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Crónicas de una cicatriz

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Crónicas de una cicatriz

Mensaje por Zyah el Dom Sep 20, 2015 5:25 am

CRÓNICAS DE UNA CICATRIZ

PRELUDIO.
El sol, casi en su punto más alto, calentaba toda la sabana obligando a los animales a meterse a sus madrigueras bajo la tierra, buscar la agradable sombra de una acacia, o refrescarse en algún manantial. Kwanza caminaba sin rumbo bajo el intenso Sol de verano. Era un león de pelaje dorado y espesa melena de color marrón, aunque quizás sus rasgos más característicos fueran sus ojos de color verde, nariz en forma de tridente, físico robusto y porte firme y seguro que hacía temblar a quien lo mirara directamente a los ojos. Sin embargo, Kwanza era un león amable, leal y muy humilde, aunque perfectamente podía pasar por alguien estricto y muy serio si no se lo conocía bien. 

A su lado caminaba Safi, una leona de pelaje de color marrón claro y ojos de color miel. Muy a diferencia de su querido esposo, Safi a simple vista parecía ser un leona completamente dulce, atenta y muy educada, lo cual se podía confirmar una vez se la conocía bien. Mohatu, un cachorrillo igual a su madre en cuestión de pelaje y color de ojos, correteaban al rededor de sus padres, Kwanza y Safi. Y, más atrás, los seguían la madre de Kwanza y una manada de doce miembros entre leones y leonas, además de tres o cuatro cachorros.

Llevaban caminando desde poco antes del amanecer, parando únicamente para beber agua de vez en cuando. La mayoría de las leones estaban cansadas, más que nada aquellas que habían sufrido algunas heridas feas tras el ataque de la noche anterior.  Safi volteó la mirada para ver a la manada, y pudo notar el cansancio en la mirada de la mayoría de ellos.

―¿Cariño, no crees que deberíamos descansa un poco? ―preguntó ella a Kwanza, con voz dulce, luego de frotar su cabeza en la melena del león.

Kwanza giró la cabeza para mirarla sin dejar de caminar. Su característica expresión de seriedad no la sobresaltó ni la hizo temblar, como podría haber hecho a cualquier otro león o animal. Ella ya estaba acostumbrada además de que fue esa misma expresión la que la atrajo la primera vez que lo vio, pero, cuando lo conoció mejor y vio que realmente era un león amable y cariñoso, se enamoró todavía más.

―Llevamos caminando desde antes de que saliera el sol ―comunicó ella―, deberíamos de parar para recuperar fuerzas. ¿Qué tal si Kegrid ha enviado más leones? Debemos estar preparados por si recibimos un nuevo ataque.

La expresión en el rostro del león se ablandó al escuchar el razonamiento de su mujer. No sólo habían sido atacados la madrugada anterior, sino que habían recibido dos ataques más en una semana desde que se marcharon de su antigua manada. Kegrid, el líder de dicha manada, era un león ambicioso y un tirano. Con un ejército de leones y leones habían logrado conquistar varios reinos y los había obligado a unirse al suyo, por lo cual esos leones que sobrevivían a los ataques, eran obligados a unirse a su manada. Kwanza y su madre pertenecían a uno de esos reinos que Kegrid había conquistado. La familia de Safi, en cambio, era una de los primeros leones que conformaba la manada inicial de Kegrid. Ellos se habían conocido gracias a él, luego que Kwanza y su madre, junto al resto de su manada, hubiesen sido obligados a unirse a la manada de Kegrid. En ese entonces, él era un león joven, aunque desde ese entonces ya era alguien de apariencia seria. 

Ahora, luego de años de haber estado viviendo de forma obligada con la manada de Kegrid, Kwanza y su madre habían decidido marcharse y formar la suya propia. La su sorpresa, varias leonas y leones (entre los que se encontraba Safi), hartos de la tiranía de Kegrid, decidieron seguir a Kwanza en su travesía. Todos habían arriesgado mucho al abandonar la manada para seguir a Kwanza, sabiendo que Kegrid no se quedaría tranquilo y los enviaría a buscar en cuanto se diera cuenta de que faltaban. Y eso mismo fue lo que hizo al darse cuenta que no estaban, razón por la que habían recibido tres ataques en una misma semana. No les podía pedir que hicieran más, y lo menos que podía hacer por ellos era permitirles que descansaran un poco y que el chamán que venía con ellos tratara de curar a los heridos.

Kwanza no dijo ni palabra y continuó caminando desviándose un poco de su rumbo. Safi sabía perfectamente que, aunque él no había dicho nada, el león había aceptado detenerse un momento... Y eso lo pudo confirmar al darse cuenta de que Kwanza había empezado a dirigirse hacia un pequeño manantial. 

―¡Manada! ―vociferó con su voz fuerte para que todos pudieran oírse, a la vez que se volteaba para verlos a todos luego de llegar al pozo― Ya pueden descansar aquí. Ziku, cura a los heridos ―ordenó, y entonces en ese momento un león que parecía ser el más anciano del grupo, pasó al frente junto a un joven babuino, quien lo ayudó a curar a aquellos que estaban heridos.

Todos los leones comenzaron a tumbarse a la sombra, mientras que Kwanza y Safi se echaron un poco más apartados, cerca del agua. 


Luego de algunas horas de estar descansando cerca del manantial, e incluso luego de comer lo que las leones que no estaban heridas habían logrado cazar, todo el grupo comenzó a moverse nuevamente rumbo al norte. Por suerte, ya no se encontraron con más leones enviados por Kegrid, por lo cual pudieron viajar sin ningún tipo de problemas, aunque todos estuvieron alerta en todo momento.

Finalmente, luego de caminar tanto, lograron llegar a un territorio suavemente ondulado, salpicado de colinas y ríos de agua fresca, además de altos pastizales de la característica hierva amarilla de la sabana, y algún que otro árbol y bosques de acacias. Era un territorio bastante hermoso, ideal para formar una manada desde cero. Además, tampoco les faltaría comida, ya que habían varias manadas por aquí y allá. 

Kwanza se imaginó, por la belleza de aquella tierra, que el lugar ya estaría ocupado por alguna manada que no había sido conquistada por Kegrid. No obstante, el león no dejó de caminar hacia delante, sin mostrar ningún rastro de duda en su mirada. Tampoco nadie dijo nada ni lo contradijo.

Caminar durante un rato hasta que finalmente lograron llegar a una extraña formación rocosa que daba origen a una gran cueva con punta. Cabe destacar que, aunque ya llevaban caminando durante un rato por esa tierra nueva, no se habían encontrado con ningún león, sólo con cebras, antílopes y diferentes especies de animales.  Toda la manada se detuvo a varios metros de la gigantesca roca, y fue Kwanza junto a dos leones más, quienes se atrevieron a echar un vistazo a la caverna.

Según pudo identificar Kwanza, el lugar se encontraba totalmente impregnado de un asqueroso olor a carroña, además de que había huesos y cráneos de animales muertos por todas partes. No había que ser demasiado inteligente, debido al intenso olor que se podía sentir, para saber que el lugar se encontraba habitado ―aunque sus huéspedes no se encontraban en ese momento.

De improviso, cuando Kwanza y los dos leones se encontraban saliendo de la cueva, una voz proveniente de más atrás de donde se encontraban las leones, vociferó:

―¿Qué hacen aquí, leones? ¡No son bienvenidos!
Todo el mundo se volteo, y allí se encontraba una hiena junto a una jauría entera. La manada de Kwanza, inmediatamente después de ver quienes habían aparecido, se pusieron a la defensiva... Y poco después apareció el león dorado, rugiendo.

―¡Váyanse de aquí! ―volvió a decir la primera hiena, que parecía ser la líder de todas.

―No nos moveremos de aquí ―dijo Kwanza, firme.

La hiena gruñó. Parecía estar perdiendo la paciencia, cuando entonces hizo una señal al resto de la jauría haciendo que todas las hienas se abalanzaran sobre los leones. En menos de unos minutos, las dos manadas se encontraban mezcladas en una fuerte pelea; los leones y las leonas lanzaban zarpazos, las hienas mordidas. A pesar de que todavía algunos heridos no estaban del todo recuperados del último ataque, las leonas y leones de Kwanza peleaba muy bien... Y al cabo de una hora el número de hienas se había reducido bastante, debido a que varias estaban muertas en el suelo o gravemente heridas o habían huido al ver que no podían pelear contra los leones. Hasta que finalmente, Kwanza logró asesinar a la líder de las hienas. Sin embargo, algo realmente extraño y sorprendente pasó después: el cuerpo de la difunta hiena se levantó, sus ojos se tiñeron completamente de amarillo y su boca se abrió, pero en lugar de salir su voz, salió una más profunda y muy diferente a la que esa hiena había utilizado antes.

―Te maldigo, Kwanza ―dijo la hiena― Te maldigo a ti y a toda tu familia. Esta tierra ahora te pertenece, pero no olvides que llegara un día en que este reino sufrirá por la tiranía de uno de tus descendientes... La tierra quedará completamente sin hierva, los causes de los ríos se secaran, y las manadas se marcharan... Toda esta tierra quedara completamente desierta, excepto por la manada de los leones... y las hienas que volverán a vivir aquí...

La voz de la hiena se fue haciendo cada vez más débil a medida que llegaba al final a la vez que su cuerpo comenzaba a desvanecerse, hasta que finalmente se dejó de oír y su cuerpo desapareció en el aire.

Kwanza, como siempre, se mantuvo inmutado ante la maldición de la hiena, aunque la mayoría de los leones y las leonas se quedaron asustados y con el pelaje erizado. Entonces, sin decir una palabra, Kwanza encabezó la marcha hacia la gran roca. Allí, él se subió a la sima y rugió tan fuerte como pudo, proclamándose a si mismo rey de esa tierra, haciendo que toda la manada le hiciera eco. 


Los años pasaron. Kwanza y Safi fueron los reyes de esa tierra a la que llamaron Pridelands, y ambos reinaron de forma justa y equilibrada sobre todas las criaturas. Incluso Kwanza, a pesar de su apariencia seria y estricta, logró ser respetado por más allá de su apariencia. Mohatu, el hijo de ambos, creció y se convirtió en un león justo como sus padres... Y, cuando Aiheu decidió que ya era hora de dejar la tierra, él se volvió rey de las Tierras del Reino. También se caso con una hermosa leona de pelaje dorado, llamada Asali, con la cual tuvo una cachorra de pelaje rojizo, algo más oscuro que el de él... Al mismo tiempo, cuando Uru todavía era una cachorra, un león adolescente de pelaje dorado y melena negra, llegó al reino y se hizo amigo (más bien la niñera) de Uru. Sin embargo,  a pesar de su diferencia de edades, cuando la chica se hizo mayor, ambos comenzaron un noviazgo que terminó con el casamiento. Mohatu falleció, y entonces Ahadi y Uru se convirtieron en los nuevos reyes, justo antes de enterarse de que ella estaba embrazada... Y, meses después, dio a luz a un cachorro dorado como su padre, y otro rojizo como ella, a los que llamaron Mufasa y Taka.

Las generaciones fueron pasando y ninguno de ellos fue la perdición de las Tierras del Reino. Sin embargo, nadie olvida la maldición que la hiena Iznesh lanzó sobre Kwanza y sus descendientes. Aunque por ahora sólo se toma más como una leyenda, que como algo cierto... por ahora...


Aquí está el preludio o introducción a mi nuevo fic, el cual va a tener a Taka como el personaje principal y donde relataré (desde mi punto de vista y teorías) cómo consiguió su cicatriz, el motivo de su maldad y muchas cosas más.

Al mismo tiempo, ésta introducción sirve también para explicar un poco mi teoría sobre el poblamiento de las Tierras del Reino por leones y los comienzos de Pridelands, así como quiénes fueron los primeros reyes y los padres de Mohatu, y quién fue Ahadi (un forastero que llegó a las Tierras del Reino, más mayor que Uru pero que a pesar de eso ambos se enamoraron y tuvieron descendencia, según yo)...

Espero que les guste.
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Re: Crónicas de una cicatriz

Mensaje por KIRAN27 el Dom Sep 20, 2015 8:33 am

buena cronica hermano zyah espero que sigas pronto con otra historia saludos y rugidos y un fuerte abrazo hermano
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Re: Crónicas de una cicatriz

Mensaje por Zyah el Lun Oct 26, 2015 8:26 am


Aquí está el primer capítulo de la historia, aunque ésta será algo diferente. Debido a que me parece la etapa menos interesante y atractiva de la vida de Mufasa y Taka, he decidido saltearme la parte de su infancia, y comenzar directamente desde el momento en que ellos dos son jóvenes, aunque no han llegado a ser adultos completamente. De todas formas, tomando como referencia el punto en el que comienza la historia, faltan bastantes años para el nacimiento de Simba y los sucesos de El Rey León.

Espero que les guste...


Capítulo I
La manada de Lynx (Taka)

Con el viento y las nubes oscuras que cruzaban el cielo de las Tierras del Reino nadie podía dudar que dentro de muy poco comenzaría a llover. Sin embargo, a pesar de que el viento le albortaba la poca melena que tenía Taka, el joven león de pelaje oscuro se quedó sentado en la cima de la Roca del Rey, observando hacia la nada.

Desde que su padre y su hermano se habían marchado a no-se-sabe qué-reino para aprender mejor a cómo ser un rey ―cuando todavía eran apenas unos adolescentes―, Taka se había visto en la obligación, como el único heredero macho de Ahadi que quedaba allí, de hacerse cargo de toda la manada. Ahora, como un león joven, con la melena a mitad de desarrollo, Taka se había convertido en un excelente líder para la manada, aunque sabía bien que eso no dudaría para siempre, ya que, en algún momento, su padre y su hermano regresarían de nuevo, y entonces Ahadi volvería a tomar el mando hasta que falleciera y le tocara reinar a Mufasa.

Sin embargo, las cosas últimamente con las manadas que formaban las Tierras del Reino se estaba poniendo cada vez peor. El territorio que las hienas ocupaban anteriormente a que el primer rey de Pride Lands llegara, era bastante amplio. Por esa razón, luego de expulsar a las hienas, y debido a que era un reino demasiado grande como para controlarlo él solo, Kwanza permitió que otras manadas de leones se asentaran en diferentes puntos del reino, entregándole a cada una un pedazo de tierra donde podían cazar y aplicar sus propias leyes. No obstante, todas debían acatar las ordenes y leyes generales impuestas por el rey.

Así que, desde sus comienzos, Pride Lands se había diferenciado de los otros reinos por ser uno en el cual vivían muchas otras manadas de leones por todo el territorio, con sus propias leyes, territorio de caza y en perfecta armonía con el resto, aunque todas siempre fueron gobernadas por la manada de la Roca del Rey, la manada principal de todo el reino. No obstante, la armonía se rompió cuando una de las manadas del sur, liderada por un león llamado Lynx, decidió atacar a una de sus manadas vecinas, tomando el control  de toda la manda en general y sus terrenos de cacería.

Así, poco a poco, Lynx y sus leones fueron avanzando hacia el norte junto a las manadas que iban derrotando. Al mismo tiempo, otras decidieron unirse a la lucha para ponerle fin al avance de Lynx... Y, cuando menos se lo esperaron, todas las manadas estaban en guerra entre sí. Ni siquiera la manada de la Roca del Rey se salvó, puesto que de vez en cuanto llegaban algún que otro grupo de leones para vencer a la manada y tomar el control definitivo del reino.

Dio la casualidad de que, poco después de que Ahadi y Mufasa se fueran, la lucha entre las manadas comenzó oficialmente, aunque ya desde mucho antes las cosas venían complicadas. Por ese motivo, muchas leonas en la manada creían que Ahadi había huido de los problemas, llevándose a su hijo mayor con él. Y, justo para alimentar esa teoría, ya habían pasado más de diez años y ellos no regresaban. Sin embargo, Taka prefería hacer oídos sordos a cada cosa que escuchaba y que ensuciaba el nombre de su padre, pues no quería pensar que su padre había sido tan cobarde como para huir de lo que se avecinaba y dejarlo a él a cargo de todo.  

Desde que se había desatado la guerra entre las manadas y donde no se podía ni confiar en tu propia sombra ya que a cada pocos minutos aparecía un león que quería matarte, pasar los treinta años era todo un hito, y tener más de cuarenta ya era motivo suficiente de recibir respeto. Definitivamente, eran tiempos difíciles, donde la paz y armonía que se gozaba antes, ya no existía, y donde la esperanza de vida había bajado considerablemente ha veinticinco o veintiséis años en promedio para las manadas más débiles o que menos entrenadas estaban en el tema de la lucha, y la manada de la Roca del Rey entraba en esa última. Casualmente, Taka, Sarabi, Naanda, y algunas otras leones de la manada se encontraban alrededor de los veinticinco años.

―Ya están aquí ―la voz de Sarabi a sus espaldas lo sacó de sus pensamientos.

Aunque la escuchó perfectamente a pesar del viento, Taka no se volteó para verla a ella allí parada, con el viento de frente y despeinando su pelaje corto. En los últimos años había dejado de ser la cachorrita fornida para convertirse en una joven leona delgada y hermosa, y es que, dadas las circunstancias, quien no tuviese en forma y tuviese unos kilos de más, corría peligro de ser asesinado. Además de que tampoco era que se lograra conseguir demasiada comida como para poder estar pasado de peso.

―Taka, ¿estás bien? ―preguntó Sarabi, acercándose a él por detrás, con voz preocupada.

―No sé si podamos ganarles ―el miedo podía se notar en la voz de Taka― Ya sabes lo que se dice de Lynx, además de que ya hemos luchado contra ellos en otras ocasiones.

Sarabi suspiró. Se conocía de memoria esa escena, y esa era la parte donde a ella le tocaba levantarle el animo a su querido Taka.

―Los venceremos ―dijo con dulzura, pero al mismo tiempo en un tono muy decidido― Ellos no deben ganarnos. No podemos permitir que tomen el control de todo el reino. Hazlo por tu padre...

Taka suspiró, deseando poder sentir un poquito de la misma confianza que Sarabi sentía. Entonces la miró encotrándose con sus bonitos ojos color naranja. Ella le sonrió, como siempre hacía y de esa forma que lograba hacer que Taka también sonriera. Por un momento, el joven león sintió como si la confianza que Sarabi sentía le fuera transmitida a él con sólo mirarla. Y, sin dudarlo, la besó en los labios. Ella le respondió, y eso le hizo sonreír cuando se separaron. Le hacía bien saber que podía contar con ella.

* * *

Cuando llegaron abajo, todas las leonas habilitadas para luchar se encontraban en posición, esperando que su líder bajara. Saludaron con la cabeza cuando vieron a Taka aparecer y pasar frente a ellas, a lo cual él respondió con una sonrisa algo nerviosa mientras asentía.

Hacía unas horas, Zazu había llegado volando con la noticia de que una de las manadas del sur, justamente la liderada por Lynx, se acercaba a la Roca del Rey, y no con intenciones de hacer pactos y alianzas. Y, en ese momento, todos comenzaron a ver cómo Lynx y su manada se acercaban cada vez más.

―Ríndete ahora, niño rey, y te juro que te dejaré vivir ―comenzó a decir Lynx― No hay necesidad que toda tu gente muera en vano.

―No pienso hacerme a un lado ―fueron las únicas palabras de Taka, firme y tajante.

―Como desee, su majestad ―dijo Lynx, con una sonrisa malvada en su rostro, empleando un tono algo más burlón en las última palabras― ¡Ataquen! ―dio la orden y, enseguida, las dos manadas se lanzaron a la carga, acortaron distancia y, en un abrir y cerrar de ojos, las dos se vieron enzarzadas en una nueva pelea.

Mordidas, patas y zarpazos volaban por los aires haciendo de  aquello un caos. Sarabi era un excelente luchadora que peleaba tan bien como cazaba. Aunque tenía que reconocer que, su hermana menor, Naanda, la superaba. Taka se enorgullecía de tenerlas a ambas en su bando, incluso tuvo la osadía ―y también la torpeza― de detenerse un momento a observar cómo luchaban; tanto Sarabi como Naanda repartían zarpazos a diestra y siniestra, moviéndose con bastante agilidad y dejando una marca allá donde sus garras y sus dientes se posaban.

Sin embargo, pronto volvió a poner atención luego de haber recibido un zarpazo que lo arrastró unos metros hacia atrás. Pero enseguida se puso de pie y regresó a la pelea con ímpetu, defendiéndose de una forma digna de un guerrero, como su padre le había enseñado y como se había visto obligado a perfeccionar debido a las circunstancias. No obstante, su atacante no era nada más ni nada menos que el mismo Lynx quien, hasta el momento, había estado observando la pelea desde lejos.  

* * *

Taka debía de reconocer que, tanto su oponente como sus seguidores, eran luchadores expertos, no por nada habían logrado comerse poco a poco al resto de las manadas que se encontraban en su paso a medida que avanzaban hacia el norte. Sin embargo, él no se rendiría tan fácilmente. Necesitaba demostrar que, como regente de aquellas tierras, podía lidiar con esa situación y que podía ganarle a cualquiera que se le enfrentara.

Por desgracia, la situación era mucho más compleja que eso. Lynx era un león maduro, fuerte, fornido, de espesa melena negra completamente desarrollada, y con muchos años que acarreaban una gran experiencia luchando, quizás tendría más de los años que actualmente se podía ver en algún león de las Tierras del Reino. En cambio, él, era apenas un león joven, delgado y con una pequeña melena que le faltaba mucho para que se le desarrollase por completo que, por más que el contexto en el cual había tenido que vivir los últimos años lo había llenado de experiencia, nunca llegaría a ser tan experto como Lynx. Y, aunque muchos podían tomar como una ventaja su juventud, Taka no creía que fuese conveniente asociar la juventud con la fuerza, y la edad de Lynx con la debilidad... Ya que saltaba a la vista que era completamente diferente.

Sin embargo, fuera de todo pensamiento pesimista que Taka podía llegar a tener, la pelea era bastante pareja. Hubo un momento en el que ambos leones se había quedado parados en dos patas por unos pocos minutos, lanzándose zarpazos y mordidas al cuello. Hasta que, los dos volvieron a fundar las dos patas en el suelo y se distanciaron un poco, para retomar el aire. Fue en ese momento en el Taka se dio cuenta de que todos a su alrededor de se habían detenido para ver la pelea. Eso lo hizo sentir un poco más nervioso, pero no había tiempo para eso.

Enseguida, Lynx volvió a atacar. Rápido y ágil a pesar de su edad, el líder de los Warriors era merecedor de ser respetado. Sin embargo, Ahadi hizo un buen trabajo antes de marcharse al entrenar a sus dos hijos para cualquier futura pelea que tuviesen. Sorprendentemente, Taka también era un muy buen luchador; en una ocasión, logró darle un zarpazo en la cara sacándole algunos pelos y dejando un herida en su mejilla derecha. Eso enfureció al Warrior, que gruñó y atacó con más ferocidad al joven líder de la manada de la Roca del Rey, provocándole una fea herida en su pata izquierda.

Taka aulló de dolor, pero no dejó de defenderse. A pesar de eso, comenzaba a cansarse, y llevaba perdiendo bastante sangre de las heridas que Lynx ya le había hecho. Además, por desgracia, Lynx parecía que tenía energía para rato. Lamentablemente, aunque Taka trató de no hacerlo tan evidente, el líder de los Warriors pareció darse cuenta de que él comenzaba a cansarse, por lo cual comenzó a aprovecharse de ello.

Y, minutos después, Taka comenzó a ser prácticamente manipulado por Lynx, quien atacaban tan rápidamente que le impedía defenderse y, aunque lograra hacerlo, sus golpes ya no eran tan fuertes. Así fue como, tras lanzarse un zarpazo, Taka cayó para atrás, golpeándose la cabeza al caer.

Después de eso, lo único que Taka fue capaz de escuchar antes de cerrar los ojos y que todo se oscureciera, fue el grito desesperado de Sarabi pronunciado su nombre, y la risa malvada y victoriosa de Lynx...

* * *

Tras despertarse horas después, Taka paseó su cansada mirada por el fondo de la Roca del Rey, siendo cegado por la luz solar que entraba en ella. ¿Cuándo fue que había terminado allí dentro? Lo único que recordaba fue haber tenido una dura pelea contra Lynx, aunque no sabía si había ganado o no... Bueno, él se encontraba con vida, así que con seguridad no había perdido. Quizás los demás los hubiesen separado, lo cual era poco probable, o Lynx hubiese quedado desmayado... lo cual también era poco probable.

Luego que su mirada se hubiese acostumbrado a la luz, pudo ver con más claridad; nadie se encontraba allí dentro, salvo él. ¿Dónde estaban todos? ¿Su madre estaría bien? ¿Y Uzuri? ¿Y Naanda? ¡¿Y Sarabi?!

Sólo recordar a Sarabi hizo falta para que el león recobrara completamente la conciencia y tratara de ponerse de pie. No obstante, en cuanto lo hizo, sintió un terrible dolor en una pata, lo cual le obligó a soltar un gemido y tumbarse nuevamente. Fue entonces cuando se dio cuenta que tenía tres grandes rasguños allí, provocados seguramente por el maldito de Lynx.

Sin embargo, no pensaba quedarse allí dentro, reposando. La manada lo necesitaba y, entre gemidos, muecas de dolor y que no podía fundar su pata delantera izquierda, Taka logró salir de la caverna y bajar al lugar donde se reunían siempre las leonas.

Al verlo llegar, Sarabi se levantó enseguida y fue corriendo hacia él, para frotar su cabeza con la de él y darle un beso en los labios.

―¿Qué estás haciendo aquí fuera? ―le preguntó ella, luego de haberle dado muestras de cariño y de dejarle en claro que se había preocupado mucho por él― Rafiki dijo que tenías que descansar.

―Estoy bien... Sólo es un rasguño.

―¿Sólo un rasguño? ―Sarabi no podía creer lo que estaba escuchando, ni que Taka pudiese llegar a ser tan terco― Taka, tienes que descansar. Rafiki te curó la herida y dijo que todo estará bien, no te quedará ninguna cicatriz, pero debes descansar ―insistió Sarabi y comenzó a empujarlo con su cabeza.

Tras una sonrisa, Taka cedió y comenzó a caminar costosamente de regreso al interior de la caverna. Sarabi era una leona que se preocupaba por todo el mundo, y aveces incluso lo hacía en exceso. Además de que, cuando quería, Sarabi podía comportarse como toda una madre con su cachorro. Nadie dudaba que, cuando ella tuviese sus propios hijos, sería una madre excelente.

Sin embargo, al llegar al lugar donde se había despertado, Taka no se tumbó, sino que se quedó de pie y le dio un beso a Sarabi en los labios. Largo y lleno de ternura. Y ella no tardó en responderle. Se alegraba mucho de tenerla con él. Todavía recordaba la buena amistad que ellos, Mufasa y Naanda tenían. ¿Quién iba a imaginar que, algún día, ellos dos terminarían siendo novios?

―Dime, Sassie, ¿qué pasó exactamente después de pelear contra Lynx? ―preguntó Taka, tras besarla y separarse de ella― Sólo recuerdo haber estado luchado contra él, y luego todo se terminó.

―Bueno, Lynx te venció ―comenzó a decir Sarabi con una sonrisa, sin problemas en contarle lo que había sucedido―. Te desmayaste y él se proclamó vencedor. Sin embargo, nosotras nos resistimos a darle el control del reino... Aunque tuvimos que... negociar con él ―a medida que fue terminando de hablar, la sonrisa de Sarabi se fue apagando.

La expresión de Taka cambió radicalmente cuando escuchó que ellas habían tenido que negociar con Lynx para no darle todo el control. Si Lynx era algo más además de ser un buen luchador, eso era muy inteligente y un buen negociador; si no lograba llegar a lo que se proponía, entonces trataba de negociar. Y, lo malo que tenía, era que no se conformaba con cualquier cosa. Por lo cual, la simple mención de la frase “negociar con él”, suponían más problemas.

―¿Negociar? ¿Qué negociaron? ―preguntó Taka, preocupado.

―Oh, no te preocupes. Eso no tiene importancia.

―De acuerdo... ¿cuánto tiempo llevé dormido? ―dije, tratando de cambiar un poco de tema.

―Dos días ―respondió ella, volviendo a sonreír de forma divertida.

―¡¿Dos días?! ―preguntó Taka, sorprendido.

―Sí... Y ahora debes descansar ―le dijo ella de forma bromista pero, al mismo tiempo, volviendo a adoptar ese tono protector.

―De acuerdo, sólo si duermes a mi lado ―Taka sonrió de oreja a oreja.

Ella aceptó, también sonriente. Entonces, Taka volvió a tumbarse en el suelo y ella también lo hizo a su lado.
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Re: Crónicas de una cicatriz

Mensaje por Zyah el Lun Nov 02, 2015 1:51 pm

Capítulo II
Una boda en la Gigante Oscura


El día siguiente se encontraba totalmente despejado y todavía faltaban algunos minutos para que el sol comenzar a aparece de a poco por detrás de las colinas, por lo cual todavía se podían ver algunas estrellas en el horizonte y el horizonte se encontraba teñido de rojo.

Por otro lado, su pata se encontraba mucho mejor que el día anterior. Ya no le dolía tanto, y casi no se había dado cuenta de que tenía su pata lastimada. Al menos, eso era una muestra de que el analgésico que Rafiki, ese joven babuino loco, le había dado había surtido efecto, y que no lo había despertado para nada en la madrugada. Pues, en mitad de la noche, el simio se acercó adonde el líder de la manada de la Roca del Rey se encontraba durmiendo para hacerle abrir la boca y colocarle debajo de la lengua algo parecido a una píldora hecha con hierbas y recubierta de una especie de mejunje extraño y que no sabía para nada bien.

Taka se despertó bastante temprano aquella mañana, tanto que el sol todavía no había salido y se podían ver algunas estrellas en el cielo. Con un movimiento sigiloso para no despertar a Sarabi que dormía pegada a él, se separó de ella y se levantó para luego salir de la cueva y ascender hasta la parte más alta de la Roca del Rey. Siempre le gustaba levantarse temprano, mucho antes que las leonas lo hicieran, y sentarse en la sima de la Roca del Rey a mirar hacia la nada y sumirse en sus propios pensamientos. Esa era una costumbre que había adoptado de cuando todavía era un cachorro y, a pesar de que las cosas estaban bastante complicadas últimamente y sería algo peligroso hacer eso, no había abandonado la costumbre.

Tras  llegar a la parte más alta de la Roca del Rey, Taka se sentó mirando hacia el este, de forma que podía ver perfectamente la salida del sol. Sin embargo, lo que menos quería hacer, era contemplar el amanecer. Él estaba allí porque era el único lugar donde sus ideas y pensamientos fluían con más facilidad, y podía pensar mejor...

La situación con su manada y las Tierras del Reino, en general, era cada vez más critica. Lynx y su manada no dejaban de hacer otra cosa que atemorizar a los otros leones y animales, convirtiéndose en un gran aliado a la hora de pelear, pero en alguien muy peligroso en caso de tenerlo como enemigo. Y, para colmo, no sólo tenía leones de su lado, sino que lo apoyaban algunos guepardos, perros salvajes y, sobre todo, hienas que todavía les duraba el rencor y querían vengarse de que Kwanza las hubiese expulsado de el ahora reino de Pride Lands.

Sin embargo, habían muchos otros problemas además de Lynx y sus gatitos; por ejemplo, la Estación Lluviosa estaba llegando a su fin y pronto comenzaría la Estación Seca, lo cual quería decir que las manadas emigrarían en busca de alimento y ellos se quedarían sin animales que cazar, por lo cual se quedarían prácticamente sin comida. Y, para colmo, ya de por sí era bastante difícil conseguir comida. Además, viendo la situación en la que se encontraba actualmente la manada y que las leonas y los cachorros se encontraban muy mal alimentados. Eso era un problema grande pues, sin comida y constantemente recibiendo ataques de otras manadas, lo más seguro es que más de un cachorro no pudiese sobrevivir a la Estación Seca. Y, a eso, también había que agregarle que, al no estar alimentadas adecuadamente, las leonas no podrían pelear tan bien, y eso pondría en peligro a la manada...

Aunque no quisiera aceptarlo, la manada de la Roca del Rey, estaba pasando por una situación muy mala. Cada vez recibían más ataques y algunas leonas morían en batalla, por esa razón el número de integrantes adultos y jóvenes de la manada habían bajado considerablemente. Tenía que buscar una solución rápido antes de que todo eso se agravara cada vez más y ellos pasaran a ser historia gracias a las otras manadas que no dejaban de atacarlos. Necesitaba hacerse aliado de otras manadas fuertes y poderosas para garantizar su seguridad.

No obstante, pronto volvió a preocuparse sobre otro tema, luego que llegar a su mente el recuerdo de su charla con Sarabi la tarde anterior. Ella dijo que habían tenido que negociar con Lynx para que no se adueñara de la Roca del Rey y de todo el reino. Pero no dijo qué habían negociado, y eso lo incomodaba mucho.

Sassie había dicho que no era nada importante, pero él estaba seguro que le había mentido para no preocuparlo. Conocía bien la mentalidad de Lynx como para saber que no se habría conformado con poco, sino que habría pedido mucho. Pero, ¿qué era lo que habían negociado como para que el no pudiese saberlo y evitar preocuparse? No se le ocurría nada, y pensaba averiguarlo.

Cuando menos se lo esperó, el tiempo ya había transcurrido, pasando varios minutos tras la salida completa del sol. Así que se puso de pie y comenzó a bajar hasta llegar al pie de la Roca del Rey. Allí se encontraba su madre, Uzuri, la líder de cacería, las hermanas de Sarabi, y tres leonas más, listas para irse de cacería... o tratar de conseguir algo. Sin embargo, no logró ver a Sassie por ninguna parte.

—¿Dónde está Sarabi? —preguntó Taka— ¿Se ha dormido?

Todas las leonas se miraron entre ellas con expresiones de confusión, y murmuraron cosas que Taka no llegó a escuchar. A decir verdad, era bastante extraño que Sarabi se hubiese dormido; ella siempre se levantaba a la misma hora que el resto de las leonas.

—¿Ella no te dijo nada ayer, Taka? —preguntó Uru mientras se acercaba a él.

—No —respondió Taka mientras negaba con la cabeza, todavía más asustado que antes— ¿Qué debería de decirme?

—Creímos que ella te habría dicho que tuvimos que negociar con Lynx —intervino Naanda, dando un paso adelante.

—Sí, mencionó eso, pero no dijo lo que habían negociado.

—Taka —la voz de Uru sonaba ligeramente angustiada— Ella se dirigió al territorio de los Warrior, a ver a Lynx.

* * *

Sarabi sintió perfectamente cuando Taka se levantaba aquella mañana, pero no se movió ni tampoco dijo nada. Necesitaba que él fuese a la sima de la Roca del Rey para que ella pudiese dirigirse donde Lynx.

Aunque había significado un sacrificio de su parte, luego que Taka se hubiese desmayado, ella tuvieron que negociar con Lynx para que no se apoderara del reino. Eso Taka lo sabía, pues ella se lo había contado. Lo que no le había contado, por razones obvias, era que había tenido que aceptar convertirse en una de las tantas esposas de Lynx, a pesar de que el resto de la manada y su madre se habían opuesto.

Así que, luego de asegurarse de que Taka se había quedado sentado en la sima de la Roca del Rey, salió de la cueva y comenzó a caminar hacia el territorio controlado por Lynx.

Sin embargo, más de una vez se le cruzó por la cabeza la idea de decirle a Taka lo que había acordado con Lynx. Él se merecía saberlo. Pero ella estaba haciendo eso para darle una nueva oportunidad a la manada e impedir que Lynx se convirtiera en el nuevo rey. Necesitaba que Taka no se enterara del tema hasta que fuese demasiado tarde para que lograra impedir que ella se casara. Sino era así, si ella no se casaba con Lynx para el atardecer de aquel día, él líder de los Warrior había amenazado con volver a la Roca del Rey y no dejar a nadie vivo.

Aunque podría parecer que no estuviese pensando Taka, en realidad no era así. En todo momento pensaba en él y, cada paso que daba alejándose de la Roca del Rey y acercándose al territorio de los Warrior, el corazón se le partía de sólo pensar que ya no podría volver a verlo.

Ya para cuando llegó a la frontera del territorio que administraba la manada de la Roca del Rey, Sarabi se detuvo y echó una mirada hacia atrás, viendo que la gran caverna se veía bastante pequeña.

Una lágrima rodó por su mejilla y luego retomó la marcha. Todavía faltaba bastante para llegar al territorio de los Warrior, y no se podría mantener engañado a Taka durante tanto tiempo ya que, apenas viese que ella no estaba, querría saber lo que sucedía, y las leonas deberían decírselo.

* * *

Luego de un rato de viajar —Sarabi no tomó la cuenta pero de seguro debió de haber pasado una media hora o más—, la leona de pelaje beige comenzó a ver poco a poco el lugar de descanso de la manada de Lynx. Era un cueva enorme, ubicada en una montaña. Fácilmente toda la manada de Lynx podría caber allí. Con paso lento, casi arrastrando las patas, Sarabi se acercó poco a poco a la gran caverna que, cuando más se acercaba, más imponente se volvía.

Lynx se encontraba allí, sentado en la entrada de la cueva, observando todo lo que su vista le permitía ver. Y, desde luego, pudo ver cuando Sarabi comenzaba a llegar, por lo que no pudo evitar permitir que una sonrisa asomara en sus labios.

—Sabía que no me fallarías —dijo el león de melena oscura, acercándose a ella cuando la joven leona llegaba.

A su lado, Lynx era mucho más corpulento que ella, y se notaba que también mucho más mayor. Tenía que reconocer que era bastante apuesto y, si no fuese porque quería apoderare de las Tierras del Reino, casi asesina a Taka y porque ella ya tenía un león en su vida, no le molestaría tanto tener que pasar el resto de su vida a su lado por el bien de su manada.

—No pensaba poner en riesgo a mi manada —respondió Sarabi, seria y firme, sin mostrar ningún tipo de expresión en su rostro. Sin embargo, por dentro, la joven leona deseó sentirse tan decidida.

Lynx solo sonrió.

—He ordenado al chamán que preparara todo, aunque faltan algunos detalles —el león hablaba de una forma amable, aunque a Sarabi le olía muy mal todo eso— Si quieres puedes entrar a la caverna y esperar allí.

Sin decir nada, Sassie comenzó a caminar y entró a la cueva.

Había escuchado rumores de cómo era la guardia de los Warrior, pero no podía asegurar nada, sobre todo porque, quien entraba allí y no fuese de la manada, tenía muy pocas posibilidades de salir y contar la experiencia. Al pensar en eso, la sangre se le heló. Probablemente ella fuese una de las pocas personas que tenía la suerte de entrar allí y no ser asesinada... o eso esperaba.

Sin embargo, todos los rumores se quedaban cortos.  

La Gigante Oscura —nombre otorgado debido a su aspecto enorme y oscuro—, era toda una maravilla. Por todas partes habían tragaluces que iluminaban cada parte de la caverna, además de que, sin saber cómo pudieron haberlo hecho, el lugar se encontraba dividido en cuevas más pequeñas, donde de seguro se encontrarían repartidos los miembros de la manda. Además, aunque no se dio cuenta al principio, el lugar se encontraba empinado por lo cual, mientras más avanzaba, más a la sima de la montaña se acercaba

Sarabi continuó caminando hasta que finalmente llegó al fondo de la caverna, donde se encontraba una cueva más grande de las que había visto hasta el momento, por lo cual supuso que sería donde dormía Lynx. Así que entró allí, esperando no encontrarse con alguna de las esposas del líder de los Warrior.

Ese era otro por los motivos que odiaba con toda su alma haber negociado casarse con Lynx: tenía muchas esposas. Sin embargo, no se podía quejar ya que era una costumbre de los Warrior que los hombres se pudieran casar con varias mujeres, al menos los más importantes o de rango muy alto.

Para su suerte, no había absolutamente nadie allí dentro, lo cual le permitió admirar mejor el lugar. Era un espacio enorme, en el cual se encontraban varios tragaluces mucho más grandes de los que había visto en el interior mismo de la Gigante Oscura, por lo cual, allí dentro se encontraba mucho más claro que el cualquier otro sector de la guarida de los Warrior. Además, sobre un costado, se encontraba una especie de rampa que permitía el ascenso hacia la parte más alta de la montaña y observar todo el territorio de allí. Y, sin pensarlo dos veces, comenzó a subir hasta salir al exterior, logrando llegar, como había supuesto, a la parte más alta de la montaña y ver perfectamente todo el territorio.

Era hermoso, y decidió que no le importaría quedarse a vivir allí. Sin embargo, la imagen de Taka le hizo volver a la realidad y recordar el motivo por el que se encontraba allí, a punto de casarse con un psicópata.

* * *

Taka no podía creer que Sarabi no se lo hubiese dicho. Pensaba que confiaba en él, y en lugar de decirle que había negociado casarse con Lynx, se lo ocultó. No obstante, no quería discutir con ella. Luego hablarían, cuando la hubiese sacado de allí y regresado a la Roca del Rey. Por el momento, se concentraría en llegar a tiempo de impedir ese casamiento y salvar a Sassie aunque luego Lynx se enfureciera y atacara nuevamente a su manada.

Así que corrió todo lo más rápido que sus patas le permitieron, en dirección al territorio de los Warrior.

* * *

Algunos minutos después de haber vuelto a la cueva de Lynx y de haberse quedado sentada en una parte donde le daba perfectamente la luz del día, un par de simias entraron con el pretexto de comenzar a prepararla para la boda. De hecho, solamente le cepillaron el pelaje para luego dibujarle líneas por todo su pelaje dando forma de dibujos raro y, para terminar, le colocaron una flor en la oreja. Luego, cuando ya estuvo lista, Sarabi dejó atrás la cueva y comenzó a bajar.

Allí, al pie de la montaña, se encontraba toda la manada de Lynx. Muchos leones y leonas formados a la espera de que ella llegara, incluso muchos más de lo que ella se habría imaginado posible que podrían formar una manada. Al final de todos ellos, se encontraba Lynx acompañado de un delgado león anciano que presentaba un pelaje de un color amarillo bastante claro y una melena de color café, también clara y surcada de varios mechones de color gris.

Con la cabeza bien erguida, Sarabi comenzó a caminar por entre los leones presentes, quienes se habían levantado para saludar con una inclinación de la cabeza. Sassie no hizo otra cosa que sonreír y continuar caminando hacia Lynx.

—Te ves preciosa —murmuró él, a modo de comentario y sin que nadie más que ellos dos pudiesen escucharlo, luego que ella hubiese llegado y colocado al lado de él.

—Gracias —respondió, sin inmutarse ni siquiera en ese momento, mientras el chamán daba comienzo a la ceremonia— ¿Que garantía tengo de que, luego de casarme contigo, tú cumplirás con tu palabra y no volverás a atacar a mi manada? —preguntó ella, en tono serio y desconfiado.

—Querrás decir «tú antigua manada». Y... —comenzó a decir Lynx cuando fue interrumpido por la joven leona.

—Disculpa, pero todavía no me casé contigo, por lo que sigo siendo parte de la manada de la Roca del Rey.

—Cómo sea, preciosa —respondió él— No tienes que desconfiar de mí. Te doy mi palabra que no tocaré a nadie de esa manada si te casas conmigo... ni siquiera a tu amado leoncito.

—Más te vale. Y, por cierto, no te ilusiones mucho, Lynx. Esto sólo lo hago por el bien de mi manada, no hay nada de amor aquí y tú lo sabes...—le murmuró ella, de repente hecha una fiera— Además, yo amo a Taka y no lograrás hacer que cambie. Así que no malgastes tu tiempo en comentarios lindos y cumplidos, porque no vas a conquistarme.

—Eso lo veremos más adelante —murmuró Lynx.

—... ¿Aceptas? —preguntó el anciano chamán, dirigiéndose al líder de los Warrior e interrumpiendo el dialogo silencioso entre Lynx y Sarabi

—Acepto —asintió Lynx mientras miraba a Sarabi.

—¿Y tú, Sarabi, aceptas? —volvió a preguntar el chamán, dirigiéndose esta vez a Sarabi.

—Acepto —respondió ella y, entonces, Lynx la besó luego de recibir una seña de parte del chamán.

Cada vez que Lynx la besó, primero allí, frente a todo la manada, y luego en su propia cueva, Sarabi no sintió nada. Para ella todo eso era frío, no significaba nada y, lo que es peor, nunca antes se había imaginado sentirse de esa forma al ser besada por un hombre. Obviamente, tampoco se había imaginado casarse ni acostarse con alguien que no fuese Taka, a pesar de que con él no había llegado mucho más lejos que algunos besos y caricias. Mucho menos se le había cruzado por la cabeza casarse con un loco que tuviese muchas esposas.

Sin embargo, allí estaba, casada con el principal responsable de la situación critica de las Tierras del Reino, el causante de que todas las manadas estuviesen enfrentadas y hubiese un terrible caos allá donde se fuera.

¿Se podían poner peor las cosas?
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Re: Crónicas de una cicatriz

Mensaje por Zyah el Miér Nov 18, 2015 7:44 pm

Capítulo III

—¡Dónde está!

El grito de Taka, acompañado de un enfurecido y fuerte rugido, se escuchó perfectamente incluso desde la cueva personal de Lynx, haciendo que Sarabi rápidamente se despertara y levantara la cabeza. Obviamente, ese grito tampoco había pasado desapercibido po su esposo, quien se puso rápidamente de pie, furioso.

—¡Taka! —murmuró Sarabi mientras se ponía de pie, horrorizada.

O ese chico era muy tonto, o muy valiente como para atreverse a acercarse de esa forma a la guarida de los Warrior.

—Es ese chico... —reconoció Lynx la voz de Taka, por lo que enseguida se volteó hacia Sarabi—: ¡Dijiste que nadie vendría! —exclamó,molesto.

—No creí que fuese capaz de atreverse a venir aquí —mintió Sarabi mientras retrocedía, en realidad, si había creído a Taka capaz de hacer algo como eso cuando se enterara.

—¡Mientes! —gruñó el león de melena negra, mientras avanzaba hacia ella y le daba un zarpazo en el rostro— Pero no te preocupes. Ahora mismo iré a encargarme de él... y después me ocuparé de ti.

Como poseído, Lynx abandonó rápidamente la cueva, no sin antes ordenarle a dos leones que vigilaran a Sarabi.

* * *

Mientras se dirigía hacia la Gigante Oscura, Taka tuvo un encuentro que no se había esperado tenerlo justo en ese momento: su padre y su hermano aparecieron como enviados por Aiheu, justo en el momento preciso, antes de que llegara a territorio Warrior.

Con Ahadi y Mufasa acompañándolo, ahora era otra cosa. Contando con el apoyo de su padre y su hermano, Taka podía idear un plan mejor para poder penetrar la guarida de los Warrior. Esa era una de las partes más difícil de lograr: burlar a los guardias que custodiaba la montaña. La otra era poder llegar a la Gigante Oscura sin antes ser visto por los vigilantes que recorrían todo el reino.

Obviamente, de no haber contado con Ahadi y Mufasa, Taka no habría atrevido a acercarse de la forma en que lo había hecho, sino que habría ideado un plan mucho más sigiloso. Por ese motivo, cuando Lynx salió de la gran caverna, se sorprendió de ver al rey de las Tierras del Reino acompañado de otros dos leones, quien uno de ellos no era nada más ni nada menos que el antiguo rey, el padre de Taka.

Sin embargo, poco duró la expresión de sorpresa en el rostro del Warrior, pues enseguida volvió a endurecerse y a adoptar una postura defensiva.

—Váyanse de aquí, antes de que lo lamenten —gruñó Lynx, mientras leones y leonas comenzaban a aparecer detrás del león.

—No nos moveremos de aquí hasta que nos devuelvas a Sarabi —respondió Taka, quien se encontraba al pie de la montaña junto a Ahadi y Mufasa.

Enseguida, Lynx comenzó a descender, acompañado de varios de sus leones. ¿En qué estaba pensando ese chiquillo? ¿Qué podría enfrentarse y ganarle a él y a su manada, cuando solamente contaba con la ayuda de su padre, que no sería más grande que él mismo, y con su hermano, quien era tan débil como él? ¿Acaso creía que se llevaría a Sarabi de su lado? Ella había aceptado ser su esposa y ya estaba casados, nadie podría quitársela. Sarabi le pertenecía; ella era su esposa y ningún niño salido de quién sabe dónde se la iba a quitar.

Pero, si lo que Taka quería era una pelea, él con gusto se la daría, y esta vez no lo dejaría vivir. Lynx sonrió de sólo pensar en lo divertido y fácil que sería deshacerse de Taka.

—¿Y qué vas a hacer si decido no permitir que se la lleven? —preguntó Lynx, con un tono y una mirada desafiantes.

—Nos la llevaremos a la fuerza —respondió Taka con total seguridad, haciendo que Lynx soltara una carcajada.

—Has el intento, niño —desafió Lynx.

* * *

Con dos leones más grandes y corpulentos que ella, parados en la puerta, las esperanzas de Sarabi de poder salir eran cada vez más mínimas.

Necesitaba pensar en algo y rápido. Sin embargo, fue en ese momento cuando, los dos guardias cayeran al suelo y de repente apareció un león joven de pelaje dorado y una pequeña melena rojiza, quien entró rápidamente pero, al ver a Sassie, se quedó como congelado. No obstante, los gritos de un grupo de leones que se acercaban corriendo hicieron que el joven león volviera en sí.

—¿Mufasa? —la voz de Sarabi sonaba casi como un susurro de tan sorprendida que estaba.

Por sus rasgos, solamente podía ser él, además de que era muy raro encontrar leones con pelaje claro entre las filas de Lynx.

—Rápido, tenemos que salir de aquí —urgió Mufasa— ¿Otra salida?

Estaban prácticamente en la sima de esa pequeña montaña. No sería tan fácil escapar por cualquier parte que no fuese la entrada principal. No obstante, en ese momento Sarabi recordó la rampa por la que había salido la tarde anterior mientras esperaba que todo estuviese listo para la ceremonia.

—Sígueme —dijo Sarabi y comenzó a guiarlo por dicha rampa, la cual los guió hasta la sima completa de la Gigante Oscura.

Al estar allí, Mufasa se acercó al borde que daba hacia el norte. Su padre y Taka luchaban como podían contra Lynx y sus hombres. Justo en esa parte, se encontraba un pequeño camino que parecía seguro. Pero, si bajaban por allí, ellos terminarían metidos en la pelea. Y ese no era el plan. Entonces se acercó al borde opuesto. Esa parte parecía ser menos segura que al otra, además de que habían piedras sueltas, lo cual les complicaría bajar bien.  

Se trataba de elegir entre una opción mala y otra peor.

Sin embargo, la aparición de los cuatro leones que los venían siguiendo hicieron que Mufasa se decidiera: dio un empujón a Sarabi y luego el bajó detrás de ella.

* * *

La idea que Taka había tenido podría considerarse, por lejos, la más descabellada de todas. Pero era lo único que tenían y, si todo salía bien, pronto volvería a tener a Sarabi con él.

Luego de que Lynx lo hubiese desafiado de esa forma, no tardó en lanzarse sobre él. El otro, por supuesto, se defendió y, en menos de lo que podría imaginarse, su padre, su hermano y él se encontraban peleando contra los leones de Lynx.

No podía negar que Ahadi y Mufasa se defendían bien, además de que, por su tamaño, igual de grande y corpulento que el de Lynx, su padre tenía más ventaja. No obstante, lo único que podían hacer en ese momento era pelear, alejarse un poco, y luego volver a la pelea.

En unos minutos, todos estaban concentrados en la pelea. Fue entonces cuando Taka y Mufasa cruzaron una veloz mirada, y Taka asintió con la cabeza.

Ese era el momento. Era ahí cuando Mufasa, aprovechando que todos estaban centrados en la pelea, tenía que escabullirse e ir por Sarabi. Y fue entonces cuando el león dorado se escapó y fue directamente hacia donde se encontraba Sarabi. Mientras tanto, Taka y su padre tenían que preocuparse en la pelea y en mantener a todos ocupados allí, para que Mufasa pudiese escapar con Sarabi.

Ese era el plan.

Taka conocía bien a Lynx y, en cuanto lo hubiese visto llegar, estaba seguro que haría que toda la manada lo acompañara, dejando completamente sola el interior de la Gigante Oscura. Por ese motivo, confiando que fuese así, lo que tendrían que hacer era provocar una pelea y, cuando todos estuvieran concentrados en ella, Mufasa se escabulliría e iría por Sarabi, la sacaría de allí y, cuando ya estuviese fuera, daría la señal para que Taka y Ahadi dejaran de pelear y se reunieran con ellos dos.

Nada debía fallar.

* * *

De milagro era que estaban vivos luego de haber caído rodando desde varios metros y pasando por encima de todas esas piedras. Sin embargo, solamente tenían algunas heridas que sangraban.

Así que, al llegar abajo, Mufasa y Sarabi se pusieron de pie y, tras mirar hacia arriba, pudieron ver a los cuatro leones tratando de ir detrás de ellos pero, como no se animaron a bajar, avisaron a Lynx.

Era ese el momento. Así que Mufasa rugió un par de veces todo lo más fuerte que pudo, esperando que Taka y su padre  lo escucharan, y luego comenzó a correr con Sarabi.

Luego de varios minutos, Taka y Ahadi se reunieron con ellos dos. Sin embargo, Lynx y sus leones los venían siguiendo. Así que no dejaron de correr.

Poco a poco, comenzaron a llegar a una de las fronteras con el territorio que administraba la Manada de la Roca del Rey. No obstante, el terreno sobresalía algunos metros por encima de un río, y luego entonces se llegaba a casa.

No tenían otra opción. Era saltar o dejar que Lynx y sus leones los atraparan. Por lo cual saltaron al agua y luego nadaron hacia la orilla. Desde allí pudieron ver cómo Lynx y sus leones se detenían en el borde; Lynx enviaba a algunas que fueron por ellos, pero ninguno se animó a saltar, por lo cual tuvieron que irse, no sin antes jurar que tomaría venganza.

Con la respiración agitada por la carrera, todos suspiraron de alivio. Mufasa y Sarabi habían quedado bastante cerca al salir del agua y, al respirar agitadamente, podían sentir el aliento del otro sobre su rostro. Sin embargo, a pesar de estar bastante cansado ya, Taka se puso de pie y se acercó a Sarabi para frotar su cabeza con la de ella.

Finalmente estaban en casa. Pero Lynx volvería, tarde o temprano lo haría. Y cuando eso sucediera, entonces sí comenzaría la guerra.


Ahora dejaré unas imágenes de Lynx, para que se imaginen como es. Y otra de Mufasa y Taka, para que se hagan una mejor idea de cómo se ven a esta edad...
Lynx:

Y ahora ésta que, como ya dije, es más para que se den cuenta cómo es la apariencia de Mufasa y Taka en este momento.
Mufasa y Taka:
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Re: Crónicas de una cicatriz

Mensaje por Zyah el Jue Mayo 19, 2016 7:21 am

4. Un extraño visitante.

Sarabi no podía creer que todavía estuviesen vivos. Con todo lo que habían tenido que pasar, era un milagro que siguiesen enteros.

Estaba, en cierto modo, molesta con Taka por haber arriesgado su vida de esa manera, y también la de Ahadi y Mufasa. Podía haberla dejado perfectamente allí. Habría sido mejor, ahora estaban en peligro nuevamente. De todas formas, sería engañarse a sí misma si dijese que, después de todo eso, en el fondo no le alegraba que Taka se hubiese jugado la vida para rescatarla. Y sería engañarse a sí misma si dijese que no estaba feliz, además sorprendida, por el repentino regreso de Mufasa y Ahadi.

El tiempo que había pasado con Lynx desde la tarde del día anterior, cuando se habían casado, hasta esa misma tarde, había logrado ver que el líder de los Warrior no era tan malo como parecía. En el fondo, era un león muy atento y educado, pero Sassie debía admitir que prefería pasar toda su vida acompañada de Taka a pasar un día entero con ese león.

Todos en la manada se alegraron de ver a Ahadi y a Mufasa de regreso, Uru más que nadie. Estaba tan alegre que hasta resultaba irreconocible. De todas formas, el regreso de Ahadi también suponía grandes cambios: Taka ya no sería más el líder de la manada y rey de las Tierras del Reino; su padre ocuparía ese lugar hasta fallecer y ser sucedido por Mufasa. Obviamente, ella y todos esperaban que, con Ahadi de líder, la situación de la manada mejoraría. No era que no confiasen en Taka o que pensaran que era un mal líder, simplemente que Ahadi era mucho más grande y fuerte que Taka.

Por un momento, las esperanzas de sobrevivir a la Estación Seca parecían que renacían.

* * *

Esa misma noche, Sarabi se sentó la punta de la roca sobresaliente de la Roca del Rey (donde solían presentar a los nuevos herederos) , mientras el resto de la manada dormía. Sin embargo, unos pasos a su espalda la sorprendieron. Ella tenía un muy buen oído, y sabía que no se trataba de Taka ya que, si fuese él, los pasos serían más sigilosos al intentar, sin ninguna suerte, de sorprenderla por detrás. Así que enseguida se volteó y se encontró con la figura de Mufasa.

El león dorado esbozó una sonrisa de oreja a oreja al ver que lo había descubierto.

—¿Insomnio? —preguntó mientras se sentaba a su lado.

—Algo así —respondió ella— ¿Tampoco tú puedes dormir?

—Algo así —repitió él.

—Gracias por salvarme hoy.

—¿Salvarte? Si a lanzarte por un pequeña montaña y luego hacerte saltar a un río, para ti es «salvarte»... ¡De nada!

Mufasa podría haber tenido muchos cambios en diez años —incluso se atrevía a reconocerse a sí misma que estaba mucho más guapo—, pero lo que definitivamente no había cambiado en Mufasa era su humor: siempre tan alegre, con ese brillo característico en sus ojos que te advierte de no descuidar tus espaldas si no quieres caer en una de sus bromas.

Él siempre había sido el más hiperactivo, tanto que era capaz de darle un infarto a un búfalo. Siempre había sido el que más le gustaba bromear y tomarse las cosas con calma, coqueteando por aquí y por allá... Y también el más fuerte de los dos hermanos.

En cambio, Taka era mucho más reservado y tranquilo. Siempre había sido el más analítico, pensando fríamente cada acción a dar para no perjudicarse a él ni a los que lo rodeaban. Podía pasarse horas enteras escuchando las historias de su padre o el reglamento de las Tierras del Reino... Él siempre había sido el más inteligente y audaz.

Mufasa y Taka tenían muchas cosas que los diferenciaban, pero de todas formas su amistad no se podía comprar con ninguna otra.

—De una u otra forma, me sacaste de allí —dijo Sarabi con una sonrisa—: gracias

Mufasa se encogió de hombros. El no había tenido nada que ver en eso. Todo había sido idea de Taka, era a su hermano a quien debía de agradecerle y no a él.

—La idea fue de Taka... Agradécele a él, que veo que las cosas han cambiado mucho entre ustedes en todo este tiempo —contestó en tono bromista mientras movía las cejas al final.

Sarabi se quedó callada sin saber qué decir —si no tuviese pelaje, seguramente se la notaría sonrojada— cuando entonces un movimiento a lo lejos la alarmó, haciendo que rápidamente se pusiera de pie.

Mufasa la imitó sin saber lo que sucedía.

Algo se movía entre las hiervas, unos pocos metros debajo de ellos, solamente que Sarabi no lograba saber de qué se trataba.

No lo pensó dos veces y bajó rápidamente de la roca. Mufasa la siguió para que no cometiera una locura.

* * *

—¿Quién eres y qué haces aquí? —gruñó Sarabi, luego de haber saltado sobre el joven león que, al ver que Mufasa y ella se acercaban, había salido de su escondite y empezaba a correr.

El muchacho —que debería de ser más o menos de la misma edad que Mufasa y ella —tragó saliva pero no contestó. Por el contrario, trató de liberarse pero Sarabi lo sujetaba demasiado fuerte contra el suelo, poniendo todo su peso sobre él y apretando sus hombros con sus patas delanteras.

—E-estoy perdido —tartamudeó el chico.

—¿Perdido? —preguntó bruscamente. Ella no se creía lo que decía.

—Mi-mi familia fue atacada po-por Lynx... Solamente yo so-sobreviví.

Parecía bastante asustado y angustiado, así como cansado, por lo cual, como sucede cuando uno tiene esa mezcla de sentimientos, el muchacho empezó a llorar. En ese momento Sarabi relajó un poco los músculos. Era difícil seguir enojada con alguien que llora. Buscó la opinión de Mufasa mirándolo a los ojos, pero él se limitó a hacer una mueca y encogerse de hombros.

—Ven con nosotros —dijo Sarabi finalmente, en un tono más suave, saliendo de encima del chico.

* * *

—¿De dónde vienes, Nigel? —preguntó Ahadi, mirándolo fijamente a los ojos, pero con una mirada suave y comprensiva.

Nadie más que ellos dos —a excepción de Mufasa y Taka— se encontraban dentro de la cueva.

—No tengo hogar —respondió el chico, que al parecer se llamaba Nigel— Mis padres, mis hermanos y yo somos viajeros (yo soy el menor de mis hermanos). Por un tiempo estuvimos en Tierra de Nadie que, como dice el reglamento, nadie tiene autoridad sobre esas tierras por lo que los leones sin manada pueden vivir allí sin problema —empezó a contar Nigel— Pero hace unos días, Lynx trató de tomar el control de esas tierras y empezó a matar a todos los que se resistían para defender sus derechos. Mi familia fue una de las que falleció bajo sus garras, y yo logré escapar... Luego de viajar por algunos días, aquí estoy.

Ahadi hizo una seña a Mufasa y a Taka para que lo siguieran, y entonces los tres juntos se apartaron a una parte de la cueva de forma que estuviesen lejos del oído de Nigel.

—¿Ustedes qué opinan? —preguntó Ahadi— ¿Creen que sea conveniente dejarlo quedarse?

—Yo digo que sí —respondió Mufasa sonriendo— Su historia me parece convincente.

—Yo no estoy muy seguro —apuntó Taka— Según el reglamento del Serengueti, pactado en los tiempos del bisabuelo Kwanza, padre de nuestro abuelo Mohatu y nuestro tío-abuelo Selfish, ningún rey ni líder de manada tiene autoridad suficiente para apropiarse de la Tierra de Nadie. Y, si lo hace, está sujeto a una sanción puesta tras la decisión tomada por todos los líderes de los clanes de las Tierras del Reino es decir, de todo el Serengueti —recitó Taka, haciendo que Mufasa soltara un suspiro y rodara los ojos— No creo que Lynx se atreva a hacer algo de eso y arriesgar su liderazgo y expulsión del Serengueti, por más poderoso que sea —prosiguió Taka mirando a Ahadi, sin darle importancia a su hermano.

—Taka, Taka, tú siempre haciéndote el listo —se burló Mufasa— Ya vimos el poder de Lynx, con toda la seguridad del mundo te podría asegurar que él podría aprovecharse de eso para tomar el control de la Tierra de Nadie.

—Mufasa, tú no has vivido todo este tiempo aquí. Ni siquiera te sabes las diez primeras reglas del reglamento.

—Eso no es cierto —respondió su hermano, en tono idignado.

—A ver —lo desafió Taka, mirándolo con una sonrisa.

—Pues... yo... ¿La Tierra de Nadie es sólo para leones sin hogar y nadie tiene autoridad allí? —Taka lo miró como esperando más— ¿Las leonas son las que deben de cazar la comida? —probó nuevamente, pero para Taka eso tampoco fue suficiente— ¿El Rey es el que manda?

—¡Ahí está, no te sabes las reglas! —se regocijó Taka al ver que Mufasa no se sabía el reglamento— Qué futuro le espera a este reino con un rey como tú, que ni siquiera se sabe las reglas y no entiende el significado del Ciclo de la Vida —se burló.

—Eso sí lo sé —saltó Mufasa— Cuando un animal se muere...

—Muchachos, muchachos, nos estamos yendo de tema —intervino Ahadi, interrumpiendo a Mufasa

—Es cierto... ¿Qué opinas tú papá, respecto a dejar quedar a Nigel? —respondió Taka.

—Lo dejaremos quedarse, puede ser que diga la verdad —sentenció Ahadi y Mufasa miró a su hermano con una sonrisa victoriosa— Pero podría mentir —en ese punto, Taka fue el que le sonrió a Mufasa— Así que lo dejaremos quedar, pero lo estaremos vigilando y por el momento no podrá quedarse adentro de la cueva —dijo, y entonces miró a sus hijos esperando la respuesta de ellos.

—Me parece bien —respondió Taka luego de pensarlo uno momento, volviendo a adoptar su tono formal y serio, adaptado al momento.

—Igual a mí —indicó Mufasa con una sonrisa y un tono divertido, haciendo que Taka pusiera los ojos en blanco y lo mirara moviendo la cabeza y con una sonrisa como diciendo: «No tienes remedio»
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Re: Crónicas de una cicatriz

Mensaje por KIRAN27 el Jue Mayo 19, 2016 8:12 am

buen capitulo hermana zyah espero que sigas pronto una pena que murio su familia y espero que sigas pronto haber como  continua saludos y rugidos y un fuerte abrazo hermano nwn
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Re: Crónicas de una cicatriz

Mensaje por Aisha el Vie Mayo 20, 2016 1:04 pm

Hola Zyah!, no había leído tu historia antes pero déjame decirte que acabas de tener una nueva lectora, la trama esta interesante, la narración es excelente y la historia me parece original. Lo que mas me gusto es la hermandad que hay entre Taka y Mufasa, tienen sus diferencias pero al final se quieren, espero ansiosa la continuación Smile

Saludos y rugidos

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Re: Crónicas de una cicatriz

Mensaje por Zyah el Miér Jun 08, 2016 9:14 am

Gracias por sus comentarios.

Lamento mucho la tardanza. Últimamente me he dedicado escribir algunos de los capítulos siguientes de ésta historia y a ordenar un poco más las ideas para más adelante. Lo que puedo decir es que ya tengo algunas ideas en la cabeza, y una de ellas es posiblemente hacer una crossover (más adelante) e introducir algunos personajes de otro fic que escribí antes de este y que ya he publicado aquí...

Por otro lado, les dejo una imagen de Nigel, el león que apareció y se unió a la manada de Ahadi en el capítulo anterior.
Spoiler:


5. Momento familiar.

Ni Ahadi, ni sus hijos, ni nadie en la manada podían comprobar la veracidad de las palabras de Nigel; nadie en la Roca del Rey podía estar completamente seguro de que lo que el chico decía era verdad, ni tampoco completamente seguro de que mentía. Así que, la primera medida de Ahadi, tras consultarlo con sus hijos, fue dejar que Nigel se quedara fuera de la cueva por el momento y mantenerlo vigilado.

De todas formas, todos podían estar bien seguros de que no era de la manada de Lynx, por lo que no podía ser una especie de infiltrado. La diferencia saltaba a la vista: no era como los leones de Lynx.

Nigel era un joven león de pelaje claro, aún más claro que el de Mufasa o el de Ahadi. Ahí estaba la primera característica: no era de pelaje oscuro como los Guerreros. Por otro lado, sus ojos eran de un tono celeste, no como los Warriors que, por lo general, tenían ojos oscuros. Y su melena era de color café oscuro algo que, en realidad, compartía con Lynx y los suyos. De todas formas, sus otras características no coincidían con las de esos leones.

* * *

Al día siguiente, luego de haber resuelto todo ese problema de qué hacer con Nigel y todo el mundo se hubiera ido a dormir, Taka se despertó temprano y, tras levantarse haciendo el intento de no despertar a su hermano, que dormía a unos pasos de él, salió de la caverna para dirigirse hacia la punta de la «zona media» de la Roca del Rey. Allí donde solían presentar a los nuevos herederos.

Todavía se veían varias estrellas en el cielo y el Sol aún no había asomado por el horizonte.

Desde cachorro siempre se había despertado alrededor de esa hora, minutos antes del amanecer. La respuesta era simple: la gustaba observar el amanecer desde allí. La verdad, Taka encontraba bastante hermoso y hasta relajante ver el paisaje. Además, luego de haberse convertido en Rey y que todas las cosas se complicaran, ver el amanecer era una forma de relajarse y olvidarse por un momento lo que la manada estaba viviendo... así como era un buen momento para sentarse a ordenar sus ideas.

En ese caso, lo hacía más para ordenar sus ideas y pensar mejor que para relajarse.

Había muchas cosas en las que pensar. Como por ejemplo ¿qué iban a hacer cuando Lynx y sus leones aparecieran? O ¿Cómo podrían mantenerse alertas para que su llegada no resultara una sorpresa?

¿Cómo iba a hacer para mantenerse alerta y que el ataque de Lynx no lo tomara desprevenido? La verdad, no lo sabía. Y, si tenía que ser sincero, en realidad estaba asustado y enojado. Le asustaba lo que podría suceder a partir de ese momento, lo que podría suceder si Lynx los volvía a atacar. Y, no saber qué hacer para prevenirse, lo hacía frustrarse.

Entonces, sumando el temor con la frustración, sumaban en Taka una mezcla de sentimientos que se manifestaba en forma de mal humor, lo cual provocaba que, de vez en cuando, tratara mal a más de uno.

—¡Oh, Gran Aiheu, primer ser en habitar la Ma'at, Señor de los Leones, Primer Gran Rey! Tú, al que todos llaman Hermoso. Tú, que nos gobiernas desde el cielo junto a tu esposa, la Hermosa Hoër, tus asistentes, Minshasa, la del pelaje blanco como las nubes y ojos como el cielo, y Mano, el de brillante melena, además del resto de los dioses y todos los Reyes del Pasado! —invocó Taka, mirando el cielo estrellado—, dime qué debo hacer. ¿Qué hago para que todos estemos alerta ante un futuro ataque de Lynx? Señor, ayúdame.

Taka era consciente que ya no era Rey de las Tierras del Reino, y que era bastante difícil que volviera a hacer, por lo cual ya no era su deber preocuparse por esos temas. De todas formas, no era fácil despreocuparse y no tratar de buscar una solución.

Eran muchos los años que había pasado a la cabeza de la Manada de la Roca del Rey y del reino entero, preocupándose y ocupándose de los problemas de la manada. Además, era la manada y todos en ella los que estaban en problemas por lo cual, la situación actual que estaba viviendo, le incumbía tanto a él como a todos. Igualmente, no podía pedirles a los demás que se pusieran a pensar diferentes soluciones para mantener a todos a salvo. No era el propósito de ellos.

Cada cual tenía su propia función en la manada, y la de las leonas era ocuparse de la cacería y la crianza de los cachorros, no de resolver problemas políticos y de guerra. Ese era asunto del líder de la manada, sus hijos varones, y algún macho que tuviera algún lugar importante.

La política y las guerras no eran cosas de hembras.

Por lo cual, él como hijo del líder de la manada, debía ayudar a solucionar los problemas que atravesaba el clan.

* * *

Ahadi se había levantado minutos después que el Sol asomara por el horizonte. Se había incorporado lentamente de forma que Uru, que dormía con la espalda pegada a la suya, no se despertara.

Su sorpresa fue tal que se sorprendió cuando vio que Taka ya estaba despierto.

—¿Taka? ¿Ya estás despierto?

El joven ojiverde volteó mostrando una amplia sonrisa al ver a su padre.

—Buenos días, padre.

—¿Debo preocuparme por algo en particular? —preguntó mientras se sentaba a su lado.

—No —respondió Taka—, simplemente me gusta levantarme bastante temprano para ver el amanecer.

—Es cierto —corroboró Ahadi, con una sonrisa y un brillo en los ojos que denotaban nostalgia—. Desde pequeño siempre te gustó levantarte antes que yo; siempre fuiste más interesado que Mufasa en el tema de las lecciones —recordó el Monarca—. Si yo tuviera el poder para hacerlo, te aseguro que te nombraría Rey. Siempre fuiste el mejor de los dos.

Ahadi observó que Taka bajaba la mirada, seguramente sin saber qué decir.

—Por favor, papá, no digas eso. Que Aiheu, el Hermoso, no te escuche —lo reprendió con tranquilidad, al levantar nuevamente la mirada—. Mufasa se merece ser Rey mucho más que yo. A pesar de ser como es, él es el mayor. Y la tradición dice que el mayor debe ser el Rey, así lo dijo el Gran Aiheu al principio de los tiempos.

La expresión de Ahadi se volvió seria por un momento, y luego se tornó  culpable.

—Lo siento mucho —dijo, logrando que Taka se sorprendiera—. No debí haberme ido y dejar el reino en tus manos. Eras y sigues siendo muy joven para reinar.

Ahadi no cayó en la cuenta de que había dicho algo que Taka podía tomárselo mal, hasta que se lo dijo.

—Lo sé —respondió su hijo—. Yo lo lamento más. Te fallé. No fui un buen Rey.

—No es eso lo que quise decir —aclaró Ahadi—. Durante todo este tiempo has sido un buen Rey, más de lo que yo habría creído que podrías ser. A lo que me refería era que no estabas listo todavía, te faltaba entrenamiento.

Taka negó con la cabeza.

—Fui un pésimo Rey —dijo—. Te fuiste y todo se complicó. Lynx y su manada comenzó a atacar a las más cercanas y, de repente, todo el reino se sumió en caos y guerras. ¿Me vas a decir que todo eso solamente es coincidencia? Fue mi culpa, porque no supe ser buen Rey y contenerlos a todos.

Ahadi sonrió con indulgencia.

—Taka, ser buen Rey es más que hacer que toda tu gente esté conforme y así evitar las peleas entre ellas —dijo Ahadi—. Supiste liderar a la Manada de la Roca del Rey y mantener a todos a salvo, eso es ser buen Rey.

—¿A todos a salvo? —Taka rió con amargura—. Más de la mitad de la manada ha muerto en combate, ¿eso me hace un buen líder? Incluso Sarabi estuvo dispuesta a casarse con Lynx para que haya paz entre ambas manadas. ¡A casarse! ¿Lo entiendes, padre? Ella tuvo que sacrificarse por el bien de la manada, y no tenía por qué hacerlo. El que tendría que haberlo hecho era yo, no ella. ¡Yo era el líder! ¿Entiendes? Ni siquiera fue capaz de lograr la paz yo mismo.

Ahadi observó a su hijo con una sonrisa en los labios, hasta que le puso una pata en el hombro cuando Taka terminó de dramatizar.

—Ser Rey no te hace invencible —le dijo tranquilamente—. Muchas veces te tocará perder, y es normal.

—Pero soy un desastre —gimió—. Me confiaste el reino y mira cómo lo deje. Todos están contra todos. No se puede estar tranquilo en ningún momento y, si no fuera por nosotros, Sarabi seguiría allá.

—¿Crees que eres un desastre? —preguntó—. Taka, cuando estábamos allá, en el territorio de Lynx, me demostraste que eres un excelente líder. Supiste guiarnos a Mufasa y a mí e idear un plan perfecto para rescatar a Sarabi. Y todo dio resultado. Para mí, eso es ser un buen líder.

—Pero los expuse a ambos al peligro. Eso no lo hace un buen Rey.

—De verdad te lo digo —dijo Ahadi, hablando en un tono más bajo—, si pudiera te dejaría el reino a cargo tuyo en lugar de en las patas de Mufasa. Créeme, confío más en tu inteligencia y astucia que en la fuerza bruta de Mufasa, que lo único que sabe hacer es meterse en problemas.

Esas palabras lograron arrancar una risa de Taka, lo cual hizo sonreír a Ahadi.

—Lo que pasa es que tiene la cabeza llena de pasto seco —apuntó Taka sonriendo.

Ahadi rió, y entonces su hijo sonrió más.

—¿Ves? Eres más guapo si sonríes —indicó el Rey, con una sonrisa.

En ese momento unos pasos que se acercaban a ellos hicieron que ambos leones se voltearan. Allí, con la elegancia de una reina pero sin quitar esa sonrisa traviesa y el brillo de sus ojos que te advertía de estar alerta si estabas a su lado, Uru se acercó a padre e hijo. Ella, en realidad, era bastante más joven que Ahadi, ya que él era un adolescente y ella una cachorra cuando se conocieron por primera vez.

Para ese entonces, Uru era una cachorrita muy inquieta y problemática, además de algo rebelde y con una lengua muy afilada, y bastante caprichosa siendo una pequeña cachorra que Mohatu encontró vagando y decidió adoptarla. Ahadi, que era el único hijo biológico de Mohatu y por lo tanto el futuro Rey de las Tierras del Reino, era un poco más amargado y serio, y la primera reacción que tuvieron al verse no fue demasiado buena. Sin embargo, con el tiempo su relación se mejoró, Uru logró hacer que Ahadi sonriera más... Y, ahora, allí estaba.

Los dos habían decidido casarse a pesar de su condición de hermanos adoptivos y la diferencia de edad entre ellos. Tiempo después, ambos tuvieron dos cachorros, Mufasa y Taka.

Mufasa, sin duda alguna, había saco el genio de su madre, tan bromista e hiperactivo como ella, teniendo la misma sonrisa y el mismo brillo en los ojos. Por otro lado, Taka había heredado la astucia y la sabiduría de Ahadi, así como la parte gruñona algunas veces.

—¿Cómo están? —preguntó Uru con su sonrisa, mientras se ponía al lado de Ahadi luego de lamerle la mejilla. Entonces se acurrucó tanto al lado de él que casi hizo que se cayera—. Todavía no puedo creer que hayan vuelto. Había comenzado a creer que les había pasado algo.

—Estamos bien, mamá —sonrió Taka—. No quiero preguntar cómo estás tú, porque salta a la vista.

—Sí, bueno, me vas a perder de verdad si sigues acurrucándote así. Un poco más y me caigo de aquí arriba —respondió Ahadi, sonriendo.

Uru se apartó enseguida con una sonrisa y Ahadi pudo acomodarse mejor.

—¿Sabes? Taka y yo estábamos discutiendo —dijo Ahadi, haciendo que Taka le clavara la mirada—. Le estaba diciendo que es un muy buen Rey. Pero él es tan testarudo que me dice que eso no es cierto.

Uru miró a su hijo con una sonrisa y entonces Ahadi le sonrió a Taka como diciendo «¿Ves cómo se lo dije?»

—¿Así que él se cree inferior? —dijo Uru, con una sonrisa astuta—. ¿Acaso te mencionó cuando salvó a Diku y Dawla, los hermanas pequeñas de Sarabi, y a Msichana, Aibu y Moja, otros tres de los cachorros más jóvenes de la manada, de un grupo de leones que querían atacarlos? O, ¿cómo nos guió a salvo hasta una manada de cebras cuando no había nada que comer? O, ¿cómo con su ingenio logró salvar a Naanda y a Sarabi cuando fueron secuestradas por Kiongozi, un grupo de perros salvajes aliados de Lynx?

—Son muchas cosas —observó Ahadi con una sonrisa—. Propias de un buen líder.

—Solamente las hice porque era mi deber —respondió Taka, algo avergonzado.

—Lo cual demuestra que eres un buen Rey —apuntó Ahadi.

—Bueno... quizás sí lo sea un poco.

—Para mí siempre serás un líder magnifico —confesó Uru, lamiendo la mejilla de su hijo.

—¡Mamá! —se quejó Taka, pero no pudo evitar sonreír.

* * *

Luego que todo hubiera sido solucionado, Mufasa trató de volver a dormirse o, mejor dicho, dormir por primera vez ya que no había podido pegar un ojo en toda la noche.

No sabía qué era, pero sentía una sensación extraña. Lo primero que se le ocurrió fue que, el regresar a la Roca del Rey, le traía tantos buenos recuerdos que su cuerpo se manifestaba con esa sensación que, sin duda, era agradable.

Lo otro que pensó que podría llegar a ser era que estaba enfermo, pero no tenía sentido.

¡Al fin había logrado volver a casa luego de tantos años de aburrirse junto a esos viejos chochos que formaban el Gran Consejo de las Manadas! Porque, ¡había que escuchar sus tonterías! Mufasa todavía no podía comprender que esos tipos no tuvieran una pizca de humor.

¡Aquello era un infierno! No podía hacer chistes ni bromas, ni mucho menos meterse en problemas, porque cualquier comportamiento fuera de lugar era sancionado por el Consejo —que era formado por esos ancianos y diferentes reyes de otros reinos, como por ejemplo, Ahadi. Así que él se había aburrido a lo grande.

Para colmo, ese lugar estaba lleno de otros futuros reyes que tendrían su edad y que eran herederos de otros reinos aparte de Las Tierras del Reino y que estaban afiliados al Gran Consejo de las Mandas.

Pero, ¿qué era lo peor de todo? Definitivamente era el hecho de que, por más que esos chicos tenían más o menos su edad, todos eran serios, seguían estrictamente las normas.

Más de una vez Ahadi se había quejado de que no dejaba de dejarlo en evidencia y que el resto de los reyes y ancianos no paraban de criticarlo y reprenderlo por el mal comportamiento que él (Mufasa) presentaba. Pero ¿qué iba a hacer? La vida era demasiado corta para ser un tipo serio y aburrido.

Lo cierto es que, durmió tanto cuando logró conciliar el sueño, que se despertó cuando el Sol ya había salido hacía varios minutos.

Se estiró, bostezó y miró cerca de él.

Taka no estaba, ¿qué extraño en él? Su hermano siempre se levantaba antes que el mismo Sol.

Por lo cual se puso de pie y salió de la cueva, para luego subir la rampa que conducía al «nivel medio» de la Roca del Rey. Allí se encontró a su familia.

Mufasa sonrió.

—Qué bonita reunión familiar —dijo acercándose—. Pero falta el miembro más importante. O sea, yo.

Vio cómo los tres voltearon para verlo a él, el recién llegado. Entonces se acercó a ellos y se colocó al lado de Taka.

—Ahora sí estamos todos —sonrió.

—Por supuesto, solamente faltabas tú y tus tonterías —bromeó su hermano.

—Oye, ¿te acuerdas de cuando jugábamos aquí, cuando éramos cachorros? —Preguntó Mufasa—. Nos sentábamos en este lugar y forcejeábamos entre nosotros para ver quién de los dos lograba tirar al otro. Hasta que Zuzu llegaba y nos arruinaba el juego. Decía «Niños, no jueguen a eso. Se pueden caer y lastimar» —añadió Mufasa, hablando con una voz muy aguda en la última parte, en un intento de copiar la voz del mayordomo de Ahadi.

Todos rieron ante esa mal imitación de Mufasa. ¡Qué tiempos! Ojalá pudiera volver atrás, a esa época donde las Tierras del Reino eran paz y armonía.

De repente, una leona de pelaje beige como el de Sarabi se acercó a la familia. De hecho, ella era Utamu, la madre de Sarabi y todas sus hermanas, y la mejor amiga de Uru.

—Buenos días, Majestades —saludó a los cuatro con una reverencia—. Uru, ya es hora.

—Por supuesto —asintió la reina, con una sonrisa—. Debo irme. A ver si logramos cazar algo.

Debido a que la Estación Seca estaba casi por comenzar, las mandas y rebaños comenzaban a ser cada vez menos. Pero de todas formas no habían entrado en esa temporada, así que todavía quedaban algunos animales que cazar. Lo peor sería cuando estuvieran en plena Estación Seca.

—Aiheu abamami —las bendijo Ahadi—, qué el Señor esté con ustedes, y que Kike, la Cazadora de Aiheu, las ayude y favorezca.

Ambas leonas hicieron una reverencia y luego se fueron.

—Nosotros también debemos ocuparnos de lo nuestro —dijo Ahadi, mirando a sus hijos.

—Aw, ¿no puede ser más tarde? —se quejó Mufasa mientras hacía una mueca.
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Re: Crónicas de una cicatriz

Mensaje por KIRAN27 el Miér Jun 08, 2016 1:24 pm

buen capitulo hermano zyah y buena imagenen espero que no haya peleas y se que toda la familia tiene que ser un gran clan saludos y rugidos y un fuerte abrazo hermano nwn
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Re: Crónicas de una cicatriz

Mensaje por firsthuntress el Lun Oct 03, 2016 10:00 pm

Acabo de terminar de leer tu fic, ¡y debo decir que está genial! Me gustó mucho la idea de Taka siendo el líder mientras Mufasa se instruía para ser rey; sin dudas él es el más apto para el puesto. La parte del inicio de Pride Lands fue super interesante, y me encantó el rescate de Sarabi... (por cierto, su relación con Taka es TAN linda)
Tienes una manera de narrar muy buena; y el vocabulario es muy rico también Smile


Me sorprendí cuando vi el nombre de Asali, pues veo que hemos usado su significado para describir la personalidad de nuestras leonas ;D

¡Esperaré la continuación!
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Re: Crónicas de una cicatriz

Mensaje por Zyah el Mar Nov 22, 2016 12:25 pm

Gracias por sus comentarios. La verdad, siempre son bien recibidos y apreciados Smile

@firsthuntress escribió:Acabo de terminar de leer tu fic, ¡y debo decir que está genial! Me gustó mucho la idea de Taka siendo el líder mientras Mufasa se instruía para ser rey; sin dudas él es el más apto para el puesto. La parte del inicio de Pride Lands fue super interesante, y me encantó el rescate de Sarabi... (por cierto, su relación con Taka es TAN linda)
Tienes una manera de narrar muy buena; y el vocabulario es muy rico también Smile

Qué gusto verte por aquí, firsthuntress. Muchas gracias por tus palabras Smile Me alegra que te guste el fic y la relación de Taka y Sarabi; los vi emparejados por primera vez cuando leí Crónicas y no me pareció una mala pareja...

@firsthuntress escribió:Me sorprendí cuando vi el nombre de Asali, pues veo que hemos usado su significado para describir la personalidad de nuestras leonas ;D

¡Esperaré la continuación!

La verdad, si tú no me lo dices, no me daba cuenta con lo despistado que soy xD Pero tienes razón, parece que hemos usado el mismo nombre para describir a nuestras leonas xD




6. La cacería.

Sin duda, cazar era una de las tareas que más les gustaba y atraía a las leonas, sin importar quién fuera. Todas coincidían en que era una tarea peligrosa, una que requería una buena concentración, una excelente organización y un gran trabajo en equipo. La Cuadrilla sabía de sobra que una maniobra mal hecha, o estar en el lugar equivocado en el momento equivocado, podía terminar con una fea herida que obligara a la leona a alejarse de las cacerías por un tiempo o, en el peor de los casos, hacer que el encuentro ante Aiheu llegara antes de lo pensado.

Pero nada de eso le quitaba lo emocionante. Resultaba difícil de explicar, pero no existía leona alguna que no sintiera ese gusto por la cacería. Era algo que surgía en la infancia y luego se hacía más fuerte.

Sarabi no era ajena a este sentimiento.

El momento de la cacería era algo especial, donde las leonas se unían y, guiadas por su líder, buscaban la comida para el resto de la manada. Y, el obtener resultados fructíferos luego de tanto esfuerzo, era una forma de demostrar que habían hecho bien su tarea, la tarea de llevar la comida al resto de la manada. Sin duda, era motivo de orgullo y de una nueva oleada de emociones difíciles de explicar de forma sencilla.

Con Uzuri, la leona de los ojos azules como dos zafiros, liderando al grupo, rara vez no obtenían excito en sus cacerías.

Aquella mañana, como tantas otras, Uzuri emprendió la marcha con sus leonas hacia la zona sur del territorio de Taka, el cual había sido nuevamente liderado por Ahadi tras su regreso. En esa zona pastaba una manada de antílopes, además de que era el sitio preferido de las leonas cuando debían cazar a plena luz del día pues allí, los pastizales crecían de tal forma que ellas o cualquier otro depredador podía aprovecharse de ellos para esconderse y confiarse de que, sin importar quién fuera el que estuviera cerca, no lograría descubrirlo tan fácilmente.

Como líder de cacería, Uzuri iba al frente de la formación y, ya antes de alejarse de su hogar, les había dejo claro a sus cazadoras cuál sería la estrategia de ese día, y qué posiciones tomarían cada una, tomando en cuenta su destreza y fuerza física; Nigel, el chico nuevo, y cinco jóvenes de la manada, se colocarían en contra del viento junto a ella, Utamu, Uru y otras ocho leonas, entre las que se encontraba Sarabi. Las doce leonas deberían dividirse en dos grupos iguales y colocarse a una buena distancia, de forma que ambos grupos quedaran a cada lado de la manada de antílopes una vez comenzara a huir; Uzuri lideraría uno de los grupos, en el cual se encontraba Nigel y otros dos jóvenes, al mismo tiempo que Uru sería la encargada de liderar el otro, en el que se encontraban los otros tres chicos restantes. Mientras tanto, en el extremo opuesto, de forma que el viento guiara su aroma hasta la manada a propósito, se colocarían Naanda y dos leonas más.

Minutos después de haber partido de casa —tanto que la Roca del Rey, aunque todavía se podía visualizar con claridad, ya había perdido su aspecto imponente y majestuoso— las leonas se encontraron con su objetivo: una manada como cualquier otra, pastando tranquilamente sin imaginarse que, esa mañana, uno de ellos se reuniría con Aiheu.

Sin decir una palabra, Uzuri miró a Naanda y asintió con la cabeza a lo cual, la melliza de Sarabi, respondió de la misma manera e, inmediatamente, comenzó a reptar por entre los pastizales junto a sus dos compañeras para posicionarse en donde su líder les había ordenado. Sin embargo, se detuvieron un momento y esperaron a la señal de Uzuri, quien les indicaría cuando todos estuvieran listos.

Sarabi, que era miembro del segundo grupo, liderado por Uru, y atacaría por el flanco derecho de la manada, se colocó en donde le habían ordenado, con el cuerpo pegado al suelo y las orejas retraídas, atenta para atacar cuando fuera el momento. La joven de ojos avellanas se encontraba a algunos metros de Uru, siendo separada de la leona de pelaje cobrizo por el cuerpo del joven encargado de ser el siguiente después de Uru en la formación.

Desde su lugar, Sarabi vio perfectamente cuando la reina levantaba la cabeza y asentía para Uzuri, dándole a entender que ellas ya estaban listas.

La manada de antílopes se encontraba a una distancia prudencial de todas ellas, al igual que ambos grupos de cazadoras se encontraban a una buena distancia uno de otro. No obstante, los ungulados estaban demasiado ocupados en su tarea, además de que el viento soplaba a favor de las depredadoras. Y, por el lado de las leonas, ellas tenían una buena visión como para ver perfectamente las señales de unas y otras, además de que Uru no era una de las leonas que más se pudiera camuflar entre la hierba debido a su pelaje.

La Líder de Cacería, tras ver la señal de Uru, también sacó la cabeza de entre los pastizales para observar a Naanda y las otras dos leonas, e indicarles que todos estaban listos. La otra, a pesar de estar a varios metros de distancia, comprendió y enseguida comenzó a marchar con sus compañeras hacia su posición.

El plan era perfecto, pero arriesgado para cualquiera de las leonas de los dos grupos que se mantenían a la espera.

Uzuri había hecho repasar más de una vez la técnica que utilizarían esa mañana: Naanda y sus compañeras deberían acercarse al grupo de bóvidos moviendo sus colas de arriba a abajo para que el viento llevara su aroma hasta las narices de la manada, confiando en que, en cualquier momento, alguno de ellos detectaría la presencia de las tres leonas, alertaría al resto y comenzaría a correr en dirección opuesta... sin pensar en que habrían caído en la trampa.


Pasaron varios minutos desde que Uru le indicó a Uzuri que su grupo estaba listo y, a su vez, la líder de indicó a Naanda que ya era momento de poner en marcha el plan.

Sin duda, para Sarabi que debía estar esperando, los minutos se le hicieron eternos. Estaba impaciente. No podía esperar a que la manada comenzara a moverse y ellas pudieran saltar al ataque.

Sin embargo, en momentos como esos la paciencia era fundamental, por lo que no tuvo más remedio que contenerse, agazaparse y doblar las patas delanteras hasta la altura de los hombros, retraer las orejas y extender las garras. El aroma de la tierra llenaba sus fosas nasales sin problema alguno.

Entonces, sucedió lo tan esperado.

Comenzó a sentir una suave vibración del terreno bajo sus almohadillas y, para dondequiera que mirara, podía ver leonas y un león tensando los músculos y pegando el cuerpo al suelo, si es que era posible pegarlo más de lo que ya estaba. Todos estaban preparados.

Eso le indicó que ellos también habían sentido la tierra vibrar.

—Prepárense, aquí vienen —susurró Uru, sin temor de que alguien de su grupo no la escuchara. Todas estaban acostumbradas a manejarse entre susurros a la hora de cazar. ¿De qué otra forma podían comunicarse cuando no podían hacerlo por señas?—. Recuerden las lecciones de cacería.

Segundos después, una marea viviente de antílopes pasó no muy lejos de ellas; cientos de peligrosas pezuñas golpeando la tierra y levantando una nube de polvo tras su paso, todos corriendo de forma desenfrenada con un único pensamiento en común: «vivir».

Cuando la manada terminó de pasar, las doce leonas y dos leones que se encontraban al acecho salieron de su escondite y se abalanzaron sobre una de las últimas antílopes que, desafortunadamente, no solo era una de las que iban más atrás, sino que fue la escogida por las leonas.

Desde luego, ese era un honor que absolutamente nadie quería recibir.


Uzuri y Uru iban detrás, dándole protagonismo al resto de las leonas, en especial a las más jóvenes.

Sarabi aceleró, esforzando sus patas para correr lo más rápido que le era posible, logrando ser una de las primeras en lanzarse sobre el antílope. La joven león rodeó el cuello del animal con sus poderosas patas delanteras y, al mismo tiempo, haciendo uso de todo su peso para tirar abajo al obstinado mamífero que, aunque pareciera en vano, peleaba por su vida. Thamani y Nigel, dos de los leones que participaban en la cacería, fueron los siguientes en alcanzar a la presa, y también pusieron de su parte para atacar y derribar al animal.

El resto de las leonas llegó a su tiempo, pero de todas formas ayudaron como pudieron en matar a la antílope, la cual ya se encontraba en el suelo y Sarabi no le quitaba sus dientes del cuello, esperando a que el animal dejara de moverse, lo cual sucedió algunos minutos más tarde. De esa forma, la joven quitó lentamente sus fauces del cuello del antílope y, cuando estuvo segura, se incorporó sentándose en el suelo mientras pasaba su lengua por su hocico para limpiar los rastros de sangre del animal.

Nuevamente, el clan no se quedaría sin comer. Pero todas se daban cuenta de que eso no sería por mucho. Cuando las manadas migraran, las opciones comenzarían a reducirse y las leonas se verían en la obligación de buscar otros animales que cazar, animales no tan «inofensivos» como los que acostumbraban a cazar.

—Buen trabajo, chicas —las felicitó Uzuri mientras esbozaba una sonrisa. Luego volteó hacia los dos jóvenes que se encontraban entre ellas—, al igual que ustedes, muchachos. Pero, Naanda, debes tener más cuidado la próxima vez —regañó a la aludida, quien bajó las orejas y un poco la cabeza—. Estoy segura que no querrás recibir una coz y tener que alejarte de las cacerías sólo por una imprudencia. Créeme que no es nada bonito recibir un golpe de esas fuertes pezuñas.

Naanda asintió con la cabeza, visiblemente apenada, se dijo Sarabi, tomando nota de las observaciones de su líder.

—Levanta esa cabeza —dijo Uzuri, y en su rostro se dibujó una media sonrisa—. Un error lo puede cometer cualquiera..., pero, cariño, procura no equivocarte muy seguido. Si sigues así algún día nos vas a dar un buen disgusto —La voz de Uzuri sonaba mucho menos dura que antes e incluso, como muestra de afecto, frotó su cabeza contra la de la joven leona.

La hermana de Sarabi no tardó en esbozar una sonrisa y responder a la caricia, aunque al principio hubiera estado algo sorprendida. Las muestras de afecto eran comunes entre las leonas, en especial entre las que formaban parte del grupo de cacería, pero Uzuri no era precisamente alguien que fuera demasiado afectuosa cuando era «la líder».

Todas estaban acostumbradas a ver seriedad y dureza de parte de Uzuri mientras ejercía su cargo de Líder de Caza. Ella era una excelente cazadora y líder, aunque al mismo tiempo estricta y rígida: cuando había que resaltar los errores, se resaltaban los errores. Y cuando había que felicitar, se felicitaba.

Nadie dudaba que Uzuri quisiera a todas sus hermanas de manada por igual, y estaba pendiente de la seguridad de cada una durante las cacerías. Su fría mirada de piedra lo decía todo cada vez que alguien desobedecía una orden o cometía un error... aunque rara vez alguien la desobedecía. En la cacería, la palabra de Uzuri era la más fuerte de todas, incluso más fuerte que la palabra de la propia Uru; obviamente, solamente sucedía cuando cazaban.

Por otro lado, cuando todas se encontraban en la Roca o en otro lugar que no fuera cazando, la Uzuri que solía ver todo el mundo era una Uzuri maternal. Sí, podría ser igual de protectora y dura cuando debía serlo con los cachorros, pero no cabía duda de que, al fin de cuentas, era una leona cariñosa.

De vez en cuando, las leonas podían ver a una Uzuri cariñosa incluso durante la cacería, pero eso no solía darse muy a menudo. Pero, en esa ocasión, la Líder de Caza no había podido evitar dar muestras de afecto a la joven Naanda. La chica era una novata. De hecho, era una de las leonas más jóvenes y nuevas en la cuadrilla, además de que había tardado un poco más que el resto en entrar al grupo, dado que no era demasiado hábil como su hermana u otras leonas. Por ese motivo, Uzuri consideraba que no estaba mal ser un poco menos dura con ella y otras jóvenes nuevas, sólo para que se sintieran un poco más cómodas y no tan frustradas por sus errores... cosas que, con el paso del tiempo, todas terminaban por olvidarse y tomarlas como algo común.

Para las leonas más veteranas, las duras críticas de Uzuri ya eran cosa repetida y casi no las afectaba, aunque eso no quería decir que no siguieran los consejos e indicaciones de su líder. Pero, para las más nuevas, recibir esas críticas al final de cada cacería —a pesar de ser necesarias para progresar, según Uzuri—, podía resultar algo chocante y un poco desanimante varias.


Luego que Uzuri se apartara de Naanda, Sarabi decidió acercarse y frotar su cabeza con ella mientras sonreía luego de haber estado esperando a que su líder se hiciera a un lado. Su idea era levantarle el ánimo luego de la crítica que Uzuri le había hecho, a pesar de no haber sido dirigida con mala intención.

No obstante, Naanda parecía más animada luego de la caricia y las palabras de afecto de Uzuri.

—Cada día mejoras más —le confió Sassie, sonriendo.

—No quieras levantarme el ánimo con mentiras —se quejó Naanda en tono de reproche, aunque luego le sonrió a su hermana.

—No son mentiras. Es la verdad. Cada día mejoras más.

Naanda curvó una sonrisa.

—En ese caso gracias. Me esfuerzo por hacerlo...

Ambas sonrieron y rieron, y volvieron a frotarse; esta vez frente con frente.

De repente, la voz de Uzuri llamó su atención y el del resto de las leonas.

—Bien, llevemos nuestro premio a casa —ordenó la felina de los profundos ojos azules y, enseguida, los leones jóvenes se ofrecieron para ayudar a llevar la presa.

Todo el grupo emprendió la marcha de regreso a casa. Sarabi dio un par de pasos cuando entonces sintió un aroma nuevo que no había detectado hasta el momento, y que la hizo quedarse quieta en el lugar mientras las leonas pasaban por su lado.

—¿Qué pasa, Sassie? —preguntó Naanda, luego de detenerse unos pasos delante de ella, al notar que no avanzaba.

La aludida no contestó y, en su lugar, se limitó a olfatear el aire. Su hermana la imitó y, enseguida, comprendió lo que pasaba. Un aroma a carne en descomposición y otros aromas no muy agradables llenaron sus fosas nasales. Y, cuando sus ojos se encontraron con los de Sarabi, supo que ella estaba oliendo lo mismo.

Tal parecía que no estaban solas.

*            *            *

Cuando Uru y Utamu se marcharon tras la bendición de Ahadi, padre e hijos se pusieron de pie y empezaron a dirigirse al interior de la cueva. Había muchas cosas en la que pensar y charlar, cosas que definirían el futuro de la manada e, incluso, su sobrevivencia ante el creciente poder de los clanes vecinos. Si hubiese sido por Mufasa, esos temas hubieran sido pospuesto para más tarde, pero Ahadi había insistido en que debían ser abordados cuanto antes. Y, como no podía ser de otra manera, Taka apoyó a su padre... y de paso dejó caer un comentario hacia su hermano acerca de que él debería cambiar esa actitud y dejar de actuar de forma tan despreocupada e irresponsable. Si seguía con ese paso, nadie iba a tomarlo en serio como rey y, lo más probable, sería que tuviera un revuelta a los pies de la Roca del Rey cuando menos se lo esperara, con sus súbditos todos puestos en su contra. Al momento, Taka notó que a su hermano no le gustaba nada ese comentario, pero aun así lo vio cerrar la boca y rodar los ojos, como si le diera igual sus palabras. Siempre sacaba de quicio a su hermano.

Taka odiaba que hiciera eso... y además odiaba que su hermano lo conociera tan bien.

El león de ojos verdes estuvo por responderle y dar comienzo a lo que sería una de sus comunes discusiones que tanto habían sido echadas de menos por toda la manada durante el tiempo que Mufasa no había estado. Sin embargo, antes de que Taka pudiera decir palabra alguna, Ahadi habló recordándoles la urgencia de los temas que debían de hablarse.

Inmediatamente, Taka recobró la compostura y se sentó en el centro de la Roca del Rey —donde el rey y la reina solían descansar todas las noches—, lugar donde Ahadi ya se había sentado. Y Mufasa también lo hizo enseguida después de Taka. De esa forma, ambos habían quedado formando un triángulo cuyos lados no eran demasiado perfectos, pero ese no es lo que importaba en ese momento.

El resto de la mañana, los tres leones se la pasaron discutiendo sobre cuáles eran las mejores opciones para asegurar la seguridad de la manada y de su territorio en contra de los forasteros y enemigos. Al mismo tiempo, charlaron sobre los pros y los contras de esas ideas que iban surgiendo. De esa manera, los tres llegaron hasta la opción de que se formara una «Guardián del León»; propuesta mencionada por Ahadi. Ni Taka ni Mufasa sabían qué era, por lo cual Ahadi tuvo que explicarles de qué se trataba y cuál era su función.

Algo bueno que tenía todo eso era que el territorio de la manada y sus habitantes estarían bien protegidos gracias al buen equipo de la guardia, pues las habilidades de sus integrantes sin duda eran excepcionales. Sin embargo, la principal contra que tenía todo era que resultaba imposible reunir cuatro leones en tan poco tiempo.

—En mi reinado no llegó a hacerse debido a que tuvimos que irnos cuando tú eras un adolescente, Taka —explicó Ahadi—. A esa edad estabas listo para ser líder de la Guardia. Yo lo sabía.

Taka se mantuvo callado durante un momento a pesar de que su padre hubiera terminado. El joven león estaba pensativo. Había algo de todo eso que todavía no terminaba por encajar en su mente.

Entonces su hermano soltó una carcajada.

—Vaya, hermanito —dijo—, parece que sí serás alguien importante después de todo.

Ese comentario desubicado y bromista de parte de Mufasa hizo que Taka volviera a la realidad y fulminara a su hermano con la mirada.

—Cierra la boca —le espetó con el ceño fruncido, y entonces se dirigió hacia su padre, relajando la expresión.— ¿De verdad debo conseguir a cuatro leones con esas habilidades?

—Sí. Es la mejor opción que tenemos hasta el momento.

Taka volvió a quedarse en silencio, aunque en esta ocasión fue por menos tiempo. Cuando el león hubo asimilado todo, soltó un intento de una breve risa que, en realidad, resultó parecerse más a un resoplido.

—Debes estar de broma, ¿no? —dijo mirando a Ahadi—: ¿La Guardia del León, la mejor opción? —Taka rió sin gracia—. Esto DE SEGURO es un chiste de mal gusto.

—No es ningún chiste —replicó el rey, en un tono más serio y ofendido por la reacción de su hijo.

El joven moreno carraspeó.

—Perdón —se disculpó Taka luego de notar el tono de su padre y murmuró, más para sí que para Ahadi—: No puedo creerme todo esto.

Justo en ese momento, Nigel, el león nuevo, entró en la cueva apresuradamente. Taka, Ahadi y Mufasa lo observaron con ojos sorprendidos, sin esperarse la interrupción del joven.

—¿No sirve también el más inoportuno? —preguntó Taka, con ironía.

Desde que Nigel había llegado, Taka no dejaba de mirarlo con desconfianza. Realmente no lo hacía por maldad, sino porque simplemente no confiaba en ese chico. Él había dado sus razones en el juicio de Ahadi de por qué no quería que ese chico se quedara, pero de todas formas su padre lo había dejado quedarse.

Eso hacía que Taka intentara llevarse bien y tratarlo un poco mejor, después de todo, era la orden de su padre y debía respetarla; las palabras del rey, eran las palabras del rey... pero eso no quería decir que el rey no se equivocara nunca. No siempre lo que Ahadi decía podía considerarse palabra santa. Su padre no había estado los últimos dos años en las Tierras del Reino y, sobre todo, no había vivo lo que él vivió todo ese tiempo.

Así que no confiaba en él, y punto. Algo le olía mal a Taka. Algo le decía que no quitara los ojos de él, porque debajo de esa piel de cordero quizás se encontrara con un lobo feroz.

Además, apenas había llegado la noche anterior, así que no había tenido muchas oportunidades de estar y tratar de llevarse bien con él.

—¿Qué estás haciendo aquí? —inquirió—. ¿A caso no sabes pedir permiso antes de entrar? Estábamos...

—Está bien, Taka —lo tranquilizó Ahadi—. ¿Qué sucede, Nigel?

—Lo lamento, majestades —se disculpó el chico—. Hay un grupo de hienas en nuestro territorio, y en este momento se están enfrentando a las leonas.

En el rostro de Ahadi apareció una expresión de temor y preocupación al escuchar las palabras del joven

—Muéstrame dónde es —pidió el rey, mientras se ponía de pie rápidamente sin dudarlo.

—Pero todavía no terminamos —protestó Taka.

—No te preocupes. Recuerda que la Guardia del León es la mejor y la única opción que tenemos —respondió Ahadi—. Tú solamente ocúpate de encontrar a esos cuatro leones con esas características —entonces se inclinó hacia su hijo y le susurró en el oído—. Y, recuerda también que confío plenamente en ti, Taka. Sé que lograras formar la Guardia antes de que sea demasiado tarde.

Al terminar, el rey se apartó del rostro de Taka y se alejó hacia la entrada de la cueva. Allí, se detuvo mirando directamente a Nigel al rostro, limitándose a inclinar levemente la cabeza. El chico entendió al instante y comenzó a salir de la caverna

—¡Déjame acompañarte! —pidió Mufasa a su padre, antes de que se fuera.

—No. Tú quédate aquí a ayudar a tu hermano —respondió Ahadi, rotundamente y, junto al chico nuevo, salió de la cueva y no tardó de perderse de la vista de los dos hermanos al comenzar a bajar.

Taka seguía con la vista fija por donde su padre se había marchado, incrédulo. ¿De dónde iba a sacar él cuatro leones así? Y, lo más importante, ¿por qué había tenido que decirle que confiaba en él? ¿Por qué no se lo había guardado para cuándo terminara? Seguramente habría sido mejor idea decirle algo como «Sabía que lo lograrías» o «Siempre confié en ti», cuando hubiera conseguido a los cuatro leones. Ahora se sentía peor que antes con todo el peso inconsciente de no querer defraudar a su padre.

Sin embargo, el ojiverde suspiró y miró a su hermano mientras se ponía de pie. Seguro que el quedarse en la cueva a lamentarse y maldecir a su padre no solucionaría nada.

—Vamos, hermano —dijo comenzando a caminar—, tenemos trabajo que hacer.

*            *            *

—¡Largo! —rugió Uru mientras propinaba un fuerte y certero zarpazo a la hiena que tenía más cerca—. Lárguense de aquí.

El grupo de quince carroñeros había aparecido prácticamente de la nada, surgiendo de improviso de entre los pastizales y dejando atónitas a las leona por un momento, aunque enseguida algunas no tardaron en reaccionar y responder mostrando sus dientes. Al ver esto, otras leonas las imitaron, saliendo de su shock momentáneo.

Lo extraño era que no hubiesen reparado en la presencia de ellas. Era cierto que los pastos altas servían de un gran aliado para las leonas a la hora de cazar, pero también les jugaban en contra al servir de escondite para otros depredadores y enemigos, como las hienas. Pero, aun así, ¿cómo no habían sentido su aroma? Seguramente porque se habían fijado muy bien en esos detalles, viendo la dirección del viento para evitar ser descubiertas por las leonas... tal como ellas hacían al cazar un animal.

En realidad, lo cierto es que las hienas sí fueron detectadas. Cuando la cuadrilla se decidió por ponerse en marcha, Naanda y Sarabi pudieron oler su aroma, aunque no tuvieron tiempo de hacer nada, pues enseguida todas aparecieron sorprendido y alarmando a las leonas.

Ahora, la Cuadrilla de Cazadoras debían defender, con uñas y dientes —literalmente—, la comida de la que tan orgullosas se sentían de haber logrado conseguir.

Uzuri fue la primera en atacar a la hiena más cercana que trató de robar un pedazo del antílope. Y así comenzó la pelea.

Las leonas peleaban bien, en general, pero las hienas, aunque por poco, las superaban en número.

Sarabi extendió las garras y mostró sus dientes; un completo arsenal de muerte. Gruñó y golpeó a una hiena en plena cara y con las garras extendidas. Enseguida, cuatro hilillos de sangre brotaron en forma diagonal en la cara del felino enemigo, producidos tras el paso de las peligrosas garras de Sarabi, que por poco no le sacaron un ojo.

La hiena gruñó y, tras comprobar que en su cara brotaba sangre al pasarse una de sus patas y descubrirla teñida del líquido carmesí, arremetió contra la leona, saltando sobre ella.

Se repartieron mutuamente algunas mordidas dirigidas al cuello, aunque ninguna alcanzó a hacer daño a la otra, hasta que Sarabi golpeó a su contrincante nuevamente en la mejilla. Sin embargo, en esa ocasión no le hizo daño, sino que la golpeó con la fuerza necesaria para alejarla y tener tiempo de reponerse para atacar de nuevo mientras soltaba un rugido.

En medio de la pelea, un potente rugido hizo que las leonas se detuvieran y que a las hienas se le erizara la piel.

Cuando Sarabi dirigió la mirada hacia donde había escuchado el rugido, vio la figura dorada de Ahadi parada sobre una parte más alta del terreno, y su melena negra siendo apenas despeinada por una suave brisa. A su lado se encontraba el joven que ella había descubierto la noche anterior: Nigel. Al lado de la majestuosa figura de Ahadi, el forastero parecía pequeño, y su melena color café, todavía en desarrollo, simplemente servía como un rasgo más para resaltar la corta edad del chico.

Entonces, un pensamiento saltó en su mente.

De hecho, fue una palabra lo que captó toda su atención por un momento.

Taka.

¿Dónde estaría? ¿Y Mufasa? Era raro que ninguno de ellos estuviera acompañando a su padre. Sin embargo, decidió que más tarde averiguaría eso. Por el momento, tenía algo más que atender.

Fue un sonido lo que la trajo de regreso a la realidad, a decir verdad.

Un sonido fuerte, proferido desde la garganta de un león adulto.

En realidad, de un macho dominante, para ser más preciso: Ahadi volvió a rugir antes de abalanzarse sobre una hiena.

Y entonces la pelea continuó.


La pelea duró un puñado de minutos más, cuando el número de hienas en combate se había reducido y Ahadi se había deshecho de una hiena más tras estrangularla. Los sobrevivientes decidieron marcharse. Y en su huida fue que Ahadi logró capturar a una de ellas.

Todo el mundo había dejado de pelear para entonces.

Sarabi observó la escena desde su posición: un ejemplar joven, bastante joven, bajo las poderosas patas del rey Ahadi. Estaba aterrado. Temblaba como una hoja en un temporal, en peligro de desprenderse en cualquier momento.

El león no tardó en comenzar a hacerle un cuestionario en un tono no muy amigable ni paciente.

Sarabi casi se compadeció de ella. Estar en su lugar no debería de ser fácil. Ser aprisionada por las poderosas patas de un ser mucho más fuerte que ella... Seguro que no era una experiencia demasiado buena.

Casi se compadeció de ella.

En su lugar, un atisbo de sonrisa apareció en su rostro.

Se lo merecía, pensó Sarabi. Por ser hiena y meterse con la comida de los demás.

Estaba segura de no querer perderse ese momento, pero un movimiento a su izquierda hizo que captara toda su atención: Naanda se marchaba con su pata derecha apenas tocando el suelo.

La joven leona logró apartarse de todos y tumbarse en el suelo, para luego comenzar a lamerse su pata derecha. Sarabi notó esto también, por lo que decidió acercarse a su hermana.

―¿Naanda? ¿Qué sucede?

La leona de ojos color plata levantó la mirada hacia su hermana mayor. Una sonrisa se formó en sus labios, como era normal en ella.

―Nada ―respondió, restándole importancia a su herida, y estuvo por decir algo más cuando una voz lo dijo por ella.

―Una hiena la mordió en la pata.

Sarabi se sobresaltó al oír esa repentina voz a su espalda. El pelaje del lomo se le erizó por la sorpresa. Al voltear, se encontró con Nigel y sus ojos celestes.

―¿Estás bien? ―preguntó el chico, sin dudas que dirigiéndose a Naanda.

―Sí, estoy bien ―respondió la aludida, con su sonrisa habitual en los labios―. Gracias.

―Me alegro ―indicó Nigel.

Por un momento, en su expresión seria apareció una sonrisa. Una sonrisa genuina, aunque tímida y perezosa, casi con miedo de salir y romper la seriedad del rostro de Nigel. No obstante, logró asomarse un poco, curvando levemente los labios del joven león... Pero duró muy poco, pues la sonrisa desapareció casi enseguida, escondiéndose nuevamente tras la expresión seria de Nigel. Desapareció prácticamente como un pequeño animalillo que, al sentirse amenazado, corre a refugiarse en la seguridad de su hogar.

Sarabi, que no había dicho nada desde que la voz de Nigel la había sobresaltado, observó con una ceja arqueada cómo su hermana veía marcharse al león.

―Es algo raro, ¿no crees? ―comentó mientras se sentaba al lado de Naanda.

―¿Por qué dices eso? ―la otra leona respondió más rápido de lo que Sarabi se imaginó.

Al menos, su presencia todavía no la desconectaba de la realidad, pensó Sassie.

―Porque es extraño ―afirmó Sarabi―. ¿No lo ves? Se comporta de forma extraña. Es distante con todo mundo, y nunca habla con nadie.

―Sassie, apenas llegó anoche. Dale tiempo.

Hubo un silencio durante unos minutos, en los que no se escuchó nada más que el sonido de la lengua de Naanda al pasar por su pata, y las exclamaciones de Ahadi al querer que la hiena hablara y respondiera sus preguntas.

―De todas formas ―prosiguió Sarabi, rompiendo el silencio―, no sé qué le ven. ¿Viste a las chicas hoy? No paraban de molestarlo. Toda la mañana alrededor suyo, haciéndole preguntas. Y eso que no están... ―hizo una pausa, dejando las palabras en el aire por un momento―, ya sabes.

―Dices eso porque tienes a Taka.

―No es por eso, te lo aseguro.

―¿Entonces por qué? ¿Estás celosa de que reciba tanta atención? ―Naanda la miró con una sonrisa, y no era esa sonrisa simpática de siempre.

Era una sonrisa que Sarabi odiaba en su hermana.

Sassie bufó.

―¿Y tú por qué defiendes tanto a ese forastero? ―ahora era su turno de cuestionarla y devolverle el juego.

Naanda sonrió y sacudió la cabeza.

―Mira, Ahadi ya terminó con la hiena ―fue la única respuesta que Sarabi recibió de parte de su hermana.

*            *            *

Taka no lograba comprender dos cosas.

La primera era que su padre quisiera que él reuniera a cuatro leones para formar una especie de cuadrilla para proteger el territorio. Y la segunda, que le hubiera dicho a Mufasa que lo ayudara. ¿No hubiera sido mejor decirle directamente que fuera una molestia? Eso sí que se le daba bien a su hermano.

Como fuera, Taka quería ayudar a la manada en todo lo que pudiera y, sin duda, iba a dar todo de él para lograr formar ese grupo y protegerla. Pero, ¿de dónde iba a sacar él cuatro leones que tuvieran esas características?

Su hermano no era de demasiada ayuda; de vez en cuando decía alguna tontería, aunque no parecía poner nada de sí para ayudar a Taka a formar ese grupo de leones.

Por lo que, de esa forma, ambos caminaron durante un rato mientras Mufasa no dejaba de hablar y hacer bromas, al tiempo que Taka una y otra vez le pedía que se callara.

Al final, los dos decidieron detenerse para descansar un poco al lado de un manantial.

Un par de jóvenes impalas hembras que se encontraban apartadas de su manada para beber agua salieron corriendo en dirección a su grupo en cuanto vieron a los dos príncipes acercarse. Antes de llegar, la manada empezó a huir también y, segundos después los impalas apartados lograron unirse al resto. Y, al cabo de algunos minutos más, lo único que quedaba de ellos era una nube de polvo que habían levantado a huir.

Taka no les prestó atención y fue treparse a una roca que quedaba a la sombra, lugar en el que decidió tumbarse de lado aunque con la cabeza erguida. En su mente daban vueltas las palabras de su padre al mismo tiempo que su cerebro trabajaba duramente para encontrar una idea que les permitiera buscar y encontrar a esos leones en menos tiempo.

Podían dividirse y así ocupar más terreno, pero Mufasa era un niño. Taka estaba seguro que seguir como estaban o dividirse para cubrir mayor terreno sería lo mismo, pues dudaba que su hermano se tomara eso con la suficiente seriedad como para buscar a los leones indicados por su cuenta. Así que, aunque se hubieran separado, todo el trabajo lo terminaría haciendo Taka... lo cual no era muy diferente a lo que estaba sucediendo tal y como estaban hasta el momento.

Otra opción era pedirle a Zazu que llevara un mensaje a todos los leones que se encontraran en su territorio para que fueran a la Roca del Rey y así poder ver sus habilidades, pero era tan mala idea que Taka la descartó al instante. Zazu a menudo, o la mayor parte del tiempo, trabajaba con su padre, o sobrevolaba el territorio en busca de noticias o fallas. Además, Taka ni siquiera tenía idea de dónde se encontraba en ese momento su mayordomo, y les costaría un buen rato lograron encontrarlo. Además, ¿cuántos leones podrían estar viviendo en su territorio? Muy pocos, seguramente.

Para colmo, en la manada no había suficientes leones para formar una cuadrilla de protección con miembros con esas cualidades. Solamente estaban ellos, su padre, cinco jóvenes y, ahora, Nigel. Ahadi y Mufasa estaban descartados por ser el líder de la manada y su primogénito. Así que solamente quedaban Nigel, Thamani y cuatro chicos más; él no dudaba de la valentía de Thamani, demostrada más de una vez en batalla pero, ¿serviría?

Por otro lado estaba Nigel. ¿Qué cualidades podía tener ese chico? Y, si tuviera una de las cuatro, ¿podía darse el lujo de reclutarlo sin apenas conocerlo mejor?

Era complicado.

Suspiró con cansancio.

—Es inútil —se quejó finalmente, después de pensar en diversas formas de agilizar lo que estaban haciendo. Nada le gustó—. No entiendo cómo quiere que reúna a cuatro leones y que cada uno tenga una de esas cuatro características.

Mira que su padre sabía cómo estresarlo cuando quería. A veces ponía tantas responsabilidades sobre sí que hasta parecía que él era su heredero, ya que rara vez le daba algunas a Mufasa, por lo que quería verlo a él tener que desenredarse en los problemas que él debía resolver. Incluso, algunas veces, Taka pensaba que todo eso era injusto. ¿Por qué le daban tantas responsabilidades a él cuando sería su hermano el futuro rey? ¿Por qué su padre no ponía en aprietos a Mufasa alguna vez? ¿Acaso no confiaba en él para llevar a cabo determinadas tareas? Si eso era así, cómo sería cuando tuviera que ser rey... Y, si tanto le preocupaba la personalidad de Muffy, podía desheredarlo. ¿Por qué no lo hacía? Si, de todas formas, ya parecía que él sería el futuro rey en lugar de Mufasa, lo único que faltaba era que Ahadi los desheredara por no ser digno y nombrara a Taka su nuevo sucesor.

Decidió sacudir la cabeza para alejar todos esos pensamientos negativos de sí. Su padre era su padre; Ahadi era un león sabio, y sabía por qué hacía lo que hacía. Así que Taka no tenía por qué cuestionar sus decisiones.

Entonces, Mufasa, que hasta el momento no había dicho nada y había permanecido tumbado a la sombra, cerca de la roca donde se encontraba su hermano y en la misma posición que él, decidió hablar.

—Ya encontrarás a los indicados —le aseguró, aunque en un tono que sonaba más despreocupado que seguro, lo cual no le transmitió ningún ánimo a Taka.

Taka miró a su hermano con una ceja arqueada.

—Muchas gracias por el apoyo —dijo con sarcasmo.

El joven de melena rojiza se lo quedó mirando como procesando las palabras, hasta que finalmente sonrió a pesar de haber captado muy bien el tono irónico de su hermano.

—De nada.

Eso enojó todavía más a Taka, pues odiaba que su hermano le tomara el pelo e hiciera como si no le importara nada cuando él lo criticaba. Sin embargo, no comentó nada al respecto, sino que se tragó su enojo.

—¿Me quieres decir cómo vamos a hacer para reunir a esos cuatro leones? —se quejó Taka nuevamente.

—¿«Vamos»? —. Mufasa lo miró con una sonrisa—, ¿quieres decir que me estás incluyendo en tu búsqueda?

Taka rodó los ojos.

—Algo de ayuda no me viene mal… Si es que lo que haces puede contar como «ayuda».

El joven morocho observó cómo su hermano sonreía de oreja a oreja ante lo que acaba de decir, incluyéndolo y reconociéndolo oficialmente como ayuda en su búsqueda.

Después de eso, ninguno de los dos dijo nada por un buen rato, quedándose en silencio y disfrutando de ese descanso a la sombra que se estaban permitiendo en su tarea de buscar miembros para la nueva Guardia del León. Hasta que las tripas de Mufasa rugieron.

—¿Crees que es mala idea tomar parte de este descansito para conseguir algo de comida? —preguntó el pelirrojo mientras miraba a su hermano.

Taka se encogió de hombros.

—Yo también tengo hambre —confesó—. Supongo que no habrá ningún problema en que vayamos a cazar algo.

Entonces, tras que Mufasa se pusiera enérgicamente de pie y Taka bajara de su roca de un salto, ambos retomaron la marcha y comenzaron a alejarse del manantial en el que se encontraban, abandonando la fresca sombra que le proporcionaban los árboles que allí se encontraban para internarse bajo el caliente sol cercano a medio día.

Los dos caminaron por un largo rato hasta que llegaron a una pradera en la que, cerca de un riachuelo, pastaba una manada de búfalos. Ambos se detuvieron sobre una pequeña colina en la cual se mantuvieron agazapados lo más cerca del suelo mientras observaban la manada.

Al momento, Taka obtuvo un informe de a qué estaban por enfrentarse: un grupo de más de cien individuos, cada uno armado con poderosos cuernos que intimidarían a cualquiera que simplemente osara acercarse. Más de 800 o 900 kilogramos aproximadamente cada uno —algunos tal vez 1000—, y dueños de un mal genio y malhumor que casi nadie era capaz de poseer igual que ellos.

Sin duda, uno de los animales más peligrosos de la sabana.

Quizás fuera el instinto que le marcaba que algo malo estaba a punto de ocurrir, o tal vez fuera el sentido común, pero desde el primer instante, Taka estuvo seguro que no era buena idea enfrentarse ellos dos solos a uno de esos animales.
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Re: Crónicas de una cicatriz

Mensaje por KIRAN27 el Miér Nov 23, 2016 3:29 am

buen capitulo hermano zyah espero que sigas pronto vaya me parece que hay pelea entre hermanos espero que haya paz saludos y rugidos y un fuerte abrazo hermano zyah nwn
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Re: Crónicas de una cicatriz

Mensaje por princesstwivinecadenza el Vie Nov 25, 2016 4:32 pm

Me encanta tu historia amigo espero que sigas ya quiero leer lo demas especialmente cuando se trata de historias de scar y su familia son geniales 
Saludos  :sim:
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Re: Crónicas de una cicatriz

Mensaje por Zyah el Miér Mayo 17, 2017 12:32 pm

Una vez más, les agradezco los comentarios. Me alegra saber que les gusta y ver que nuevos usuarios se unen a leerla Smile



7. Heridos

Luego de haberle dado una paliza a esas insensatas hienas, la manada se dispuso llevar su premio hacia la Roca del Rey.

Ahadi fue quien encabezó la marcha, llevando en sus fauces un buen pedazo de la presa cazada. Detrás de él marcharon las leonas y los machos jóvenes, cada uno llevando una parte del animal. Y, cerrando la formación iba Nigel, sumido en sus propios pensamientos y con una pata en la boca. Apenas era consciente, muy pocas veces, de que varias jóvenes se lo quedaban mirando de vez en cuando. No podía culparlas de que sintieran curiosidad hacia él. Después de todo, no sólo era nuevo en la manada, sino que en lo que iba del día no le había dirigido la palabra a casi nadie, a excepción de algunas pocas cosas que se decidió por contestar a las pocas leonas que se habían atrevido a acercarse a él y hablarle. Sin embargo, ni siquiera lo que les respondió podría considerarse la suficiente información para que se hicieran una idea de quién era él, mucho menos sobre su pasado.

De eso nadie tenía por qué enterarse... al menos por el momento

Así que, como sucede casi siempre, todo eso había dado lugar a que comenzaran a rumorear cosas sobre él, sobre su pasado y lo que había sido de su vida hasta su llegada a la manada. Nigel no las había oído todas, pero tampoco le interesaba hacerlo. Podían decir lo que quisieran, pero él era quien sabía qué cosas eran verdad y cuáles no, y con eso se conformaba. Además, consideraba que tenía peores cosas en las que preocuparse. Sin embargo, reconoció para sus adentros que, dado algunos de los rumores que habían llegado hasta sus oídos, nada de eso tenía fundamento. Aunque igualmente varias de las leonas parecían ser dueñas de una gran imaginación.

En menos de lo que él se pudo haber imaginado, todos se encontraban llegando a la Roca del Rey, donde algunos cachorros aparecieron para acercarse a sus madres. Silenciosamente, Nigel dejó la pata que había estado cargando hasta el momento y, con el mismo sigilo, se dispuso a alejarse.

—¿No vas a comer nada, Nigel? —escuchó que alguien le hablaba a sus espaldas.

El joven no tuvo más remedio que voltear y observar a su interlocutora. La leona de pelaje y ojos cobrizos lo observaba como queriendo ver más de lo que todo el mundo veía a simple vista.

—Muchas gracias, majestad —respondió con cortesía—, pero no tengo hambre.

—Como desees —Uru decidió no insistir, y a Nigel le pareció más que bien.

—Buen provecho —se despidió el muchacho, y siguió su camino hacia la parte trasera de la cueva.

Allí había sido donde le permitieron pasar la noche, y dónde él esperaba poder encontrar paz. La verdad no era que no tuviera hambre, sino que lo que tenía eran ganas de no estar rodeados por todos ellos.

Nadie lo entendía, pero él lo único que quería era tener un minuto de paz, el cual no había tenido desde que huyó de su hogar. El chico pensó que la tranquilidad volvería a él al estar con la protección una manada nuevamente, pero se sorprendió bastante cuando, durante toda la mañana, cualquier cosa que se moviera era señal de que los leones de Lynx lo estaban acechando. Sí, luego de lo poco que durmió por la noche, ese día se despertó bastante paranoico con la idea de que el líder de los guerreros hubiera enviado un grupo de matones tras él, lo cual era muy probable, considerando cómo era Lynx...

Como si eso no fuera poco, en el escaso rato que tuvo libre desde que se despertó hasta que tuvo que acompañar a las leonas a cazar, se vio visitado por las jóvenes que se habían atrevido a acercarse a él y hablarle. Nigel no estaba en condiciones de recibir visitas de nadie, pero era educado, y por esa razón ocultó su incomodidad con la mejor de sus sonrisas, tratando de no desairar a ninguna de ellas, hasta que fue la hora de cazar. Sin embargo, hubiera sido mejor que se quedara en la Roca del Rey porque, unos centímetros más, y la pezuña de esa cebra le habría dado de lleno en el ojo.

Cosas que pasaban cuando se estaba cazando con el cuerpo en el lugar de casería y la cabeza en otra parte.

Ahora que había regresado a la Roca del Rey, esperaba poder tener un momento de tranquilidad cuando menos, y reflexionar si sería tan buena idea quedarse en esa manada o seguir su camino, dado que Lynx estaba detrás de él. Y Nigel no quería causarle más problemas a Ahadi y su manada.

Vas a tener que cambiar esa actitud, pensó para sí. O comenzaran a sospechar de ti.

—¿Nigel? —habló una voz detrás de él.

El joven de melena café volteó y se encontró con una joven de pelaje color beige y ojos carmesí. Nigel esbozó una sonrisa forzada al verla, igual que había hecho con el resto de los que se habían acercado a él para hablar... aunque le salió más natural de lo que se había imaginado.

—Hola.

—Hola —respondió ella.

—¿Necesitas algo? —preguntó, luego que la chica se hubiese quedado en silencio tras saludar.

Nigel la observó mejor y se dio cuenta de tres cosas. La primera era que se trataba de la leona a la que había defendido de una de las hienas. La segunda fue que ella no era como las otras jóvenes. Demostraba tener cierta timidez respecto a él, lo cual no le fue difícil de notar al escuchar su tono y ver que se quedaba respetuosamente en esa esquina, sin atreverse a acercarse a él. Y la tercera y última cosa que notó, fue que una pata de cebra descansaba delante de la joven.

Pero lo que más llamaba su atención era la forma de ser de ella.

En el poco tiempo que llevaba con ellos, Nigel pudo darse cuenta de que Naanda era una de las leonas más tímidas de la manada. A simple vista aparentaba ser bastante sensible e inocente, todo lo contrario a su hermana Sarabi, que sin duda era lo opuesto: una de las leonas más fieras de la manada. Naanda, al contrario, sería incapaz de aplastar a una hormiga.

Eso lo llenaba de curiosidad, tanto por ser diferente al resto de las leonas de la manada, como también por ser diferente a todos los leones con los que él había tratado en su vida. Estos sin duda no tenían escrúpulos y eran lejos de ser tímidos e inofensivos; todo lo que tenían o conseguían era tomado de las cosas que le pertenecían a otros.

Toda su vida había vivido en un lugar donde el único objetivo en la vida parecía ser luchar para sobrevivir y, al mismo tiempo, sobrevivir para luchar.

Naanda, sin duda, rompía con todos las cosas que él había visto y aprendido.

—Acércate —le pidió con toda la amabilidad que fue capaz.

Naanda tomó el pedazo de carne y dio unos pasos hacia adelante. Luego volvió a dejar la pata en el suelo.

—Eh... sólo quería agradecerte —su voz se había normalizado un poco, pero todavía mantenía  cierta distancia entre ellos.

—No fue nada. Sólo hice lo que cualquiera habría hecho en mi lugar —respondió el león, torciendo una sonrisa—. Por cierto, ¿cómo está tu pata?

—Gracias de todas formas —sonrió la joven—. Y, no te preocupes por mi pata. Estoy bien.

Nigel frunció el ceño al escuchar la respuesta de ella, y dirigió su mirada hacia la pata lastimada de su compañera. Luego de observarla por un momento, llegó a una conclusión: apenas llegaba a fundarla en el suelo.

—¿Segura? —inquirió arqueando una ceja, luego de levantar la mirada nuevamente hacia los ojos de la leona.

—Sí... estoy segura —respondió, aunque su voz sonaba temblorosa, como si estuviera nerviosa.

—¿Entonces por qué no fundas bien tu pata? —insistió Nigel—. ¿Por qué no ves a un chamán?

Naanda comenzó a balbucear, visiblemente nerviosa.

—Te traje esto —probó cambiando de tema y le acercó la pata que había traído para él.— No puedes quedarte sin comer.

—No me cambies el tema. Deberías ver a un chamán.

—Es que no es necesario —contestó.— Solamente es un rasguño.

—Aunque solamente sea un rasguño —continuó Nigel, convencido de lo que opinaba—, deberías verlo. Puede darte algo para calmar el dolor y lograr que puedas apoyar tu pata sin problemas. Conozco una hierba que puede ayudarte, pero no sé mucho sobre medicina, así que igualmente sigue siendo buena la ayuda de un experto. Además, podría prevenir que tu herida se infecte.

Naanda pestañeó varias veces, y Nigel supo que quizás había hablado de más.

—Sabes muchas cosas para haber crecido en Tierra de Nadie, en Territorio Neutral —comentó, y Nigel no detectó mala intención en ninguna de sus palabras.

—Bueno... —ahora era su turno de ponerse nervioso—, me he visto en la obligación de saber un poco de todo al no vivir en una manada. Ya sabes... Es decir, al vivir así, la educación también es responsabilidad de la vida... Algunas cosas que me las enseñaron mis padres, y otras cosas las he aprendido por experiencia.

Por ese tipo de situaciones es que prefería no hablar con nadie. Ahora esperaba que ella le hubiera creído su mentira.

Un silencio un tanto incómodo para Nigel se formó entre ellos, por lo cual el chico comenzó a pensar en si Naanda habría creído en sus palabras pero estaba pensando en qué decir o si, por el contrario, estaría pensando las peores cosas sobre él.

Enseguida decidió que prefería la primera opción.

—¿Sabes una cosa? Me convenciste —dijo Naanda finalmente, sonriendo—. Iré a ver a un chamán. Visitaré a Rafiki.

Nigel estuvo a punto de suspirar de alivio al escuchar las palabras de la leona. Pero consideró que no sería lo más sensato, por lo que se limitó a sonreír de miedo lado.

—Gracias —se despidió y comenzó a marcharse, cojeando por su pata lastimada.

El joven león la observó irse por unos instantes, cuando entonces dos simples palabras acudieron a su cabeza. Su sentido común dijo que era mejor guardárselas, no había necesidad de decirlas, pero ya era demasiado tarde. Las letras acudieron en tropel hasta su boca y luego comenzaron a luchar por salir hasta que, finalmente, lograron escapar.

No pudo evitarlo, no pudo contenerlas más.

—¿Necesitas ayuda?

Naanda se detuvo y lo miró.

—No me vendría mal un poco de ayuda —reconoció poco después.— Está algo lejos el baobab de Rafiki.

Sopesando la respuesta de la joven, Nigel no tuvo más remedio que acercarse a ella para ayudarla a caminar hacia el árbol del chamán. Ahora debería comportarse con más cuidado y pensar bien cada cosa que diría para que Naanda no sospechara nada.

¿Por qué le había preguntado eso? No le costaba nada quedarse calladito y hacerse el desentendido, como si no hubiera reparado en su cojera.

Soltó un suspiro apenas perceptible mientras la ayudaba a bajar el empinado terreno de la parte trasera de la Roca del Rey. Según Naanda, el camino era largo, por lo que supuso que tendrían tiempo de sobra para charlar largo y tendido de lo que quisieran.

Así que decidió ser quien comenzara con un tema de conversación...

—¿Naanda: cómo es Rafiki?

*            *            *

Wonaja, además de ser la líder de las hienas, también era una vidente, y una médium. Su don, inusual entre las hienas, había despertado temprano en la infancia cuando comenzó a ver espíritus de vez en cuando, aunque nunca se presentaban con la misma frecuencia o en los mismos lugares.

Al principio, sus padres habían creído que solamente eran producto de la activa imaginación de su pequeña hija. Sin embargo, conforme el tiempo pasaba, Wonaja no dejaba de tener “ataques” cada tanto, hablando completamente sola. Mientras fue niña, esto fue tomado con mucha naturalidad por la pequeña. Pero, a medida que fue avanzando en edad, y notando que el resto la miraban con rareza o simplemente decían no entender de lo que ella les hablaba, la joven Wonaja fue comenzando a ocultar su extraña naturaleza.

No obstante, si hay que resaltar algo de la infancia paranormal  de Wonaja, es la presencia de un espíritu en particular. Era una hiena adulta que, al parecer, había vivido muchas generaciones antes del nacimiento del abuelo del mismísimo Ahadi. Dicha hiena fue una de las mejores compañías de Wonaja mientras ella fue una cachorra aunque, a medida que fue creciendo y tratando de negarse a sus dones, Wonaja discutió con ella y le pidió que no volviera a aparecerse ya que, de una forma u otra, siempre terminaba avergonzándola, haciendo que el resto del clan la tomara por loca. Finalmente, la hiena nunca más apareció… hasta pocos días antes del regreso de Ahadi y Mufasa.

Wonaja, cuya vida comenzaba a calmarse tras ganarse el privilegio de ser nombrada líder de las hienas, logrando ser respetada y tomada en serio, no le resultó nada bien el regreso de Cecily, la hiena que le había hecho compañía por muchos años. Según ella, había regresado para llevar a cabo la misión que ambas debían realizar. No obstante, Wonaja no quería saber nada que tuviera que ver con el fantasma.

Una mañana mientras lideraba un nuevo grupo de cacería, Cecily volvió a aparecerse a su lado tan silenciosamente que no se percató de su presencia hasta que ella no le habló.

—¿Cuándo piensas dejar de ignorarme y aceptarás tu destino? —inquirió.— El tiempo corre.

Wonaja se tensó y mostró sus colmillos ante la sorpresa, hasta que la reconoció y volvió a tranquilizarse, soltando un suspiro. No era la primera vez que se aparecía, pero la espontaneidad y el silencio que tenía Cecily para aparecerse en donde deseara hacía que nunca se la esperara o se diera cuenta de su presencia hasta que ella no le hablara. Y menos cuando se encontraba en una situación tan importante como aquella.

—Aléjate —murmuró entre dientes.

A Minifu, una de las hienas que se encontraba más cerca de ella, no se le pasó por alto el comportamiento de su líder y amiga, como también lo notó el resto del grupo. Pero sólo Minifu fue capaz de atreverse a hablarle.

—¿Todo está bien, Wonaja? —preguntó preocupada.

—S... sí —tartamudeó, tratando olvidarse de Cecily y recobrar la tranquilidad—. Todo está bien.

—Deja de ignorarme —reprochó el fantasma.

—¿Es ELLA, verdad? —Shenzi, su hija, que tampoco se le había pasado por alto la actitud de su madre, comprendió lo que sucedía.

Wonaja suspiró y no dijo nada, no necesitaba que Shenzi aclarara nada para comprender a quién se refería. Su amiga y su hija también comprendieron la respuesta de su líder.

—¿Dónde está? —preguntó Minifu.

—Entre las dos... —respondió, refiriéndose a Minifu y a Shenzi.

Minifu no dijo nada. Creía en la palabra de su amiga, aunque a ella le era imposible ver esa hiena que Wonaja decía ver, o cualquier otro espíritu: ella simplemente no veía ni sentía nada.

—¿Algún día dejarás de comportarte como una niña? —volvió a reprocharle Cecily.

—Aléjate —repitió Wonaja.

—No puedo. El tiempo no deja de correr; ya perdimos demasiado tiempo.

—No me interesa tu misión —contestó tajante.— Puedes ir desapareciendo. Búscate a otro médium que te ayude, aquí sólo pierdes tu tiempo. Además, ¿no tienes que reencarnar... o lo que sea?

Cecily la miró ofendida.

—En primer lugar, es NUESTRA misión. Y en segundo lugar, no puedo reencarnar hasta que no haya cumplido con la misión. Sólo si tu me ayudas a reparar lo que hicimos podré volver a nacer.

—Me apeno tanto por ti —respondió Wonaja, sin inmutarse.

A pesar de que no era la primera vez que hablaba con un espíritu —aunque siempre intentaba no hacerlo en público—, algunas de las hienas que la seguía comenzaron a mirarse entre ellas, confundidas y sorprendidas al ver a Wonaja hablarle, literalmente, al aire, según lo que cada una veía. Tanto que comenzaron a murmurar entre ellas, pero Shenzi no tardó en callarlas con un gesto.

—¿Puedes irte? —susurró Wonaja—. Estoy quedando como una loca... y ahora que vamos a cazar, me convendría que NADIE me distrajera.

—Está bien. Me iré, pero volveré —prometió—. Hablaremos de esto más tarde.

Wonaja soltó un pequeño suspiro cuando la hiena desapareció en un abrir un cerrar de ojos y, tratando de despejar su mente, comenzó a observar a su alrededor. El terreno polvoriento y lleno de huesos del Cementerio de Elefantes había desaparecido al subir por uno de los lados del cráter en el que vivían, dando lugar a una zona de pasto corto que, poco a poco, comenzaba hacerse más alto y abundante. Ahora su grupo estaba en territorio enemigo, y necesitaban estar alertas.

Desde el comienzo de su liderazgo, Wonaja prohibió la caza por matar y restringió únicamente las posibilidades de hacerlo sólo para cuando fuera realmente necesario. Es decir, sólo para cuando tuvieran que buscar alimento para el clan, y eso únicamente si era realizado en grupos liderados y formados por los mejores cazadores y luchadores del clan.

El clan necesitaba comer, sobretodo los más pequeños, pero no podía permitirse perder más miembros. Era un riesgo que debían correr todos los días y, ya que no había más remedio que correrlo, era preferible que lo corrieran en grupo que en solitario.

*            *            *

Mufasa se relamió los bigotes mientras observaba las gruesas figuras que pastaban varios metros por delante de ellos. Todo el grupo formaba un círculo donde los machos rodeaban la periferia y las hembras y crías pastaban en el interior para estar más seguros del valiente o desquiciado que quisiera atacarlos.

Sería imposible poder adueñarse de una cría o algún búfalo joven. Y esto sólo reducía sus posibilidades a una, pero no por eso la menos peligrosa: tendrían que probar suerte con alguno de los machos, el que estuviera más apartado del grupo.

Casi sentía la adrenalina correr como un torrente por su cuerpo.

—Vámonos —susurró Taka, a su derecha.

—¿Pero qué dices? —inquirió observándolo.

—Digo que nos vayamos —repitió.— Esto es muy peligroso para hacerlo los dos solos. Busquemos algo que podamos cazar sin arriesgar nuestras vidas.

—Son solo búfalos.

—Ese es el punto. SON búfalos.

Mufasa rodó los ojos y, sin prestar atención a las palabras de su hermano, comenzó a arrastrarse entre la hierba, camuflando perfectamente su pelaje entre los pastos que comenzaban a secarse. Por una vez en la vida, quería demostrarle a su hermano que él podía tener razón sin necesidad de saber tanto y dar tantas vueltas a un mismo asunto. Además, Taka lo exasperaba cuando empezaba a hablar de peligros y cosas que no deberían hacer.

—¡Mufasa! —escuchó a su hermano llamándolo en voz baja pero no le dio importancia.— ¡MUFASA!

Eres un amargado, Taka, pensó para sí mismo.

De haber prestado más atención a las lecciones de cacería que su madre les había dado cuando todavía eran cachorros, seguramente no pondría en duda las palabras de su hermano. No obstante, Mufasa nunca había sido tan aplicado como su hermano y cualquier cosa era perfecta para distraerlo de sus lecciones, y más de las relacionadas con la cacería ya que, según él, nunca necesitaría esos conocimientos, pues nunca tendría la necesidad de cazar teniendo a las leonas para que hicieran ese trabajo.

Nadie había logrado quitarle ese pensamiento de la cabeza mientras fue un cachorro.

Por esa razón no había prestado demasiada atención a las lecciones de su madre y no tenía forma de saber el peligro hacia el que se estaba acercando.

Miró hacia atrás y notó que su hermano se acercaba agazapado entre la hierba... y en silencio. Por suerte había dejado de criticarlo y ya no decía nada, al menos no decía nada que él pudiera alcanzar a oír, y para Mufasa, el no oírlo, era más que perfecto. Incluso, una sonrisa se formó en los labios del joven de pelaje dorado mientras seguía avanzando hacia su objetivo al pensar en el momento en que ambos lograran cazar a uno de esos enormes animales, demostrándole a su hermano lo equivocado que había estado y que él también podía tener razón de vez en cuando.

Nuevamente volvió a enfocarse en la presa que tenía enfrente: un macho joven, más que el resto y, por lo tanto, seguramente más fácil de matar que los otros machos. Esperaba que Taka comprendiera su estrategia y también acechara el joven búfalo.

Se acercó unos pasos más, aproximándose cada vez a la distancia adecuada para comenzar a correr, por lo que volvió a mirar hacia su hermano. En ese momento, el ojiverde se encontraba en posición como para que, al atacar, poder acorralar a su presa. Así que, una vez más, Mufasa volvió a fijar su mirada en su víctima y avanzó unos pasos antes de comenzar el ataque.

La manada comenzó a correr ante la repentina aparición de ambos hermanos, siendo Mufasa el primero en lanzarse sobre el lomo de su presa e intentando derribarlo pero, parándose firmemente, el búfalo logró oponerse e impedir que el león lo derribara. Por lo que no tuvo más remedio que bajarse y tratar de atacar de otro modo. Un error que podría haberle costado la vida de no haber logrado reaccionar a tiempo, haciendo que el ataque del búfalo tuviera apenas como resultado enviarlo unos metros hacia atrás. Rápidamente, Mufasa se puso de pie, recomponiéndose y viendo que Taka atacaba sin lograr hacerle daño al búfalo, quien se defendió con sus cuernos.

Lo que sucedió a continuación Mufasa no supo bien qué fue exactamente, pero la defensa del búfalo arranco un doloroso rugido de parte de Taka,  razón por la que su hermano supo que algo no estaba bien. Eso y que el animal trotaba hacia donde seguramente se encontraba Taka, hicieron que, sin detenerse a pensar, volviera a lanzarse sobre el búfalo una vez más, pero esta vez no era en busca de derribarlo y vencerlo. Ahora lo hacía con el fin de distraerlo y apartarlo de su hermano, quien se encontraba tumbado en el suelo y gemía de dolor.

Su plan funcionó. El búfalo se olvidó de Taka y centró su atención en él, volviendo a cabecear y lanzarlo hacia atrás. Apenas toco el suelo, Mufasa se puso de pie una vez más y comenzó a provocarlo.

—¡Eh! ¡EH! —gritó pasando bastante cerca de su rostro, tanto que pudo tocarlo con la punta de su cola y a la vez tuvo el tiempo suficiente de apartarse y evitar ser golpeado—. ¡Ven y atrápame si puedes!

La distracción pareció resultar pues, una vez más, el animal se apartó de Taka y comenzó a perseguir a Mufasa.

—¡¿Por qué eres tan lento?! —exclamó, girando y quedando frente al búfalo—. ¡¡Atrápame!!

Y retomó la carrera, alejándose él y al búfalo del lugar donde se encontraba Taka.

—¡Mueve esas patas! —volvió a provocarlo, esta vez sin voltear.— ¡Al parecer no eres tan peligroso, ¿o sí?!

Apenas terminó de hablar, sintió que se elevaba en el aire y después caía con fuerza unos metros adelante. El golpe lo dejó un poco aturdido, pero de todas formas intentó ponerse de pie una vez más aunque, apenas pudo apoyarse en sus patas delanteras, el búfalo volvió a envestirlo de nuevo, empujándolo con fuerza hacia atrás. Sin embargo, no iba a darse por vencido tan fácilmente, así que hizo el intento de pararse otra vez pero, de nuevo, el búfalo lo golpeo, esta vez derribándolo en el lugar y comenzando a golpearlo con su cabeza y sus gruesos cuernos mientras Mufasa estaba en el suelo, tratando de escapar. El búfalo no parecía darse por vencido y atacaba cada vez con más fuerza, impidiéndole al joven león poder levantarse ni defenderse.

De repente, como si los dioses quisieran ayudarlo, se escuchó un potente rugido. Para Mufasa, que casi no era consciente de lo que sucedía, sonó bastante lejos pero, no mucho después, un enorme león pareció salir de la nada y saltó sobre el búfalo, apartándolo y derribándolo como si fuera lo más fácil del mundo.

—¿Te encuentras bien, jovencito? —preguntó un segundo león, más pequeño que el primero, observándolo desde arriba.

Mufasa, que se sentía agotado y le dolía todo el cuerpo, apenas logró articular una palabra que casi no se escuchó:

—No.

Y luego, todo se oscureció para él.

*            *            *

La cacería, como estaba entre las posibilidades, fue un desastre.

Todos sabían que entrar en las Tierras del Reino para buscar comida siempre estaba la posibilidad de volver heridos, gravemente heridos o directamente no volver. En ese caso, hubo de todo: algunos resultaron con algunas heridas menores, como Wonaja que regresó con un pedazo de oreja menos y cicatrices en un omoplato. Otros recibieron heridas de gravedad que requerían ser atendidos de inmediato. Y otros habían perdido la vida.

Ahora, la pregunta era, ¿había valido la pena? ¿Tanto sacrificio había, al menos, valido un cebra o dos para alimentar al clan? La respuesta era un enorme y rotundo «no». No habían obtenido nada que pudiera compensar las hienas que habían perdido esa mañana y, una vez más, no les quedaba otra que conformarse con algún animal muerto que encontraran por ahí... O aferrarse a la esperanza que otro grupo hubieran tenido más suerte que el suyo.

Wonaja estaba molesta. No podía ser que siempre fuera lo mismo. No podía ser que siempre que quisieran comer tuvieran que arriesgarse de esa forma, sabiendo que era inevitable que regresaran a casa muchas menos de las que habían partido. Ellas también tenían derecho a comer.

—Malditos leones —gruñó Shenzi mientras se dirigían hacia el Cementerio de Elefantes junto a Minifu y dos hienas más, las únicas que habían quedado.— No tienen derecho a hacernos esto.

—Lo sé, pero no podemos hacer nada para cambiarlo —replicó Wonaja.— Así es la ley.

—No entiendo por qué te resignas así. Eres nuestra líder, deberías hacer algo por el bien del clan —dijo su hija, y una sonrisa iluminó su rostro.— Deberíamos atacarlos.

—Es una locura.

—¿Por qué? Somos muchas más.

—Porque Ahadi tiene aliados que nos darían una paliza.

—Y nosotros también tenemos aliados.

—Ellos no tienen que preocuparse por lo que tengan para comer o no al día siguiente. Ni tampoco tienen que preocuparse por si mueren o no en sus cacerías. Ellos pueden cazar siempre que lo deseen, sin preocuparse por ser atacados y reducidos.

—Pero y si ganamos...

—Shenzi, no podemos vivir pensando en teorías —declaró con firmeza.— Nuestra realidad es esta y no podemos arriesgarnos a atacarlos sólo por sí. ¿Y qué tal si nos vencen? Perderíamos más de los que perdemos todos los días al cazar.

Esto pareció ser lo que colmó la paciencia de la más joven que trataba de controlarse y no estallar, aunque por dentro pensaba que su madre no era más que una cobarde.

—Si yo fuera líder buscaría una solución a todo esto —dijo mirándola penetrante—, y si tuviera que atacar a los leones, lo haría. Ese territorio que ellos ocupan ahora al principio era nuestro, ¿o es que ya olvidaste las historias?

Y, dicho esto, comenzó a alejarse enfurecida.

No era la primera vez que tenían ese tipo de discusiones. Pero ¿qué podía a hacer? Siempre había intentado demostrarle su punto de vista para que comprendiera su decisión, pero lo único que Shenzi hacía era discutir e intentar hacer lo mismo: convencerla con sus propios argumentos.

Su hija no la comprendía.

Lo mejor para el clan era quedarse tal y como estaban, sin arriesgarse y revelarse contra nadie. Pero su hija no parecía compartir sus ideas y, sabiendo lo buena que era con las palabras, lo que más temía Wonaja era que Shenzi comenzara a exponer sus pensamientos en público y reuniera muchos seguidores. No porque fuera capaz de llegar al punto de quitarle su puesto, eso no la asustaba, su verdadera preocupación iba por el lado del hecho de que su hija lograra convencer al suficiente número de hienas para organizar una rebelión.

—¡Shenzi, vuelve aquí! —exclamó, pero la joven continuó alejándose sin obedecer.— ¡Hablemos como es debido!... ¡SHENZI!

—Déjala, Wonaja —dijo Minifu.— Sabes cómo es ella.

—Sí, y porque sé cómo es me preocupa lo que llegue a hacer en ese estado.

—No te preocupes. Ella sabe cómo...

—¿Qué? —dijo repentinamente.

—Que no tienes que preocuparte. Ella se sabe defender.

—No. ¡Shhht! —respondió aguzando el oído.— Escuchen.

Minifu y las otras dos hienas también aguzaron sus oídos, prestando atención a los sonidos que se escuchaban a su alrededor; una manada de gacelas movilizándose, una bandada de pájaros volando, el sonido lejano de un río... y alguien clamando por ayuda.

—¿Lo oyen? —preguntó Wonaja.

—Parece alguien en problemas —indicó Minifu.— ¿Quién será?

—Nuestra misión —apuntó Cecily, apareciendo de repente.

Wonaja giró hacia su izquierda, viendo que allí estaba el fantasma de la hiena, apareciéndose una vez más.

—¿El QUÉ?

—Nuestra misión está relacionada con esa persona en problemas. Debemos ir a ayudarlo.

—¿Disculpa? ¿Quieres que lo ayudemos? ¡¿E internarnos más en las Tierras del Reino?! —preguntó Wonaja al espíritu, sin medir que no estaba sola.— No, gracias. Yo paso.

—Hay que hacerlo. No hay otra alternativa.

—Sí la hay: darnos la vuelta e ignorar lo que acabamos de escuchar. No es nuestro problema.

—No será nuestra problema, pero esa persona será la salvación del clan. ¿Vas a dejarlo morir?

—Me estás pidiendo que arriesgue mi vida para salvarlo, sea quien sea esa persona. ¿De verdad esa pregunta va en serio?

Cecily suspiró.

—Veo que no te haré cambiar de opinión.

—Obviamente que no —respondió seria.

Por un momento, Wonaja creyó que había ganado y se libraría de ella, porque ningún argumento que le diera haría que cambiara de parecer: ella no estaba dispuesta a anteponer su vida a la de alguien que ni siquiera conocía. Pero se equivocó.

Se equivocó feo. Ella no había ganado.

—Entonces veo que no tengo otra opción.

—Espera —dijo abriendo los ojos, sorprendida ante la advertencia.— ¿A qué te refieres con eso?

Pero no recibió respuestas. Cecily simplemente se metió en su cuerpo, dándole tiempo de apenas terminar de formular su pregunta. Después de eso, la hiena comenzó a controlar el cuerpo de Wonaja, haciéndola correr en la dirección en la que se escuchaba aquella voz suplicando ayuda.
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