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Mensaje por Zyah el Jue Jul 09, 2015 8:00 am

Aquí les traigo un nuevo fic el cual he estado planeando desde hace unos días y quisiera compartirlo con ustedes. En esta ocasión, será una historia que mezclara dos de las sagas más famosas: Percy Jackson y Harry Potter.

Espero que les guste y comenten, eso de verdad hace bien. Bueno, para que se vayan haciendo una idea, estos serían los personajes principales:

Personajes inventados:
- Ethan Simpson [Hijo de Zeus]
- Samantha Long [Hija de Deméter]
- Jacob McQueen [Hijo de Hermes]

- Edward Ivaskhov [Mago / Ravenclaw]
- Rachel Ivaskhov [Bruja / Gryffindor]
- Emma Blackwood [Bruja / Gryffindor]

Notas:
- Antes de comenzar quisiera decir que el título es un título provisorio; puede ser que más adelante lo cambie por otro o lo deje como está.
- Voy a hacer el intento de subir un capítulo por semana (todos los viernes o sábados, después veo). O, si me salen antes, puede que los suba antes.
- Aunque haya comenzado con esta historia, no quiere decir que la segunda parte de "Dharau, el león blanco" la vaya a dejar tirada. Voy a hacer el intento de escribir para las dos, pero si no puedo, sigo con esta (ya que pienso hacerla más corta, además de que solamente es una parte) y cuando la termine sigo con la de Dharau (ya que es más larga y tiene dos partes)... O, sino ya veré.
- No soy muy bueno con rimas, lo notarán seguramente en el fragmento de la profecía del Oráculo (además de que es muy parecido a la Profecía de los Siete, que dice que siete semidioses deberán derrotar a Gaia, etc)
- Acepto todo tipo de comentarios constructivos...


El final de una historia, es el comienzo de otra.

¿Qué sucedería si la humanidad descubriera que los mitos acerca de los dioses griegos existen? ¿Qué pasaría si se enteraran que existe una ciudad de magos fuera de este mundo? ¿Qué pasaría si semidioses y magos tuvieran que unirse para salvar al mundo?  

Gaia, la diosa primordial, diosa de la Tierra y madre de los Titanes, a sido derrotada finalmente, evitando que se levantara y destruyera todo el mundo con su ejército de cíclopes, gigantes, Nacidos de la Tierra y un montó de monstruos más; Voldemort ha caído y el miembros del Mundo Mágico han vuelto a encontrar la paz. Pero no creerán que esto se quedará así, ¿o sí?

Mortales o muggles... Llámalos como quieras, pero lo cierto es que ellos ya no son tan ignorantes como antes. La niebla ha comenzado a ser cada vez más débil y los mortales pueden ver a través de ella, comienzan a ver lo que realmente los rodea. El Campamento Mestizo y el Campamento Júpiter ya no son un lugar seguro para los semidioses griegos y romanos; Las barreras de Hogwarts han comenzado a debilitarse pero, dentro del Mundo Mágico, la escuela resulta ser el único lugar seguro por el momento, por lo cual ha vuelto a ser como en sus orígenes, admitiendo chicos de diferentes escuelas del mundo...

Rachel Elizabeth Dare, el nuevo Oráculo del Campamento Mestizo, ha vuelto a hablar...

Una nueva batalla se acerca
Ocho semidioses y seis magos deberán unir fuerzas
Para enfrentarse a los mortales, una promesa deberán mantener
Bajo la magia o la tormenta, la paz deberá volver

Creo que ya te he dicho demasiado. El resto... deberás averiguarlo tú. 
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Mensaje por Zyah el Vie Jul 17, 2015 11:09 am

Capítulo I.
Un par de monstruos atacan en pleno Manhattan. [Ethan]

Aún antes de haber sido atacado por un monstruo en las calles de Manhattan y casi perder el conocimiento por salvarme a mí y a sus amigos, ya había tenido un día terrible, incluso mi semana no había sido de las mejores.

Verás, yo no quise nada de esto. Soy un semidiós, y no uno cualquiera, sino un semidiós hijo del rey del Olimpo, del dios del cielo, del mismo Zeus. Ahora, luego de escuchar esto tienes dos opciones: seguir escuchando o detenerte en este mismo momento. Creerme o tacharme de loco. ¿Quieres un consejo? ¡Detente! No sigas escuchando o estará involucrado en todo esto. Por tú propio bien, te ruego que dejes de escuchar ahora mismo.

¿Sigues ahí? Vaya, significa que me crees. Bueno, tú lo has elegido. Después no digas que no te advertí.

Seguramente pensarás que ser un hijo de un dios es lo más cool que puede existir, y más siendo hijo del rey de los dioses. Pues yo te digo que ¡no es nada cool! Mira, te explicaré: todos los semidioses tienen THDA (Trastorno Hiperactivo por Déficit de Atención) y dislexia. Eso quiere decir que somos inquietos y no podemos leer inglés, lo cual nos hace casi inadaptables a cualquier salón de clases de los mortales. Además de que jamás vemos a nuestros padres divinos, y solamente se presentan ante nosotros sólo cuando necesitan que vayamos en una misión en su nombre. Osea, más que sus hijos, somos como objetos que ellos utilizan para que hagamos cosas que ellos no pueden hacer. Eso sin mencionar que los hijos de los Tres Grandes (Zeus, Hades y Poseidón) estamos más expuestos a que otros dioses y monstruos nos encuentren. En resumen, ser un semidiós no es nada cool, y preferiblemente es ser un simple mortal o hijo de un dios menor que no tiene mucha importancia entre los dioses.

Yo, por ejemplo, solamente he visto a Zeus un par de veces, y a decir verdad nuestros encuentros no fueron para nada parecidos a un encuentro normal de padre-hijo. Mi madre dice que me parezco mucho a mi padre; ojos azul cielo, cabello rubio y una postura segura de mí mismo, palabras agradables y con un aura de líder.

Bueno, como era costumbre en cada semidiós, yo había estado inquieto en la mayoría de las clases que había tenido aquella mañana, y no sólo eso, sino que había tenido un problema con un profesor de esos que nadie soporta y que cada tanto se planean hacerle la vida imposible a un alumno y, hasta que no lo logra, no descansa. Había discutido con ese tipo de profesor, uno que desde hacía tiempo ya me había tomado bronca. El asunto era que el profesor de biología me estaba culpando de algo que no había hecho, incluso había provocado que yo terminara en la oficina del director después de clases. Tampoco era que su relación fuese más buena que la que tenía con el profesor de biología (de hecho no estaba en buenos términos con la mayoría de los profesores), pero ni siquiera era tan tensa como para haberse jurado la guerra mutuamente. Bueno, el tema era que un chico había lanzado un chicle al aire, directamente hacia el ventilador de techo que se encontraba encendido en aquel momento. Ya faltaba poco para que las clases terminaran, por lo que en esos últimos días no acostumbraban a hacer muchas cosas y los alumnos se dedicaban más que nada de hacer lo que quisieran, conversar o directamente hacer tonterías. Por mala suerte, el chicle fue golpeado por el ventilador y enviado directamente hacia la cabeza del profesor, que se encontraba escribiendo algo sobre su escritorio.  Tres o cuatro chicos que habían visto lo sucedido, comenzaron a llevarse las manos a sus bocas y evitar reír, mientras que otros se encargaban de pasar el chisme a otros. Así, comenzaron a ser cinco, seis, siete, ocho, hasta que finalmente toda la clase se encontraba revuelta y llena de murmullos y risas ahogadas. En cuanto lo notó, el señor Rhodes, levantó la cabeza y se quitó el chicle del cabello. Inmediatamente de ver lo que tenía pegado al pelo, se levantó de su silla en un saltó y se paró frente a la clase, furioso. Todos los murmullos y las risas que callaron de forma imprevista como quien apaga una radio.

―¡Quién lo hizo?― vociferó Rhodes.

Nadie contestó. El profesor paseó sus ojos por todas las caras del salón hasta que se detuvo en mí

―¡Tú!― dijo señalándome ―A fuera.

―¿Yo? Pero no hice nada

―Oh, ahora eres sordo― caminó hacia donde me encontraba sentado dando sancadas y me tomó del brazo ―Acompáñame.

Traté de quejarme y de soltarme, pero el profesor Rhodes no quería escuchar. Caminó rápidamente llevándome casi que obligado hacia la oficina del director, donde le explicó lo sucedido. ¿Lo peor de todo? Luego de una acalorada discusión, el director decidió creerle al profesor y enviarle una carta a mi madre, explicándole de mi “conducta”. Yo no pude hacer otra cosa que tomar la nota y decir que se la llevaría a mi madre, lo cual haría, desde luego. Si dieran un premio al alumno que más notas ha llevado a su casa por mal comportamiento, seguramente lo ganaría yo.

Tras eso, el señor Rhodes y yo salimos del despecho del director. Al cerrar la puerta pude ver como el profesor me sonreía con cierta de forma victoriosa y luego se iba caminando. Cerré los puños y traté de contenerme, estaba demasiado enfadado. Respiré profundamente, tratando de calmarme.

Por otro lado, unos días antes de eso, me había peleado con un chico de su grupo, y la semana pasada había terminado con mi novia, una chica mortal, algo que de por sí ya era extraño en un semidiós que hubiese logrado tener una relación seria durante bastante tiempo con una simple mortal, y más cuando la mayoría de los chicos y chicas ven a los semidioses como rarezas, ya que somos dislexios y tenemos Déficit de Atención.

Así que podía decirse que no había tenido una muy buena semana hasta el momento, por lo cual un enfrentamiento contra un monstruo no haría la gran diferencia...

[Okey. Ya va, ya va... Son mis amigos que me están diciendo que me voy por las ramas y no cuento la historia. ¡Sí, Jake! Yo sé cómo contar una historia]

Supongo que todo sucedió aquella tarde cuando habíamos salido de la escuela junto a Samantha y Jacob. Solamente faltaban tres días, sólo tres días para que las clases terminaran y los tres pudiéramos regresar al Campamento Mestizo, el único lugar seguro para nosotros. Sin embargo, aunque era casi verano, el cielo comenzaba a cerrarse con nubes negras, amenazando con llover en cualquier momento. Un mortal cualquiera podía pensar que eso se debía al clima, pero lo bueno que tiene se un semidiós es que, si tienes un mal día, puedes echarle las culpas a los dioses. Sin embargo, lo que sucedía en ese momento era algo fuera de serie, pues cada vez se ponía más oscuro y de vez en cuando aparecían relámpagos en el cielo.

―¿Qué es eso? ¿Un toro, aquí?― preguntó Jacob.

En efecto, se escuchó un mugido parecido al de un toro o una vaca. Al principio, parecía lejano, pero después se volvió a escuchar. Esta vez se oía más cerca y parecían dos, acompañados del resonar de cuatro pezuñas. Yo creía saber lo que era, pero esperaba equivocarme. Ojala me equivocara.

―No― respondí ―Pero desearía que fueran toros normales.

Apenas dije eso, dos monstruos con un aspecto de humano y toro doblaron una esquina, olfatearon del aire y luego comenzaron a correr hacia la izquierda, en dirección hacia nosotros. Ambos llevaban en sus manos ―o lo que vendrían a ser manos― un enorme hacha de guerra cada uno. Uno de ellos lanzó un mugido mientras corría hacia donde nos encontrábamos. Como el toro es el animal de mi padre pude entenderlo clarito lo que había dicho: “Van a morir, semidioses”, aunque suponía que cualquier abría descifrado el significado de ese mugido aún sin ser hijo de Zeus. Lo mismo sucedía con las águilas, además de que puedo transformarme en una de ellas. Sin embargo, debes de saber que esto únicamente pudo hacerlo yo. Es extraño, pero por el momento parece que soy el único hijo de Zeus en miles de años que puede convertirse en uno de los animales que se le atribuyen a mi padre (así como los hijos de Poseidón pueden hablar con todo lo que sea un caballo o familia de él). En fin, sigamos con la historia...

―Minotauros― murmuró Samantha mientras retrocedía un par de pasos.

Me quité el collar que siempre llevaba en el cuello y comencé a hacerlo girar mientras lo tomaba del cordón haciendo que, de un segundo a otro, estuviese blandiendo en mis manos una espada de Oro Imperial, una material que sólo es eficaz en semidioses, dioses y monstruos. Samantha, por su parte, se descolgó su mochila y de ella sacó un arco y un carcaj ―pues se trataba de una mochila mágica sin fondo donde podía guardar cuanta cosa deseara sin importar su tamaño y sin sentirla pesada―, el cual rápidamente se puso al hombro y preparó una flecha para disparar. Mientras que Jacob sacó un dracma griego de su bolsillo y lo hizo girar en el aire, pero al caer y tomarlo entre sus manos ya no eran una moneda antigua, sino una espada corta y un escudo.

Blandí mi espada y asesté un mandoble en el brazo de una de las criaturas, haciéndole soltar un mugido pero que únicamente le provocó que se enfureciera y tratara de partirme a la mitad con su arma, que por poco logré esquivar, pero entonces me golpeó con un puño haciéndome volar y darme la espalda contra el muro de un comercio que, de haber sido normal, habría provocado que se me rompieran varios huesos ―incluso dudé en ese momento si no tendría uno que otro hueso roto―. La pie de esos minotauros era casi impenetrable. Haría falta demasiada fuerza y precisión para lastimarlos.

Me incorporé de forma algo torpe mientras sacudía mi cabeza y me recuperaba del golpe. Al principio estaba algo mareado, pero logré recuperarme enseguida y ver a Samantha lanzandole una de sus flechas al otro minotaruo, que se clavó en su antebrazo y lo hizo mugir. Sin embargo, eso no era necesario. Faltaría mucho más que un rasguño con el filo de una espada o una flecha clavada en uno de sus bíceps. Jacob comenzó a correr tan rápido como era capaz de hacerlo un hijo de Hermes, haciendo que los dos minotauros se juntaran y no supieran en qué dirección atacar. Entonces uno de ellos trató de lanzarle un puñetazo y, de pura suerte, logró hacerlo y mandarlo a volar y caer cerca de dónde estaba.

―¿Estás bien, Jake?― pregunté mientras me acercaba a él.

―Eh... déjame ver. Una vaca humanoide me ha golpeado en el estomago con su super-puño― contestó mientras se levantaba y se sobaba la cabeza ―, pero estoy bien.

Puse los ojos en blanco. Por lo menos, el sentido del humor no se le había ido, señal de que todavía estaba bien. Así que voltee para ver a los minotauros y a Samantha. Ella les lanzaba flechas a diestra y siniestra, pero eso no era suficiente. En un momento pude ver que ella estaba distraída lanzadole flechas a uno de ellos, mientras que el otro se preparaba para partirla a la mitad con su hacha gigante.

―¡Cuidado atrás!― le grité.

Recé a mi padre y a todos los dioses que ella me hubiese escuchado y tuviese los reflejos necesarios como para voltear, ver el hacha sobre ella y correrse en el momento gusto antes de que el minotauro pudiera golpearla y hacerla picadillo. Por suerte, gracias a los dioses, ella me escuchó y se movió de en medio justo cuando el hacha caía sobre ella, haciendo que el minotauro partiera a la mitad a su amigo. Justo en ese momento, el minotauro herido se convirtió en una arenilla de color dorado y desapareció, siendo enviado directo al Tártaro. Eso era lo bueno que tenían los monstruos; cada vez que uno moría, se convertía en polvo y desaparecía. Y, ahora, sólo nos quedaba uno.

El otro minotauro se quedó mirando un momento el lugar donde había estado su compañero, sorprendido de que él le hubiese provocado la muerte. Para ser uno de los monstruos más tontos que existen, era lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de lo que había hecho. Sin embargo, pronto se recuperó de la sorpresa, agachó la cabeza mostrando sus puntiagudos cuernos y comenzó a correr hacia Samantha, tratando de embestirla mientras lanzaba un mugido de ira. Ella trató de correr y escapar del miontauro, pero él casi le pisaba los talones y en pocos segundos lograría alcanzarla, y estaba seguro que una embestida de esas no sería nada lindo de ver. He visto varios accidentados en corridas de toros y no son para nada lindos de ver, ser embestido por algo mucho más grande con forma de toro y hombre, suponía que debería de ser aún más horrible.

Entonces, en un impulso de salvar a Samantha, di unos pasos adelantes, extendí mi brazo izquierdo con la mano abierta e hice un ademán. En ese momento, un ráfaga de aire pasó y movió a Samantha hacia donde nos encontrábamos Jake y yo. Por suerte, no parecía tener ninguna herida visible ni grave.

―¿Te encuentras bien?― le pregunté de todas formas, para asegurarme.

Aunque el que estaba mal era yo, pues mover a Samantha me había quitado algo de energía, pero no era nada importante. Lo que importaba en ese momento era que ella estuviese bien.

[Quita esa sonrisa del rostro, Jacob. ¿Acaso no puedo preocuparme por una amiga?]

―Sí, estoy bien― respondió ―, gracias― agradeció y luego volvió a mirar al minotauro, quien nos había visto y ahora se dirigía hacia nosotros ―¿Qué haremos? No podemos vencerlo nosotros solos.

Me quedé pensando durante un minuto cuando entonces se me ocurrió algo. Podía invocar tormentas y relámpagos, pero eso generalmente me consume demasiada energía, dependiendo la cantidad que utilizara... Como había sucedido al usar los vientos para salvar a Samantha. Calculaba que necesitaría bastante energía para convocar un relámpago y asesinar a un minotauro. Pero si resultaba, estaríamos fuera de peligro.

―Tengo una idea― dije y levante mi espada ―Confía en mí.

―No. Te matara― me advirtió ella mientras me sujetaba del brazo que tenía la espada y trataba de hacérmelo bajar.

―Confía en mí― repetí y me solté de ella.

El minotauro ya se encontraba a unos metros de nosotros. Volví a levantar la espada. Uno truenos sonaron en el cielo y de un momento a otro, un relámpago bajó y dio de lleno contra el cuerpo del monstruo. Como había supuesto, eso me gastó demasiada energía que me hizo tambalear y caer de espaldas que, de no ser por Samantha, hubiese caído al suelo. Qué vergüenza, pero por lo menos el minotauro había muerto.

―¿Estás bien?― me preguntó.

―S-sí― respondí mientras me ponía de pie y me tomaba la cabeza ―Estoy bien, no te preocupes.

Justo en ese momento aparecieron corriendo un chico y una chia de nuestra edad; él tenía el cabello negro y los ojos azules. Y ella era rubia y de ojos grises. Los dos iban vestidos como chicos normales, pero yo los reconocí enseguida...

―Percy, Annabeth― dijo Samantha.

―Supimos que habían dos minotauros aquí― respondió Annabeth ―Venimos a ayudarlos, pero parece que ya se las han arreglado solos.

―Sí, bueno...― dije pasándome la mano por detrás de la cabeza ―, más o menos.

―Vamos. Los llevaremos al campamento― anunció Percy.

―Pero todavía no han terminado las clases― replicó Sam, aunque yo estaba ansioso por volver al campamento. ―Es decir, todavía no es momento de ir.

La expresión de Annabeth se ensombreció.

―Algo malo está sucediendo, algo relacionado a los mortales y a los dioses. Debemos irnos ahora al campamento― terció Annabeth ―, en el camino les explicamos lo que sucede.

No dijo nada más y se fue caminando junto a Percy. Nosotros los seguimos. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Qué pasaba ahora que involucraba a los mortales y a los dioses? ¿Una nueva guerra? No tenía forma de saberlo. Sin embargo, antes de comenzar a caminar, miré a nuestro alrededor y pude ver que allí se encontraba una multitud de mortales reunidos en la acera, mirándonos atónitos mientras que otros nos enfocaban con celulares y cámaras filmadoras. Por sus expresiones, daba por sentado que habían visto todo, pero era imposible. Sólo los niños, con sus mentes inocentes y creativas, podían ver lo que realmente sucedía en el mundo. Sin embargo, un escalofrío recorrió mi espalda al pensar en eso. Annabeth dijo que algo malo estaba sucediendo, algo que involucraba a dioses y mortales. No... no podía ser cierto. Me negaba a creer que todas esas personas nos habían visto a mí y a mis amigos luchar contra los minotauros.

Finalmente, cuando quise darme cuenta, Annabeth y Percy giraron a la derecha y se metieron en un callejón. Sam, Jake y yo cruzamos miradas de no saber lo que sucedía, pero nos metimos allí. Para nuestra sorpresa, al final del callejón se encontraban dos pegasos amarrados a un carro de dos ruedas, un carruaje. Ellos dos se subieron y Percy tomó las riendas.

―Tuvimos que esconderlo aquí― nos dijo Annabeth mientras nosotros subíamos ―No preguntente. Esta relacionado con lo que está sucediendo.

Percy movió las riendas y los caballos comenzaron a trotar por el callejón, desplegaron sus alas y comenzaron a volar. En pocos minutos, los cinco sobrevolábamos Manhattan. Sus edificios se veían tan pequeños desde arriba que parecían de chiste. Sobrevolamos uno de sus ríos, el cual pronto se convirtió en un línea azul desde donde nosotros estábamos.

Nadie dijo nada por un momento. Annabeth y Percy parecieron tener una conversación silenciosa por unos segundos, hasta que fue Annabeth la que salió derrotada del duelo de miradas. Ella se aclaró la garganta y nos miró.

―Miren― nos dijo. Parecía no tener muchas ganas de hablarnos respecto a lo que sucedía, y eso me hizo que la piel se me erizara aún más ―, algo malo está sucediendo. Los mortales... ellos...

―Están comenzando a ver a través de la Niebla― traté de ayudarla. Todos me miraron con sorpresa ―Es eso, ¿no? La Niebla de los dioses está fallando, los mortales han comenzado a ver lo que no deberían.

―¿Cómo lo sabes?― Samantha parecía sorprendida.

―Antes de marcharnos me di cuenta de que muchas personas nos estaban viendo y filmando...― dije, dejando las palabras en el aire. Todos comprendieron lo que había sucedido.

―Lo que dice Ethan es verdad― asintió Annabeth ―La Niebla se ha vuelto débil y los mortales pueden ver lo que antes de no veían. Si lo que Ethan dice es cierto, y muchos los han filmado, es aún peor de lo que esperábamos. No dudo que la mayoría de esos vídeos sean subidos a internet y, en cuestión de horas, serán famosos.

―Siempre quise ser famoso― comentó Jacob.

―Esto es malo, Jake― dije ―Si nos han filmado de verdad y  esos vídeos se hacen famosos, todo el mundo conocerá de nuestro secreto.

―Exacto― Annabeth continuaba seria ―Entonces todos los mortales querrán verlos, de seguro los medios deberán de estar buscándolos si ya vieron esos vídeos. Eso pensando en el lado más leve. Puede tratar de hacer experimentar con ustedes o con otros semidioses, e incluso tratarán de matarnos. No olviden lo que sucedió con las brujas hace tiempo.

Samantha se estremeció al oír lo de las brujas. Muchas personas habían sido quemadas hace siglos al ser acusadas de brujería. Incluso aquí mismo, en Salem, muchas mujeres habían sido quemadas por ese motivo. Pero eso solamente habían sido personas normales que, por un terror de las demás personas, creyeron que eran brujas y las quemaron. Ellas nunca existieron, según tenía entendido.

―¿Qué vamos a hacer?― preguntó Sam ―Dime que Quirón ya tiene una idea en mente.

―Sí, la tiene. De hecho, Rachel, nuestro Oráculo, ha tenido una visión― respondió Annabeth ―Pero será mejor que aguarden a llegar al campamento y que el mismo Quirón sea quien se los diga.


Bueno, ese es el primer capítulo de la historia. Espero que haya gustado y comenten lo que les ha aparecido o si les parece que debería de modificar algo.
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Mensaje por Zyah el Mar Jul 28, 2015 9:06 pm

Capítulo II
Tengo una charla a medianoche con el Señor de los Cielos [Ethan]

     Tras menos de treinta minutos de viaje comenzamos a ver el extenso bosque que rodeaba el campamento y, minutos después, estuvimos aterrizando dentro del mismo Campamento Mestizo, cerca de los establos. Todos bajamos del carruaje tras llegar, siendo Percy el encargado de meter a los pegasos en de nuevo en el establo. Observé a mi alrededor mientras me acomodaba mi mochila sobre un solo hombro y esperábamos a que Percy apareciera. Sátiros y semidioses iban y venían, otros chicos se encontraban en el campo de entrenamiento entrenando. Sin embargo, al campamento le faltaba ese toque de... emoción. Podía sentir una especie de tensión o preocupación en el aire. Seguramente todos ya se habrían enterado de lo que estaba sucediendo, aunque tenían la sensación de que Annabeth no nos había querido contar todo lo que sucedía, más allá de que quisiera que fuese Quirón quien nos lo dijera. Para mí que había algo mucho peor detrás de todo eso, algo que hacía que en todo el campamento se sintiera ese clima de tensión.
     Sam, Jake y yo intercambiamos miradas y, apenas miré sus expresiones, supe que ellos también habían notado que algo definitivamente andaba mal.
     ―Vamos. Quirón y Dionisio los están esperando― nos dijo Annabeth luego que Percy se hubiese reunido con nosotros.
     Nadie dijo nada y comenzamos a seguirla hacia la Casa Azul. Al pasar observé la cancha de voleibol que, generalmente, se encontraban sátiros y semidioses jugando. Sin embargo, en esta ocasión no había nadie. Finalmente llegamos, Annabeth y Percy abrieron la puerta y entraron primero, seguidos por mí, Samantha y luego Jacob. Ambos nos guiaron a los tres hacia el despacho del Señor D o Dioniso, el director del campamento.
     Al llegar, Annabeth abrió la puerta del despacho y nosotros tres entramos, viendo que allí se encontraba el mismo Dioniso sentado en su escritorio y Quirón de pie a su lado. También logré ver que allí, además de Quirón y el Sr. D, se encontraban cuatro chicos, todos de más o menos nuestra edad, a los cuales pude reconocer de inmediato. Era Rachel Dare, el Oráculo; Leo Valdez, el hijo de Hefesto y Líder de su cabaña; Piper McClean, la hija de Afrodita y Líder de su cabaña; y Jason Grace, mi medio hermano romano, el hijo de Júpiter y Pretor del Campamento Júpiter. Sin embargo, las expresiones de todos eran serias, incluso la de Leo, que siempre tiene algo que decir y está haciendo reír.
     ―Vaya, al fin llegan, Isabel― dijo Dioniso, hablándole a Annabeth ―¿Dónde se habían metido?
     ―¡Es “Annabeth”!― replicó ella ―Y no nos tardamos demasiado.
     ―Como sea― respondió él.
     El Señor D. iba a seguir hablando de no ser porque yo lo interrumpí. Lo sé, no debería de haberlo hecho, pero las cosas no estaban como para una pelea de cómo se decía correctamente el nombre de cada uno.
     ―Quirón, ¿qué es lo que sucede? ¿Qué está pasando?― inquirí ―Los mortales parecen estar viendo lo que sucede. Pareciera que...
     ―La Niebla está cada vez más débil― la voz de Quirón sonaba profunda y seria ―Sí, la Niebla de los dioses ya no está funcionando como antes. Los mortales pueden ver el verdadero mundo que los rodean.
     ―Lo sabemos― indicó Jake ―Cuando nuestra batalla contra los Minotauros, varios de ellos se quedaron filmando.
     ―¿Filmando?― Quirón pareció alterarse durante un momento, luego volvió a tranquilizarse ―Bueno, no sabemos qué fue lo que vieron exactamente esos mortales ni tampoco tenemos forma de saber qué fue lo que pudieron capturar en vídeo. Lo que sí sabemos es que la Niebla es cada vez más débil. Sí los mortales llegan a descubrir que todo su mundo es gobernado por dioses lo más probable es que se revelen, que quieran una guerra, una guerra contra los dioses.
     ―¿Una guerra contra los dioses?― preguntó Sam ―¿De verdad serán capaces de llegar a eso? Es decir, los dioses son más fuertes.
     ―No sería la primera vez― intervino Annabeth ―En la Antigua Grecia, los mortales se revelaron contra los dioses cuando ellos les ofrecían sacrificios y a cambio los dioses no les daban lo que las personas querían.
     ―Exacto― dijo Dioniso destapó una botella de vino ―Si los humanos casi llegan a una guerra con los dioses cuando la mayoría todavía creían en nosotros, ¿por qué no lo harían ahora?
     ―Bueno, pero supongo que habrá alguna forma de impedirlo― supuse ―Algo se podrá hacer para que la Niebla vuelva a ser como antes.
     Toda la estancia se sumió en un silencio sepulcral, al principio temí haber dicho algo inadecuado y meter la pata. Sin embargo, pronto me di cuenta de que la idea de una solución era lo que provocó eso. Así que, por eso mismo, asumí que habría una solución... aunque no una buena.  
     Quirón dirigió la mirada hacia Rachel que todavía se encontraba sentada en el sofá sin decir nada, y asintió. Ella se puso de pie y se acercó a nosotros.
     ―He tenido una visión― comenzó a decir, aunque de una forma algo seria. Sin importar lo que fuese, debería de haber sido algo no muy bueno ―Están todos ustedes, los ocho. Sin embargo, en mi visión no están solos, también se encuentran otros chicos junto a ustedes, son seis en total... Ustedes se encuentran junto a ellos en la estación londinense de trenes... King's Cross... Sí, King's Cross... Luego, ambos viajan en un tren hacia algún lugar, no pude ver bien el nombre del tren, pero se dirigen hacia un castillo donde se encuentran muchos chicos más de diversas edades... Sin embargo, todos juntos deberán de unir fuerzas para poder restaurar el orden en el mundo, según dice la profecía:

Una nueva historia comienza
Ocho semidioses y seis magos deberán unir fuerzas
Para enfrentarse a los mortales, una promesa deberán mantener
Bajo la tormenta o la magia, la paz deberá volver

     Todos nos quedamos en silencio nuevamente, ahora porque no sabíamos qué decir. Ocho semidioses era
comprensible, pues entre todos sumábamos ocho, pero ¿seis magos? ¿Acaso serían los mismos chicos de la estación de trenes? Por otro lado, ¿una promesa que mantener? ¿Bajo la tormenta o la magia? Las profecías jamás eran claras, y ésta no era la excepción.
     Carraspeé, supuse que si alguien no decía nada, entonces debería de hacerlo yo.
     ―Bien, pues, ¿qué estamos esperando?― dije ―Debemos viajar a Londres, buscar a un grupo de chicos y evitar que los dioses y los mortales entren en guerra. Tenemos mucho para hacer, así que hay que prepararnos.
     ―Ethan tiene razón, es mejor empezar ya― asintió Jason.
     ―Deben de tener mucho cuidado― nos advirtió Quirón ―Esta misión es muy distinta a las demás, ahora deberán de tener mucho cuidado su comportamiento y las cosas que hacen, no sabemos hasta dónde los mortales pueden ver las cosas como son. Tengan mucho cuidado.
     Todos salimos de la Casa Azul y lo primero que discutimos fue cómo haríamos para llegar a Londres. Jacob propuso que podríamos debajo debajo del agua si Percy creaba una de sus burbujas de oxígeno para que nosotros pudiéramos respirar. Sin embargo, rápidamente fue descartada. Leo propuso que podíamos usar el Argo II, el mismo barco que él y el resto de los semidioses de la Profecía de los Siete utilizaron para derrotar a Gaia. No obstante, ¿y si lo humanos podían ver al barco volar? ¿Qué dirían si viesen a un gran barco navegar por el mar y, cuando atracara a un muelle, viesen que no iban más que chicos de diecisiete años? La idea no fue muy aplaudida, pero no teníamos mejores. Además, Leo se había ofrecido para hacerle algunas reparaciones y ajustes de forma que el barco pareciera invisible aunque, obviamente, era algo imposible.
     Lo segundo que hicimos tras decidir en qué iríamos, fue preparar nuestras cosas. Así que todos nos dirigimos a nuestras respectivas cabañas y comenzamos a prepararnos para la cruzada. Jason, al ser hijo de Júpiter ―el equivalente a Zeus en la mitología romana― y no tener cabaña en el Campamento Mestizo, se dirigió conmigo a la Cabaña #1, la cabaña de Zeus. Allí los dos comenzamos a preparar todo en silencio, trabajando en perfecta armonía durante toda la tarde.
     Yo tomé una mochila celeste que parecía común y corriente pero que no tenía fondo ―parecida a la mochila de Samantha―. Es decir, podía poner todas las cosas que deseara y jamás la sentiría pesada. Era perfecta, así que coloqué allí dentro todas las cosas que podría necesitar, así como armas (una ballesta y flechas, y algunos cuchillos arrojadizos). Además, coloqué Ambrosia y Néctar, lo cual podía resultar muy útil si perdíamos muchas energías o eramos gravemente heridos.


     Sin darme cuenta, se me fue toda la tarde arreglando mi mochila y demás cosas y ya comenzaba a entrar el sol. Todos nos acostamos temprano aquella noche, ya que ni siquiera hubo fogata como todas las noches. Sin embargo, me era difícil conciliar el sueño. Probé poniendo de lado, boca arriba, boca abajo. Nada daba resultado. Frustrado, me puse boca arriba sobre mi litera y resoplé mientras miraba el techo abovedado de la cabaña que se parecía a un cielo, con sus mosaicos azules y blancos. A mi derecha, pero en otra cama, se encontraba Jason, quien parecía dormir plácidamente. Eso me frustró aún más.
     Quizás fuese producto de mi imaginación, quizás hubiese comenzado a imaginar cosas ya que no podía dormirme, o tal vez fuese un sueño aunque no recuerdo haber tenido un sueño donde mis sentidos hubiesen estado al cien por cien. Estaba acostado sobre mi litera cuando un trueno retumbó y entonces me pareció ver que la estatua de seis metros de Zeus que se encontraba allí dentro, comenzaba a encogerse. No, definitivamente se estaba encogiendo hasta que obtuvo el tamaño de un hombre adulto. Luego de eso, comenzó a acercarse a mí mientras perdía cada vez más la apariencia de piedra y comenzaba a verse más humano, hasta que finalmente tuve frente a mí a mi padre, al Rey del Olimpo.
     Yo estaba muy sorprendido y no sabía qué decir. Las pocas y únicas veces que mi padre me había visitado habían sido como alguien “normal”, pero no recordaba que se hubiese transformado de estatua de piedra de seis metros a un dios de carne y hueso con la altura de un hombre adulto. Sin embargo, seguía estando como lo recordaba: cabello rubio y algo largo, ojos azules casi eléctricos, alto, musculoso e imponente. El aire a su alrededor continuaba oliendo a ozono, y en esta ocasión se encontraba vestido como la estatua: con una larga túnica blanca como usaban los antiguos reyes griegos.
     ―Padre― conseguí decir.
     Miré a Jason y él continuaba durmiendo, como si no hubiese sucedido nada. Entonces volví a mirar a mi padre de una forma algo seria. Quería parecer molesto, enfadado con él por no venir a visitarme, pero era mi padre, no podía evitar alegrarme cada vez que lo veía. Así que terminé sonriendo un poco. Para mi sorpresa, él también sonrió de medio lado. No obstante, ni siquiera eso le quitaba la apariencia imponente y autoritaria.
     ―Ethan, hijo mío, estás a punto de embarcarte en una misión muy importante, de la cual seguramente no sobrevivirás, ni tú ni tus amigos.
     Guau, me impresionaba el apoyo y la confianza que mi padre me tenía. En ese momento tenía ganas de gritarle en la cara: “¿Sólo viniste a decirme eso? Gracias, eso si que es muy paternal” Sin embargo, me quedé callado, esperando que continuara.
     ―Sin embargo, quiero que sepas en todo momento contarán con mi apoyo y el de muchos otros dioses― bueno, debía de reconocer que comenzaba a mejorar ―Aunque otros querrán impedir que ustedes lleven a cabo su misión. Yo domino los cielos, por los que les puedo asegurar a ti y a tus amigos un viaje seguro en avión desde Nueva York hasta Londres, el resto de su viaje deberán de arreglárselas solos o con un poco de ayuda de los dioses que están de nuestro lado. De todas formas, trataré de ayudarlos en todo lo que pueda.
     Me quedé pensando intensamente durante unos largos segundos, asimilando todo lo que mi padre me estaba diciendo, pues, no todos los días él se presentaba ante mí y se mostraba con tanta amabilidad.
     ―Dijiste “los dioses que están de nuestro lado”. ¿Eso quiere decir que hay otros que están en contra?― razoné.
     Mi padre me miró como diciendo: “Qué listo eres”, lo cual hizo que en realidad me sintiera como un tonto.
     ―Hay muchos que creen que una guerra entre dioses y mortales acabaría con todo esto. Muchos confían en su poder y creen que es superior a todas las armas juntas de los mortales, lo cual eso les garantizaría una clara victoria― contestó Zeus ―Piensan que, si los dioses ganan y los mortales pierden, ellos no tendrán otra más que volver a creen en nosotros y tenernos respeto. Quieren volver a reconstruir el mundo y a toda la humanidad, comenzar desde cero en una nueva era donde los dioses griegos somos respetados. Pero no se dan cuenta que una guerra entre humanos y dioses serían devastadora. Además, hay muchos semidioses que actualmente son presidentes u personalidades importantes. Si una guerra se desata, esos países dirigidos por semidioses sin duda estarán de nuestra parte. Sólo imagina: sería la Tercera Guerra Mundial. Sin embargo, una guerra de ese tipo podría...
     ―Destruir a todo el mundo― adiviné.
     Si no había un mundo donde vivir, tampoco existirían humanos que pudiesen respetar a los dioses. Entonces todo habría sido en vano, se habría desatado una guerra para nada. Ahora podía darme cuenta la inteligencia que muchos dioses tenían.
     ―Pero nosotros vamos a impedir eso― ni siquiera yo podía creer que estuviese hablando en un tono tan seguro como ese ―El mundo no será destruido y todo volverá a ser como antes.
     Zeus sonrió. No sé por qué, pero tenía tantas ganas de poder salir victorioso en esta cruzada. Quería demostrarle a mi padre qué tan buen líder podía ser, así como él lo era. Quería que él se sintiera orgulloso de mí.
     ―Bien, ya es hora de que me vaya― anunció y entonces hizo aparecer una especie de papeles rectangulares ―Pero antes quiero darte esto. Son boletos de avión de Nueva York a Londres.
      Yo los tomé sin saber qué decir. Les eché una ojeada por arriba y vi que todos eran boletos de primera clase. Además, según pude contarlos rápidamente, los boletos que me había dado eran nueve en total, y en realidad nosotros eramos ocho.
     ―Encontrarán a alguien más en su camino al aeropuerto de Nueva York, un adulto en realidad― dijo Zeus tras leerme la expresión ―Él los acompañará en toda su misión y los protegerá. Ademas, no creíste que los dejaría ir así como así a ocho chicos solos en un avión y en primera clase. ¿Qué pensarían las personas?― yo volví a sonreír ―Confío en ti, Ethan.
     Después de eso, él comenzó a dirigirse hacia el lugar donde se encontraba antes cuando era una estatua. Al llegar allí, apareció un escudo en su mano izquierda y su rayo en la mano derecha, y entonces adoptó la posición que tenía anteriormente (el escudo a un lado y el rayo levantado como si quisiera castigar alguien). Después, comenzó a crecer cada vez más hasta tomar una altura de seis metros. Entonces, un trueno retumbó nuevamente y mi padre volvió a ser completamente de piedra.
     Me quedé mirando durante un rato la estatua de Zeus. Todo parecía que había sido un sueño aunque, sin embargo, todavía tenía los nueve boletos de primera clase que mi padre me había obsequiado. Miré a mi derecha, Jason todavía dormía como si no hubiese pasado nada. Luego, volví la mirada hacia el pedazo de noche que se podía ver a través de la entrada de la cabaña; calculaba que faltarían dos horas y media como mucho para que el sol saliera, por lo que era mejor que me pusiera a dormir cuanto antes. Entonces me levanté y guardé los boletos en mi mochila y, al volver hasta mi cama, me detuve frente a la estatua de mi padre y acaricié su pierda de mármol.
    ―No te preocupes, papá. Restauraremos la paz, cueste lo que cueste― prometí. Estaba consciente de que las promesas y juramentos tenían una carga muy pesada, pero no me importaba. Las palabras de mi padre todavía resonaban en mi mente: Confío en ti. No le iba a fallar a mi padre, estaba dispuesto a hacer lo que fuese necesario para salvar al mundo.


     Desperté casi media hora después que el sol hubiese salido, y eso porque Jason me había comenzado a mover para que me despertara porque si no hubiese continuado durmiendo lo más tranquilo. Al principio me había olvidado completamente de nuestra misión, seguramente porque todavía estaba dormido, pero cuando escuché a Jason decir que los chicos me estaban esperando fue lo único que se necesitó para que me despertara del todo. Abrí bien grandes los ojos y entonces me levanté y vestí lo más rápido que pude para después colgarme mi mochila sobre el hombro izquierdo y salir fuera de la cabaña junto a Jason, quien me guió hacia el muelle, donde se encontraba el Argo II pronto para partir.
     ―Em... ¿chicos?... Creo que no vamos a necesitar el Argo II después de todo― les dije desde abajo.
     Leo se acercó apresuradamente a la borda.
     ―¿De qué estás hablando?
     No tuve otra más que contarle la visita que mi padre me había hecho la noche anterior y la charla que había tenido con él.
     ―Y, por último me dio esto― dije para finalizar. Entonces me descolgué la mochila y saqué los boletos de avión ―Son boletos de avión desde Nueva York a Londres, y de primera clase. Uno para cada uno. Mi padre me los dio. Dice que al ser el dios del cielo puede garantizarnos un viaje seguro hasta Londres.
     Me sentí mal por todos ya que habían trabajado duramente preparando el barco para todo el viaje, y en especial por Leo, ya que parecía estar muy entusiasmado con la idea de volver a viajar en el Argo II. Sin embargo, mi padre ya nos había regalado boletos de primera clase asegurándonos un viaje seguro. Eso no lo podíamos desperdiciar así como así, aunque solamente fuese hasta Londres.
     Así que todos volvieron a bajar del barco y comenzamos a dirigirnos hacia el Pino de Thalia, la frontera del campamento con el mundo de los mortales, aunque poco a poco se dejaba de distinguir lo que era “humano” y lo que no. Al llegar a la colina, me di vuelta y observé todo el valle desde allí; las cabañas, el estrecho de Long Island, la cancha de voleibol, los establos, todo el campamento en general. Inspiré profundamente el aroma del bosque, quizás fuese lo última vez que viese al campamento.
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Mensaje por Zyah el Sáb Oct 10, 2015 11:27 am

Capítulo III.
No hay tiempo para nada

    La semana anterior a que los chicos del Campamento Mestizo llegaran, fue bastante complicada. Faltaban unos días para que comenzaran los exámenes de fin de curso, y ya podía ver como, algunos estudiantes, comenzaban a preocuparse por ello. Claro que a muchos se le daba mejor estudiar y salvarlos. Mientras que otros parecían no tener ningún interés en ellos, y se preocupaban más por hacer tonterías y molestar a los demás, que por estudiar. Y, por otro lado, otros, por más que se concentraban y trataban de estudiar, no lograban llegar al nivel de estudio que tanto deseaban.
    Edward se podría colocarse en el tercer grupo; por más que tratara de estudiar, no lograba concentrarse lo suficiente, y ya había probado con la mayoría de los lugares de Hogwarts; la biblioteca, Sala Común de su Casa, su habitación. Y continuaba sin lograr estudiar demasiado.
    Rachel, su hermana menor, y muchos de sus amigos, decían que no se preocupara tanto por algo que todavía no llegaba, aunque estaba llamado a la puerta. Ellos confiaban en que, por más que no estudiara, podría salvar cualquier examen. Aunque, tal vez ellos estuviesen exagerando mucho... o él se estuviese subestimando demasiado.
    Fuera lo que fuese, en realidad estaba tan preocupado por el Mundo Mágico como la mayoría de las personas, y por eso no podía concentrarse mucho. Esto debido a que, desde hacía unos meses atrás, El Profeta venía publicando titulares en los que informaba sobre ataques de muggles hacia magos.
    Todo comenzó cuando un mago trató de salvar a un grupo de muggles en un accidente, utilizando magia. La mayoría de los no magos no lo tomaron como un gesto heroico, sino que decidieron apresarlo hasta resolver qué hacer con él. Y, cuando ya tuvieron una decisión, lo mataron. Lo asesinaron en una plaza frente a centenas de muggles. Después de eso, se volvió una costumbre de las personas sin magia asesinar a cuanto mago y bruja se encontraban por la calle.
    Luego de siglos de haber estado viviendo en secreto, finalmente los muggles volvieron a saber de la existencia de los magos. Y ahora ya no sólo queman a mujeres en una hoguera, sino que simplemente cosían a tiros a hombres, mujeres y niños que ellos consideran que son magos.
    Todo esto tuvo un gran impacto entre la población mágica de Londres, y también Hogwarts, haciendo que, al menos dentro de la escuela, se comenzaran a formar bandos sobre qué era mejor: enfrentarse a ellos o tratar de hablar. Obviamente, también estaban los neutrales.
    A Edward no le parecía una buena idea la de dividirse en bandos y pelear entre nosotros por cuál de las dos soluciones es la mejor. Pues eso únicamente provocaba que todo el mundo se separase, y en ese momento más que nunca era cuando todos deberían de estar unidos. Aunque, él apoyaba más la idea pacifista de tratar de negociar con los muggles, pero, como no creía que ellos quisieran hablar, le gustaba más considerarse neutral o ajeno a cualquiera de los bandos.

    James Potter y su grupo de amigos mantenía la mirada puesta en el mapa. Gracias a Merlín, antes de entrar por primera vez en Hogwarts, James había logrado "tomar prestado sin permiso" el Mapa del Merodeador que su padre, el famoso Harry Potter, guardaba cuidadosamente en su habitación.
    Gracias a ese precioso objeto, James y sus amigos habían logrado llevar a cabo muchas de sus bromas en siete años. Pues ese era su última año en la escuela, y tanto Potter como sus amigos querían vivirlo a lo grande... y no pensaban marcharse para siempre sin mandarse una buena, y la verdad es que faltaba muy poco para que las clases terminaran y ellos se graduaran o, al menos, eso esperaban.
    Sin embargo, a los nuevos Merodeadores de Hogwarts, nada de lo que aparecía en el mapa parecía llamarle la atención o incitarlos a salir de su habitación y hacer alguna broma.
    ―Miren, ahí van Albus y Scorpius ―de repente, James se sintió lleno de energía nuevamente y, sin esperar respuesta alguna de sus compañeros, se dirigió a su baúl y sacó un par de bombas fétidas― Ahí están nuestras nuevas victimas.
    Fred Weasley ―el hijo de George y Angelina―, junto con Logan y Kellan Gallagher se levantaron de un salto, en aprobación a la idea de James. Sin embargo, por otro lado, Frank Longbottom, que hasta ese momento se había pasado con su cara metida en un libro, levantó la mirada para ver a los dos Gryffindor que se proponían a salir de su Sala Común para molestar, como siempre, a Albus y a Scorpius. Desde que ambos habían entrado a la escuela, los dos jóvenes de Slytherin, habían pasado a ser el blanco favorito de las bromas de James y sus amigos, quienes se encontraban en un curso más grande que el mediano de los Potter y el hijo único de los Malfoy.
    ―McGonagall me nombró Prefecto mucho más que por mis notas ―comenzó a decir Frank―, sino para que tratara de...
    ―Sí, sí ―lo cortó Logan, impaciente― Sabemos que Minnie te hizo Prefecto para que trataras de controlarnos. No hace falta que lo repitas siempre. Lo que nos importa es, ¿vas a acompañarnos sí, o no?
    Frank suspiró. No tenía caso ponerse a discutir con ellos y tratar de que abandonaran la idea de hacer un broma a alguien ya que al final terminaban haciendo lo que ellos querían, y Frank terminaba arrastrado con ellos.
    La Directora McGonagall y su padre, Neville Longbottom, confiaban en que él lograría detener a sus amigos. Pero siempre terminaba decepcionando a ambos, y temía que le quitaran el puesto por no saber controlar a un puñado de chicos.

    Rachel bajó lo más rápido que pudo las escaleras y, en esta ocasión, había una razón más, aparte de que las escaleras se movían, por la que debía apresurarse. Debía bajar hasta el cuarto piso para buscar a su hermano y llevarlo con la Directora. ¿La razón? Había tenido una nueva visión que lo implicaba a él y a varios estudiantes, incluida ella.  
    Por suerte se lo encontró en la biblioteca, como ya había sospechado que estaría allí. Era el único lugar tranquilo de la escuela y al cual él casi siempre se dirigía cuando no tenía nada que hacer.
    ―Hola, hermanito ―lo saludó con dulzura, tratando de ocultar su preocupación.
    Edward levantó la mirada para encontrarse con los ojos celestes de su hermana clavados en él.
    Sonrió. Hacía algunos días que no la veía por los pasillos.
    ―Hola, Rachel ―le respondió― ¿Qué estás haciendo aquí?
    ―Te estaba buscando ―respondió la chica― Sucedió, otra vez.
    El muchacho de Ravenclaw enseguida supo lo que sucedía, o casi. Su hermana, quien había heredado el don de la videncia de parte de su abuela, había tenido una nueva visión. Eso estaba claro, aunque no sabía qué había visto exactamente.
    ―Pues, entonces, cuéntame. ¿Qué viste? ―le preguntó Edward, cerrando el libro que estaba leyendo.
    ―Ya se lo conté a la Directora y no puede decírtelo aquí, se lo prometí a McGonagall ―le dijo únicamente su hermana, seria― Debo llevarte a su despacho, y allí ella les contará lo que sucede.
    ―¿Les contará?
    ―La visión nos involucra a ti, a mí y a unos chicos más... pero será McGonagall quien nos dirá lo que debemos hacer.
    Cualquier que recibiera una noticia como esa se preocuparía enseguida, y Edward no fue la excepción. Pero, además de eso, se moría de curiosidad e intriga por saber lo que su hermana había visto y que tenía que ser tan condenadamente secreto el lugar donde debía enterarse de ella. Además, ¿qué podía haber visto su hermana que lo involucraba a ellos dos y a otros chicos?
    Sin preguntar nada ni dejar que su hermana agregara nada más, cerró el libro y se puso de pie mientras decía:
    ―Entonces vamos.

    El grupo de leones aguardó durante un momento mientras observaban desde la esquina de uno de los pasillos de la planta baja, a la espera de que sus victimas aparecieran. Y, cada tanto, echaban una ojeada al mapa para cerciorarse de que Albus y Scorpius continuaban con su camino y no habían decidido cambiar de rumbo.
    El plan era perfecto, y James no podía dejar de sonreír al imaginarse la cara que su hermano y Scorpius pondrían cuando las bombas fétidas reventaran y los llenara de ese asqueroso olor.  La idea era simple: James aparecería caminando frente a ellos y fingiría chocarse accidentalmente y, aprovechando el momento de confusión, dejaría caer las bombas, que luego estallarían.
    Nada podía fallar.
    Finalmente, las dos serpientes giraron en una esquina y comenzaron a caminar en dirección a donde se encontraban los chicos de Gryffindor.
    ―Travesura realizada ―dijo Fred mientras apuntaba al mapa con su varita.
    James, mientras tantos, salió de su escondite y comenzó a caminar lo más natural que pudo, fingiendo estar distraído viendo como algunas chicas pasaban cuando...
    ―¡Fíjate por donde vas, James! ―le espetó la voz enojada de Albus.
    Enseguida, James levantó la mirada para encontrarse con las expresiones molestas de los rostros de Albus y Scorpius. Ese era el momento. Dejó caer las bombas fétidas y comenzó a correr.
    ―¡Oh, lo siento tanto! ―gritó el león a modo de disculpa mientras giraba la cabeza para mirar a los dos chicos, pero sin dejar de correr― No estaba poniendo atención por donde iba, lo siento ―y, para rematar, desvió la mirada para ver, de forma descarada, a un par de chicas que iban pasando.
    Luego de eso, volvió a mira hacia adelante sin dejar de sonreír. Poco después, se escuchó el estallido y a los dos jóvenes de Slytherin quejarse. Su broma había dado resultado y ya se había alejado demasiado de ellos, por lo cual se permitió aminorar la marcha y continuar caminando.
    Por el momento todo salía bien hasta que, el profesor Longbottom, profesor de Herbología y Jefe de Gryffindor, apareció delante de él, obligandolo a detenerse. ¿Era posible que Neville Longbottom se hubiese enterado tan rápido de lo que él había hecho?
    ―Potter, ¿qué estás haciendo? ―preguntó.
    James buscó entre su túnica algo que le sirviera como excusa, tratando de mantener la calma. Pero no encontró nada.
    ―Acompáñame, Potter ―le dijo Neville, sin esperar a una respuesta.
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