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Lian's Story (Fan Fiction)

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Re: Lian's Story (Fan Fiction)

Mensaje por LillyDiaz18 el Jue Dic 22, 2016 2:09 am

@KIRAN27 escribió:buen capitulo hermana lily vaya me parece que esta un poco regular ella veremos si puede mejorar las cosas saludos y rugidos y un fuerte abrazo hermana lily nwn

Gracias por comentar, KIRAN Very Happy
Pues... supongo que es lo normal. Es terrible cuando un ser querido fallece, y no es nada facil de superar. A veces siento pena (y como soy la escritora, técnicamente yo soy quien la hace pasar todo eso :v)

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Spoiler:

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    Capítulo 14: Recuerdos (1/2)


    El cazador estaba en la selva.



    Aún no lo veía, pero estaba segura de su presencia. El aire estaba impregnado del aroma de la muerte y la pólvora de su arma. Sus ojos aparecían en cada rincón, entre la maleza de cada árbol, debajo de cada piedra. En cualquier recoveco había vestigios de él.



    Y yo corría intentando escapar de su presencia.



    ¡Lian! — me llamó el viento en la distancia, y detuve mi carrera para aguzar el oído.



    El pelambre de mi lomo se erizaba al contacto de las gélidas ráfagas de aire que azotaban el lugar, ahora inhabitado. Todas las criaturas parecían haber huido en busca de un lugar seguro, lejos del fuego del cazador. Yo debía hacer lo mismo.



    — ¡Lian! — era la voz de Kopa, no había duda.



    Un chispazo eléctrico recorrió mi columna, llenándome de pavor.



    — ¡Ayuda! — chilló el cachorro, motivándome a lanzarme en su búsqueda.



    Me abalancé en la dirección de la que me parecía que provenía su voz, y corrí tan rápido como me era posible. La noche empezaba a caer, y la espesura de la vegetación bloqueaba una buena parte de la escaza luz solar que aún asomaba por el horizonte.



    Escuchaba su lloriqueo como un eco que se propagaba por toda la selva, creando un mar de confusión. ¿Kopa estaría por aquel camino despejado? ¿O su voz provenía de aquel otro, lleno de enormes piedras redondas? ¿Tal vez, quizá, se escondería en aquella cueva? ¿O había trepado a la sima de ese enorme árbol de corteza verdosa por el musgo? Cualquier opción podía ser correcta, y a la vez ninguna lo era.



     — ¡Por favor, Lian, ayúdame! — imploraba su voz.



    — ¡Kopa! — lo llamé.



    — ¡Lian! — respondió el eco.



    Corría sin ninguna dirección, con la esperanza de encontrarlo en un momento sorpresivo. Con la esperanza de encontrarlo antes que el cazador.



    — ¡Lian! — escuché su voz, seguida de la explosión de un cañón de rifle.



    El cazador había disparado a algo, y mi corazón dio un vuelco cuando vi caer un pequeño cuerpo dorado desde las ramas de uno de los árboles. Este cayó sobre la hierba, frío, inmóvil, silencioso, con un golpe sordo que detuvo mi respiración.



    Corrí hacia él, aun abrazándome tercamente a la esperanza de que no fuese mi sobrino. Pero un pequeño mechón de pelo rojizo me hizo darme cuenta de mi error. Al acercarme más, pude reconocer su rostro. Kopa tenía los ojos cerrados y un semblante tranquilo, como si se hubiese quedado dormido. Su pelaje estaba cubierto de polvo, confiriéndole un color opaco y ligeramente grisáceo. Sus bigotes estaban torcidos en todas direcciones, y tenía un ojo hinchado, ligeramente morado. Un hilo escarlata manada de su nariz y su hocico, bajando por su mejilla y goteando sobre el suelo.



    Había llegado tarde. Kopa estaba muerto.



    Sin poder evitarlo, me abalancé sobre el cuerpo del cachorro. Lo acogí entre mis patas y lo estreché fuertemente contra mi pecho, sintiendo en el acto la calidez de su sangre manchando mi pelaje. Me convertí en un mar de lágrimas.



    Kopa. El pequeño Kopa, yacía sin vida entre mis brazos. ¿Por qué tenía que haber sido él? ¿Por qué el cazador no había podido dispararme a mí? Cualquier cosa me parecía poco si se trataba de salvarlo.
    Mis lágrimas rodaron desde mis mejillas hasta su rostro, humedeciendo su pelaje y limpiando una parte del polvo que lo ennegrecía.



    — Lian — escuché la voz de Simba, y levanté la cabeza para verlo a través de mis ojos acuosos.



    El león estaba parado justo frente a mí, con los ojos rojos por el llanto y una expresión de profunda tristeza que me partió más el alma.



    — Simba, intenté salvarlo — dije, intentando que no se me quebrara la voz.



    — Lian, no te vayas — rogó. — Te necesito.



    — No iré a ningún lado — aseguré, algo extrañada por sus palabras.



    — Lian, por favor. ¡Quédate!



    El león parecía no hacer caso de lo que le decía.



    — Simba, estoy aquí.



    — ¡Lian! — lloró, pero su voz sonaba extrañamente distorsionada.



    Era como si estuviese hablándome a kilómetros de distancia, o como si hubiera una pared entre nosotros que atrofiara el sonido. Su imagen empezó a tornarse borrosa, al igual que el resto de la selva.



    — Lian.



    — ¡Simba! — chillé, cerrando los brazos en torno al cachorro.



    Sin embargo, descubrí que el cuerpo de Kopa ya no estaba conmigo, como si se hubiese vaporizado en el aire.



    — Lian — su voz se alejaba más, como un susurro traído por el viento.



    ¿Dónde estaba Kopa?



    — Lian.



    La desesperación me invadió. Cerré los ojos con fuerza para no ver la distorsión que empezaba a tomar el paisaje. Oculté mi cabeza bajo mis patas.



    — Lian.



    ¿Dónde estaba Simba y por qué continuaba escuchándolo?



    — Lian.



    Error. Esa no era la voz de mi hermano.



    Lian.



    Abrí los ojos para encontrarme tumbada sobre mi flanco izquierdo en medio de un pastizal, a la sombra de una frondosa acacia. Mi mente tardó apenas décimas de segundo en recordar lo ocurrido el día anterior.



    — Lian, Lian — llamaba una voz, misma que reconocí como la de Robert, mientras algo sacudía mi hombro. — Al fin despiertas.



    Giré sobre mí para buscar al león. Este se encontraba detrás de mi espalda, acompañado por Palmira, que parecía ser quien había estado sacudiéndome. No había nadie más con nosotros. ¿Cuánto tiempo había estado dormida?



    — Hemos pasado más de diez minutos intentando despertarte — explicó la chica con una sonrisa. — Ni siquiera las montañas pesan tanto como tu sueño.



    — Lo siento — bostecé. — No estoy acostumbrada a dormir tanto, pero han pasado muchas cosas los últimos días.



    — Ya lo creo — agregó Robert, torciendo los labios en una media sonrisa de desconcierto.



    — En fin, venimos a recogerte para ir a pasear — declaró Palmira. — Aún es temprano, y tenemos algunas horas antes de que salga la partida de caza. Esta vez me toca ir a mí.



     — Bien — me levanté para desperezarme. — ¿A dónde iremos?



    — A donde sea — la leona se encogió de hombros. — Hay mucho que no conocemos de esta zona — y saltó en dirección al árbol donde habían pasado la noche.



    — Creí que a estas alturas, ya conocerían todo el lugar — dije a Robert, quien permaneció a mi lado esperando que estuviese lista para seguirlos.



    Empezamos a caminar en dirección a Palmira hasta alcanzarla y poder caminar a la par, con Robert en el centro.



    — ¿Cuánto tiempo crees que llevamos viviendo así? — inquirió el león, fingiendo estar ofendido.
    Me encogí de hombros.



    — No lo sé, un par de años.



    La leona bufó.



    — Tal vez Robert, pero yo llegué hace apenas unos meses.



    — ¿En serio? — me sorprendí. —Pensé que tendrían más tiempo conociéndose.



    — Entrar en confianza con nosotros es fácil — sonrió ella.



Eso espero, respondí en mi cabeza.



    — Entonces, ¿cuánto tiempo tienes en la manada, Robert?



    El aludido clavó la vista en el horizonte y pude notar una ligera tención en él, como si ocultase algo.
    — Casi dos años, tal vez más — explicó. — Espero poder irme pronto.



     ¿Dos años y aún no sabía cazar?



Ha estado solo desde pequeño, recordé las palabras de Yudhenic.



    — Todos queremos irnos y formar nuestra propia manada — Palmira puso las cejas rectas, restándole importancia al comentario del otro.



    — Lian no — agregó este. — Ella quiere irse a explorar otras tierras.



Traidor, lo acusé en mi cabeza, aunque el hecho de que él lo hubiese expuesto me quitaba el trabajo de tener que hacerlo yo.



    — ¿En serio? — inquirió Palmira, y yo asentí con la cabeza. — Haces mal, hay muchos peligros ahí afuera a los que no podrías enfrentarte sola.



    Valla que esa chica era directa.



Si supieras por lo que he pasado, no dirías lo mismo, respondí en mi mente.



    — Ya veré como me las arreglo — dije con seguridad.



    El chillido de una cebra llamó mi atención, al igual que la de mis acompañantes. Habíamos caminado ya un buen tramo desde la acacia donde desperté, y estábamos bastante apartados de la manada. Era la distancia óptima que los rebaños de animales ponían entre los depredadores y ellos. Y eso era justo lo que teníamos enfrente: un enorme grupo de ñus, cebras y antílopes que se movían en conjunto siguiendo el camino de su migración anual.



    Sus movimientos eran hipnotizantes. Había tantos cuerpos que no estaba segura de dónde terminaba uno y comenzaba otro. En Las Praderas nunca había visto un grupo tan numeroso. Era tan impresionante como aterrador, pues en cualquier momento podían salirse de control. Y nosotros estábamos peligrosamente cerca.



    No estaba de humor para observar esos movimientos por mucho tiempo. Estaba a punto de dar media vuelta y alejarme cuando la voz de Palmira me detuvo.



    — Vamos a descansar sobre aquellas piedras.



    Con la mirada, seguí la dirección de sus ojos hasta toparme con un pequeño montículo de rocas, similares a las que había en casa. Un par de acacias ofrecían una fresca y tentadora sombra que prometía resguardarnos del calor del sol. Sin embargo, estaba cerca del rebaño. Demasiado, para mi gusto.



    — ¿Están seguros? — intenté detenerlos cuando noté que ambos empezaban a caminar en dirección al montículo. — ¿No sería mejor buscar otro sitio?



    — ¿No me digas que te asustan los antílopes? — Palmira me miró por encima del hombro.



    — No, pero preferiría dejarlos tranquilos. Podrían asustarse con nuestra presencia y…



    — ¡Relájate! — rio la leona. — Tres leones somos apenas una burla para ellos.



    Parecía lógico. El grupo migratorio debía estar conformado por miles de animales. Nosotros no podíamos representar un peligro potencial para ellos.



    Accedí a acompañarlos, manteniendo un ojo vigilante en dirección a los herbívoros, por si acaso.



    Palmira fue la primera en trepar. Subió hasta la piedra más alta y se recostó sobre su borde triangular, lo cual, me hizo dudar sobre su comodidad. Robert se detuvo junto a las piedras para esperar a que yo pudiese trepar. Me dedicó una sonrisa amigable cuando pasé junto a él, gesto que correspondí, y de un salto subí hasta una segunda piedra, al lado de Palmira, unos cuantos centímetros más abajo que la de ella. El león se tumbó junto a mí, sobre una tercera roca cuya cúspide estaba casi a la par que la mía.



    Observé al rebaño continuar su recorrido. Cebras, antílopes, búfalos y ñus caminaban unos con otros, sin formar grupos específicos de cada especie. Se comportaban todos como una enorme familia, cuidándose mutuamente. Cada tanto, uno de estos animales nos observaba con un par de ojillos negros, vivaces y alertas, hasta que notaba que solo estábamos descansando y no éramos peligrosos. Entonces volvían la vista al frente y continuaban su recorrido, en búsqueda de algo más interesante que hacer.



    El detenerme a contemplar a las manadas pasar me recordó a mis primeras expediciones de caza, cuando Uzuri y mamá, después de nuestra milagrosa reaparición y la muerte de Scar, se dieron a la laboriosa tarea de enseñarme a cazar. Después de pasar tantos años viviendo de comer insectos y, ocasionalmente, a escondidas, uno que otro pajarillo, mis habilidades de caza y rastreo habían flaqueado bastante. De modo que, para poder participar en la cacería de nuestra comida, las leonas habían invertido una buena parte de su tiempo en entrenarme. Me enseñaron a acechar, a trabajar en equipo y a sofocar la vida de las presas con rapidez y efectividad.



    Mis primeras lecciones consistían en hacer eso mismo: observar. Observar durante largo rato el comportamiento de los animales, aplicándome en localizar, tan rápido como me fuese posible, los mejores blancos para la caza. Aun podía escuchar la voz de mamá explicándome el proceso mientras Uzuri y las leonas cazaban.



    ¡Valla días aquellos, en los que no alcanzaba a imaginar si quiera los desfortunios que viviríamos tan solo un años después!



    — ¿Qué estás viendo, Lian? — me interrumpió la voz de Robert.



    — Solo observo a los animales — expliqué, volviéndome para verlo.



    — ¿Cómo ese de ahí? — apuntó con el dedo índice a una gacela.



    Esta volvió su esbelta y elegante figura hacia nosotros, alzando las orejas en nuestra dirección y olfateando nerviosamente el aire. Luego, igual que hacían todos los animales, decidió que no éramos importantes y continuó su recorrido.



    — ¡Adiós! — gritó el león, como si la conociera de toda la vida.



    Lo miré con una ceja arqueada.



    — ¿Qué? — rio al ver mi expresión. — Solo estoy saludando. ¡Hola!



    Esta vez, se dirigió a una cría de cebra que trotaba en el extremo de su grupo. El pequeño, alarmado al ver el gesto de Robert, trotó de regreso a la seguridad del rebaño y se perdió de nuestro campo de visión.



    — Lo asustaste — repliqué.



    — No importa, es solo un niño.


    En el reino estaba prohibido hacer daño a las crías. Nadie podía atacar a los hijos de ningún animal, fuera cual fuese su especie. Era un decreto tan antiguo que nadie sabía de dónde había salido o quien lo había impuesto, pero todos lo conocían. De modo que, el comentario del chico, me pareció extrañamente irrespetuoso.



    Y con extrañamente me refiero a que no causó el mínimo efecto en él. Como si hablase de cualquier cosa. ¿Era esa la moral de los leones que no venían de Las Praderas?



    — ¡Hola! — esta vez fue Palmira quien saludó. — Inténtalo, Lian. Tal vez tengas más suerte que nosotros y alguien te salude a ti.



    — ¡Hola! — gritó Robert.



¡Pero que juego más raro!, me dije a mi misma. Pero, al final, decidí que parecía divertido. De todos modos, nadie nos prestaba atención.



    — ¡Hola! — saludé a un ónix que pasó lo bastante cerca de nosotros.



    El animal no me prestó atención. Se limitó a girar sus alargadas orejas en nuestra dirección sin detenerse a ver que estaba ocurriendo.



    — ¡Hola! — saludó Palmira a una cebra, cuyo comportamiento fue similar al de la cría de hacía unos minutos.



    — ¡Hola! — volví a gritar a un impala, que parecía guiar un pequeño grupo de hembras en medio de aquel mar de cuerpos.



    — ¡Hola! — siguió Robert, intentando captar la atención de alguna de las impalas.



    Sin embargo, tan mala fue su suerte que, justo cuando emitía su saludo, un corpulento e imponente búfalo de agua, de gran tamaño y poseedor enormes cuernos puntiagudos y curvos, pasó caminado entre nosotros y aquellos gráciles animales. El búfalo se detuvo en seco, y giró su enorme cabeza, cubierta de cicatrices de guerra, hacia nuestra posición. Olfateó el ambiente. Emitió un grave y sonoro bramido desde lo más profundo de su garganta y giró su cuerpo hacia nosotros.



    — ¿Me hablas a mí? — inquirió, ofendido.



Mierda.



    — No, señor — Robert retrajo las orejas, y no se molestó en ocultar el miedo que sentía.



    — ¿Me estás hablando a mí? — insistió el búfalo con voz grave.



    — Robert — gimoteó Palmira.



    El león estaba tan tenso que sus patas lo obligaron a levantarse de la comodidad de la roca. Inconscientemente, lo imité.



    — No, señor — repitió. — Estaba hablando con…



    — Claro que me estás hablando a mí.



    — No, no — intentó detenerlo Robert. — Por favor, permítame explicarle…



    Pero los búfalos son animales de inteligencia reducida, y pésimos para escuchar. Negociar con ellos era lo mismo que hacerlo con un árbol, por lo que las palabras del moreno pasaron como si jamás hubiesen sido pronunciadas.



    El animal tomó posición de ataque. Bramó con la fuerza de un relámpago, llamando la atención de sus compañeros. Agachó la cabeza y enfiló sus peligrosas cornamentas al frente, listo para embestirnos.



     — Robert, arregla esto — pidió Palmira cuando notó que un numeroso grupo de búfalos empezaba a acercarse.



     — Esto no tiene arreglo — se quejó él. — No quiere escucharme.



    — ¿Ya puedo empezar a correr? — pregunté.



    El búfalo golpeó la tierra con sus patas. Bufó con fuerza y se abalanzó contra nosotros.



    — Sí— respondió Robert, saltando lejos de las piedras.



    Corrí tras él, seguida de Palmira. Escuchaba el poder del movimiento del rebaño pisándonos los talones. Debía haber por lo menos veinte individuos detrás de nosotros, todos con deseos de aplastarnos bajo sus poderosas pesuñas.



    Los búfalos debían estar a casi diez metros detrás de nosotros, pero la adrenalina que corría por mi cuerpo era tanta que me obligó a acelerar el paso aún sin ser completamente necesario. Estaba acostumbrada a dar carreras así cada vez que salía de caza, por lo que pronto gané distancia entre los animales y yo. Pero estos, incansables y testarudos, no se detenían.



    — ¿Y ahora qué hacemos? — chillé.



    — Seguir corriendo es una buena opción — respondió la voz de Palmira, corriendo sobre mi flanco izquierdo.



    Lograba ver su cabeza de reojo, por lo que pude notar cuando sus ojos se clavaron sobre un punto en específico.  



   — ¡Ahí! — advirtió.



    Giré la cabeza en la misma dirección que ella. Un frondoso miombo parecía ser su objetivo. Con algo de suerte, sus fuertes ramas servirían de refugio para escapar de aquellas mortales cornamentas. Los búfalos no podrían alcanzarnos ahí arriba y, tras algunos minutos de espera, se rendirían y se marcharían.
    Parecía una buena opción.



    — ¡Rápido! — los presioné, acelerando un poco más el paso.



    Viré en dirección al árbol, derrapando ligeramente con las patas traseras. La tierra estaba suelta gracias a la lluvia de hacía un par de días, lo que dificultaba la forma en que mis garras se clavaban en el suelo para no resbalar. Sin embargo, logré recuperarme antes de colapsar contra la leona.



    Recorrí a la par con ella los últimos metros que nos separaban del miombo, antes de saltar a la rama más próxima que encontramos. El árbol se sacudió con nuestra llegada, pero el tronco era tan grueso que no se movió de forma violenta. Quedamos una frente a la otra, mientras recuperábamos el aliento. Le dediqué una sonrisa de victoria, y ella me la devolvió.



    Entonces me percaté de un detalle.



¿Dónde está Robert?



    Ni siquiera pude formular la pregunta en voz alta. Dirigí la mirada al suelo, y me encontré con que el chico se había quedado rezagado, y aún era perseguido por nuestros búfalos. Justo lo que faltaba.



    — ¡Muévete, Robert! — gritó Palmira.



    El chico se veía tan asustado que no sabía si reírme o sentir pena por él. Realmente necesitaba practicar su forma de correr. Venían pisándole los talones, casi parecía que él era quien los lideraba.



    Cuando estuvo lo bastante cerca, Palmira y yo nos apartamos para dejarle al león un sitio en nuestro árbol. Robert saltó en dirección a la rama. Sus garras apenas lograron rozar la corteza cuando el primer búfalo lo golpeó y derribó. Por un segundo, sentí un ataque de pánico al pensar en la posibilidad de que el animal hubiese perforado el vientre del león con sus cuernos. Pero Robert saltó lejos de él y continuó corriendo perfectamente.



    O al menos, eso parecía.



    El moreno se alejó corriendo del árbol con el rebaño levantando una polvareda a su alrededor. Ahora estaba solo.



    — Quédate en la rama — le ordené a Palmira.



    — ¿Por qué? ¿Qué harás?



    — Ver que no lo conviertan en un tapete.




    Y dicho esto, salté hacia abajo. Empecé a trotar siguiendo el rastro de polvo que dejaban los animales, impregnado con su aroma. Tal vez eran fuertes y tenían mal carácter, pero no eran demasiado veloces, lo cual, era una bendición tanto en la caza como en estos casos.







Continúa...
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Re: Lian's Story (Fan Fiction)

Mensaje por KIRAN27 el Jue Dic 22, 2016 6:32 am

buen capitulo hermana lily espero que los 2 se salven y que los demas les ayuden no me gustaria que terminase asi jje saludos y rugidos y un fuerte abrazo hermana lily nwn
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Re: Lian's Story (Fan Fiction)

Mensaje por Bako el Jue Dic 29, 2016 12:38 pm

Hola, de vuelta!
Me había atrasado en tu historia pero he regresado. Interesante capitulo, me a encantado la parte de "Hola" jajaja en verdad se me hizo divertido y tierno.
Sigue así y mucho exito.
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Re: Lian's Story (Fan Fiction)

Mensaje por LillyDiaz18 el Lun Ene 09, 2017 2:21 am

@KIRAN27 escribió:buen capitulo hermana lily espero que los 2 se salven y que los demas les ayuden no me gustaria que terminase asi jje saludos y rugidos y un fuerte abrazo hermana lily nwn

Gracias por tu comentario, KIRAN Very Happy jaja, no te preocupes, esto no termina aquí... aún falta una buena parte del fic.

@Bako escribió:Hola, de vuelta!
Me había atrasado en tu historia pero he regresado. Interesante capitulo, me a encantado la parte de "Hola" jajaja en verdad se me hizo divertido y tierno.
Sigue así y mucho exito.

Bako! Very Happy Qué gusto volver a leerte por aquí Razz
Te entiendo, yo tambien me ausento del foro por un largo tiempo con todo lo que tengo que hacer y no queda tiempo para muchas cosas... entre ellas leer  Laughing 
Muchas gracias, jaja, me alegra mucho que te haya gustado esa parte x3

______________________________

Spoiler:
 Para la plática (después de los asteriscos)
______________________________

    Capítulo 14: Recuerdos (2/2)


    Los rodeé por la derecha, apartándome varios metros para no entrar en la zona de peligro, y en medio del nubarrón de tierra encontré la silueta del moreno. Valla que era lento.




    — ¡Robert! — lo llamé para captar su atención.



    Él reconoció mi voz en el acto.



    — ¡Lian! — chilló. — ¿Cómo nos deshacemos de ellos?



    — Tenemos que perderlos.



    Aceleré el paso hasta correr a la par con él. Lucía cansado. Sabía que debía estar haciendo su mejor esfuerzo por mantener el paso, pero no era suficiente. No lo culpaba: el trabajo de los machos era defender a su familia y su territorio, no perseguir la cena. No necesitaban ser demasiado veloces para cumplir con su parte.



    Necesitábamos un sitio dónde escondernos. Pero, con los búfalos sobre nosotros, eso sería difícil. Robert no podría subir a tiempo a ningún otro árbol. ¿Dónde podíamos ocultarnos de aquellos herbívoros?



    A lo lejos, divisé una pequeña colina y las ideas llegaron a mi cabeza.



    — ¡Sígueme! — le grité al león, y él asintió en respuesta.



    Si tenía la inclinación que esperaba, podríamos treparla y obligar a los búfalos a bajar de velocidad, lo cual, nos haría ganar distancia. Las pesuñas de los búfalos estaban diseñadas para correr sobre terrenos planos, no para escalar.



    No tardamos en sentir cómo el terreno bajo nosotros empezaba a levantarse. Y parecía que los búfalos aminoraban la marcha. ¡Estaba funcionando! Sin embargo, también Robert parecía disminuir su velocidad. Tal vez yo podría llegar a la cima de la colina a salvo, pero él no lo lograría. ¿En serio no podía ir más rápido?



    Me vi obligada a cambiar de estrategia, y guié a Robert de forma horizontal por el cuerpo de la colina, en lugar de vertical. Tenía la esperanza de que eso lo ayudase a trepar. Pero también ayudaba a los búfalos.



    ¿Por qué era tan difícil? De entre todos los leones de África, justo me tocaba conocer al único que no podía correr más rápido que un grupo de búfalos.



    Vislumbré nuestra salvación unos metros más abajo, en una pequeña guarida, un escondrijo formado bajo dos rocas sobrepuestas encima de una tercera, dándole una forma triangular. No pensé demasiado antes de arrojarme sobre Robert para empujarlo.



    El chico perdió el equilibrio, y me arrastró con él. Rodamos cuesta abajo en medio de maromas y piruetas dolorosas, golpeándonos con los guijarros del suelo, hasta llegar al lado de la guarida.



    — ¡Entra ahí! — ordené, y el león no dudó en obedecer.



    Como pude, me introduje rápidamente en el escondrijo tras él, justo a tiempo para dejarles el espacio libre a los búfalos, que continuaron corriendo cuesta abajo. Sus poderosas patas pasaron frente a la entrada de la cueva levantando una polvareda que nos cubrió a ambos, obligándonos a cerrar los ojos y contener la respiración.



    Sentí cómo la tierra entraba a mi nariz, y por instinto tosí para deshacerme de aquella sensación. Descubrí a Robert haciendo lo mismo una vez que el rebaño hubo pasado y el polvo se dispersó. Los oídos me pitaban a causa del estruendo que la marcha de los búfalos ocasionaba, y sentía el galopar desbocado de mi propio corazón en la garganta.



    ¿Cuántas veces más la vida me pondría en una situación similar? Quien quiera que fuese quien me hacía pasar por todo eso, debía tener un humor pésimo. El Universo seguro debía ver mi vida como una mala comedia para pasar el rato.



    El hueco creado por las rocas era tan reducido que me había visto obligada a entrar a la fuerza, de modo que ambos estábamos bastante apretados uno con el otro. Podía sentir su respiración agitada en mi oreja, y la forma en la que sus costillas acariciaban mi brazo con cada inhalación. Tenía la boca entreabierta para recuperar el aire, y el miedo aún no se iba de sus ojos cuando volteó a verme.



    Ambos rompimos en una carcajada que duró varios segundos. Su risa era extraña: primero muy ruidosa y luego, a medida que avanzaba, perdía fuerza hasta convertirse en una risa muda. Luego volvía a empezar. Eso, sumado a su expresión, con los ojos cerrados y la nariz arrugada, solo conseguía hacer que me fuese imposible detener mi propia risa.



    — ¡Eso estuvo cerca! — exclamó, cuando recuperamos un poco la compostura.



    — Yo diría que demasiado cerca.



    Le dediqué una media sonrisa, mirando de reojo nuestra situación.



    El león alzó las cejas al entender a qué me referiría.



    — Lo siento, permíteme…



    Acto seguido, Robert asomó las manos al exterior y, valiéndose de ellas, deslizó su cuerpo hacia afuera de la cueva. Con un espacio más amplio y mayor movilidad, lo seguí fuera del escondrijo para regresar al calor del sol africano. Intercambié una mirada con él, seguida de una risa entre dientes de su parte, antes de escuchar una voz familiar.



    — ¡Lian, Robert! — era Palmira, quien se acercaba trotando hasta nuestra posición. — ¿Están bien?



    — Sí — respondimos al unísono, lo cual, provocó otra carcajada entre los dos.



    — Nos ocultamos bajo esas piedras — agregó el león, haciendo un ademan con la cabeza en dirección a nuestra guarida.



    — Tuvieron suerte — sonrió la leona. — Hay que buscar otra forma de tener emociones fuertes para la próxima.



Emociones fuertes, repetí en mi cabeza.



    Esas habían sido las mismas palabras que yo había usado la última vez que me encontré en una situación similar, con la manada de elefantes. La última vez que todos habíamos disfrutado de verdad. Él último de los días normales de mi vida. Ahora esos recuerdos parecían tan distantes, a pesar de que no databan de más de unos pocos días. Las cosas habían cambiado mucho desde entonces.



    El rostro de Palmira apareció repentinamente frente a mí.



    — ¡Hola! — se acercó, casi invadiéndome. — ¿Aún vive alguien ahí?



    Sacudí la cabeza y parpadeé un poco, antes de alejarme de la leona para recuperar mi espacio personal.



    — Lo siento, estaba pensando — me disculpé, antes de cambiar el tema. — ¿No se suponía que hoy debías ir con la partida de caza?



    Los ojos de la leona se pusieron redondos ante la sorpresa.



    — ¡Demonios! Lo había olvidado.



    — Será mejor que regresemos — decidió Robert. — Tal vez aún estén esperándote.



*               *               *               *               *




    Los atardeceres ahí eran muy similares a los de casa.



    La baja altura del sol causaba un curioso efecto en los árboles y los animales a distancia, haciendo parecer que sus figuras eran completamente negras y solo pudiese observar un contraluz de ellos en contraste con el colorido del cielo. Esa vez las nubes, enormes y densas como si fuesen de algodón, se arremolinaron en torno al astro. La luz dorada se colaba entre ellas y acariciaba sus mullidas superficies para conferirles un bello tono anaranjado. Lucía tan majestuoso que cualquiera pudiese haber afirmado que aquella era la morada de Ahieu.



    Me pregunté cómo se vería esa escena desde casa en un día normal, desde lo alto de la Roca del Rey. Seguro se tendría una mejor vista que desde el suelo, donde estaba yo; y podrían apreciarse a las garzas cruzando frente al Sol, y la copa del baobab de Rafiki meciéndose en la distancia, y se sentiría la fresca brisa impregnada de los olores de la tierra húmeda y las flores de Alba. Kopa y Vitani llegarían a casa a esa hora, correteándose el uno al otro mientras Nuka los seguía, tal vez acompañado de Mheetu. Simba, Timón y Pumba saldrían de la cueva para hacerme compañía y contar un mal chiste. O tal vez dos. Y observaríamos el panorama hasta que el sol estuviese lo bastante bajo como para que pudiéramos vislumbrar las estrellas. Entonces nos quedaríamos platicando algunos minutos, recordando viejos tiempos, antes de que Kopa nos interrumpiera y nos obligara a entrar a la cueva. Yo me recostaría en mi sitio, entre Simba y mamá, enfrente de Mheetu, daría las buenas noches a la manada, y dormiría hasta que los rayos del nuevo día aparecieran en el horizonte.



    Esa era mi vida. Y la extrañaba.



    — ¡Oye, Louis! Cuidado con eso — la voz de Oswald me obligó a apartarme de mis ensoñaciones. El león estaba bastante apartado de mi posición, pero su voz no era nada discreta.



     No tardé en localizar al aludido, caminando tranquilamente en la pradera, hasta que la voz de Oswald lo interrumpió. Dio un paso y se detuvo de golpe, sacudiendo la pata de un lado a otro como si hubiese pisado algo por accidente.



    Caí en cuenta que a eso se refería el moreno.



    — ¡Qué asco! — se quejó Louis. — Pudiste haberme advertido antes de que metiera la pata en el lodo.



    — Eso no es lodo, mi amigo.



    Los ojos del castaño se arrugaron en una mueca de repulsión que no pudo tener otro resultado que una carcajada de parte del grupo entero. El pobre chico desapareció corriendo en dirección al lago, donde lo perdí de vista.





  Estaba tumbada en la cima de un cúmulo de piedras próximo a una pequeña colina, misma donde se encontraban Yudhenic y el resto de los chicos que me encontraron aquel primer día. Después de comer, había trepado directo ahí, desapareciéndome de la vista de Palmira y Robert. La primera se había escabullido con Ralph apenas su obligación como cazadora había terminado. El segundo aún se encontraba en medio de los restos de la comida, buscando algo que roer. Al igual que el día anterior, había esperado a que todos terminaran para acercarse en busca de su parte.



    Su comportamiento era extraño. A pesar de ser un león de complexión robusta, casi tanto como Simba, aunque no tan alto, actuaba como si le tuviese miedo al resto de la manada. No terminaba de tragarme eso de que le parecieran groseros. Debía haber algo más.



    ¿Qué era eso que ocultaba tan celosamente?



    Deseaba saberlo. Podía bajar hasta él y preguntárselo directamente, o intentar buscar información de poco a poco. Pero no. Yo misma tenía muchas cosas que pensar antes, y por esa razón era que me había apartado. Necesitaba unos minutos para mi misma.



    Había intentado retener mis sentimientos esos últimos días. Para mantenerme tranquila, para distraerme un rato, para no llamar la atención de un grupo de extraños. Pero ya no podía con eso. El incidente de esa mañana había terminado por romper, accidentalmente, la botella donde había guardado mis últimos recuerdos de Las Praderas. Y ahora estaban acosándome de nuevo.



    ¿Cómo estarían todos en casa? ¿Qué había pasado después de que me fuera? ¿Habrían salido en mi búsqueda? ¿Cómo habían estado sobrellevando la muerte de Kopa?



    Kopa.



Mierda, ni siquiera pude quedarme en su funeral para despedirme de él.



    Y había abandonado a Simba en el momento que más me necesitaba. ¿Para qué? Para venir a pasar el rato en quien-sabe-donde con quien-sabe-quienes en lugar de quedarme y enfrentar las cosas como debían hacerse.



Perfecto, Lian. Oficialmente, estás en el fondo del Universo.



    Lo mejor era regresar y hacer mi parte. Había esto meditándolo bastante, y era la decisión que me parecía correcta. Tenía que regresar, esa misma noche si era posible. Pediría a Oswald que me dijera el camino más rápido para llegar a Las Praderas, volvería a la Roca del Rey y pasaría el resto de mi miserable vida disculpándome por ser tan cobarde y abandonarlos en un momento tan trágico.



    Bien… tal vez no el resto de mi miserable vida. Pero sí una buena parte.



    Me levanté de mi sitio, me desperecé sin ganas y bajé del montículo para acercarme a la colina donde se encontraba mi primer grupo de leones. Escuché sus voces apenas abandoné mi piedra, riendo y hablando sobre cosas que no lograba entender, chistes entre ellos.



    Estaban sentados formando un círculo. Mahary y Karen fueron las primeras en verme, recibiéndome con una sonrisa mientras me acercaba.



    — En mi defensa no tengo nada que decir — decía Oswald. — Siempre he sido un hijo de p… ¡Yudhenic!



    A esas alturas, no me sorprendió ver que la aludida golpeara al león. Aunque por ahora, desconociera la razón.



    — Ven, Lian, acércate — me invitó Karen.



    — No te habíamos visto en todo el día — agregó Edward, acomodándose en su sitio para hacerme espacio.



    Me encogí de hombros y me recosté  entre él y Karen.



    — Eso es porque ya nos cambió — anunció Oswald. — Ahora prefiere ir con Palmira y su amigo el Patastorpes.



    — ¡Cállate! — chilló Yudhenic, estirando el brazo para asestarle un zarpazo al león.



    Sin embargo, este logró sortearlo y le dedicó una mirada burlesca a la leona. Ella frunció el ceño y, sin que Oswald sospechara nada, lo golpeó en la cara con el extremo de su cola.



    — No es tan malo cuando lo conoces — intervine en defensa de Robert.



    Y no pude evitar recordar ese momento cuando entramos en la cueva para salvarnos de los búfalos, cuando sus ojos brillaban de miedo y aun así consiguió reír. El Robert que yo había visto en esos escasos segundos parecía tan diferente al Robert que se paseaba entre la manada y que era descrito por Oswald. Me hacía preguntarme si en verdad hablábamos del mismo león. Ese valor, esa libertad, esa esencia parecía esfumarse apenas se reencontraba con la manada.



    — No lo dudo — aseguró el moreno, olvidándose de Yudhenic por un momento. — Si tan solo con conocerlo aprendiera también a cazar, sería excelente.



    Una ramita golpeó contra la sien de Oswald. Todos nos giramos en dirección a Yudhenic, quien lo miraba con el ceño fruncido en señal de desacuerdo, pero sin poder borrar aquella sonrisa divertida de sus labios.



    — ¿Ahora de dónde sacaste eso? — masculló el joven, tomando la ramita entre sus patas para arrojarla de regreso a la leona.



    — Entonces, ¿te aburriste de ellos y regresaste? — preguntó Karen, capturando mi atención.



    Esa era mi oportunidad.



    — En realidad, quería preguntarle algo a Oswald.



    — ¿A mí? — inquirió el león, sorprendido.



    Asentí en su dirección.



    El chico se apartó de Yudhenic y se sentó sobre la hierba para escucharme. Solté la pregunta sin rodeos.



    — ¿Cuál es el camino más corto para regresar a Las Praderas?



    El moreno se tensó, y la atmósfera a nuestro alrededor pareció volverse más densa. Todos me observaron extrañados, pero mi atención estaba fija en Oswald. Este me miraba con las cejas rectas y los ojos entrecerrados.



    — ¿Por qué quieres saber eso?



    — Necesito regresar a casa, — expliqué, a lo que inmediatamente agregué — y no es que no me guste estar con ustedes. Es divertido pero… tengo que volver.



    El silencio se hizo presente en medio del grupo, carcomiendo la alegría de hacía unos instantes como el óxido sobre el metal. Todos observábamos en silencio al moreno, quien se limitaba a mantener la mirada clavada sobre sus patas.



    — Sigue el río — respondió al fin, con voz monótona. — Te tomará una semana.



    Una semana. Demasiado tiempo.



    — ¿No existe otro camino? — insistí. — Recuerdo que ayer dijiste algo sobre un atajo.



    Oswald mantenía la mirada distante y la voz fría. ¿Había algo que me estaba ocultando?



    — El atajo no existe. Toma el río.



    — Debe existir un atajo, siempre hay más caminos. Algo que valla en línea recta y que sea…



    Un gruñido que denotaba molestia surgió desde el fondo de su garganta.



    — Debes cruzar lo que resta de estas tierras — refunfuñó entre dientes, interrumpiéndome. — Atravesar los Matorrales y el Cementerio de Elefantes.



    Parecía fácil.



    — ¿Cuánto tardaré en hacer eso? 



    — Lo que tardes no importa — masculló. — Seguir el río es más seguro.



    — ¿Por qué? — intervino Yudhenic.



    Hasta ese momento, el resto del grupo había permanecido en completo silencio, como estatuas, simples objetos carentes de vida. Agradecí internamente a la leona por la intervención.



    — Hienas, chacales, leopardos — numeró el chico, con pesar. — Demasiados peligros en la sabana.



    — Entonces deberíamos acompañarla — la chica se volvió hacia mí.



    Oswald cerró los ojos con fuerza y suspiró.



    — Temía que dijeras eso.



    Yudhenic frunció el ceño y abrió la boca para agregar algo más, pero la interrumpí.



    — Si no quieres venir, puedes quedarte, Oswald — tomé la palabra.



    — El problema no es ese Lian…



    — ¿Entonces qué? — pregunté al león. — ¿Es por mí? Sé que no nos conocemos hace mucho pero…



    — No, Lian…



    — ¿Hay algún problema con mostrarme el camino?



    — ¡Sí!



    — ¿Por qué? ¿A caso es tan malo volver a tu hogar?



    — ¡Ese no es mi hogar! — exclamó, elevando la voz varias octavas. Permanecimos en silencio, observándonos durante largos segundos. Luego, retomó la compostura. — Quizá alguna vez lo fue, pero ya no.



    El moreno retrajo las orejas y agachó la cabeza. Cerró los ojos con dolor, como recordando algo. Hubo una larga pausa donde todos permanecimos observando al chico, esperando a que reaccionara de nuevo. Una ráfaga de aire nos alcanzó, sacudiendo los mechones de su melena e impregnando la atmósfera con una sensación incómoda.



    — Mamá murió, ¿de acuerdo? — dijo al fin, mirándome a los ojos. — Ella fue asesinada por mi padre cuando yo era un adolescente. Justo frente a mí. 

 
“Nosotros vivíamos en la frontera noreste del reino, bastante apartados de todo. Él solía ponerse de mal humor por cualquier cosa, pero estábamos tan apartados de todo que nadie lo notaba. No sé qué fue lo que lo hizo enojar esa ocasión. Tal vez la falta de comida por el descuido que el Rey Scar tenía hacia el reino, pero cuando yo llegué a la escena, esa… bestia… estaba atacando a mi madre, justo en el borde del territorio de las hienas. Intenté detenerlo, pero todo lo que conseguí fue una lluvia de zarpazos como nunca he recibido. Quedé aturdido. Él regresó a golpear a mi madre, y terminó por hacerla caer en aquel lugar, fuera de las Tierras del Reino — una lágrima resbaló por su mejilla. — No se movía. Estaba asustado y fui tras ella. Intenté hacer que se levantara, pero…



    Se interrumpió de repente. Crispó los ojos y sollozó por la bajo. Pasaron algunos segundos antes de que pudiese volver a mirarme. Sus ojos estaban húmedos por el llanto.



    — Luego, ese asesino bajó para buscarnos. Sabía que si me quedaba ahí y lo enfrentaba, acabaría conmigo también — retrajo las orejas y se sorbió la nariz.  — Así que escapé, corriendo durante días al borde del reino. Atravesé el cementerio. Y jamás regresé.



    Nunca había imaginado que tales cosas pudiesen ocurrir en el Reino. Aunque, si lo pensaba bien, lo que había ocurrido en mi familia tampoco era demasiado agradable.



    Yudhenic se acurrucó junto a él para apoyar su cabeza sobre su cuello.



    — No quiero hacerlo — lloró. — No quiero volver a verlo a la cara. Sé que si lo hago…



    El llanto volvió a interrumpirlo.



    — Lo siento — susurré, apoyando una mano sobre la suya. —  No sabía lo que te había ocurrido.



    Oswald bajó la mirada, apenado por la situación. Estaba a punto de agregar algo más cuando Yudhenic me ganó la palabra.



    — Yo también dejé mi hogar por un conflicto familiar — comentó, esbozando una pequeña sonrisa que me supo amarga. — Papá se dio cuenta que en realidad yo no era su hija. Al parecer, mi madre había estado viéndose con un león forastero y cuando él se enteró, nos desterró a ambas. Fue terrible — el tono de su voz disminuyó considerablemente al decir aquello. — Tal vez yo no era su hija de sangre, pero crecí con él como si fuera mi padre y lo quería como tal. No le importó eso… ni la condición de mamá. Ella llevaba meses enferma.



“Caminamos durante días para atravesar una selva, donde conocimos a Oswald — pude notar un leve asentimiento de cabeza de parte del aludido. — Poco después llegamos a una zona árida y calurosa: un desierto. Pero mamá estaba muy débil, y no fue capaz de soportar mucho tiempo el calor y la escasez del lugar. Ni siquiera pudimos darle un funeral.



    Su voz se quebrantó en aquella última frase, dando entrada a un mar de lágrimas que intentó vanamente ocultar en la melena de Oswald. El león la abrazó con fuerza, y Karen no tardó en acercarse para hacer lo mismo. Mahary y Edward la imitaron, reuniéndose con nosotros, aunque manteniendo su distancia.



    Ahí estaban, cinco leones, conocidos de apenas hace unos meses, reunidos confesando sus penas. No recordaba haber visto ese tipo de relación antes. En casa, solo la manada sabía de los asuntos de todos. Los problemas no salían de entre los demás miembros, y no eran hablados con leones externos a ella, que no tuvieran parentesco con nosotros. Sin embargo, ellos lo hacían sin problema.



     Tal vez no fueran parientes, ni una manada formal, pero eran una familia. Sus problemas pasados eran los que los hacía similares entre sí, y el apoyo que se ofrecían mutuamente era lo que los mantenía unidos. Esto me hacía pensar en un nuevo significado para la palabra amistad. Y, por alguna razón, sentí el deseo de formar parte de ello. Tal vez era la ansiedad que había vivido los últimos días, o el efecto secundario de estar respirando una atmósfera tan melancólica,  o los recuerdos que inundaban mi cabeza al pensar en los problemas de Oswald y Yudhenic. Tal vez era una combinación de todo. Pero la necesidad de estar entre ellos se asentó en mi pecho y empezó a crecer a gran velocidad, como un árbol cuyas raíces cubrieron todo mi ser.



    Sin dudarlo, empecé a hablar.



— La noche que me perdí, yo... estaba…— ni siquiera sabía cómo empezar, pues un nudo en la garganta me lo impedía. — Fue un accidente. Mi sobrino, Kopa — pronunciar su nombre me resultó más difícil de lo que creí, y sentí cómo la voz me temblaba — fue asesinado por… un monstruo. Un monstruo que…



    Me interrumpí al sentir algo húmedo correr por mi mejilla. Parpadeé un par de veces para dejar escapar una serie de lágrimas.



    — ¡Y yo no pude detenerla! — sollocé, limpiándome el llanto con el dorso de la mano. Odiaba sentirme tan desprotegida, tan débil. Llorar en público me hacía sentir así. — Ni siquiera pude quedarme en su ceremonia para despedirme. Solo, corrí como una estúpida… como si eso fuera a arreglar algo. Y abandoné a mi familia ¡A mi hermano! Cuando más necesitaban estar conmigo. Caí en el río por accidente cuando la tormenta me impidió ver con claridad.



    Sentí que mis ojos volvían a humedecerse, presas de un torbellino de emociones entre el dolor y el odio hacia mí misma. Fruncí el ceño, sin fijar la mirada en nada. Demonios, ¡valla que estaba molesta conmigo misma! Y recordar las consecuencias de mi pésimo actuar solo lo empeoraba.



    Kopa. Solo pensar en su nombre me hacía sentir enferma. Por mi culpa ahora aquel inocente cachorro era parte de las estrellas.



    — Por eso necesito regresar a casa — grazné, conteniendo la ola de sentimientos.



    Me descubrí a mí misma clavando las uñas en la tierra. Intenté relajar los músculos de las manos para volver a limpiar las lágrimas que se perlaban en mi rostro, antes de atreverme a ver al grupo de nuevo. Sentí el brazo de alguien posarse sobre mi espalda antes de que hubiese completado la tarea.



    Se tratada de Edward, cuya mirada de ojos acuosos volvió a derrumbarme.



    No estaba acostumbrada a ese tipo de muestras de afecto, pero esa ocasión era diferente. Necesitaba el apoyo de alguien después de todo lo que había pasado. Y no dudé en enterrar mi rostro en la melena del león. Edward me ciñó contra él, y no tardé en sentir un segundo cuerpo detrás de mí. No presté atención en ello hasta que me sentí segura de poder volver a ver al grupo a la cara. Era Mahary.



    Me forcé a dedicarle una media sonrisa en señal de que ya había pasado lo peor. No me sentía bien. No me sentía dentro de lo normal, siquiera. Solo me sentía un poco menos perdida. Acaricié el brazo de Edward para agradecerle.



    Entonces, sentí una pata sobre mi hombro.  



    — Tres días — dijo Oswald, posando sus ojos, rojizos por el llanto, sobre los míos. — Te llevaré de vuelta.



    — La llevaremos — corrigió Yudhenic. — Ahora eres parte de nosotros, y no te dejaremos sola.



   Karen asintió.



    — Gracias — dije de forma apenas audible.



    Salté en dirección a los tres para abrazarlos. Ellos soltaron un par de risitas. Mahary y Edward no dudaron en unirse a nuestro abrazo, dejándome atrapada en medio de los cinco.



    Estando a mitad de África, con la estación lluviosa apenas empezando, eso debería haberme resultado terriblemente sofocante. Y lo fue. Pero no como pensaba. Sentía calor, pero no de una forma física. Este calor era diferente. Era el calor que sentía cuando de pequeña tenía pesadillas y papá me acurrucaba a su lado para ahuyentarlas; el calor que sentía cuando estaba cansada y mamá me tomaba del lomo y me llevaba hasta la cueva.




    Había encontrado una segunda familia, y cinco nuevos amigos.
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Re: Lian's Story (Fan Fiction)

Mensaje por KIRAN27 el Mar Ene 10, 2017 1:24 am

buen capitulo hermana lily vaya aunque paso por momentos duros pero encontro una gran familia como lo tuvo tiempo atras se que la cuidaran bien saludos y rugidos y un fuerte abrazo hermana lily nwn
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Re: Lian's Story (Fan Fiction)

Mensaje por LillyDiaz18 el Dom Feb 19, 2017 1:40 am

Hola, manada  Very Happy

Después de medio siglo ausente, regreso para actualizar esto tongue Espero que lo disfruten (si es que aún hay alguien que lea por aquí xD). Este capítulo incluye un fragmento sobre mi teoría sobre la historia de Pridelands (misma que pienso escribir más adelante), basada en el cómic de la artista de DA, HidraCatrina, The First King http://hydracarina.deviantart.com/gallery/41024939/The-First-King

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Spoiler:

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    Capítulo 15: Camino de vuelta (1/2)


    Aquella misma noche, Oswald habló con Louis y Mönche sobre nuestra decisión de regresar a las Praderas y acompañarme de vuelta a casa.



    — Podré ser su dolor de cabeza, pero tengo modales — aseguró antes de ir a su encuentro.



    Esperábamos su aprobación para poder partir, seguros de que iban a esperarlos hasta que regresaran. Sin embargo, los hermanos decidieron que la manada iría con nosotros, argumentando que su estadía en esas tierras se había prolongado lo suficiente como para empezar a molestar a las manadas oriundas y querían evitar conflictos.



    Eso me tomó por sorpresa. Pero supuse que así debía ser la vida de los forasteros: ir de lugar en lugar tratando de pasar desapercibidos para sobrevivir un día más.



    El camino era largo. Y un grupo de jóvenes extraños paseándose de un lado a otro era algo que podía atraer a muchos otros depredadores, como había dicho Oswald. Si queríamos llegar a salvo, lo mejor era empezar el día temprano.



    Esa mañana, Louis nos despertó cuando los primeros rayos del sol empezaban a pigmentar las nubes con tonalidades lilas y la frescura de la noche aún no desaparecía. Era mucho más temprano de lo que yo, y cualquier otro miembro de la manada, estaba acostumbrada a despertar. Pero si unas pocas horas menos de sueño era el precio que debía pagar por volver a casa, lo haría.



    Claro que, no todos estaban dispuestos a hacer tal cosa. Mucho menos por una desconocida. Y el amanecer llegó acompañado de una serie de quejidos y gruñidos de molestia que me hicieron sentir culpable… al menos hasta que decidí que era problema de Louis.



    Y mientras él y Mönche se dedicaban a despertar a la manada, yo me aparté del grupo para buscar a Palmira y Robert. Los encontré acurrucados sobre las ramas de un árbol de mangos, cada uno en una propia, profundamente dormidos. La oportunidad era demasiado buena como para dejarla pasar.



    Me acerqué al más próximo: el desafortunado Robert. Dormía en una rama relativamente baja, lo suficiente como para que yo pudiese alzarme sobre mis patas traseras y alcanzarla. Apoyé mi cuerpo sobre la rama, a un lado de su cabeza.



    Tenía las facciones sumamente relajadas, los ojos cerrados y la boca ligeramente entreabierta. Sus incisivos sobresalían a la vista. Sentí pena por gastarle alguna broma, y casi me tenté el corazón al verlo así.



    Casi.



    Acerqué la mano a su rostro y, con el dedo pulgar, levanté uno de sus párpados con un solo movimiento.



    — ¡Hey, Robert! ¡Despierta! — exclamé tan eufóricamente como pude.



    Alcancé a ver cómo sus pupilas oscuras enfocaban el entorno, antes de que el aludido saltara de susto. Sus reflejos lo obligaron a brincar hacia atrás, sin percatarse de que estaba en un árbol y una segunda rama se alzaba justo sobre su cabeza. Golpeó contra esta, regresando a su lugar. Pero con tan mala suerte que el salto lo hizo perder el equilibrio y no tuvo tiempo para volver a aferrarse a la rama.



    El león cayó sobre la hierba fresca con un golpe sordo.



    Me quedé quieta en mi posición, debatiéndome entre ayudarlo o reírme. ¿Qué sería mejor hacer primero? La respuesta llegó al escuchar las carcajadas de Palmira desde una rama vecina.



    — ¿Por qué no me despertaste primero? — rio. — ¡Me hubiera encantado ver eso!



    No pude evitar corear sus risas. Al menos, hasta que me topé con la mirada confundida de mi víctima. Me acerqué a él y me tumbé a su lado.



    — Lo siento, no pude evitarlo — me disculpé, aunque mis risas sofocadas no dieron demasiada credibilidad a mis palabras. — ¿Estás bien?



    — Tan bien como podría estarlo después de que te despiertas para caer de un árbol.



    — Lo siento — repetí, esta vez, de forma más seria.



    Robert no lucía molesto, solo confundido y muy adormilado. Pero la caída no había estado dentro de mis planes y eso me convertía en la culpable.



    — ¿Por qué nos despertaste a esta hora? — inquirió, desperezándose.



    Palmira saltó hasta nosotros, y observó algo a mis espaldas.



    — Tal vez por eso — apunto en la dirección que seguían sus ojos. Era Louis y la manada, entrando en actividad. — ¿Qué están haciendo?



    — Iremos de viaje — respondí. — Es una larga historia. Se las contaré en el camino, pero ahora debemos de reunirnos con los demás antes de que nos dejen aquí.



    — ¿Y por qué salimos tan temprano? — bostezó la leona.



    — Para evitar problemas con otros carnívoros — dije, avanzando hacia el grupo. — ¡Vamos!



    Ambos, a pesar de la conmoción de los primeros minutos, seguían teniendo los cuerpos pesados y torpes a causa del sueño. Tuve que mantener una velocidad regular para darles tiempo de alcanzarme. Para cuando llegamos con Louis y los demás, ya toda la manada estaba lista para partir.



    — Lian, ¿dónde estabas? — me interrogó Oswald apenas entré en su radar de percepción. — Hacemos esto por ti y estábamos a punto de dejarte.



    — Disculpa, Oswald. Fui a buscarlos — hice un ademán con la cabeza para indicarle que viera tras de mí.



    Robert y Palmira venían pisándome los talones. No pasé por alto la expresión de pesar en el rostro de Oswald, ni la incomodidad reflejada en Robert al mirarse el uno al otro. Pero eso era algo que ya tenía historial, no podía intervenir en una relación que había aparecido mucho antes de mi llegada, ¿o sí?



    — Bien, parece que ya estamos todos — escuché a Mönche anunciar.



    — De acuerdo, cachorros, escuchen — habló Louis, consiguiendo hacer que el grupo entero guardara silencio. — Sé que es temprano y que están molestos por no poder dormir hasta la hora que les plazca, pero hoy el plan es diferente. El tiempo que hemos pasado en las Tierras del Oeste sobrepasa el límite de tiempo que hemos estado en otros lugares. Para evitar problemas con las manadas vecinas, debemos partir nuevamente.



    — ¿Y para eso nos despertaste a esta hora? — se quejó una voz masculina, misma que reconocí como la de Ralph.



    — ¿No podíamos esperar a que fuera un poco más tarde? — agregó alguien más que no pude identificar.



    — Esta vez nos reubicaremos en tierras diferentes — prosiguió Louis, ignorando las preguntas de sus compañeros. —Los rebaños están migrando y se dirigen hacia el este, así que los seguiremos hasta encontrar un lugar óptimo para quedarnos.



    Un bufido de resignación recorrió las líneas de la manada. Nuevamente, Louis los ignoró. Dio media vuelta y se encaminó hacia el Este, de frente a las montañas tras las cuales el Sol empezaba a tomar su lugar en el cielo, anunciando silenciosamente el comienzo de un nuevo día. Sus dorados haces de luz nos daban de lleno en el rostro, pero eran tan débiles que no lastimaban con su calidez. Aún era posible apreciarlos alzándose entre las acolchonadas nubes, luchando por abolir la oscuridad de la noche.



    Nadie hablaba. La manada completa caminaba sin estar despiertos realmente.  Incluso los rebaños de animales, que despertaban a un nuevo día para ponerse en marcha en su migración, podían notarlo y no huían despavoridos cuando pasábamos junto a ellos. Eso me daba oportunidad de apreciar el amanecer y el paisaje hasta que estuviesen lo bastante activos.



    En algún punto lejano, en la dirección en la que miraba, se encontraba mi hogar y todo lo que amaba. Tres días. Solo tres días para volver a reunirme con ello.



    ¿Qué iba a decir a la manada al respecto? Y a Simba. ¿Cómo podría excusarme el haberlo abandonado en un momento así? ¿Sería capaz de perdonar mi error? Pasé las siguientes horas meditando eso, recordando los últimos instantes que había estado en Las Praderas y pensando en cómo contar todo lo ocurrido. Había mucho que explicar, pero aún tenía tiempo para pensarlo.



    El paisaje cambiaba lenta y gradualmente en la medida en la que avanzábamos. Llevábamos buen ritmo, avanzando a la par de la inmensa marcha migratoria de herbívoros. Y para cuando el sol estuvo en lo alto del cielo y salió la partida de caza correspondiente, ya habíamos recorrido cerca de 15 kilómetros.



    Decidimos descansar un poco después de comer para reponer las fuerzas antes de continuar con nuestro camino. Yo había preferido apartarme un poco para pensar mi situación. Encontré el lugar perfecto para hacerlo, en una ladera cercana al río con una bella vista a las montañas. Me detuve a la sombra de unos matorrales y me dediqué a sentir la sabana a mí alrededor. Incluso, después de mi pequeña experiencia, el sonido del correr del agua me resultaba sumamente agradable. Desde que había dejado mi vida en la jungla atrás no había tenido tiempo para hacer eso: sentarme a relajarme sin hacer nada.



    Aunque claro que nada es para siempre. Justo cuando estaba a punto de sentarme, escuché mi nombre a mis espaldas.



    — ¡Lian! — reconocí la voz de Robert. — Aquí estas.



    Me volví para verlo. Venía acompañado de Palmira y Ralph. Los tres caminaron hasta mí, y se acomodaron a la sombra de mis matorrales. Robert a mi derecha y los otros dos, hablando entre ellos, a mi izquierda.



    — Así que, ¿ya puedes contarnos el porqué de este viaje? — preguntó la leona.



    — Oh, sí — lo había olvidado. Me levanté de mi sitio para caminar al borde de la ladera, cuidando no caer de nuevo en el rio, y el pequeño grupo me siguió. —En realidad estamos viajando hacia mi hogar.



    — ¿Tu hogar? — repitió Robert, extrañado.



    Seguro era la primera leona en llegar a su manada provisional con deseos de retornar a los terrenos de su familia.



    Me limité a asentir y esbozar una pequeña sonrisa.



    — Anoche le pedí a Oswald que me dijera la forma más rápida de regresar al reino — expliqué —, pero él accedió a acompañarme. Louis decidió que la manada completa iría porque, como explicó, era hora de abandonar estas tierras.



    — Espera, ¿dijo reino? — se sorprendió Ralph, mirándome con aquellos ojos negros que tenía. — ¿Un reino de leones? Jamás había escuchado algo así.



    — Es el reino de mi familia — expliqué extrañada.



    ¿A caso nadie lo conocía? Era consciente de que no había nada similar en las áreas próximas. El nuestro era el único reino existente hasta donde yo sabía y eso era, precisamente, lo que lo convertía en un lugar especial. ¿Cómo podían simplemente no saber de su existencia?



    Y así empezó una oleada de preguntas.



    — ¿Te refieres a que tu familia lo fundó? — siguió Palmira



    — ¿Qué significa exactamente eso de “reino”? — volvió Ralph.



    — ¿Viven solamente leones?



    — ¿Dónde está?



    — ¿Tienes sirvientes?



    — ¿Puedes…



    — Oigan, tranquilos — los interrumpió Robert. — Déjenla respirar.



    Le dediqué una mirada de agradecimiento al león. Empezaba a abrumarme con tantas palabras. Y ahora que se habían terminado, tenía tres pares de ojos fijos sobre mí, expectantes y a la espera de que resolviera sus dudas. Suspiré, buscando la mejor forma de explicarlo.



    — Bueno, por dónde empezar… Sí, mi familia lo fundó hace muchas generaciones atrás — me coloqué en medio de ellos para que todos pudiesen escuchar. — El primer rey de Las Praderas fue el rey Nkösi, la primera piedra que forjó nuestro hogar y el creador de la idea, por cierto. Según las historias que escuchaba de niña, él provenía de tierras lejanas donde debías pelear por lo que considerabas tuyo o alguien más lo tomaría para sí.  



“Nkösi estaba cansado de ese estilo de vida, así que, seguido por un par de leonas de su manada, partió en busca de un mejor sitio para vivir. Caminaron durante días, hasta que encontraron un lugar apto para reiniciar sus vidas: Las Praderas.



“Estas estaban habitadas únicamente por manadas de herbívoros, tenía grandes manantiales y amplios pastizales dónde cazar. Nkösi y las leonas encontraron en el camino a otras tres hembras con quienes se aliaron, y formaron la primera manada de las tierras. Decidieron que el lugar les agradaba, y se asentaron en un enorme monumento natural al que llamaron poco después la Roca del Rey y…



    — ¿Qué es eso? — interrumpió Ralph.



    — Lo sabrás cuando lleguemos — agregué, como su fuese un secreto. Luego, proseguí con la historia. — Nkösi se dio cuenta que habitaban otros depredadores en la zona. Había guepardos, chacales, licaones y sobre todo, hienas. Un gran número de ellas. Nkösi estaba acostumbrado a pelear, pero odiaba hacerlo porque era un método injusto y decidió que no pelearía con ellos por el alimento. Así que reunió a las manadas que vivían en la zona para llegar a un acuerdo: impondrían reglas para hacer la convivencia más pacífica y justa para todos, tanto herbívoros como carnívoros. Los animales estuvieron de acuerdo con los términos, y aceptaron que él fuera el regulador de dichas leyes.



“Claro que no todos estuvieron conformes. Las hienas, que eran mayoría y los predadores principales de la zona, no estaban de acuerdo con que un león les dijera que hacer, y no obedecieron las reglas. Nkösi se vio obligado a expulsarlas de sus territorios. Pero él no era injusto, así que las envió a vivir en un lugar inhóspito y carente de vida, pero que pudiese proporcionarles alimento: un cementerio de elefantes.



    — Eso suena aterrador — comentó Robert.



    — Lo es, pero solo así se pudo mantener un equilibrio en el nuevo reino. Cuando él murió, el deber de mantener todo bajo control pasó a su primogénita, Azálea, quien gobernó sola durante muchos años hasta la llegada de su único hijo, Moto. Y así, el derecho al trono fue heredado de una generación a otra, recayendo el poder sobre la primera cría de la pareja real.





    — ¿A qué te refieres con eso… las reglas? — inquirió Ralph como si jamás hubiese escuchado esa palabra.



    — Los términos que definen nuestra convivencia con las demás especies. Knösi sabía cómo era la vida fuera de su nuevo territorio, y entendía que todos debían respetar el lugar de los demás para que las cosas pudiesen funcionar. El equilibrio natural. Ningún animal puede matar o herir a alguna cría; los carnívoros deben cazar solo lo necesario; nadie puede…



    — ¿Y si no se cumplen? — insistió el león de los rulos.



    — Eres expulsado de Las Praderas.



    — Eso suena a demasiado trabajo — bostezó el chico. — En casa a nadie le importaban cosas como esa. Mientras no faltaran las presas y nadie se metiera en nuestros territorios, para nosotros estaba bien. Papá era muy protector con nosotros.



    — Para ti todo es demasiado trabajo — bufó la leona, sumergiendo una de sus manos en el río para mojar a su compañero.



    — ¿Y ahora eso por qué fue? — replicó Ralph, sacudiéndose las gotas que habían caído en su melena.
    Palmira se encogió de hombros, antes de volver a salpicar al chico. Ralph no tardó en buscar la revancha, y ambos saltaron a las orillas del río para pelear entre ellos.



    Robert y yo tuvimos que detenernos, a la espera de que regresaran con nosotros. Pero estaban tan sumidos en sus juegos que parecían haberse olvidado de nuestra presencia.



    Intercambié con él una mirada de resignación, y reanudamos nuestra mancha por el cauce. La cantidad de agua que corría por el río, producto de las constantes lluvias, había deslavado la tierra cercana y la había convertido en una especie de arenisca, fresca y suave, que era agradable de pisar.



    — Si alguna vez llego a estar así con alguien, me lanzaré de nuevo a este río — aseguré, escuchando en la distancia las risas de Palmira y Ralph.



    — Debería probar a caer de un árbol cuando estás dormida. Eso debe bastar para acomodarte las ideas.



    Reí junto con él al recordar el incidente de esa mañana.



    — Sabes que esa no era mi intención — me defendí. — Pero tienes que admitir que fue divertido.



    — Para mí no — bufó.



    — Para mí y para Palmira sí.



    — Y supongo que con eso es suficiente.



    — ¿Esperabas algo más? — sonreí.



    Robert me devolvió la sonrisa, entrecerrando los ojos.



    — ¿Qué hacías antes de que llegáramos?



    Me encogí de hombros.



    — Nada importante, no tenía nada que hacer. Oswald y los demás están tomando una siesta, y aún no tengo amigos por aquí, así que…



    — Me tienes a mí — me dio un ligero empujón mientras sonreía.



    No estaba muy segura de por qué, pero eso me hacía sentir mejor. Algo en la calidez de su sonrisa, o en el brillo de sus ojos me resultaba tranquilizador. Y me agradaba.



    — Gracias — sonreí, justo antes de notar que algo salpicaba mi rostro. Diminutas gotas que parecían venir de arriba — Esto… ¿está lloviendo?



    Ambos alzamos la mirada hasta el cielo. Unas amplias nubes, ligeramente grises, cubrían el cielo sobre nuestras cabezas. Las delgadas gotas parecían hacer rayas extremadamente delgadas en el paisaje, y resultaban más obvias cuando pasaban frente al sol.



¿El sol?



    — Pero está soleado — indicó Robert al notarlo también.



    — El clima aquí es extraño.



    — Corre, ahí hay un lugar donde podremos esperar a que se detenga.




   Baje la cabeza de regreso al río y seguí la mirada del león. No muy lejos de la rivera había una pequeña colina y sobre esta, a unos cuantos pasos de nosotros, localicé un par de piedras planas sobrepuestas entre sí que dejaban una amplia brecha en el medio. No lucían muy cómodas, pero era mejor que mojarse.



    Continuará...
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Re: Lian's Story (Fan Fiction)

Mensaje por KIRAN27 el Dom Feb 19, 2017 6:20 am

buen capitulo hermana lily vaya es genial y muchas bromas entre los 2 ejej espero que continues y que no les pase nada y que no se metan en problemas saludos y rugidos y un fuerte abrazo hermana lily nwn
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Re: Lian's Story (Fan Fiction)

Mensaje por princesstwivinecadenza el Dom Feb 19, 2017 4:44 pm

Me encanta mucho la historia amiga espero que sigas pronto ya quiero leer lo que sigue me gusta mucho 
Saludos  :sim:
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Re: Lian's Story (Fan Fiction)

Mensaje por KIRAN27 el Mar Feb 28, 2017 5:51 am

buen capitulo hermana lily  y vaya que te parece es genial ver ese gran momento entre ellos que gran amistad espero ver mas pronto saludos y rugidos y un fuerte abrazo hermana lily nwn
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Re: Lian's Story (Fan Fiction)

Mensaje por LillyDiaz18 el Lun Mar 20, 2017 3:34 am

@KIRAN27 escribió:buen capitulo hermana lily vaya es genial y muchas bromas entre los 2 ejej espero que continues y que no les pase nada y que no se metan en problemas saludos y rugidos y un fuerte abrazo hermana lily nwn

Muchas garcias por comentar, Kiran  Very Happy Very Happy

@princesstwivinecadenza escribió:Me encanta mucho la historia amiga espero que sigas pronto ya quiero leer lo que sigue me gusta mucho 
Saludos  

Hola, princesstwivinecadenza!!  Very Happy Very Happy
Muchas gracias por pasar a leer y por tomarte el tiempo de escribirme un comentario, lo aprecio mucho 

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Hola, manada 

Despues de estar medio muerta en trabajos por un mes, aproveché el "puente" que se nos dio este lunes para desvelarme y regresar un rato al foro (no, no me he ido ni pienso hacerlo en un buueeenn tiempo... es solo que ya casi no tengo vida xc) para ver qué a pasado por aquí y actualizar el fic.
Dejo aquí la otra parte del capítulo:

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Spoiler:

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    Capítulo 15: Camino de vuelta (2/2)


    Seguí a Robert por la ladera y colina arriba, trotando para evitar llegar empapados a nuestro refugio.



     — ¿Hay espacio suficiente? — pregunté casi al llegar. Él llevaba la delantera. — La última vez que estuvimos en una cosa de estas casi no podía respirar y… wow — detuve mi parloteo al ver el interior.



    Lo que parecían ser solo un par de piedras apiladas era en realidad la boca de una cueva subterránea. La primera parte del suelo era recto y estaba nivelado. Más adelante, y siguiendo la curvatura de la colina, el terreno descendía suavemente hasta la parte más profunda de la cueva, varios metros más abajo. Era casi del tamaño de nuestra guarida en la Roca del Rey.



    — Las apariencias engañan — exclamé, entrando a la cueva. — ¿Crees que deberíamos decirles a los demás que vengan?



    Me sacudí para deshacerme de las gotas que empapaban mi pelaje.



    — ¿Y mojarnos más? — Robert me imitó. — Yo paso. Además, seguro ya encontraron un lugar donde esconderse.



    El chico se tumbó junto a la entrada para observar el paisaje exterior. Yo me recosté a un lado. Escuchar la lluvia era tan agradable como el olor de la tierra mojada. Inhalé hondo para impregnarme del aroma.



    — Si tú lo dices — suspiré. — Los conoces mejor que yo.



    Él bufó y puso los ojos en blanco por un instante.



    — Eso crees, apenas cruzamos algunas palabras.



    — Deberías hablar más con ellos — insistí, recordando la noche anterior y la sensación que había tenido al sentir el apoyo de todos. — Quien sabe, tal vez podrías encontrarte con algo inesperado.



    — ¿Cómo qué? — masculló, clavando la vista al frente.



    — Cada cabeza en un mundo, y nunca debes juzgar antes de conocer — sonreí, aunque sabía que él no podía verme hacerlo. — Podrías encontrar a alguien como esta cueva.



    — Lo dudo. Ellos son… — suspiró. — Ya lo he intentado, pero jamás podremos llevarnos bien.



    — Nunca niegues algo a futuro — ensanché mi sonrisa. Al menos hasta que recordé que Simba me había dicho esas mismas palabras. Cambié el tema antes de que el recuerdo me supiera amargo. — ¿Qué me dices tú? ¿Cómo era el lugar dónde vivas?



    El moreno bajó la mirada hasta sus patas. Con el dedo índice dibujó algunos círculos en la tierra. Esbozó una media sonrisa.



    — Era una hermosa estepa — recordó. — Cruzando esas montañas, papá había conseguido un territorio amplio para nosotros. Cada noche dormíamos en un lugar diferente, aunque generalmente solíamos hacerlo dentro de nuestra guarida al pie de la montaña. Las manadas pasaban las temporadas de lluvia ahí para tener a sus crías cerca de los ríos, donde a veces íbamos a pasar el rato, intentando atrapar algún pez — alzó la cabeza para mirar el exterior nuevamente. — Era agradable.



    — ¿Lo extrañas? — pregunté, aún sin olvidar lo que Yudhenic había dicho al respecto.



    ¿Cuánto tiempo llevaría fuera de casa?



    — Aunque lo hiciera, no puedo regresar — suspiró.



    — ¿Por qué no?



    Sacudió ligeramente la cabeza.



    — Demasiados problemas.



    — Ya veo.



    — Háblame más sobre Las Praderas — finalmente, decidió mirarme. — ¿Cómo son?



    — Diferentes a todo esto — hice un ademán con la mano que señalara toda el área a nuestro alrededor. —Aquí hay muchas plantas que no crecen en casa, y viceversa. Por ejemplo, los baobabs. Llevo tres días aquí y no he visto un solo baobab en todo este tiempo. Ni siquiera uno pequeño. Extraño verlos.



    — ¿Qué son? — arrugó la frente.



    — Árboles enormes. Ya los verás — sonreí, observando el cielo poblado de nubes. Los rayos de sol aún caían sobre la superficie de estas. — Rafiki, nuestro hechicero, vive en uno: el más alto de todos. La cima de ese baobab se ve desde nuestra guarida, y dicen que es tan viejo que vio cuando Nkösi y su familia llegaron a Las Praderas. Rafiki tiene varios dibujos en las ramas del baobab sobre eso. En realidad, ¡sobre casi todo! Cuando era cachorra, solíamos visitarlo para que nos contar alguna historia. Es como si supiera todo lo que ha pasado y… — me interrumpí al notar la mirada de Robert sobre mí.

   —  ¿Qué?



    — Nada — se encogió de hombros. — Te entusiasmas tanto al hablar de tu hogar que ya hasta siento que yo también lo conozco.



    Reí entre dientes y bajé la mirada hasta mis patas. Sobre la tierra dibujé algunas líneas con el dedo, igual que él. Y ninguno agregó una sola palabra más en los minutos que siguieron. El silencio no me pareció incomodo con aquella atmósfera, fresca y tranquila, respirando el aroma de la tierra mojada y un aroma dulzón pero masculino que reconocí como el perfume de Robert. Esperaba que yo no oliera como perro mojado gracias a la lluvia.



    La lluvia. Ya no se escuchaba el caer de las gotas contra las hojas de los árboles o los pastizales.



   Levanté la mirada para descubrir que, en efecto, la lluvia había cesado. No había sido una lluvia torrencial, apenas un ligero chubasco para humedecer la sabana, pero me parecía que había durado extrañamente poco. Hubiera deseado poder disfrutar un poco más de tiempo ahí.



    — Parece que la lluvia se detuvo — señalé, aunque Robert ya lo había notado. — Será mejor que vallamos a buscar a los demás.



    Sin más preámbulos, me levanté y salí al exterior. La sensación de la tierra húmeda y las matas de pasto cubiertas de diminutas gotas de agua era sumamente agradable bajo mis patas. Me permití enterrar ligeramente las garras en ella mientras esperaba al chico.



    — Aún está nublado, pero dudo que vuelva a llover — dijo cuando llego a mi lado.



    Levanté la mirada para buscar el sol. Estaba ya bastante abajo. Seguro solo tendríamos un par de horas más de luz. Empecé a calcular el tiempo que teníamos cuando algo en el cielo capturó mi atención.



    — ¡Mira! — exclamé. — Un arcoíris.



    El moreno siguió la dirección de mi mirada para ver aquel fenómeno natural. Podíamos ver apenas una pequeña fracción de este asomándose entre las nubes, pero lucía hermoso revestido con sus siete colores en contraste con el gris muerto de las pocas nubes que quedaban.



    — Hacía años que no veía uno — sonrió el león. — Mi hermano y yo solíamos jugar a perseguirlos, intentando alcanzarlos. 



    — ¿Tienes un hermano?



    Mi compañero abrió la boca para responder cuando algo lo interrumpió.



    — ¡Hola! — gritó una voz a mi lado, lastimándome el oído. Me volví para descubrir a Palmira. — ¿Dónde se habían metido?



    — En una cueva… — respondí.



    —…para no mojarnos — terminó el moreno.



   Ambos intercambiamos una mirada al percatarnos de nuestras propias palabras, antes de soltar un par de carcajadas.



    — Qué delicados — murmuró Ralph de forma apenas audible.



    Supuse que Robert debió haber escuchado ese comentario puesto que, por un breve instante, puso los ojos en blanco y retomó nuestro camino en busca de la manada. Estaba a punto de seguirlo cuando Palmira nos detuvo.



    — Ni se muevan. La manada viene hacia acá.



    — ¿En serio? — arqueé una ceja.



    La leona asintió.



    — Louis dijo que quería buscar un lugar seco para dormir. Y parece que ustedes ya lo encontraron.



    Señaló algo a mis espaldas. Por el rabillo del ojo pude ver que se refería a nuestra cueva. Abrí la boca para hablar cuando noté algo de movimiento detrás de Palmira. En la distancia, reconocí los rostros de la manada, liderados por Louis y Oswald. Desde la noche anterior, cuando el moreno le explicó a su líder la idea de partir, ambos se habían estado comportando extrañamente amigables entre ellos. Era la primera vez que los veía tratarse así desde que había llegado. Esto, como consecuencia, había desplazado a Mönche a un tercer lugar, obligándolo a caminar detrás de ambos.



    Abrimos paso a los recién llegados. Palmira y Ralph a la izquierda, Robert y yo a la derecha. Louis saludó con un ademán de la cabeza y continuó avanzando hasta la cueva. Oswald se detuvo frente a mí, dejando al resto de la manada seguir a su líder y permitiendo a Mönche retomar su lugar junto a su hermano. Robert se tensó ligeramente ante la presencia del león.



    — Espero que esto no nos retrase demasiado, Lian — dijo este. — Hoy salimos temprano, así que eso nos hizo ganar tiempo. Esperamos llegar a Las Praderas dentro de tres días.



    — Gracias, Oswald.



    El león se alejó en dirección a la manada. Empecé a caminar tras él, haciéndome a la idea de pasar la noche dentro de la cueva. Con algo de suerte, no sería demasiado fría y podría conciliar el sueño para continuar mañana con el viaje.



    — ¿A dónde vas? — me detuvo Robert.



    Me quedé quieta para verlo, parado junto a Palmira y Ralph.



    — A la cueva, todos están entrando. ¿Ustedes no irán?



    — Cuando terminen de acomodarse, nosotros elegiremos un lugar — resolvió la leona, antes de dar media vuelta y alejarse con Ralph tras ella.



    Robert se quedó estático en su lugar, observando durante unos instantes cómo su amiga se alejaba. Luego, se volvió hacia mí, mirándome como un cachorrillo curioso a la espera de que yo tomara una decisión.



    — Bueno, supongo que puedo acompañarlos.



    El chico sonrió ante mi respuesta, y juntos nos encaminamos hacia el sitio donde los otros dos habían ido a recostarse: a la sombra de un miombo en cuyas ramas empezaban a aparecer algunas vainas verdes, portadoras de sus preciadas semillas. 



    Pasamos casi una hora ahí, disfrutando del ambiente, contando chistes y anécdotas de nuestras vidas. El humor de Robert no siempre era demasiado bueno, y a veces, eso lo hacía ganador de un codazo o un comentario sarcástico por parte de Palmira. A pesar de eso, conseguía hacerme reír. Al principio la conversación era entre los cuatro, pero gradualmente, Palmira y Ralph fueron apartándose para sumergirse en su propia conversación como los aburridos enamorados que eran. Para cuando llegó el crepúsculo, Robert y yo nos habíamos enfrascado en una conversación muy diferente a la de los otros dos, hablando de todo y de nada, riendo por cualquier estupidez y viendo cómo el día llegaba a su fin, anunciado por un centenar de estrellas.



     — Pues yo no veo nada — dijo él después de que le contara la historia de mi padre intentando enseñarme la constelación del león.



    — Lo mismo decía yo, pero está ahí — aseguré. — Intenta de nuevo.



    Robert me miró con desconfianza, antes de volver los ojos al cielo, ahora completamente libre de nubes. Me quedé observando su perfil mientras él escrutaba el firmamento. La forma de su nariz resultaba aún más interesante desde ese ángulo, con esa curiosa protuberancia en el medio. Parecía que sus cejas casi podían tocarla cuando fruncía el ceño, intentando encontrar forma a la constelación. Me recordó a mí de pequeña, y me descubrí a mí misma pensando que era tierno.



Valla efectos de la luz de luna.



    — Nop, no encuentro a tu león — se rindió.



    — Tal vez tengas que verlo desde otro ángulo — especulé, pensando en las posibilidades que teníamos de caminar hasta otro punto de la sabana a esa hora de la noche.



    — ¿Así? — sonrió, torciendo el cuello para girar su cabeza hacia abajo, apoyándola sobre mi brazo.



     — No me refería a eso — reí.



    — ¿Entonces a esto?



    Robert giró sobre su lugar, quedando boca arriba y con las patas suspendidas en el aire. Me observó, divertido.



    — ¡No!



    — Al menos puedo ver otras formas desde aquí.



    — ¿Cómo qué?



    — Eso de allá — apuntó con el índice un grupo de estrellas que asomaban tras las montañas — parece el trasero de un elefante.



    — Eres un sucio  — arrugué la frente con repulsión.



    — ¡Es en serio! — rio. — Tienes que verlo desde aquí para encontrarlo.



    ¿Me estaba invitando a buscar un trasero en el cielo?



    Podía parecer una estupidez, pero accedí a su propuesta. Giré mi cuerpo sobre la hierba fresca e imité la posición del león. No había notado el frío que hacía hasta que expuse mi abdomen al aire fresco de la noche. Un pequeño escalofrío contrajo mi cuerpo.



    — Está ahí — indicó el moreno.



    Siguiendo la dirección indicada por su dedo, fijé mi atención en las montañas. El grupo de estrellas que había localizado con anterioridad estaba ahí, pero ahora adquirían otra forma. No me costó ver lo que Robert veía.



    Demonios, tenía razón. No tenía contornos muy definidos, pero se semejaba mucho a la parte posterior de un elefante, con sus gruesas patas, las orejas asomando a los lados, e incluso, un diminuto intento de cola.



    Reí ante tan absurda realidad. El chico me imitó.



    — No puedes ver la forma de un león en el cielo pero sí la de un trasero.



    — Todos tenemos dones distintos.



    — Pues vaya habilidad la tuya — exclamé, con un tono ligeramente sarcástico. — No puedo esperar a ver en cuentas cosas es útil un don así.



    — Al menos puede hacernos reír — tocó mi nariz con la punta de su dedo, gesto que me tomó por sorpresa aunque no duró más de un segundo.



    Le dediqué una sonrisa para luego volver la mirada al cielo en busca de alguna otra constelación con figuras extrañas. Sin embargo, me topé con algo aún más extraño. Una línea efímera que surcaba el firmamento; blanca y elegante como las grullas trompeteras. Sentí un revuelo en el estómago al reconocer lo que era.



    — ¡Una estrella fugaz! — exclamé. — ¿La viste?



    — Sí.



    — Pide un d deseo — agregué, sintiendo por un momento como si una parte de mi infancia regresara.



    No estaba segura de cuándo había sido la última vez que había visto una, pero estaba segura que había sido hacía años. Después de que Timón y Pumba nos encontraron y nos llevaron a vivir con ellos, no era muy común que dedicáramos el tiempo que antes reservábamos para trivialidades como buscar estrellas fugaces. Claro que a veces, si el clima lo permitía, subíamos hasta un claro en la selva, donde podíamos tumbarnos sobre la hierba y observar la noche. Pero preferíamos pasar esos momentos charlando con el jabalí y el suricato. La costumbre lentamente se la tragó el tiempo, víctima de nuestro olvido.



    — De acuerdo — asintió el león. — Deseo…



    — Si lo dices en voz alta no funcionará — interrumpí, recordando todas aquellas veces en las que Simba y Nala me repetían aquella regla. Y, siguiendo esto, cité: — Las estrellas fugaces son delicadas. No quieren que nadie más conozca tus anhelos. Debe ser algo entre ellas y tú. Así sabrán que lo que deseas es lo que más quieres en verdad.



    Robert arrugó las cejas, extrañado. Pero cerró los ojos y decidió seguirme la corriente. Yo lo imité, y me dejé llevar por el momento y la sensación de viajar varios años atrás. Por un segundo pude volver a sentir las piedras de la parte posterior de la Roca del Rey bajo mi espalda; pude sentir el aire de nuestras praderas y el aroma del pasto seco; pude escuchar las voces de Nala y Simba discutiendo por quién había sido el primero en ver la preciada estrella.




Deseo volver pronto a casa.
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Re: Lian's Story (Fan Fiction)

Mensaje por KIRAN27 el Mar Mar 21, 2017 8:03 am

buen capitulo hermana lily vaya si que hay muchas risas entre los 2 pero tambien momentos interesantes jeje saludos y rugidos y un fuerte abrazo hermana lily espero que sigas pronto nwn
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Re: Lian's Story (Fan Fiction)

Mensaje por LillyDiaz18 el Jue Jun 01, 2017 11:41 pm

@KIRAN27 escribió:buen capitulo hermana lily vaya si que hay muchas risas entre los 2 pero tambien momentos interesantes jeje saludos y rugidos y un fuerte abrazo hermana lily espero que sigas pronto nwn

Muchas gracias, Kiran, me alegra que ye haya gustado el cap  Very Happy
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Hola, manada!!
Vengo a actualizar (han pasado 84 años) auanque tal vez ya casi nadie lee esto jaja
Aquí el cap que sigue  Wink
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Spoiler:
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    Capítulo 16: Recién llegado (2/2)


    Esa mañana desperté gracias al sonido de unas voces cercanas. Abrí los ojos de mala gana, encontrándome recostada contra uno de los costados de la cueva.



    Mi mente pronto recordó la noche anterior cuando, después de pasar un rato con Robert, decidimos que estábamos lo bastante cansados como para ir a dormir. Habíamos entrado a la guarida y, a partir de ahí, cada uno tomó su rumbo en busca de un hueco para dormir. Como siempre, Oswald y su grupo me habían reservado un espacio. Por su parte, los otros tres chicos habían ido a acurrucarse en la entrada de la cueva, donde estarían lo bastante apartados del resto.




    — En mi defensa no tengo nada que decir — esa era la voz de Oswald. —Siempre he sido un hijo de p… ¡Yudhenic!



    Y ese un golpe de la leona.



    Me desperecé en mi lugar antes de acercarme a ellos, lenta y silenciosamente, para ver lo que ocurría. Podía ver a dos leonas sentadas en la entrada de la cueva. Sus complexiones no me resultaron familiares, por lo que supuse que debían ser las únicas dos chicas con las que no había hablado hasta ahora: Danny y Arafa.



    — Soy adorable, no pueden odiarme — siguió Oswald mientras yo me acercaba.



    — ¿En serio creen que aún esté vivo? — preguntó Mönche.



    La curvatura del terreno me impedía tener una buena visión, pero estaba casi segura de que el león se encontraba afuera y de frente a la cueva.



    — Mönche, cualquiera puede ver que aún está respirando — respondió una de las leonas, la del pelaje oscuro. Arafa, si mi memoria no me fallaba.



    — ¿Sí? Pues a mí me parece que no va a durar mucho — insistió.



    Para ese punto de la conversación, yo estaba a poco más de un metro detrás de Arafa y Danny. Oswald y Yudhenic estaban sentados sobre el flanco izquierdo de las leonas, y Mönche sobre el derecho. Parecían estar sentados en torno a algo que no alcanzaba a ver.



    — ¿Ves? — inquirió Oswald. — No soy el único que lo opina, este sujeto está muerto.



    — Hola — saludé para integrarme a la plática. Me senté entre Oswald y la que creía que era Danny. Me sorprendí al descubrir que lo que rodeaban era un león inconsciente — ¿Quién es él?



    Su pelaje era dorado, más oscuro que el de mi hermano, y su melena del color de la tierra húmeda. Tenía un par de golpes a lo largo de su cuerpo, y uno que otro en las patas. Debería tener una edad aproximada a la nuestra.



    — Ni idea — Yudhenic se encogió de hombros. — Louis y Sammer lo encontraron esta mañana y ya estaba así.



    — Lo dices como si fuera un objeto — se quejó Oswald.



    Bajé la mirada hasta el desfallecido león. Tenía que admitir que era bastante bien parecido. De facciones masculinas, cejas tupidas, pelaje claro y una melena bastante desarreglada.



    — Da lo mismo, está muerto — sentenció Mönche.



    Las aletas de su nariz se abrían y cerraban lentamente, y su tórax se ensanchaba a su ritmo. Aún respiraba, ¡claro que no estaba muerto!



    — ¡Mönche! — lo reprendió Arafa.



    Entonces, el chico frunció levánteme el ceño y crispó los ojos. Estaba despertando.



    — Oigan, se está moviendo — advertí al resto.



   Sus párpados se levantaron lentamente, dejando al descubierto unos profundos ojos verde amarillo. Sus pupilas no tardaron en enfocarnos, a pesar de lucir bastante desorientado.



    — ¿Dó-dónde estoy? — tartamudeó.



    — Te encontramos en medio de la sabana — explicó Yudhenic. — ¿Cuál es tu nombre?



    — Fremont — el león levantó la cabeza, con un gesto de dolor.



    — ¿Cómo te sientes, Fremont?



    — Me duele la cabeza — se llevó una pata a la sien.



    — ¿Recuerdas qué te pasó? — preguntó Arafa.



    — No.



    Fremont intentó ponerse de pie, pero trastabilló y regresó al suelo. Yudhenic lo detuvo para que no volviera a hacerlo.



    — Está bien, no te levantes — dijo. — Debes tener hambre, espera a que nuestra manada regrese con algo para comer.



    El chico la observó confundido, preguntándose quienes eran todos los extraños que estaban frente a él. Lo entendí, yo ya había pasado por eso. Seguro ahora estaba en la parte donde empezaba a pensar cómo escapar de nosotros.


    Aburrido. Cliché. Poco interesante.



    — ¿Alguien sabe dónde están Palmira y Robert? — lancé la pregunta.



    Ya que las leonas se habían dedicado a atender al neófito, Oswald se vio obligado a responderme.



    — Palmira se fue con Ralph desde temprano — ¿por qué no me sorprende? — y Robert debe estar con la partida de caza. Hoy es su turno.



    Asentí en agradecimiento y me alejé del grupo a trote. Recorrí las orillas del río, permitiéndome disfrutar del placer que era sentir la arenisca fresca entre los dedos. Tuve que recorrer varios metros hasta que olfateé el rastro de Robert. Empecé a seguirlo, alejándome del río para adentrarme en la sabana. Mi olfato me guio lejos de la cueva, lo suficiente como para empezar a ver las manadas migratorias. Continué avanzando hasta llegar a una zona cubierta de hierba, lo bastante buena como para cazar. La partida no debía de estar lejos.



    Reconocí la melena negra del león mal camuflada entre el pasto. No estaba demasiado lejos de mí, así que decidí acercarme en silencio para sorprenderlo. Como hacía cuando estaba de caza, lo aceché y caminé agazapada entre la hierba para que no me descubriera.



    El aroma de la tierra mojada era mucho más intenso entre las matas de pasto. Por un momento estuve tentada a recostarme ahí un instante, dar un par de vueltas sobre el terreno, y olfatear la tierra durante un largo rato. Pero mi instinto me impulsó a seguir.



    Cuando percibí el aroma dulzón del chico de forma más intensa, y localicé su figura entre la hierba, ralenticé mi paso. Me aproximé con sumo cuidado tanto como era posible para que no me escuchara. Y salté en su dirección.



    — ¡Hola! — exclamé para sorprenderlo.



    Y valla que lo sorprendí.



    Pero no de la forma que yo esperaba.



    Me tomó un par de segundos, el chillido de alerta de una cebra, y el repiqueteo de dos pares de cascos sobre la tierra para entender lo que estaba pasando. Robert había estado acechando una presa y yo lo había interrumpido.



    El león se levantó de su posición, solo para observar como la cebra escapaba a saltos. Se volvió hacia mí y frunció el ceño, aunque en sus ojos pude ver que no estaba molesto. Era más bien algo parecido a la tristeza.



    — ¡Lian! — se quejó. — Acabas de hacerme perder mi presa.



¡Bah! Como si realmente fueras a atrapar algo, reprimí esa voz en mi cabeza.



    — ¡Oh! ¿Estabas acechando? — pero ella ya había tomado el control de mis labios.



    — Sí, ¿por qué? — inquirió el chico, empezando a caminar. — ¿Tienes algún problema?



    — No, pero incluso yo podría hacerlo mejor.



    Robert puso los ojos en blanco, aunque esbozó una sonrisa de todas formas. Reí al ver su expresión.



    — Tu pasatiempo favorito es molestar, ¿cierto?



    — Solo cuando se da la oportunidad, lo cual es bastante seguido — di un par de saltos para alcanzarlo y caminar a la par con él. — ¿Qué haces aquí? Me dijeron que hoy tenías que ir con la partida de caza. ¿Dónde están los otros?



    El moreno retrajo las orejas y apartó la mira un segundo.



    — Bueno… no soy muy bueno en esto, Lian — admitió. Como ya lo sabía, tuve que fingirme sorprendida. — Quería hacer un intento por mi cuenta antes de ir con la manada.



    — ¿Con una cebra? — bufé. — Robert, ¿sabes cuánto tiempo me tomó poder matar a una presa mediana por mi cuenta? Deberías intentar con algo más pequeño si no quieres saber lo que es una patada de cebra. Porque créeme: no es algo lindo.



    Nos alejamos del área de caza en dirección a un grupo de acacias.



    — No quiero equivocarme allá afuera. Todos se reirán de mí.



    — No lo harán porque no vas a equivocarte, ¿entiendes? — me paré frente a él para detenerlo y obligarlo a verme de frente. — Yo confío en ti.



    Él volvió a apartar la mirada.



    — Pero yo no.



    — Estarás bien. Por eso cazamos en equipo: para ayudarnos.



    — Sí, pero…



    — ¡Robert! — llamó alguien en la distancia.



    Ambos nos volvimos en la dirección de la que provenía aquella voz. Louis y la cuadrilla en turno estaban observándonos desde lo alto de una pequeña cuesta. El viento movía dramáticamente la melena cobriza del león.



    — ¡Anda! — lo animé. — Te están llamando.



    Él me dedicó una mirada de pesar a la que tuve que responder empujándolo. Era apenas más grande que yo, pero de anatomía fuerte y músculos definidos, por lo que intentar moverlo resultó toda una odisea. Al final, el angustiado león cedió ante mi insistencia y corrió para reunirse con el resto. Y una vez que Robert llegó hasta su posición, la cuadrilla, encabezada por Louis, se internó en el área de hierba crecida y desapareció de mi vista.



    Por curiosidad, decidí quedarme a observar la cacería. Quería ver con mis propios ojos que tan veraces eran las palabras y opiniones sobre su mala condición. Me senté, a la sombra de las acacias, y observé al grupo acorralar discretamente algunos kudúes. Por suerte solo eran hembras: nadie quería arriesgarse a recibir una embestida con los cuernos de espiral de los machos.



    Nunca había apreciado la masacre desde un punto externo a la misma. O participabas en la caza o no tenías nada que estar haciendo ahí. Pero aquí era diferente, y no había nadie que me reprendiese por no hacer mi parte.



    Ese era otro punto a favor de la vida en solitario.



    De un momento a otro, Arafa se abalanzó sobre la garganta del primer kudú que le pasó por enfrente. Al ser presas medianas, no necesitaban mucha ayuda para derribarlas. Karen apareció a su lado, abalanzándose sobre la segunda más cercana.



    El resto de los herbívoros, aterrados, empezaron a escapar de ellas. Tres más terminaron entre las garras de Danny, Edward y Sameer, el león de melena rubia. Arafa y Karen volvieron a la jugada, dejando a sus presas en medio del campo, muertas… o exhalando sus últimos alientos. De cualquier forma, ya eran parte del menú.



    ¿Dónde estaba Robert?



    Me sorprendió ver que el chico no estaba compitiendo por atrapar algo. Fue hasta que un kudú saltó sobre él cuando pude verlo entrar en acción. Una pésima acción. Intentó asestarle un zarpazo en la cabeza que, obviamente, el animal logró sortear. El león se vio obligado a perseguirlo, y Louis no dudó en correr tras el kudú también (¿o iba por Robert?).



    Los movimientos del castaño eran mucho más gráciles que los del moreno. Pronto lo pasó de largo y se abalanzó directo a la presa, robándole a su compañero la oportunidad de hacerlo por él mismo. Louis y el antílope cayeron juntos entre la hierba, mientras el león le cortaba la respiración con una mordida. Robert llegó demasiado tarde.



    ¿Por qué no le permitían hacerlo solo? ¿A caso era tan malo? ¿No querían arriesgarse a perder una presa? No estaba segura.



    Me levanté de mi sitio y corrí a encontrarme con mi nuevo amigo. Él observaba a Louis acarrear con las fauces el kudú que había estado acechando. No estaba muy segura de los sentimientos de Robert, pero en su lugar, yo habría estado bastante molesta por lo ocurrido. Robar la presa de otro y llevarse todo el crédito era algo inaceptablemente grosero.



    — ¿Qué tal? — lo saludé.



    Sonrió al verme.



    ¿Por qué hacía eso? Era como si hubiese estado en medio del infierno y en un instante viese un ángel salvador que iba a su rescate. Y por el concepto que yo tenía de mi misma, no me parecía en nada a un ángel.


    — Estupendo — mintió. Luego agregó, nervioso. — ¿Estuviste observando?



    — No — devolví la mentira. — Regrese para ayudarlos a cargar esto.
    Robert me miró extrañado.



    — ¿Cargar?



    — ¿No te enteraste? — arrugué la frente. — Los chicos encontraron a un forastero medio muerto esta mañana. Debemos llevarle algo de comer.



    Y dicho esto, tomé la primera presa que encontré en mi camino. Estaba casi segura de que era la que había atrapado Karen la primera vez. No era demasiado pesada, había acarreado animales de mayor porte hasta la Roca del Rey. Robert me imitó, y seguimos al grupo de regreso a la cueva.



    *                 *                 *                 *                 *





    — Fue un grupo de machos — explicó Fremont a la manada. — Creo que me acerqué demasiado a su territorio y eso los molestó. Eran cinco contra uno. Literalmente, me echaron a patadas de ahí. Ni siquiera recuerdo bien lo que pasó.

    Continuará...
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Re: Lian's Story (Fan Fiction)

Mensaje por KIRAN27 el Vie Jun 02, 2017 4:51 am

buen capitulo hermana lily me alegro que hayas seguido y vaya la historia es muy emocionante espero que sigas pronto saludos y rugidos y un fuerte abrazo hermana lily nwn
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Re: Lian's Story (Fan Fiction)

Mensaje por princesstwivinecadenza el Lun Jun 05, 2017 5:36 pm

Genial capitulo amiga esta interesante espero pronto lo que sigue me gusta mucho ya quiero saber mas me pregunto que le habra pasado a Fremont que no recuerda nada 
Saludos  :sim:
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Re: Lian's Story (Fan Fiction)

Mensaje por KIRAN27 el Mar Jun 06, 2017 11:31 am

buen capitulo hermana lily vaya increible lo que pasa se han encontrado la manada de todo haber como sigue la historia sera emocionante saludos y rugidos y un fuerte abrazo hermana lily nwn
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Re: Lian's Story (Fan Fiction)

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