estábamos. La grieta no era demasiado profunda, pero las paredes de tierra muerta y grisácea no lucían lo suficientemente aptas como para trepar por ellas. Tardaríamos un buen rato en conseguir llegar hasta arriba.



    Escuché las risotadas de las hienas. La matriarca apareció en medio de la neblina, bajando hábilmente entre los huesos blanquecinos por donde Robert y yo habíamos resbalado. Su manada iba tras ella, materializándose en medio de la bruma como espectros malditos.



    — ¡Están atrapados!



    Y en efecto lo estábamos. Esta vez no teníamos oportunidad de escapar.



    — ¿Algún plan? — susurré a Robert, sin apartar la mirada de nuestros agresores.



    — ¿Gritar y pedir ayuda? — me miró de reojo.



    — Tomaré eso como un no.



    La hiena líder nos sonrió de una forma tan horrible que sentí la pelambre de mi espina dorsal erizarse ante el pánico. Éramos leones muertos.



    Y justo cuando todo parecía oscurecerse, una chispa de luz apareció en nuestro camino en la forma de un león dorado de melena terracota. Era Louis. No estaba segura de dónde había salido, pero se abalanzó fieramente sobre la hiena matriarca, quien lo miró a aterrada durante una milésima de segundo, antes de que el león la derribara de un zarpazo.



    La manada entera apareció tras él, rugiendo para ahuyentar a las hienas.


Gracias al cielo.



    El resto de los leones atacaron a las aterradas hienas. Algunas dieron pelea durante algunos segundos, pero terminaron optando escapar y ponerse a salvo. Gran parte de la acción de la pelea se perdió arriba de aquellos muros de roca, más allá de donde mi visión y la de Robert eran capaces de llegar. Lo único que podíamos hacer era escuchar los chillidos de los animales y los gruñidos de nuestros compañeros.



    Las cabezas de Ralph y Sameer asomaron desde lo alto y, con un ademán de manos, nos indicaron que nos acercáramos para ayudarnos a trepar. Como pude, clavé mis garras en la tierra putrefacta y, con el apoyo de Robert, escalé hasta llegar con los chicos. Ellos me tomaron por el lomo y tiraron de mi hacia arriba, hasta que mis patas pudieran volver a tocar tierra firme.



    — Fuera de aquí, sacos de pulgas — gruñó Karen, golpeando a la última hiena que parecía haber en el perímetro.



    Esta echó a correr entre la niebla, presa del pánico, hasta perderse de nuestra vista detrás de una pila de huesos.



    — ¡Váyanse antes de que corra sangre! — amenazó Mönche.



    Por alguna razón incomprensible para el resto, le pareció una buena idea hacerlo una vez que todas las hienas habían desaparecido. Era como lanzar una amenaza a la bruma.



   El resto de la manada le dedicamos una mirada, extrañados. El chico, cohibido, nos sonrió de forma boba como diciendo ¿Ocurre algo? Nadie pudo contener la risa después de eso.



    Me volví en dirección a la grieta por donde Robert y yo habíamos caído. Ralph y Sameer ya lo habían ayudado a trepar, y ahora el moreno estaba de pie junto a ellos observando la mala escena de Mönche. Él me sonrió, y no dudó en acercarse hasta mí.



    — Llegaron justo a tiempo — agradecí a la manada.



    — Lo sé, sin nosotros no vivirías cinco minutos fuera de casa — rio Louis, escrutando la niebla.



    Seguí con la mirada la dirección que indicaban los ojos del león. Y entonces me percaté de algo: una figura, una silueta familiar en la distancia. ¿Sería realmente lo que creía que era, o se trataba tan solo de otro juego de otro mal gusto de mi memoria?



    — Y además, ¿en qué demonios estaban pensando cuando se fueron así? — nos reprendió Oswald, pero no le presté demasiada atención. Caminé en dirección a Louis. — Lo último que vimos fueron sus traseros desapareciendo entre la hierba y… no me dejes hablando solo.



    Ahí, algunos metros frente a nosotros, la niebla parecía empezar a disiparse para aparecer frente a nosotros una cuesta de tierra que conducía a un bello páramo. Los primeros rayos de sol iluminaban cálidamente los contornos brillantes de las hojas de una acacia y los frescos tallos de los pastos que empezaban a brotar. Era el límite del cementerio.



    Un cosquilleo recorrió mi cuerpo al saber dónde estaba, y me descubrí a mí misma sonriéndole a la nada.



    — Creo que reconozco el lugar — advertí al resto, que se habían quedado en silencio por más tiempo del que me parecía normal. — La Roca del Rey está muy cerca.



    — ¿Segura? — inquirió Oswald. —  Con tanta niebla todo es tan confuso. Incluso yo estoy confundido…



    ¡Pero claro que esas eran Las Praderas! Había visto cientos de veces sus terrenos como para no reconocerlos.




    — ¡Es por aquí! ¡Síganme! — anuncié, echando a correr en dirección a la pendiente de tierra. 
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